Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Laforet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Laforet. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de marzo de 2013

Puedo contar contigo.

Israel Rolón Barada, 2003
(Carmen Laforet; Ramón J. Sender, 1965 a 1975)

Destino, 2003.
280 páginas.
Pvp, 19 €.

A pesar de que me he sentido como un cotilla husmeando en las cosas de los demás me lo he pasado bien leyendo el intercambio de cartas que se produjo durante 10 años entre los escritores Carmen Laforet (Barcelona, 1921 - Madrid, 2004) y Ramón J. Sender (Chalamera, 1901 - San Diego, 1982), y que reunió y editó en 2003 -con Carmen Laforet en vida- Israel Rolón Barada. Quizá su lectura me haya gustado tanto precisamente porque me ha permitido husmear entre sus confidencias. Hay que ver, oiga, lo que nos gusta el hay que ver, oiga.

Carmen Laforet debutó como escritora con su mejor obra, en 1947: NADA. De paso inauguró el Premio Nadal y, ya puestos, dio un toque de atención bastante serio al panorama literario del momento. Ramón J. Sender ya era un escritor consolidado en el exilio por aquel entonces, pero tuvo a bien en su momento escribir una carta de felicitación a la joven Laforet (1), tan joven e inmadura que ni siquiera sabía quién era ese señor cuando leyó la carta. Así que tardó 18 años en contestar, lo cual bien mirado pues bien mirado queda, vaya: Laforet decidió contestar con razón de un viaje que ella tenía que hacer a Los Ángeles en noviembre de ese año -1965-, en cuya Universidad trabajaba Sender, en su departamento de Lengua Española.

A partir del momento surge una relación epistolar de lo más curiosa porque se produce entre dos personas muy dispares, aunque tienen en común su labor literaria. Ramón J. Sender es una persona madura, anciana al final de la correspondencia, autor de una obra extensa, y de un posicionamiento ideológico crítico y radical que le mantiene en el exilio. Laforet es una mujer aún joven, madre de cinco hijos, que ha podido adaptarse a la España ultraconservadora de la época según un modelo de acción que ya encontramos en la resignada Andrea de NADA, obligada a frustar sus inquietudes de libertad. Por otra parte Laforet por aquellos años vive un giro psicológico hacia lo el catolicismo que aún hace estar a los escritores en posiciones ideológicas más alejadas.

Pero Sender insite en apadrinar a la joven escritora, le anima a seguir por el camino de la literatura, a explotar su capacidad novelística. Esa es su actitud primordial respecto a ella, y por eso el lector espera encontrar aquí las razones por las que, de hecho, un día Carmen Laforet dejó de escribir ficción, después de escrita la trilogía que nunca fue publicada, salvo su primera parte, LA INSOLACIÓN, en 1963. Puede intuírse, uno sabe tanto como Ramón J. Sender al respecto e, incluso, puede llegar a saber tanto como la propia Laforet pero, en realidad, no sabe mucho, porque así como Sender es bastante explícito refiriéndose a sus cosas Laforet no es precisamente abierta. En ese sentido la correspondencia está cargada de psicología en la que hay que adentrarse para desentrañar elementos que no se cuentan, y que en ocasiones quedarían velados de no ser por las anotaciones de Israel Rolón Barada. Sí cuenta Laforet su proyecto de trilogía que empezaría con La Insolación, así como el de la novela que hubiera podido llamarse LA GINECEA (2), y en el plasmaría su visión filosófica de la mujer en la literatura.

Mucho me ha llamado la atención también cómo con el paso de los años y el número de cartas la escritura de Sender -sobre todo después de la separación de Laforet y Manuel Cerezales- va subiendo de tono y habla abiertamente de sexo (3), así como puede apreciarse en el deseo manifiesto de verse un juego desde la distancia que sobrepasa el paternalismo con el que se dirigía en los primeros años y que sólo puede permitirse gracias a la tensión del encuentro que no se cumple, y que llena la correspondencia de promesas, excusas y confidencias por parte de uno y de otra. Es gracioso y también conmovedor.

Me han quedado muchas ganas de leer: PARALELO 35, CRÓNICA DEL ALBA y LOPE DE AGUIRRE, de Ramón J. Sender. LA ISLA Y LOS DEMONIOS y LA INSOLACIÓN, de Carmen Laforet. Ya voy buscando el hueco.




En el original.


(1). 

Estimada compañera:

He leído su Nada y me parece una buena novela. Hace añños que no había tenido una impresión tan "confortable" intelectualmente hablando. Es un placer encontrar el talento literario sobre todo en nuestro propio idioma. Enhorabuena.

Supongo que sigue usted trabajando y que subordina usted todo lo demás a los intereses literarios -tan importantes para usted, para mí, para todos, a falta, en esta generación, de otras riquezas. Usted tiene un gran talento y nos pertenece a todos. Cuídelo y no se deje arrebatar por la gloriola y ni siquiera por la gloria. Conserve siempre ese dominio de la realidad, esa visión directa, sencilla y asombrosamente humilde -es la humildad lo que hace el milagro- de su Nada que releo y que admiro.

Si no tiene comprometidos los derechos para la traducción al inglés -en América- yo puedo ofrecer su libro a mis editores en Nueva York. Me gustaría hacer algo por darlo a conocer. Si me dice usted que sí, escribiré enseguida a mis editores con un informe minucioso sobre su novela.

Si tengo su dirección, le enviaré algún libro mío reciente en español.

Enhorabuena otra vez. Es usted una espléndida escritora. 


Ramón J. Sender. Alburquerque, 5 de octubre de 1947.



(2).

Quisiera escribir una novela (pero no antes de dos años o cosa así) sobre un mundo que no se conoce más que por fuera porque no ha encontrado su lenguaje... El mundo del Gineceo. 8Que es la célebre frase de Platón en El Banquete ¿verdad? "Tenemos las mujeres del gineceo para la casa y los hijos...") En verdad, es el mundo que domina secretamente la vida. Secretamente. Instintivamente la mujer se adapta y organiza unas leyes inflexibles, hipócritas en muchas situaciones para un domino terrible... Las pobres escritoras no hemos contado nunca la verdad, aunque queramos. La literatura la inventó el varón y seguimos empleando ek mismo ebfoque para las cosas. Yo quisiera intentar una traición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, sin sometimientos, ni aparentes ni reales, de unos a otros... tiene que llover mucho para eso. Pero, ¿verdad que está usted de acuerdo, en que lo verdaderamente femenino en la situación humana las mujeres no lo hemos dicho, y cuando lo hemos intentado ha sido con lenguaje prestado, que resultaba falso por muy sinceras que quisiéramos ser?


Carmen Laforet. Madrid, 10 de febrero de 1967.


(3).

