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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Tansonville, tiempo encontrado.

He llegado tarde el otro día a la librería. Quiero decir que he llegado bien tarde. Creo que no estuve por la mañana. He podido pillar infraganti a C.V., un tipo de biografía -entiéndase que hablo de personas, no de clases- densa. Le he pillado con dos libros en la bolsa, listo para salir de la tienda. Los había pagado. Eran de poesía. Libros numerados, editados de lujo, con cariño. Editorial Tansonville, que dirige el poeta vallisoletano Eduardo Fraile. No pude evitarlo. De verdad que llegué tarde.

Aún no hace un año que cuento con este depósito que Eduardo me cedió amablemente y con el que mi librería está un poco mejor alimentada, pero ya me faltan cuatro ejemplares: ¿tendré que esconderlos? Sí, puede que sí: ya no me queda ninguno de los dos ejemplares de Y DE MÍ SÉ DECIR, poemario del propio Fraile. Qué pensará cuando se lo diga, qué me dirá cuando confiese que me he quedado sin ellos, que hubo clientes que compraron esas ediciones encuadernadas a mano por Juan Costa. Pero Javi, me dirá seguramente con una sonrisa bien dibujada, quién compra libros a 33 €. Tiene razón. Es una pregunta pertinente. Y tengo una buena respuesta: tres de esos libros los ha comprado C.V. El otro día se llevó, además de un fraile, la edición trilingüe de LA RISA DE DIOS,  de Pedro Casariego Córdoba. Por qué lo hará.


Un cliente tan cercano que no puedo considerarlo tal cosa -ni ninguna otra- compró el verano pasado INSTRUCCIONES PARA BLINDAR UN CORAZÓN, de José María Parreño. Por no ser del todo falso digo que en esta ocasión tuve mucha culpa, ya que yo mismo se lo recomendé, pero lo hice porque hubo quien me recomendó a Parreño previamente, incluso quien me recomendó la propia editorial antes de saber yo que existiera. Por otro lado, aún me queda un ejemplar de este título. Espero que al menos el destinatario sepa apreciar los dibujos de Pe Cas Cor, el tacto cálido de sus hojas verjuradas, la poesía amiga, compañera que se ofrece a hablar contigo, a decirte y escucharte. Que sí, que hay libros que también escuchan, libros con tiempo para su lector.

viernes, 20 de marzo de 2015

Nº 88

José Carlos Atienza es poeta de Navalcarnero nacido en 1970 que ha publicado ya otro libro además de este que presento ahora. Aquel otro tiene por título MARWANE, EL MAGO y está dirigido a público infantil. Yo de Atienza he sabido por boca de mi amigo y también poeta Luis Julio González Platón, que me lo recomendó vivamente. Lo cierto es que me he quedado medio muerto cuando he visto que mi perro Vito lo estaba devorando, en un descuido mío que se ha alargado más de lo debido. Ahora tengo la ilusión de que al perro le gusta la poesía, la poesía social, reivindicativa, que se hace cargo de las cosas que pasan. Prologado por Antonio Capilla Loma (Cantilana, 1954) una treinta de poemas de los cuales transcribo uno, para que se vayan haciendo a la idea. A ver si les gusta.

José Carlos Atienza, 2014
Lastura, 2014.

80 páginas.
8 €.

Un nuevo silbido
se precipitó sobre su consciencia.
Del grito al silencio.
La noche mudó
como un eclipse a una agónica afonía
y un mundo opaco se presentó frente a él.
Un espacio infinito donde la vida
se arrastra sin puntos cardinales.

Sus rodillas finalmente se humillaron
con la dignidad por mástil
y con una bandera blanca
ondeando sobre un cielo invisible.
Prefirió la caricia del asfalto a la resistencia.
                                                   Cerró el telón y viajó al paraíso de la                                                                                                   inconsciencia.
                                                   La noche encajonada,
                                                   lo acogió en su seno
                                                   y lo envolvió en la zozobra del silencio.

lunes, 2 de marzo de 2015

De la tienda al mar.

19. A puntico de vender - y lo digo porque debí hacerlo y por despiste propio aún lo tengo en la tienda- he comenzado a hojear este BOTELLA AL MAR (transcribimos al final de esta entrada el poema del uruguayo Benedetti del mismo título), que es una antología poética interesante a pesar de su orientación explícitamente didáctica, con muchas notas, guía de lectura y propuestas de trabajo. José Ramón López García (Montevideo, 1970) es licenciado en Filología Hispánica y en Filología Catalana y doctor en Filología por la Universitat autónoma de Barcelona. Además de este ha trabajado en un número abundante de publicaciones sobre autores y contextos poéticos, entre los que destacan los relacionados con los exiliados de la dictadura franquista. La presente antología me ha parecido muy atractiva porque esta dividida en 14 temas o secciones y en cada uno de ellos pueden leerse poetas de épocas variadas en lengua hispana y que, por supuesto, ofrecen una perspectiva diferente sobre preocupaciones comunes. Estos son los poetas y las poetisas: Rafael Alberti, J. Javier Alfaro, Blanca Andreu, Bernardo Atxaga, Mario Benedetti, Juana Castro, Luis Cernuda, Luis Alberto de Cuenca, Gerardo Diego, Enrique Díz-Canedo, Julio Alfredo Egea, León Felipe, Luis Feria, Jaime Ferrán, Gloria Fuertes, Vicente Gallego, Federico García Lorca, Luis García Montero, Pedro Garfias, Jaime Gil de Biedma, Oliveiro Girondo, Ángel González, Otto-Raúl González, José Agustín Goytisolo, Nicolás Guillén, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, Carmen Jodra Davó, María Elvira Lacaci, Antonio Machado, Manuel Machado, Concha Méndez, Gabriela Mistral, Enrique Molina, Esther Morillas, Jesús Munárriz, Pablo Neruda, Aníbal Núñez, Carlos-Edmundo de Ory, Leopoldo María Panero, Nicanor Parra, Octavio Paz, Carlos Reviejo, Pedro Salinas Eloy Sánchez Rosillo, Eduardo Scala, José Juan Tablada y José Watanabe.