Tengo cuatro amigas regulares, pero ahora voy a ver si las alejo un poco -de manera permanente- sin pelear. No hay que pelear nunca con una mujer (su debilidad las hace invencibles). Dos de ellas están locas y las otras dos son tontas (no sé por qué siempre me tocan esa clase de criaturas, en la vida). La mejor manera de alejarlas (claro) es traer otra y tenerla más cerca. Las cuatro de las que te hablo vienen ocasionalmente de Los Ángeles. Pero ahora me llama de Madrid dos o tres veces cada mes (debe estar arruinándose con el teléfono, la pobre) esa amiga de la que te hablé hace un año. Quiere volver aquí. Y dice que quiere ser la mendiga de EL FUGITIVO, aunque se rompa una pierna. Ella no comprende que esas mujeres de nuestra imaginación nacen y mueren en ella, y son nada más y nada menos que nuestro amor por el amor. En todo caso, para producir la desbandada de las otras (cuando vean que vive permanentemente conmigo) será muy del caso. Yo la estimo mucho, pero me siento solo con ella, también por la razón que tú me dijiste un día: sólo nos acompañan las personas a quienes de veras queremos.

Dirás que todo esto a mi edad parece absurdo. Es verdad. A mí también me lo parece, pero, ¿qué le voy a hacer? Hago el amor con mucha menos frecuencia que antes, pero cuando lo hago me siento tan bien, respiro un aire tan limpio y me dura el bienestar tres o cuatro días. Yo sé que podría hacer el amor cada día (¡qué muchachas van viniendo al mundo ahora que uno se marcha, Santo Dios!) pero moriría -supongo- en dos o tres meses. Tampoco esto me importaría, pero hay algo peor. Podrían desquiciarse mis pobres nervios tan castigados y vivir largos años todavía como -ellos perdonen la comparación- Maupassant o Nietzsche. El primero por hacer el amor demasiado y el segundo por no hacerlo (al parecer) nunca.

Ramón J. Sender. 7 de abril de 1973.






miércoles, 19 de septiembre de 2012

Carta a don Juan.

Carmen Laforet, entre 1938 y 1955
Editorial Menoscuarto,  2007

250 páginas, 16 €.

La editorial Menos Cuarto -dentro de la colección Reloj De Arena, dirigida por Fernando Valls- ha reunido en un volumen todos los cuentos de Carmen Laforet, esta escritora a la que me estoy acercando en 2012. Después de "Nada" y de "Siete novelas cortas" puse el punto de mira en sus cuentos, que puedo decir que me han gustado en líneas generales. El volumen que los reúne está dividido en tres bloques, de entre los cuales el del centro pertenece a los que Laforet reunió en formato de libro en vida, lo que obliga a pensar que son aquellos de los que la propia autora estuvo más orgullosa, puede que en realidad los únicos que hubieran debido pasar a la posteridad. A mi también me han parecido los mejores pero, como curiosidad, he de decir que me han gustado más los relatos de la primera época -su época juvenil- que los de la escritora madura que cierran el libro y que -se me ocurre pensar- aunque más experimentada quizá no albergaba ya la ilusión de los comienzos. Ya nos advierte en este sentido Agustín Cerezales -hijo y editor- cuando apunta que a partir de cierta época - la que coincide con el primer lustro de los cincuenta y su proyecto novelesco "La mujer nueva"-  sus relatos habían perdido para la autora la mayor parte de su sentido romántico, poco más que como fuente de ingresos económicos, textos que enviaba a los periódicos de manera rutinaria. Esas cosas se notan. Esto ha de tener que ver con su experiencia religiosa de 1951 -que narra en aquella novela-, en la que convirtió su agnosticismo racionalista en catolicismo sincero, profundo. Así que uno no ha de esforzarse mucho para imaginar el nivel de compromiso de quien vive así, desde una conversión que se siente necesaria.

Por resumir el tercer y último bloque del libro es el que contiene los peores cuentos. La verdad es que me he visto leyendo el libro sin reflexionar previamente sobre una cuestión que, habitualmente, me preocupa. Esta es: ¿es justo que sean publicados y divulgados aquellos textos que el autor no pretendió que trascendieran su intimidad? Creo que no, creo que es injusto y que quien toma por el autor este tipo de decisiones debe ser consciente de que comete injusticia con el autor aún cuando lo esté haciendo por el bien de la literatura, cosa esta que no ocurre necesariamente.

Uno de los cuentos que merece la pena es el  infantil "El secreto de la gata" (1). Único que de Laforet se conoce para niños y que está construido según la estructura habitualmente lineal de los relatos para adultos pero con la sensibilidad de la voz infantil y cierto aire de fábula que -como saben los papás- lo hacen cautivador. El librero ha probado a leerselo a sus chicos y ellos han respondido bien. Les ha gustado: cinco y siete años, y hace tiempo que leen sus propios cuentos. Debo decir que yo también me he dejado cautivar, y también que tengo cierta facilidad para ello.

En cuanto al resto de relatos de de este bloque la verdad es que suponen un mal cierre del libro. No porque todos sean malos, pero es que sucede que he captado lo que me ha parecido desinterés de la autora o, quizá, me he contagiado de mi propio sentimiento hacia ellos. Así, cuentos como "La Señora", "La extranjera", "La buena esposa y el turmix" o "Libertad", se me han antojado frívolos de tan flojos, excesivamente llanos. Tampoco es que otros como "El alivio" o "Recién casados" vayan mucho más allá, pero en ellos al menos se trasluce cierto interés por la indagación irónica en el costumbrismo de la época, algo que en los otros queda en retrato superficial. En cualquier caso conviene no perder de vista la perspectiva desde la que están escritos: la de una mujer que tenía un tanto revolucionado los clichés literarios de la época y en un contexto en el que Laforet más que alguien excepcional se presentaba en los dominadores círculos clasistas como intrusa. En ese sentido la visión de la España de posguerra y franquista que ella ofrece es -además de única- valiente.

El mejor relato de este bloque es "Don Pepe  y el vagabundo", que cuenta la historia de un pobre pedigüeño que entra en la casa de este don Pepe, por quien es sorprendido y que en vez de denunciarle a las autoridades le acoge de manera pretendidamente comprensiva para que desempeñe por ese día algunas tareas propias del criado de la casa. Está mayormente narrado desde la perspectiva del vagabundo aunque en tercera persona y es interesante la lectura que este hace del suceso que vive.

-

Los diez cuentos incluidos en la segunda parte -escritos entre el 45 y el 53- son aquellos que Carmen Laforet quiso recoger y dejar a la posteridad, así nos dice Agustín Cerezales en el prólogo a estos. Es decir, se trata de los más reputados de entre los que componen el libro, los mejores para ella y -he de reconocerlo- también para mi. Una y otra vez aparece la mujer en el mundo conservador de la época como tema central, representado en la maestra rural como en "El veraneo" -un cuento que sin rodeos ni sucesos extraordinarios pone de cara dos perspectivas de la vida radicalmente opuestas al relatar el encuentro de dos hermanos, después de muchos años de vivir separados-  o la soñadora artista "Rosamunda", que vive ya de vuelta de sus mejores años, de la evocación de estos y de su relato a quienes, como el joven soldado con quien comparte vagón, quieran escucharla. Un cuento delicado, en el que patetismo y ensoñación derivan en impostura y reivindicación de la mujer que, como la propia Laforet, trataba de esquivar entonces las imposiciones que se pretendían naturales o necesarias.