VVAA.
Edita J.R. López García, 2009.
Ilustra O. Malet.
Editorial Teide, 2009.

322 páginas.
13.08 €


BOTELLA AL MAR.

Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.

Mario Benedetti, 1979.

lunes, 16 de febrero de 2015

He vendido PORNOGRAFÍA PARA INSECTOS la semana pasada.

17. Y ahora tengo bichos apelotonados a la muerte. Se me quedan pegados al cristal como si tuvieran fe en poder atravesar un umbral más frío que una fábrica de clips. José María Parreño (Madrid, 1958) publicó su primer libro en 1981 con el título INSTRUCCIONES PARA BLINDAR UN CORAZÓN y ese también lo quiero tener. Me lo han recomendado. Lo ha hecho el mismo insensato que el pasado viernes 14 de febrero compró este que hoy presento, que lleva por subtítulo "O más bien EL DESVIVIDOR", y que no he podido evitar comenzar a leer. Qué maravilloso en descubrir ejerciendo tu profesión y qué agradecido le estoy a mis clientes.

José María Parreño, 2014.
Pre-textos, 2014.

98 páginas.
15 €.


Prólogo.

Este no es el libro que yo quería escribir. Aquél estaba dedicado a los apuros del lenguaje en su trato con la paradójica realidad. Se titulaba Pornografía para insectos.
Le dediqué años, pero cada día y cada noche fracasaba en mi empeño. Mientras, como en su reverso, iba escribiendo otra cosa: este libro de ahora, tan obstinado en ver la luz que más que revelárseme, se me rebeló. Sus páginas están redactadas a escondidas de mí mismo. Es la autobiografía de un yo al que antes no había tenido acceso.

Ahora debo explicar que tan constante como mis ganas de fumar o de mirar a las chicas, ha sido siempre la certeza (sin una sola prueba) de que existe una realidad distinta a ésta. Lo Otro, lo Sagrado, el Todo, el Tao, Dios, la Vacuidad, la Vía y muchos otros nombres locales o de época aluden a lo mismo. Empeñarse en sólo uno de ellos es una especie de nacionalismo del espíritu. Creo también que los seres humanos somos, por así decir, facetas o reflejos de esa otra realidad. Nuestra condición material nos reduce a ello (si bien es esa condición material la que nos permite tal intuición, paradójicamente). En definitiva, como escribió con apetito Nicanor Parra, somos "un embutido de ángel y de bestia".
Diversas tradiciones, desde hace siglos, han advertido que para fundirse o dejarse enhebrar por esa deidad o ese Todo, por el flujo del universo vivo, es necesario aniquilar el yo. Un yo constituido de deseos y de la lucha por satisfacerlos, y que estamos convencidos inamoviblemente de que es lo que uno es. Por esta razón, acabar con él produce una pavorosa sensación de final, como si el fin del yo fuera la muerte. Y naturalmente, nos resistimos a ello con todas las fuerzas.

Es mi caso: aunque llevo muchos años intentando fundirme o enhebrarme, mi yo no consiente en morir de ninguna manera.

Y sin embargo, ay, sin embargo, lo que hace es desvivir, desvivir diariamente.


***


Hay orquídeas que se hacen pasar
por hembras de abeja
y consiguen así que los más lujuriosos
y rápidos machos
las monten
y se lleven su polen
más lejos.
Estas flores son
pornografía para insectos.

Por idéntica regla de tres
o loco silogismo
podríamos decir
que las enfermedades son aperitivos
de la muerte, 
que la impaciencia
de la eternidad
es el tiempo.
Lo escribió Ángel Ferrant, un escultor:
"Todo se parece a todo".
Sí, 
en el espacio hay eco, 
pero en las formas y en las ideas también.

Todo se puede decir
a través de otra cosa, 
que no es
y que en cambio revela
una oculta verdad.

Y yo, 
¿qué verdad
finge en mí
ser un hombre
cansado?

***

Pero, tengan, les dejo 
un regalito.

lunes, 19 de enero de 2015

Antifonario de La Liébana

Luis Julio González Platón, 2014.
Montañas de Papel Ediciones, 2014.

64 páginas.
12 €.

Un lugar vedado a la muerte. Puede que sea esta una de las definiciones posibles al poemario que he venido leyendo en las últimas semanas. Un poemario en el que el pasado funciona como asidero frente al futuro cierto en la conciencia de Luis Julio González Platón (poeta y traductor ya reseñado aquí con LA ESQUINA ROTA), temido en su condición de previsible y absoluto, y que maneja con solvencia poética pero en una suerte de pesimismo existencial que sólo a partir de la segunda parte deja pasar algo de luz camino de un optimismo que se plasma en las últimas páginas con vocación esperanzadora pero sólo desde la asunción de la terrible verdad: que lo bello acaba o, todavía, que lo bello es causa de lo terrible . Que el frío se nos echa encima sin remedio y que no hay nada por hacer al respecto salvo tratar de vivir lo que somos y lo que fuimos es la principal conclusión que saco de esta lectura. En ese sentido las ascuas de la religión consoladora siempre me han parecido insuficientes y  no me ha parecido que este canto -en cuyo título se busca la semejanza con el salmo- vaya más allá de la forma en cuanto a su carácter religioso.

Entiendo que por eso en este poemario las ascuas son otras. Las ascuas que encienden la leña que calienta el cazo de nata o de leche. La leche de abuela, la leña de abuelo. Fe en el más acá. Dicha por un más allá que pasó pero que se viene con nosotros como armazón de amor y vida capaz de protegernos de la muerte. Esto es el Antifonario de la Liébana, un canto a la vida para el que el autor se sirve de esa hermosa comarca cántabra de montañas y valles, de una naturaleza rica en elementos poéticos en el que también la inmesidad del mar se muestra como fin, quizás principio o, simplemente, referencia de la vida ordinaria y sencilla. Y está lleno de matices, de palabras bellas (los cuetos, las majadas, los cárabos, lo lueñe, las tenadas...) y evocaciones emotivas. Las albarcas artesanalmente construidas al calor del fuego nos sirven para andar sobre la nieve que es manto de vida, pero también frío de muerte.

Tengo la impresión de que en este canto a la vida la nieve del verano se abre paso con toda la fuerza, algo que el poeta no trata de esconder. No hay en este poemario intención consoladora, es un trabajo mucho más interesante, porque se trata de un antifonario abierto a las dudas, bello y sentimental, en el que afloran como la mismísima primavera las contradicciones fundamentales de la vida, reencontrada en el pasado cuando surgen los miedos al futuro.

En el original (dos poemas):

Bajabas siguiendo el arroyo
ebrio de la luz del otoño
que ardía en los corazones de los chopos.
El mundo era entonces
descaradamente joven,
esperanzas e ilusiones con olor a libros nuevos,
unas casas al volver de una curva,
un puente al entrar en Cervera, 
la noche con el suave susurrar del Pisuerga.
Ya olía la tarde a lumbre,
a manos que se encuentran para borrar el miedo,
a deberes de colegio y a leche caliente
entre tizas y punteros.
Libertad de una tarde sin escuela
jugando con la nieve primera entre los prados.
¡Qué lejos la muerte en aquella chopera
reflejando su oro en tu mirada!
¡Qué antiguos nosotros 
abrazados en silencio
mientras la tarde huye hecha brasa
recorriendo las sendas perdidas
que olvidaron en su éxodo
los humildes pastores de los Cardaños!

...


La nieve en su seno recibía las heridas
de los cascos libres, huérfanos de herraduras, 
de los potros que pasaban el invierno
alejados de la voz violenta del viento en la collada.
Abrazados, al calor humilde y sencillo
de dos almas que se aman en la noche, 
escuchábamos el blando caer de los copos
en los pañuelos olvidados de los prados.
Al calor de nuestros besos, dibujábamos el paisaje
infantil y puro de los hayedos nevados .
Nadie interrumpía el trabajo de la nieve,
la alegría de los niños al contemplar la pureza,
la sagrada respiración de los amantes.
Y la nieve cubría, poco a poco, los caminos,
las sendas que nos llevaban hasta el pueblo lejano.
Y nada nos faltaba en nuestra abundante pobreza.



lunes, 22 de diciembre de 2014

PALAIS DE JUSTICE

José Angel Valente, mediados 1980.
Galaxia Gutenberg, 2014 

102 páginas.
16 €.

Hablo de jotas indiscriminadamente. Tengo dos clientes Jota. Uno de ellos me cuenta de todo, es uno de mis mejores y más interesantes clientes y el otro día agarró el libro de Valente y me preguntó si era un invento de Galaxia. Le contesté que quizá sí, que podía ser. Nos reímos con la cuestión esta de los libros inventados, manuscritos que salen de los cajones de cualquier autor y que algún avispado familiar o amigo o editor hace llegar a un editor que lo publica generalmente porque el mundo no se podía perder ese original que, a menudo, ni siquiera existe. A veces se juntan papeles y se les pone título. Hay de todo como en botica pero el introductor de esta obrita -Andrés Sánchez Robayna- dice que no, que si Valente no había publicado antes PALAIS DE JUSTICE era porque hasta el momento no se daban las condiciones necesarias. No sé cualés son. Parece que una de ellas es que el poeta estuviera muerto. El resto también familiares. En cualquier caso ya se conocían algunos fragmentos que se publicaron entre 1986 y 1993 y que Galaxia había dejado para el apéndice de sus obras completas.

En su DIARIO ANÓNIMO se encuentran las siguientes palabras: "Palais de Justice: sucesión de actos de la memoria. Lo vivido, incluso lo inmediatamente vivido, reaparece con el espesor de los sueños". A Valente uno se arroja, ya he vivido esa experiencia antes. Por eso volver a él ha sido emocionante. Tiene este autor algo de animal, algo de primario que asoma entre los resquicios que deja la forma preciosista de su narrativa. Es un poeta muy pulcro y a veces grotesco, vertiginoso porque entra en la herida y eso da miedo. Sus días parisinos tras el proceso judicial de su divorcio parecen ser el arranque de estos escritos que me han parecido más autobiográficos que otra cosa por cuanto que incluso los más descaradamente ficticios creo que retratan sus estados de ánimo, a menudo relacionados con el desencanto y con la inseguridad, la inseguridad en cuanto a los nuevos rumbos que tomar pero, sobre todo, en cuanto a la propia identidad. Así el narrador baila entre la primera, la segunda y -creo recordar- también la tercera persona. Es un clásico de su poesía, esa búsqueda de la nada que parece el único camino a seguir en la multiplicidad, una vez sabido que el yo entidad es imposible incluso como ilusión. Muchas capas, sí, en José Ángel Valente y una pregunta fundamental que me hago: quién sufre las desdichas.