Sin embargo, tanto en la lectura de "La edad del pato" como en la de "Al colegio" he tenido la misma sensación que cuando leía algunos de los cuentos del final del libro, que ya he comentado. Historias demasiado vanales que -esto sí- da la impresión de que son importantes para la autora, como evocaciones de su infancia o primera juventud. Algo más me ha gustado "La fotografía", en la que me da la impresión de que hace un juego de palabras con el título y el caso que narra, en el que una joven acude a retratarse a una tienda de fotografía en total decaimiento y de paso retrata la decadencia general de la España franquista, sobre todo la inmediata a la posguerra.

Mucho más me ha impresionado "Última noche" en el que la protagonista, la francesa Claude, hace una relectura de la última carta que su marido escribiera antes de morir en la guerra del 39, y a partir de la cual decide conservar sólo las partes que deben trascender, que deberá conocer en el futuro el hijo de ambos. En dicha lectura se ofrece un (auto) retrato psicológico de Paul -el marido- y en la acción de echar al fuego la mayoría de las hojas de dicha carta queda retratada también Claude. Un cuento sin duda inteligente y de gran calado psicológico(2).

"El regreso" relata la historia de Julián, enfermo psiquiátrico, al que le es concedido permiso para ir a casa en Nochebuena y que no logra encontrarse en su hogar, de cuyo mantenimiento tendría que ser principal responsable de no encontrarse internado, y que encuentra entonces abandonado a la mala suerte y dependiendo de la beneficiencia, por lo que regresa de nuevo la sensación de responsabilidad de la que interno se sentía liberado y que ahora  siente pesada. De final brillante y turbador, poderoso en la demolición psicológica, emociona.

"La muerta" es otro de los magníficos cuentos de este bloque. Está protagonizado por el sentimiento de culpabilidad de El señor Paco, que " (...) no era un sentimiental. Era un buen hombre al que le gustaba beber, en compañía de amigos, algunos traguitos de vino al salir del trabajo y que sólo se emborrachaba en las fiestas grandes, cuando había motivo para ello. Era alegre, con una cara fea y simpática. Debajo de la boina le asomaban unos cabellos blancos, y sobre la bufanda una nariz redonda y colorada". Véase como Laforet mezcla en este retrato en tercera persona la descripción  que al uso el narrador hace desde afuera, y otra más psicológica que es en realidad autorretrato: "cuando había motivo para ello". El señor Paco trata de justificarse de una manera que me ha recordado a la  Menchu de "Cinco hora con Mario", pero esta vez el sentimiento de culpablidad parte de la presencia espiritual de su mujer muerta, una vez que el señor Paco creía poder vivir liberado definitivamente de la larga enfermedad que su mujer sufriera.

"Un matrimonio" me ha parecido también un muy buen relato, mucho más romántico de lo que la autora le tiene a uno acostumbrado, y en él se relata la resignación del joven Pedro al tener que elegir entre su mujer y una posición social más alta, económicamente holgada. Aunque quizá el tema pueda parecer manido el trato de Carmen Laforet es una vez más exquisito y no cae en atajos sentimentalistas.

"El aguinaldo" es el relato -aún cabría decir la historia- más claramente religioso que recuerdo haber leído de Laforet. Supone una indagación en la experiencia del enfermo resignado y capaz de trascender el sufrimiento: una reconciliación individual que tiene que ver con el conocimiento propio y que, desde luego, debe relacionarse con la conversión al catolismo de la autora a principios de los cincuenta. El resultado es un cuento bastante emotivo, a la vez que descarnado y, por supuesto, espiritual. Interesante en caso de que uno sea católico y también en el de que no, pues en el primero puede suponer una recreación en el asunto y en el segundo un acercamiento curioso.

-

Y, nada, para terminar parlo un poco sobre la buena impresión que los primeros relatos -escritos entre 1938 y 1942-, los que según los editores de este libro podrían llamarse "Cuentos de Andrea", me han dejado. Se trata en su mayoría de relatos que no fueron publicados nunca. Son más breves que la mayor de los del resto de su producción, que suelen rondar las ocho o diez páginas y aquí se quedan en tres o cuatro. "El Infierno" (1945), es uno de los publicados: es también un relato de tema religioso, pero en él no existe reivindicación de la fe ni del sentimiento católicos. Es más bien irónico y bastante filosófico, en forma de imagen, la de un monje que sufre penitencia por un pecado que le es perdonado, pero aquí el final -escrito por una Laforet rebelde de unos veinte años- es el siguiente: "Y después de alcanzar su cielo, vivió muchos años -y ése fue su infierno presentido- con el corazón florido como la retama..., dorado y amargo." . "Sorpresa" fue publicado en el mismo año, se trata casi de un cuento al estilo de los de príncipes y princesas, que se corresponde perfectamente con la jovencita que debió de escribirlos. Aunque apunta ya la desenvoltura necesaria de quien sería escritora de raza queda muy lejos de sus narraciones interesantes.

"La leyenda de Alcorah" es el cuento que abre el libro. Se trata de un texto descriptivo y fantasioso en el que se recrea Gran Canaria, donde se crió y pasó su adolescencia. Se trata, pues, de un homenaje a su tierra. Pero los cuentos más interesantes de este bloque están en el centro. Primero las tres fugas, cada una interesante a su manera.

Es "Fuga primera" un relato poético y muy irónico, un tanto burlesco, en el que la luna -"Yo soy la luna vieja de un pueblo de Castilla" cuenta a su interlocutor -la propia escritora aunque puede entenderse el lector- el coloquio que con una mujer soñadora tuvo y las consecuencias del mismo:  "¿Y fue feliz?", nos preguntamos al final del relato. Responde la luna: "Yo lo dudo. Las cosas a su tiempo. Fugarse de la vida propia es cosa de pura juventud. Fue una broma magnífica que le gasté... ¿No te hace gracia?...".

"Fuga segunda" está protagonizado -como apuntan los editores de este volumen- por la Andrea de "Nada" o por alguien que bien podría identificarse con la propia. En la historia logra por fin escapar de su viejo profesor de piano en favor del joven que la quiere. Se trata sin duda de la cara opuesta y del complemento perfecto a "Fuga Primera" y es, a  la vez, parte del relato de la escapada de la autora a Barcelona en 1939.

En "Fuga tercera" la huida hacia la libertad que parece dar comienzo en el relato anterior se hace explícita y se convierte también en despedida definitiva del mundo infantil: "¡No me importa nada ese después...! Todo en el mundo se paga y no quiero que sea pequeño el precio de esa inefable y azul locura que cuando se tienen 17 años representa cruzar el mar, sin permiso de nadie, para esperar el amor..."