En el original

Había que rodear la parte derecha de la casa para llegar a la cocina por una escalera lateral. Pasaba ya de media noche y en la cocina había luz. La luz caía por el gran ventanal sobre la rosaleda y daba a las rosas una belleza insomne e irreal. La gata vino sin un solo maullido y se quedó quieta, pegada al suelo, a mis pies. No corría un soplo de viento. Las rosas estaban inmóviles, como si hubiesen sido paralizadas por la luz. Interrogué con una larga caricia el lomo del animal que se pegaba a mí. No dio respuesta. Había luz a deshora y una inquietante impresión de inmovilidad. Empujé la contrapuerta de madera. Te vi a través de los cristales. Entré. Permaneciste como estabas en el taburete, inmóvil, justo debajo de la lámpara. No parecías respirar. Yo también me quedé inmóvil, paralizado por la violenta luz que bajaba como un frío cuchillo sobre tu cerviz. Tenías la cabeza desplomada sobre el pecho, las piernas completamente estiradas y rígidas, los brazos caídos a lo largo. Desplomado sobre tu propio cuerpo, tus manos rozaban casi el suelo. Me quedé inmóvil, pensé que si daba un paso toda tu figura se derrumbaría. Se sostenía extrañamente tu cuerpo. El ángulo que formaban con tu tronco las piernas estiradas te impedía caer. El pelo rubio aún, que luego el tiempo ha ido oscureciendo, cubría tu rostro y liberaba la parte posterior del cuello sobre la que caía el violento asalto de la luz. Tenías el cuello en la posición de la víctima. Un simple hilo habría podido seccionarlo. Tal vez tu cuello estaba seccionado ya. Quizá si yo diese un paso más te desmoronarías. Quizá si yo diese un paso más me desmoronaría. Quizá estabas muerto. Quizá yo estaba muerto. Y de ahí la inmovilidad y la luz. Y si ahora soplase un leve viento, tú y yo nos iríamos deshaciendo, nos iríamos volviendo blanco polvo soluble en las deslustradas cucharillas de la muerte. Te miré. No había en ti señal de respiración. Creí que estabas muerto. Te he visto muchas veces muerto en otras muertes para conjurar la tuya. Podríamos haber estado muertos esta noche, representando cada uno de los dos nuestro papel en esta escena fija. El animal que ambos amábamos maulló muy levemente. Tuve la impresión de que la luz pesaba con gravedad menor sobre tu cuello. ¿Cuánto tiempo llevabas allí? ¿Quién estaba en la casa? ¿No había nadie o no nada llegaba, ni un rumor, como señal de los durmientes? No, no había nadie. Éste era ya un lugar vacío o desertado, el arca que se llevaron las aguas y que en ninguna alianza se quiso fundar. Por eso están las rosas quietas, detenidas, inmóviles, ptrificadas en la luz. Si estás muerto, te enterraré bajolas rosas para que nadie te pueda encontrar. Me moví lentamente. Te rodeé con mi brazo derecho por debajo de los hombros y todo tu cuerpo, roto el casi imposible equilibrio, se venció sobre mí. Te mantuve así unos instantes. Luego eché tu cabeza hacia atrás. Tus cabellos estaban humedecidos de sudor frío. Abriste los ojos desorbitados y volviste a cerrarlos. Tenías los párpados hinchados y un poco de espuma y un poco de espuma blanca en la comisura de los labios. Ahora te atendí mecánicamente. Pasé mi brazo izquierdo por debajo de tus rodillas y te levanté en peso. Estabas inerte, pero sentía llegar lenta tu respiración. Subí despacio la escalera estrecha que llevaba hasta tu cuarto y te tendí en el lecho. La respiración se hacía ahora más acompasada y segura. Te fui dsnudando con cuidado y te arropé. La gata estaba ya tranquilamente enrollada en tus pies. No sé cuanto tiempo pudo haber pasado. Se oía un pájaro fuera. ¿Un pájaro de la noche o del amanecer? En aquel lugar los pájaros no eran los mismo de la ciudad. La gata irguió de pronto las orejas; luego, abandonó la escucha y se volvió a dormir. Yo sentía llegar en oleadas el cansancio y el sueño. Toqué tu frente; ya volvía a todo tu cuerpo el calor. Habías dejado deslizar el brazo izquierdo fuera de la gruesa manta. Un brazo desnudo, largo, extremadamente delgado, cuyas venas estaban endurecidas, ásperas, encalladas, como si ellas mismas se nagaran al fin a la sistemática administración de la muerte. Entreabrí ligeramente la ventana. Ya empezaba a clarear. Se oían otros pájaros. La montaña vecina dibujaba entre la niebla su vertical silueta oscura, poderosa, tenaz.

martes, 25 de noviembre de 2014

Nº 81


Este libro, que lleva publicado unos cuatro años, nos llega ahora a la librería porque hay quien lo ha pedido. Se trata de un volúmen que recoge los catorce poemarios - desde LOS ELEMENTOS DE LA NOCHE (1963) hasta LA EDAD DE LA TINIEBLA (2009) y pasando por el que quizá sea su poemario más reconocido NO ME PREGUNTES CÓMO PASA EL TIEMPO (1964-1968)- del mexicano José Emilio Pacheco en encuadernación lujosa y bonita. Nacido en Ciudad de México en 1939 es hoy día uno de los grandes poetas de habla hispana y fue reconocido en 2009 con el Cervantes, motivo por el cual creo que salió este volumen que presentamos. Se transcribe el poema que abre.

José Emilio Pacheco, 1958-2009
Tusquets, 2010.

844 páginas.
28 €.

ÁRBOL ENTRE DOS MUROS.
(del poemario Los Elementos de la Noche)


Sitiado entre dos noches
el día alza su espada de claridad,
hace vibrar al esplendor del mundo,
brilla en el paso del reloj al minuto.

Mientras avanza el día se devora.
Y cuando llega ante la puerta roja
arde su luz, su don, su llama
y derriba a los ojos de sus reinos hipnóticos.

Ante el día calcinado dejo caer tu nombre:
haz de letras hurañas,
isla en llamas que brota y se destruye.

Es medianoche a la mitad del siglo.
Todo es el huracán y el viento en fuga.
Todo nos interroga y recrimina.
Pero nada responde,
nada persiste contra el fluir del día.

Atrás el tiempo lucha contra el cielo.
Agua y musgo devoran las señales,
navegación inmóvil de la savia,
muro de nuestras sombras enlazadas,
hoguera que se abisma en sus rescoldos.

Al centro de la noche todo acaba,
dura lo que el relámpago
y lo sepulta el trueno en su rezongo.

jueves, 23 de octubre de 2014

Nº 77

José Carlos Rosales (Granada, 1952) es poeta y doctor en Filología Hispánica. Ha publicado los poemarios El buzo incorregible (1988), El precio de los días (1991), La nieve blanca (1995), El horizonte (2003), El desierto, la arena (2006) y Poemas a Milena (2011), Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego. Una amplia antología de su obra poética ha sido editada por Erika Martínez bajo el título de Un paisaje (2013). Es autor del libro de prosas Mínimas manías (1990) y de las antologías Libro de faros (2008) y Memoria poética de la Alhambra (2011). Es columnista del diario Granada Hoy y algunos de sus artículos y ensayos de crítica literaria han sido recogidos en Los secretos se escriben (2008). Todo esto según la solapa. En la contra nos dicen también que los poemas de esta obra se mueven alrededor del símbolo de viaje (espacial y temporal), con todos sus motivos o derivaciones, y la sensación de aislamiento que invade a los excluidos, exiliados o naúfragos. Tres secciones: EL AIRE, LOS MAPAS y Y EL AIRE DE LOS MAPAS. Transcribo el poema con el que se abre el libro y que tanto me ha gustado, a mí que siempre fui tan dócil, paradigma de la docilidad.



José Carlos Rosales, (2006 - 2014)
Vandalia, 2014.

128 páginas.
11.90 €.















LA VIDA POSTERGADA

Llegó el aire con aires de pereza, 
no hacer nada, mirar lo que se iría, 
buscar en la trastienda un testimonio
de haber estado aquí, no ser de nadie, 
y no encontrar ni sombra de tu nombre:
con la luz de los años se esfumaban
tentativas y ensayos. Vino el aire, 
y era el tiempo, cansino y trabajoso, 
aire para la vida postergada, 
vida irrecuperable, musgo seco:
saber que te equivocas si no escoges
el camino común, la senda dócil.

Todo lo que se pierde está perdido, 
nada de lo que salves queda a salvo.

martes, 7 de octubre de 2014

Yo he querido ser grúa muchas veces.

Antonio Praena, 2013
Visor Libros, 2013.

84 páginas.
10 €

Decido enfrentarme a mi posición de partida y escribo sincero como un poema de Antonio Praena que no tengo mucho que decir sobre YO HE QUERIDO SER GRÚA MUCHAS VECES, no siendo que decidirme a hacer una reseña sobre este libro bello, profundo y cristalino sería contraproducente para el autor y su obra. Cuarenta poemas en siete capítulos. Por lo demás ya saben que los grajos descansan sobre las grúas de las grandes ciudades. Quizá ya sepan que la vida va de vuelo. ¿Sabían que el aire nace del vuelo de una paloma? Hagan su camino también leyendo al dominico Antonio Praena (Purullena, 1973): les dejará sin palabras: asfixia leve porque se pasa: el aire está por todas partes aunque no vayas a misa.




En el original.




Cuando descubro que mi vida
ya no será lo que pensaba
y que empezar todo de nuevo
no me es posible a estas alturas
en que escapar fuera del mundo
tendría el alto precio de perderos
a vosotros que sois la única cosa
real, 
        una palabra
desciende de mis ojos
y es signo que divide lo que he sido
de aquel que empiezo a ser en este vuelo:
coma.

lunes, 24 de febrero de 2014


Nº 70


Antonio Ferres nació en   Madrid en 1924. En 1964 emigró a Francia, y después a México, Estados Unidos y Senegal, ejerciendo como profesor de literatura española hasta su regreso a España, en 1976. CON LAS MANOS VACÍAS (1964) y LA INMENSA LLANURA NO CREADA (2000) son algunos de sus poemarios reconocidos. La editorial Gadir -que publica este libro que ahora sostengo en la mano y que tanto ha llamado mi atención- ha publicado también PARÍS Y OTRAS CIUDADES ENCONTRADAS (2010), EL OTRO UNIVERSO (2010) y LA URRACA Y LOS DÍAS ILUMINADOS (2012). Esta obra -que consta de 62 poemas- se basa en el texto clásico confuciano del I Ching, según nos cuentan en la contra: una obra que resalta el poder creador del cielo y la recepción por la tierra y sitúa el cambio como esencia de la existencia, algo que también estará después de manera central en el pensamiento de Heráclito. Dejo el primer poema del libro:


Antonio Ferres, 2013.
Gadir, 2013.

158 páginas.
Pvp, 17 €.