Por fin, voy a cerrar esta reseña con "Carta a don Juan" (3), el relato también inédito que da título a este compendio y que es una vez más muestra de la sobriedad y elegancia que esta autora poseía ya en su juventud. Es la disculpa por el rechazo a un señor que -por lo que se deja entrever- debió de encapricharse de ella, y aún ilusionarse con la posibilidad de tenerla para sí. De nuevo la limpieza, la sencillez discursiva hacen del relato pieza delicada, pequeña delicia.

Y hasta aquí el resumen de mi última lectura a una de las personas que mejores páginas literarias dejó escritas en la España del siglo XX, referencia fundamental para entender el país en su posguerra, y de cualidades narrativas indiscutibles y eficaces. Aunque me apetece acercarme algo más a su novela lo cierto es que el libro que más me interesa ahora mismo es la correspondencia que mantuvo con Ramón J. Sender, "Puedo contar contigo", pues me encuentro muy intrigado por la biografía de Carmen Laforet y, por tanto, dispuesto a traicionarla. Una vez más. Maldito sea.




En el original------------------------------------------------------------------------------------------

 (1) Hace muchos años vivían tres niños en una casa con jardín, en un país donde nunca hacía frío. El jardín  de la casa siempre tenía flores, y por la enredaderas que colgaban de los muros subían y bajaban los gatos, hasta la azotea, o hasta la verja de la entrada.
En la casa había varios animales. Un gallinero estaba lleno de gallinas que alborotaban como locas cada vez  que ponían un huevo para la comida de los niños; y había un pavp que se llamaba míster Whisky, y que era el animal más tonto que se pueda imaginar, a pesar de lo cual paseaba libremente entre los parterres, con gran escándalo de las pobres gallinas, tan trabajadoras y tan encerradas, que se asomaban a la tela metálica de su gallinero para verlo pasar y le dedicaban insultos feroces:
- ¡Cloc, cloc... presumido! Cuello pelado.
Míster Whisky se ponía colorado y adoptaba un aire despreciativo.
- ¡Ordinarias!... -decía con un grito distinguido y chillón.

(2) Estas páginas las ha guardado Claude cuidadosamente entre sus joyas. Son ellas las que deben enterar al niño, cuando crezca, de la historia de su padre.
Lo demás que escribió Paul aquella noche: su miedo helado, sus cobardías y sus heroísmos, sólo Claude en el mundo lo debe conservar en su sangre, porque lo ha sufrido. El testimonio escrito lo devoraron las llamas.

(3) Y usted no pudo comprender mi risa, pero palidecía herido y suplicante. Y yo...  yo era lo imposible entonces. Lo que no se puede tocar y se desea. La ilusión venenosa de sueños solos. Al despedirnos me suplicaba aún sin palabras ¿qué? ... Que me dejase hechizar nuevamente, tal vez....
¡Qué pueril me parecía su deseo! Le hubiera acariciado...
Imposible, imposible. Nunca sabría llevarme a un mundo nuevo otra vez.... Pero le quiero mucho, no esté triste. De verdad que le quiero, dije al cerrar la puerta. Y no podía remediar reírme.
Me asomé a la ventana y le vi que se iba, despacio, por la esquina.
Su bello traje de demonio, negro, se había enganchado como en una zarza en mi risa y colgaba triste, desgarrado, con su carne morena de hombre estremecido del frío de la noche...
Me conmoví, señor, quiero que Usted lo sepa.

viernes, 30 de marzo de 2012

y Siete Novelas Cortas II.

Otra de las cuestiones que más me han llamado la atención es la cantidad de personajes que pasan por estas páginas de Laforet. Aunque de lo que más se habla en las reseñas y resúmenes que se han escrito sobre este libro -y aún en el prólogo de Álvaro Pombo y de Agustín Cerezales- es la beatitud de buena parte de las protagonistas de estas historias sin embargo me parece fundamental destacar que el objetivo de la Laforet era el retrato de la época, al igual que el de tantos buenos novelistas. Respecto a la época que se trata hay que decir que no siempre es la de la posguerra española pues la Guerra Civil está presente en estas historias y, por ejemplo, protagoniza  LOS EMPLAZADOS, novela en la que, por cierto,  la multiplicidad de personalidades es particularmente interesante, paradigmática por cuanto siendo tan diferentes el comandante, el alférez, el soldado y la profesora deben salvar un destino común, aún sin saberlo. Sobre las interpretaciones que abundan a propósito de la dicotomía bien-mal digo que no estoy de acuerdo, que no lo veo. La aparición del Diablo en esta historia es la de las riendas firmes, la del camino predispuesto o necesario, y su contradicción es la libertad lograda, labrada en las pasiones y el raciocinio de los personajes que hacen su propio futuro cuando interactúan.



La novela LA NIÑA es quizá la historia en la que de manera más clara aparece el personaje de la beata en el que yo mismo vengo insistiendo mucho. Se llama Carolina y pronto se encontrará en el camino con la niña Olivia, hija de María y que agoniza en el hospital que la beata atiende en su labor de ayuda a los desfavorecidos, enfermos en este caso. La beata deberá hacer frente, además, a una situación familiar de por sí un tanto enrevesada que, además, se agrava con los nuevos acontecimientos. Como en otras novelas los que parecen ser al principio personajes principales dan algo de paso a otros nuevos que parecen y cuyas vidas nos cuenta la Laforet al detalle, con pleno conocimiento. En esta novela la niña Olivia se nos aparece al final del relato como proyección de los deseos de Carolina, la beata.

En general y según voy haciendo la cuenta entiendo que estos relatos, estas novelas cortas, son de una calidad sobresaliente, tanto en la técnica estrictamente narrativa, su redacción, de una sencillez abrumadora, como en la calidad de las historias, humanas, profundas. Un ejemplo claro es EL ÚLTIMO VERANO, en la que doña Pepita es la madre de familia desahuciada, la razón de que todos los hijos se unan en un compromiso que en otras circunstancias sería imposible y en los momentos que se cuentan presentes cabría calificar de heróicos, dados los escasos ingresos con los que cuentan los distintos miembros de la familia: se trata de regalarle a mamá las que seguramente serán las últimas vacaciones de su vida(1).

Hay otro elemento que aparece una y otra vez en mis notas, y que hace referencia a un personaje: el de la criada. Este cumplía un papel importante en NADA, y aparece por algunas de estas novelas con un perfil común: el de quien fastidiosa cumple con su tarea a cambio de un mal techo y de poco que llevarse a la boca, como evidencia de la situación real de señores y señoras venidas a menos, pobres empobrecidos tras perder con el paso de las generaciones -también de la guerra- su noble posición social.