El libro de los cambios. 

En recuerdo de Creta.



Mi eternidad está
en la parada de lanzas
de los inhiestos árboles

mientras la bandada
de tordos cruza
con aleteo lento
de mariposas

-hexagrama del libro
de los cambios- 

hasta tus manos
como hojas

renacidas estaciones
en rotación de astros

lagos que duplican
nubes y dragones rojos

boca abajo

Y mi perra Creta
renace

y nos agrupa

-ladridos como voces
recortadas-

Creta
blanca y negra

abandonada y pura
sobre el agua

con sus ojos de lágrimas
y su entendimiento
tan claro de la muerte.

viernes, 24 de enero de 2014

La esquina rota.

Luis Julio González Paltón, 2013.
Devenir, 2013.

80 páginas.
12 €.

A Luis le conozco desde hace poco. Fue él quien tuvo la iniciativa que ya le voy agradeciendo de visitar esta librería: es un lector entusiasta y compra poemarios de esos que no vendo nunca. No soy lector habitual de poesía y a veces no sé qué me dice, pero él se explica, me cuenta las cosas. Luis Julio González Platón es  profesor de latín en el Alfonso VI de Olmedo y, además, poeta. Le dije que me gustaría echar un vistazo a lo que hace y me trajo un día LA ESQUINA ROTA, poemario de 2013, además de una traducción suya de LA ESTRELLA DE MADERA, de Marcel Schwob, en la editorial Sequitur. También ha traducido a Ovidio y Cicerón, y a los poetas portugueses Camoes, Fernando Pinto do Amaral, António Ramos Rosa, Rui Belo y Filipa Leal. Y tiene un blog muy interesante y para mí muy polémico en lo que a su última entrada se refiere: habrá que discutir sobre ello...

De LA ESQUINA ROTA me quedo con su brillantez -tan pulidos están sus poemas- y con lo gozoso del desvelo, siempre parcial. No sé por qué relaciono la poesía con una suerte de misterio o cofre del tesoro del que nada más allá del mapa o ruta es necesario. En mí la poesía ejerce su mayor atractivo gracias al secreto, a veces lo indecible, lo inasible. Supongo que la poesía puede ser muchas cosas y, sobre todo, debe ser honesta y arriesgada pero necesito que sus imágenes sean bellas y creo que estas por sí solas pueden tener fuerza suficiente en un poema y justificarlo. Si al poeta no le interesa el juego formal a mi no me interesa el poeta. Pero, bueno, hablo de juego formal y no de poesía encriptada:

En esa luz que surgió en la noche, 
buscaba calentarme con sus brasas, 
prender mi sangre cansada,
avivar el rescoldo de ceniza de mis ojos agotados
que ya no te buscaban en los atardeceres, 
que ya no sentían el escalofrío
de tu mirada
en la sombra ardiente de los pinares.
Era otra esa luz y pensé que me buscaba
y, en mi error, creí encontrarla
en unos ojos que mentían del otro lado de los montes.
Ciego no vi que sólo la luz verdadera
de tus ojos manaba;
que brotaba de tu silencio
y la busqué en territorios extraños, 
en caminos en los que el fracaso se disfrazaba de loca adolescencia, 
de imberbe amante jugando a los primeros amores.
Aún no sabía escuchar tus calladas palabras;
aún tenía que aprender a distinguir tu voz enamorada
que me aguardaba en el cerrado huerto
de tu corazón solitario.

El amor no es sólo tema inagotable sino preferente en poesía y González Platón transita aquí por tres estados fundamentales del mismo, que llama ERROT ET CAMINA, ESTADO DE LA LUZ y A LA ESPERA DEL ÁNGEL.  Efectivamente coinciden con la huida errónea -habría que decir que ingenua- en busca de lo que no se tiene, de cantos de sirena que hacen a la voz poética desviarse del presente inexplorado, subestimado o despreciado en su esencia. Así arranca el poemario y en esa clave se expresa su mayor parte. En la segunda de ellas la voz poética va tomando conciencia del error y el arrepentimiento cobra protagonismo. Creo que la problemática planteada en La esquina rota puede extrapolarse a otros espacios de la vida en los que la persecución de sueños -¿de cartón?- nos hacen olvidarnos de lo cotidiano, a desatender el valor de lo más cercano. Pero no nos desviemos también nosotros, el amor y sus vicisitudes son tema central:

Hay noches en que el viento del sur
trae el aliento de la muerte
y en el monte oscuras fieras
dejan huellas de sangre en los senderos.
Se pierde el amanecer en los zarzales; 
el fuego se apaga en las lumbres frías;
el aullido parte la madrugada
en los caminos remotos del recuerdo.
Desorientadas aves recorren los cielos
huérfanosde albores y esperanzas
y, en las cumbres, la noche hace morada
mientras el alba se esconde en los valles.
En esas noches, te tengo a mi lado.
Me basta la luz de tus ojos silenciosos
y tu mano que me guía en las densas tinieblas.

En la última parte el errado se encuentra primeramente consigo y se hace presente de nuevo, en primera persona. La tercera la reserva González Platón para el yo pasado, el que anduvo perdido en busca de un futuro imaginado de prohibición, de excepción. Esperar al ángel es, quizá, esperar el perdón y obtenerlo: hacerse la promesa de recuperar un tiempo  de plenitud y sensibilidades que quedaron por descubrir precisamente porque las tenía de cara.



lunes, 2 de diciembre de 2013

Zurita.


Raúl Zurita, 2011.
Editorial Delirio, 2012.

752 páginas.
24 €.