El libro cierra que la novela EL NOVIAZGO, que es considerada por muchos como la mejor de todas. También me ha gustado. Mucho. No entro en si es el mejor relato  pero coincido en que está entre los mejores. La historia parte con la propuesta de matrimonio que De Arco hace a su secretaria Alicia, bastante más joven que él aunque sea ella también una persona madura. La cuestión no es la edad sino la ocasión que Alicia se le presenta en un momento en el que ya no la esperaba, tantos años después de dar por perdida su ambición de casarse bien, con su jefe, de ser una persona respetable, con un título nobiliario... así que lo que ahora desencadena la propuesta de De Arco -que por su parte aspira a poco más que a estar acompañado en los últimos años de su vida- es un conflicto de prejucios entre las partes y en el que ninguna de las dos se salva por lo que, una vez más, no hay atisbo de enfrentamiento entre el bien y el mal ni se establece juicio de valor alguno. De verdad que no sé por qué se ha insistido tanto en esto: supongo que hubo quien lo dijo y, ya sabe, a base de copia pega es como algunas ocurrencias se convierten en verdades irrefutables. Por si no ha quedado claro: Carmen Laforet no juzga a sus personajes. En el caso presente los intereses de cada uno respecto del otro no llegan a cruzarse sino que, más bien, se establecen en tiempos -épocas de sus vidas- distintos, creándose un dilema interesante y sensacional, que los protagonistas han de resolver desde posiciones de poder no tan diferenciadas como cabría suponer(2).
Vuelvo en esta novela a destacar la incursión que, como ocurría en LOS EMPLAZADOS, hay de elementos mágicos. En esta ocasión destaco un largo diálogo que De Arco mantiene con su esposa muerta o, más bien, con la fotografía de ella. Se trata de una licencia que no se permite de manera explícita, pues es interpretable, pero resulta atractiva y misteriosa en cualquier caso.

Álvaro Pombo destaca en el prólogo el papel renovador de Carmen Laforet y entiende la posguerra como tema central de estas novelas. Personalmente me sorprendió mucho su insistencia en la aparición de la mujer beata, que no dejó de chirriarme e, incluso, enfrió un tanto mi predisposición inicial a su lectura. También Echevarría hablaba de ello e, igualmente, lo hacía Cerezales. Tenían razón, claro, y este cualidad se ha descubierto también para mi como uno de sus valores más importantes. La voz particularísima de esta escritora, un tanto melancólica pero quizá sobre todo resignada, su estilo preciso y claro y la profundidad psicológica de los personajes hacen de estas historias piezas tan sensibles como apetecibles: listas para degustar de nuevo.



La editorial Menoscuarto publicó anteriormente los cuentos de Laforet, con el nombre de CARTA A DON JUAN, libro del que espero hablar próximamente. Les dejo ahora con algunos fragmentos de estas novelas, he pensado en ordenar las entradas así de aquí en adelante, por facilitar una lectura selectiva a quien lo desee.








-En el original.....................................

(1) El último verano, páginas 399 y 400.
   
    Un rato más tarde, Luis, peinado primorosamente y vestido de limpio, causaba el asombro de la familia al extender sobre la mesa un fajo de billetes.
    - Para el veraneo de los padres.
Estaban todos reunidos para la cena. Todos sentados a la mesa esperándole, como de costumbre. Pero aquello rayaba en lo asombroso. Se quedaron sin decir palabra. Lucas contó los billetes.
    - Ochocientas pesetas... ¿De dónde has sacado tú las ochocientas pesetas?
    El padre se había puesto en pie, descompuesto.
    -Si has encontrado esto en la calle, desde ahora te digo que hay que devolverlo.
    -No hay que devolverlo... Lo he ganado yo... -Luis tenía la voz un poquillo temblorosa.
    -¿Que lo has ganado?...
    La voz de Luis se hizo como un hilo.
    -En la lotería de los ciegos... Sí.
    Fue un golpe afortunado. Tan afortunado que a nadie le cupo la menor duda sobre su certeza. Luis sintió por el pecho como un ahogo de alegría. Le parecía que era la primera vez que sentía una alegría así, de ver felices a los demás, simplemente.
    -Pues no sabes la suerte que es eso, muchacho -decía Lucas-. A mí no me han prestado en la oficina más que mil pesetas... Pero mi novia me ha dado otras mil... ¿Os causa asombro?... Son sus ahorros. Los ahorros que ella tenía para ir preparando su equipo de boda... En su casa ni lo saben... Es una muchacha como no se encuentra otra. Es como tú, mamá... Igual que tú.
    Doña Pepita miraba su plato, aún vacío; y con un dedo gordezuelo trazaba misteriosamente signos en el mantel. Don Roberto sonreía un poco, debajo de sus bigotes, mirándola.
    Se hizo un silencio. Una mariposa de noche, misteriosamente perdida en la ciudad, entró por el balcón y empezó a revolotear, torpe, gruesa, junto a la lámpara.
    -Bueno, mujer, ¿qué dices a esto?
    Doña Pepita levantó una cara sin sonrisa, una cara que resultaba conmovedoramente cómica, con los ojos empañados.
    -Hijo... Tu padre quiere que te diga algo... Pues, no sé... Dile a tu novia que no se parece tanto a mí como todos os empeñáis en decir... Dile que yo, a su edad, no hubiera dado mis ahorros para que una suegra desconocida se fuese de veraneo. Ésta es la verdad, y tengo que decirla. Yo no los hubiera dado.

   

(2) Un noviazgo, páginas 414 a 416.

    De Arco era un hombre corpulento, en plena decadencia. Desde hacía dos o tres años se derrumbaba como una torre. Había pasado de una juventud largamente sostenida a una decrepitud física que causaba asombro en los que le conocían. Ahora parecía de más de edad de la que tenía realmente. Tenía la nariz aguileña y su cabello era espeso, pero completamente blanco. Blancas también las cejas, y, debajo de ellas, una última y viva juventud en los ojos negros le hacían muy simpático.
    Estaba de pie junto a la ventana, y se apoyaba en un bastón. Acababa de pasar un terrible ataque reumático, y aún se resentía. Se volvió apenas al sentir a Alicia y la llamó.
    -Deja esa tremenda carpeta sobre la mesa y ven aquí. Hay algo interesante.
    Su voz, como sus ojos, estaba llena de vida y de simpatía. Alicia pareció no oír. Preguntó desde lejos:
    -¿Cómo se encuentra hoy?
    -¡Rejuvenecido!
    De Arco sonreía, y en aquella sonrisa había un poco de ironía y mucho encanto.
    -Bueno, acércate. Tienes que ver cómo juegan los perros. Te voy a regalar uno de los cachorros.
    En el patio jugaban, en efecto, un pareja de setters y tres crías.
    -Ya sabe usted, De Arco, que en casa no tengo sitio para perros.
    -Buenos... ¿no te gustan?
    -Sí...
    Alicia no sabía si los perros le gustaban o no. Se había pasado la vida diciendo que adoraba a estos animales y había acabado por creérselo. A De Arco le gustaban mucho.
    Alicia se había acercado muy circunspecta a la ventana, dejando un buen espacio entre ella y el jefe. Miraba aplicada y seriamente hacia el jardín; la expresión de su cara menuda era la misma que cuando estaba ante la mesa de trabajo. De Arco la contempló.
    -Pareces una niña, Alicia. Es curioso.
    Alicia enrojeció ligeramente.
    -Soy mucho más joven que usted.
    De Arco golpeó impaciente con el bastón.
    -No me refería a tu edad... Y ahora estamos solos, como siempre, por más señas, quisiera que me explicases cuándo vas a dejar de llamamrme de usted... Es bien ridículo entre nosotros.
    Alicia le miró. Tenía los pómulos enrojecidos.
    -No sé qué prtende, De Arco. Jamás he sido para usted otra cosa que una secretaria... Y que yo sepa no le he dado permiso nunca para tutearme.
    -¡Válgame Dios!... Nos conocemos hace treinta años, me has salvado la vida en una ocasión, has velado el cadáver de mi hijo. Y no puedo llamarte de tú... Eres una ridícula...
   Los ojos de Alicia resultaban casi siempre apagados. Ahora brillaron.
   -No soy como las demás mujeres que usted está acosumbrado a tratar, eso es todo. En las ocasiones a que usted se refiere me limité a cumplir mi deber. Soy su secretaria, como antes. Le trato con todo respeto y esijo respeto también.
    -¡Bravo, señor! Ahora hay que aplaudir, ¿no es cierto? De Arco bromeaba, mientras Alicia seguía seria. Él levantó el bastón señalándola, sin que la secretaria perdiera su rigidez.
    -¡Tonta de capirote!...
   Hubo un pequeño silencio.
    -¿No quiere repasar su correspondencia?
    -No, no quiero repasar mi correspondencia. Quiero charlar contigo. Vamos a sentarnos, porque me duele el pie, y vas a pedir que nos sirvan la merienda allí, junto a la chimenea... ¡Cuántas veces hemos merendado juntos aquí, Alicia?
    -Desde que usted se aburre, muchas.
    -Treinta años viéndote... ¿Te das cuenta de que esto resulta ya una especie de matrimonio? Nadie sabe tantas cosas de mí como tú... Esto es un descanso...