Me animé a este poemario cuando los del ya cerrado blog Addison de Witt  lo eligieron como el mejor publicado en 2012.  Unos tipos con criterio propio, de los que hacen un análisis concienzudo de las obras de las que hablan por un lado y por otro se muestran radicalmente críticos con los mecanismos habituales de premios y otros movimientos comerciales de editoriales y habituales padrinos literarios elegían la obra homónima del chileno Zurita (Raúl) como la más interesante y yo tomé nota. Y he acabado por leerla. Unas 750 páginas de imágenes que evolucionan a la velocidad de un glaciar, un glaciar de muerte, de dolor, un poemario negro sobre el Pacífico. Me perdonen el tropo.

Digamos que el hecho que desencadena el poemario, el suceso radical, es la dictadura chilena de Pinochet cuyo golpe de estado se produjo el diez de septiembre de 1973. Los acontecimientos que suceden a partir de esta fecha son la dolorosa inspiración de los poemas de Zurita.


CIELO ABAJO.

Mañana me marcho papá. Díselo tú a mamá. Voy
a limpiarle el óxido a la bicicleta y tomaré por el
viejo camino que dejó el río al secarse. No más
libros papá. Partiré muy temprano para que mamá
no lo advierta. Después se lo cuentas tú papá. No
me despediré de nadie. Me habría gustado dejarle
algunas flores a Veli, pero ya hace mucho que
aquí las únicas flores que se dan son las piedras.
Hondo es el pozo del tiempo. ¿Ves allá al fondo
esas montañas? Sus cumbres están tapadas y
quizás llueva. ¿Te imaginas el mar cubriendo
otra vez este pedrerío papá? No me hablas papá.


Las montañas del fondo son los Andes que empujan a Chile hacia el Pacífico. El pedrerío es Chile, la desolación, el país roto del que Zurita habla en poemas que van complementándose hasta pulir las imágenes de sangre y ceniza de cada capítulo de  su propia experiencia (Escribo ahora la fecha de mi nacimiento: 10 / de enero de 1950, y el lugar: Santiago). Pero no todo es Chile ni todo es aquel tiempo hacia el que los poemas tienden como presentimientos o sueños o pesadillas, a veces como recuerdos difusos que hacen referencia a sucesos imposibles que fueron, que podrían formar parte sólo de una realidad dañada hasta el sinsentido:


CIELO ABAJO.

Ya es 11 de septiembre. Como si fuera otro mar, el
inacabable pedrerío se estrella contra la reja de
una casa de dos pisos que se ha mantenido intacta,
incólume, en medio de la tierra infinitamente
arrasada. Te acercas. Miras por una de sus
ventanas y ves que todo sigue igual; el cuadro con
un puerto de noche colgado en el living, la
pequeña mesa de centro, el sofá y los dos sillones
de un verde muy claro. Tu madre se levanta de
uno de los sillones con un niño de días en sus
brazos y alza los ojos. Le haces gestos desde el
otro lado de la ventana, le mueves las manos, le
golpeas los vidrios mientras el sonido del mar se
hace uno con el estruendo de la muchedumbre
cruzando las aguas. Son infinidades de niños,
mujeres y hombres que se abrazan con los ojos
enrojecidos, hijos cargando a sus padres en las
espaldas, pueblos, generaciones enteras que
avanzan fundiéndose con el río de la barrosa
humanidad que emerge gritando. Tú también
gritas, tú también chillas pegado a la ventana de
una casa en medio de la tierra devastada.
Empapado, con desesperación golpeas los vidrios
y los gritos se oyen cada vez más fuerte. Tu
madre se acerca a la ventana con el niño de días
en los brazos y mira el amanecer. Sus ojos se
cruzan con los tuyos. No te ve. No puede mirarte.

La humanidad que emerge gritando. Esa es otra de las claves del libro. El caso Chile es sólo paradigma personal del horror que otros sufrieron. Si hay pasajes en los que uno no sabe bien dónde se encuentra el mal es porque ello en cierto grado viene a reproducirse de la misma manera en todos los lugares. La Historia escrita con sangre.

El poemario está divido en tres libros: TU ROTA TARDE (día 10 de septiembre de 1973), TU ROTA NOCHE (entre el 10 y 11) y TU ROTO AMANECER (día 11). Son los días del golpe de estado. Personalmente he leído a Raúl Zurita como si se tratase de un prosista muy sofisticado, quizá demasiado. Digo sofisticado en el sentido de preciosista, un relatista poético, no sé, las fronteras se diluyen para mí. Lo cierto es que a lo largo de casi ochocientas páginas en las que la reiteración no sólo está presente ni es abundante sino que es formal y vertebra la obra (el océano, las montañas, el cielo, el país que es engullido...) he perdido la concentración que muchas de esas páginas me exigía, en las que tan sólo pasajes puntuales me hacían despertar y participar del poemario. Es algo que me ha ocurrido sobre todo en la parte central. Pero así es como Raúl Zurita logra una sensación de desesperanza absoluta con la que el lector -me atrevo a prever- llega a la última parte blandito y listo para recibir las últimas sacudidas, una vuelta de tuerca que le lleva a uno a reflexionar sobre la cuestión del gozo en casos como este. Lo que digo es que resulta desconcertante que uno pueda llegar a disfrutar leyendo tanto dolor, y supongo que se debe precisamente a la mezcolanza de sentimientos encontrados que incluye filantropía y resignación, empatía y reacción ante la injusticia que se nos narra en bellas estrofas.


AUSCHWITZ

Auschwitz, gritó el inspector haciendo sonar el
silbato. Afuera hacía un frío de pelarse y mi
chica me preguntaba.
A la salida había un puesto de hot dogs llamado
"Perro Judío", tiendas de jabones y largas filas
esperando su turno.
La cámara de gases era una casa con duchas y
paredes pintadas de color frambuesa. Love,
exclamó mi chica mirándola: ¡Pero si es el
dormitorio de mamá!
La cama estaba ya deshecha e hicimos el amor
frente a los ángeles de la muerte con rapidez y
furia.
Después entramos a la sección "Crematorios".
Todavía alcanzaste a decirme
"Love is a many splendored thing"


El libro está ilustrado con fotografías de los acantilados chilenos tomadas por Nicolás Piwonka, y también por fotografías de algunos poemas del autor en el cielo, tomadas por Ana María López. Tal y como lo oyen. A propósito de esto contaré también que hay una relación con  Roberto Bolaño que va más allá de su nacionalidad. Además del hecho de que -entre otros artistas conocidos como Kurosawa, Dylan, Beethoven o Enrique Lihn- el autor de 2666 también aparece en varios poemas de la parte central del libro, Raúl Zurita establece un paralelismo necesario entre su obra y la del novelista que tiene que ver precisamente con el mal. Como dato hay que tener en cuenta que el poeta Carlos Weider, protagonista de ESTRELLA DISTANTE, escribía poemas en el aire con su avioneta nazi, tal como hizo alguna vez el poeta que nos ha ocupado. A Bolaño le interesaba ya desde LA LITERATURA NAZI EN AMÉRICA lo paradójico que hay en la relación entre infamia y sensibilidad artística. Quiero ver que el poeta Raúl Zurita recoge el testigo que en parte nace de sí y escribe a su manera -como lo hicieran Bolaño o Borges- un libro sobre lo más infame, aunque esta vez se trate de un poemario.




martes, 22 de octubre de 2013

CIELOS E INVIERNOS.

Ramón Irigoyen, 2011.
Visor, 2011.

312 páginas.
14 €.

La impresión que me iba dejando la lectura del poemario CIELOS E INVIERNOS es que en esa época (1979) Ramón Irigoyen era un tipo alegre, alguien que trata de tomarse la vida a risa, aunque lo hiciera a fuerza de poemas serios. El pasado marzo  Raquel me regaló su poesía reunida y de momento he leído esa primera obra. La verdad es que me ha dejado satisfecho y he disfrutado mucho con su primera lectura. Ahora que releo algunos poemas para colgarlos aquí vuelvo a divertirme. Pero hay que ser justos, aunque uno se conforma con ser honesto: yo creo que los objetos a los que la poesía de Irigoyen se refiere en este poemario son, en realidad, dolorosos. Hay una ironía que duele, que escuece un poco y que hace reír porque roza la frivolidad: las cosas demasiado serias tienen que ser tratadas con desenfado, reírse de las maldades que a uno le ocurren es sobreponerse a ellas:



LA MUERTE DE UN BOHEMIO.

Se ha muerto aquí se ha muerto al descampado
se ha muerto derrepentemente de muerte sopitaña
se ha muerto tripa arriba contra el cielo
despanzurrándose de tierra

se ha ido se ha marchado se ha pirado
se ha ido de parranda con el alba
se ha marchado de blancos tintos claros
se ha pirado pirándose de juerga

almorzará a diario con la muerte
(tantos años su amante y hoy su esposa)
y cenará gazpacho en los infiernos
a falta de ternera u otras Glorias

mi amigo
se ha ido con la Aurora.



No irá a decirme alguno que este poema no es una chulada. Lo es. Uno sonríe mientras le llegan los ecos de un hecho triste. La poesía espanta a los fantasmas, a los del poeta sobre todo. Si el poeta sabe transmitir eso, si logra hacerlo con belleza seguro que tiene un buen poema que arrojar al mundo:



ARTE POÉTICA.

Un poema si no es una pedrada
-y en la sien- 
es un fiambre de palabras muertas
si no es una pedrada que partiendo
de una honda certera
se incrusta en una sien
y ya hay un muerto.



No podría hablar de los tipos de sinécdoques porque se me escapan los tecnicismos, pero las expresiones bellas y frescas abundan, me he encontrado con una voz muy suya que me llega, que me divierte más en cada lectura... el ritmo es alegre, se avanza con gracia y satisfacción. 



BASIUM INTERRUPTUM.

La noche estaba como para cenar cielo
labios de luna asoleada
hicieron revivir la boca de mi alma
con unos besos de tobillos alados
y fue una eternidad decapitada en un instante
porque una puerta improcedente que se abrió
nubló nuestra felicidad
condenándome a deseo perpetuo en hambre y sed 
del placer fulgor lechoso ahorcado en una llave.



La edición corre a cargo de Visor (2011) y reúne también los poemarios LOS ABANICOS DEL CAUDILLO (1982), ROMANCERO SATÍRICO (2011) y LA MOSCA EN LA MISA (2011), de los que quizá diga algo más adelante pues está en mi pensamiento la idea de leerlos en este 2013. Es Ramón Irigoyen un poeta que me ha llegado con estos poemas en los que la educación franquista es uno de los temas más recurridos y, en general, se trata de transgredir incluso en la resignación los límites aún estrechos del conservadurismo recalcitrante que ni viví ni me siento preparado para describir, porque incluso en la resignación se burla Irigoyen de cada estamento sagrado:



EL SEPELIO DEL REY.

Mulillas casquivanas,
que, porque os aplauden, 
arrastráis a ese dios jolgoriosas
como si el triunfo fuera vuestro.
Para ser subnormales hasta las pezuñas
sólo os falta jugar a las quinielas.