domingo, 25 de marzo de 2012

Siete novelas cortas I.

Carmen Laforet, entre 1952 y 1954.
Menoscuarto Ediciones, 2010.
472 páginas.
23, 50 €.



Supe de este libro hace algunos meses cuando estaba hojeando  una antología que Ignacio Echevarría hiciera para Lunwerg titulada LOS LIBROS ESENCIALES DE LA LITERATURA. Hacía poco que había leído y recomendado aquí NADA, de la misma autora, y me ayudó en mi siempre inestable planificación de lecturas, de manera que este libro que paso a reseñar es una de esas lecturas que no hace tanto ni siquiera tenía en mente.  Así que novela de posguerra es lo que toca. El texto de Echevarría es el siguiente:

Las siete novelas breves reunidas en este volumen vienen a desmentir el tópico conforme al cual la deriva religiosa de Carmen Laforet habría enrarecido y malogrado el prometedor talento de esta autora, que en 1944, con apenas veintitrés años, conmocionó el devastado escenario de la narrativa española con NADA, novela ganadora del primer Premio Nadal. Precisamente es el trasfondo espiritual de estas novelitas lo que les procura su particular intensidad y lo que mueve a pensar que el realismo testimonial que se impuso en la narrativa española de la década de los cincuenta bien podría haberse enriquecido con la compleja vibración moral y la radiante ejemplaridad que hace de piezas como EL PIANO o LA LLAMADA delicadas obras maestras. Asombra y emociona el vigor con que se atreve Laforet aquí a connotar positivamente una categoría tan denostada como la de la beatitud y a hacer del milagro una herramienta de la voluntad.

Es la de Laforet una voz sin duda femenina, una voz que no reivindica su género pero que, sin embargo, sí busca explicarse. Es, desde luego, una voz moderna la de quien nos cuenta estas siete historias escritas entre 1952 y 1954. Como en NADA su narración es omnisciente y de gran calado psicológico: sabemos lo que hacen sus personajes, conocemos todas sus motivaciones y entendemos cada una de sus decisiones.

Me atrevo a señalar también que la mayoría de sus protagonistas son alter ego de la escritora, prolongaciones, evoluciones o variaciones a partir del personaje Andrea, de la novela Nada. Casi todos ellos  expresan el dilema de ser mujer y ser una persona culta en la España de la época: arruinada económica, cultural y moralmente. Creo que es por los resquicios de esa oposición por donde asoman algunas de las mujeres beatas que protagonizan estas historias: son mujeres solidarias pero sobre todo independientes, que ponen sus objetivos fuera del entorno estrictamente familiar.

EL PIANO es la novela que abre el libro, aunque ya Agustín Cerezales -hijo de la autora- advierte en el prólogo que en su labor de editor debió decidir el orden de estas historias, pues carecían de uno previo. La situación es la siguiente: Rosa y su marido Rafael viven en su apartamento de la ciudad y viven tiempos de crisis. Él trabaja en una novela que seguramente nunca termine. Ella es la mujer desprendida, libre, que lo enamoró y que le consiente y cuida, y el piano es la herencia que ambos recibieron de la rica tía Angustias, que tan sólo así supo agradecer las atenciones recibidas de su sobrina Rosa, la que desde pequeña tocaba sentada al instrumento en casa de la tía. Por eso la beatitud de Rosa es aquí paradigma: no se habla tanto de la mujer conservadora, ultrarreligiosa, como de quien valora más la felicidad de los demás que la propia, quien ve en la felicidad de los otros su bienaventuranza. Pero Rosa, como Andrea en NADA, es una mujer independiente, que busca relacionarse con el mundo, perderse en él. Un denominador común de ambas es, por ejemplo, el paseo sin rumbo al que las tres -meto en el saco a la propia Laforet- eran grandes aficionadas. Al final el piano es un símbolo, una metáfora de las necesidades creadas, que nos atan a una realidad inventada que, esto sí, a menudo satisface egos: el piano es una oportunidad, por ejemplo, para organizar reuniones de salón a los que sus vecinos acuden admirados.

LA LLAMADA tiene un comienzo embaucador que hace del lector oyente boquiabierto: Si este caballero envuelto en un impecable abrigo gris oscuro que le hacía conservar los restos de una antigua prestancia, entre los trajes veraniegos de los otros pasajeros, no hubiera estado aquel día apoyado en la barandilla del buque de carga, y no hubiese sentido el deseo de desembarcar y conocer la ciudad, esta pequeña historia no se hubiera escrito... Podría haberse escrito otra; pero ésta casi estoy segura de que no.
El caballero se llama don Juan de Rosa y con él da inicio una bonita historia de relaciones perdidas, de viajes y encuentros, deseos y resignaciones. Una vez más aparece la caridad cristiana como elemento fundamental, capaz de precipitar la acción, y es gracias a ella que Mercedes, la mujer acabada con quien Don Juan Rosas da en aquella ciudad, la mujer que en tiempos muy pasados se empeñara en asombrar al mundo sobre un escenario tendrá una nueva oportunidad.

Lo vengo pensando así desde hace algunas horas y es verdad que la novela anterior, esta que paso a reseñar y la siguiente tienen en común el viaje. Si LA LLAMADA parte de un viaje y LOS EMPLAZADOS, la novela que reseñaré a continuación, se desarrolla gracias al viaje que los personajes realizan desde un origen común hacia un destino común, en la presente -EL VIAJE DIVERTIDO- Carmen Laforet se recrea en el propio viaje, en el hecho de que su protagonista salga por primera vez de su pueblo y sin su marido, de viaje a la ciudad. Elisa desciende de una antigua familia rica que lo pierde todo durante la guerra, una familia que, de hecho, se pierde al completo, con la salvedad de la propia niña, que se crió con parientes y en un ambiente conservador. Hay otra beata aquí. Ahora, casada y con un mamoncillo, partirá con su cuñada a la boda de un primo y los maridos (y el mamoncillo) quedarán en el pueblo, así que se trata de un viaje psicológico también. Es uno de mis cuentos favoritos. Contiene, además, elementos intrigantes que enriquecen la historia y la hacen más interesante.

La historia LOS EMPLAZADOS juega con los conceptos de destino y casualidad en sus personajes principales: cuatro protagonistas que parten de una situación común y cuyas vidas se desarrollan para encontrarse de nuevo al final. El lector es testigo de la visita que el Diablo les hace el día del bautizo del más joven de todos los personajes, la niña Teresa, con motivo del emplazamiento del que el Diablo ha sido informado y según el cual cinco de los presentes en la celebración morirán en el año 1936, es decir, en la Guerra Civil. Cabe destacar, pues, la inclusión de elementos mágicos que, en el caso presente, estarían directamente relacionados con la religiosidad profunda de la autora:

El diablo, aburrido de tanto jeroglífico, dio un resolpido y una patada en el suelo. Al momento se hundió entre una humareda que no percibió nadie, y dejó un olor a azufre que hasta llegó, muy debilitado, a la nariz de la abuela de Teresa. Esta señora miró sospechosamente a Nicolasillo -aún sin comprender- enrojeció.... Entonces la abuela de Teresa creyó sinceramente que sus sospechas habían ido por buen camino.

Pero nótense la ironía, y el sentido del humor: es gracias a ellos que la Laforet nos conduce por senderos espirituales sí, pero no tan religiosos, nada ortodoxos. Por eso leer a Laforet es una expewriencia enriquecedora. Por otras cosas también:  por ejemplo me parece particularmente interesante la perspectiva política desde la que se cuentan aquellos acontecimientos, que ha de suponerse necesaria dada la fecha de estas novelas o relatos -estamos en la posguerra-, que se choca frontalmente con el discurso de la izquierda contemporánea (pretendidamente democrático) de los hechos y que, sin embargo, logra mantenerse en un plano completamente humanista porque choca con el discurso frívolo de la derecha rancia de ahora. Cabe decir en este sentido que el relato de Laforet -que vivió la Guerra Civil en primera persona- es más humanista que el de nuestros coetáneos, políticamente correctos e hipócritamente más demócratas, aleccionadores y desde luego más interesados en la propaganda política que en el análisis de la que fue la época más vergonzosa de la España moderna. En ese sentido el consejo que puedo dar es que lean a quienes vivieron los acontecimientos, y huyan como alma que lleva el diablo de los analistas actuales así como de los otros especuladores sin escrúpulos: y no busquen trigo limpio en ninguno de los dos lados: y no abusen del dulce: pero coman fuerte por las mañanas.
En unos días vuelvo con la segunda parte de esta reseña. Este verano el blog cumplirá cuatro añitos, y aún siento que estoy empezando y, además, vuelvo a mis orígenes porque, efectivamente, me lo pasaba mejor entonces. De momento me concentro en la prosa profunda y sencilla de una escritora impresionante.



lunes, 12 de diciembre de 2011

Nada.

Carmen Laforet, 1945.
Austral, 2006.

304 páginas.
7, 95 €.

Últimamente me cuesta escribir reseñas. He dado con la clave: para este último libro he tomado demasiadas notas, me he impuesto una tarea que no merezco, un castigo. Leo notas aquí y allá y no sé por dónde empezar ni a cuales de ellas dar más importancia. De primeras se me ocurre decir que he terminado una de las mejores lecturas del año, de esas que a estas alturas tienen un puesto reservado en la lista que más o menos todos los blogueros que escribimos sobre libros hacemos a final de año.

Hay varias razones para considerar tan buena a esta novela que inaugurara en 1945 los premios Nadal (cabría hablar sobre la responsabilidad que este tipo de premios asumió con los autores que los dieron la reputación necesaria para obtener los beneficios deseados). Pero a lo que ahora vamos: el ambiente decadente de la casa de la calle de Aribau -donde se desarrolla la acción principal- y la personalidad aborbente y delirante de la mayor parte de sus personajes hacen que el relato sea tan oscuro y claustrofóbico, a veces macabro, que me ha recordado a la novela gótica, un género que conozco algo, lo cual quiere decir poco. Comienza así:

Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie.

Quien narra es Andrea, una joven de dieciocho años que llega a Barcelona desde el pueblo y cargada de ilusiones, en los primeros años de posguerra española, para estudiar Letras en la Universidad. A las horas en que llega ya ninguno de sus parientes la espera en la casa de la calle de Aribau, propiedad de su abuela y en la que viven, también, su tía Angustias, su tío Juan (con su tía Gloria y el niño), su tío Román y la criada, que se le presenta a Andrea de forma especialmente inquietante, como una sombra que domina desde cierta posición de privilegio un juego funesto, dueña y señora de la cocina, sirviente de pobres. Pero, vaya, en 1940 o 1941 pobres era de lo que más había en España. La que en algún momento fue una gran casa noble, cuando la calle de Aribau no necesitaba de un nombre, es en aquellos años en los que se desarrolla la acción símbolo del reseteo al que el país fuera sometido. Grosso modo así se nos mete en la historia en un primer capítulo soberbio capaz de por sí de justificar muchas páginas posteriores. Pero las páginas posteriores, los capítulos siguientes, presentan a los personajes a la vez que empieza a desarrollar el de Andrea, y la inquietud de quien lee crece y, con ella, las expectativas, que no serán defraudadas.

Se trata de una historia de gran profundidad psicológica en lo que concierne a su protagonista. Sin embargo, antes de ello el lector se sentirá abrumado por el perfil de los habitantes de la casa. Andrea los conocerá mejor desde la mañana siguiente y también el lector se encontrará con un panorama escalofriante: la violencia entre los hermanos Juan y Román está presente desde el primer día, tienen cuentas pendientes desde la guerra. Juan maltrata a su mujer Gloria continuadamente y sin complejos -con derechos sobre ella que todos suponen-, Angustias discute abiertamente con Juan y con Román, mientras la criada mantiene su aire de sombra a un lado, la abuela trata de comprender a todo el mundo y, sin duda, el niño de Juan y Gloria sufre una crianza denostable. Además Román es un tipo bastante misterioso e interesante: se muestra sereno en su violencia verbal incluso en las discusiones más agrias, toca el violín y el piano, resulta atractivo. En un principio es a él a quien Andrea se acerca más, persuadida -a menudo la invita a café y a cigarrillos- o quizá a la búsqueda de referencias que le ayuden a estar en un lugar tan extraño: el de su propia familia.

El primer día tuve la impresión de que, delante de mí, en la sombra, bajaba alguien. Me pareció pueril y no dije nada.
Otro día la impresión fue más viva. De pronto, Román me dejó a oscuras y enfocó la linterna hacia la parte de la escalera en que algo se movía. Y vi clara y fugazmente a Gloria que corría escaleras abajo hacia la portería.

Ya, de paso, pueden ir viendo el estilo: es mucho más que directo. De hecho no estoy muy seguro de que el estilo de Carmen Laforet sea directo, al menos en esta novela. Es verdad que ahorra mucho en paja y, sobre todo, en expresiones hechas de esas que tanto pululan por literaturas y periodismos en general, pero no creo que eso signifique que el estilo es directo. Lo digo porque se trata de un apunte que se hace en muchos sitios que hablan del libro, también en el prólogo de la Montero en la edición que he leído, que no es la que vende el librero. Y no. Su estilo no es directo: su estilo es preciso, que no es lo mismo. Sus frases son bellas y, cuando quiere, ricas pero, esto sí, no utiliza descripciones sobrecargadas de detalles y conceptos que el lector no atrapa y que se quedan en aproximaciones fallidas. Carmen Laforet se recrea cuando quiere en su estilo, le da vueltas, dista de ser directo: "Las aceras, teñidas de la humedad crepuscular, reflejaban las luces de los faroles recién encendidos". ¿Va?


Seguramente es su tía Angustias en la primera parte del libro el personaje que más influye o, mejor dicho, trata de influir sobre Andrea. Su fijación con los deberes con los que la adolescente ha de cumplir es enfermiza y, en realidad, está muy cerca de lo que hoy en distintos ámbitos se llamaría acoso, respecto a lo cual sería necesario no olvidar que Andrea no siente la familiaridad de sus parientes, para ella son poco más que desconocidos que hacen de la casa en la que ha de vivir un lugar inhóspito. Angustias trata de representar para el mundo el papel de mujer ejemplar con el que, según sospechan todos, no cumple. Cuando se va, harta de ser humillada y dispuesta al encierro religioso, la familia la despide en la estación y la Laforet nos ofrece otro de esos pasajes que hacen de esta novela una obra sobresaliente. Está llena de ellos:

- ¡No te hagas la mártir, Angustias, que no se la pegas a nadie! Estás sintiendo más placer que un ladrón con los bolsillos llenos... ¡Que a mí no me la pegas con esa comedia de tu santidad!

 El tren empezó a alejarse y Angustias se santiguó y se tapó los oídos porque la voz de Juan se levantaba sobre todo el andén. 


Gloria agarró a su marido por la americana, aterrada. Y él se volvió con sus ojos de loco, furioso, temblando como si  le fuera a dar un ataque epiléptico. Luego echó a correr detrás de la ventanilla, dando gritos que Angustias ya no podía oír.


- ¡Eres una mezquina! ¿Me oyes? No te casaste con él porque a tu padre se le ocurrió decirte que era poco el hijo de un tendero para ti... ¡Por esooo! Y cuando volvió casado y rico de América lo has estado entreteniendo, se lo has robado a su mujer durante veinte años..., y ahora no te atreves a irte con él porque crees que toda la calle de Aribau y toda Barcelona están pendientes de ti... ¡Y desprecias a mi mujer! ¡Malvada! ¡Y te vas con tu aureola de santa!...


La gente empezó a reírse y a seguirle hasta la punta del andén, donde, cuando el tren se había marchado, seguía gritando. Le corrían las lágrimas por las mejillas y se reía, satisfecho. La Vuelta a casa fue una calamidad.


Así es como acaba la segunda parte. Desde ese momento Andrea ocupa la habitación de Angustias, que es la que está mejor cuidada. Aunque en un principio se ilusiona con la posibilidad de que las cosas mejoren en la casa lo cierto es que la Universidad y su contexto, la ciudad son espacios que se presentan como escapatorias. El hambre la torturará todos los días y la llevará a cometer algunas estupideces, a veces da la impresión de que la inanición de la narradora lleva al lector por caminos erróneos, quizá alucinados por Andrea. Conoce a Enea, conoce a otros chicos pero, pronto, en el colmo del despropósito descubrirá también que esos espacios de libertad están igualmente ligados a la casa de la calle de Aribau, y su estancia en Barcelona se irá convertiendo en un continuo y frustrado intento de escapada sentimental que deriva en un final trágico y también en un buen final, en un retrato hosco de una época y de unas circunstancias que a la propia Carmen Laforet tocó vivir en primera persona y retratar con imágenes oscuras.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Apuntes. Sobre Nada.

Dicen que los amos acaban pareciéndose a sus perros. Puede ser que los autores acaben por parecerse a sus personajes, y esto no depende directamente de la calidad de los autores, ni de su estilo ni de su reputación (mucho menos), ni siquiera de su inteligencia. De hecho sé que cada vez me parezco más al librero. No sé si se me entiende: quiero decir que, al fin y al cabo, a mi se me va conociendo y del librero hay pocas pistas por aquí, pero mi chucho (ya saben) me está pegando algunas manías: no sólo leo cada vez más despacio sino que a veces estoy pensando en la segunda lectura antes de acabar la primera. No siempre. NADA es un ejemplo.

Es que he andado algo liado estos días y he leído a ratos y más bien de mala manera esta novela que siento que no me ha impresionado tanto como hubiera debido, pero que me ha dejado un gusto inquietante, suficientemente inquietante como para querer entrar de nuevo en ella. El piso de la barcelonesa calle de Aribau en la que la acción de esta novela se desarrolla es tétrico, y sus habitantes están desquiciados, ellos forman la familia de Andrea: la joven que esperaba que por allí la vida se le abriera de par en par, como el sueño que se confirma en la realidad. Esta mañana empecé el libro de nuevo: antes de comenzar la reseña sentía que estaba dejando pasar la oportunidad de gozar más profundamente una historia que me ha recordado a la Pardo Bazán de LOS PAZOS DE ULLOA y me ha traído a la cabeza DRÁCULA de Stoker: he abierto el libro de nuevo y la tapa ha producido un chirrido que no venía en el texto original: 

Lo que estaba delante de mí era un recibidor alumbrado por la única y débil bombilla que quedaba sujeta a uno de los brazos de la lámpara, magnífica y sucia de telarañas, que colgaba del techo. Un fondo oscuro de muebles colocados unos sobre otros como en las mudanzas. Y en primer término la mancha blanquinegra de una viejecita decrépita, en camisón, con una toquila echada sobre los hombros. Quise pensar que me había equivocado de piso (...)


NADA es la historia de una joven huérfana que comienza sus estudios universitarios en los primeros años de posguerra española. Para ello se alojará en la casa de sus abuelos maternos, en la que aún viven varios de sus parientes en un ambiente decadente, sombrío y violento que Carmen Laforet describe directamente sobre la espina dorsal del lector. Pienso decir más cosas.