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domingo, 13 de septiembre de 2015

Nº 92

Hace ya algún tiempo -menos de lo que llevaba sin escribir por aquí- que mi amigo R. me encargó un libro-disco de Amancio Prada sobre poemas de Agustín García Calvo de la editorial hispano-mexicana VASO ROTO, que pone un cuidado exquisito en buena parte de sus trabajos, respetuoso en todos ellos. De entre lo publicado por esta editorial llamó enseguida mi atención POETA EN GALICIA, libro compuesto por los SEIS POEMAS GALEGOS de Federico García Lorca, terminados en 1935, y que suponen un homenaje a la cultura y el idioma gallegos y a una de sus más admiradas poetas -Rosalía de Castro-. Tanto me gustó cuando lo tuve de la mano que irremediablemente lo regalé a E., para la que hago sólo cosas irremediables.

La edición viene acompañada de un disco con los poemas musicados por Amancio Prada y está ilustrada con una gran acuarela desplegable -que no es la que aparece en esta entrada- de Juan Carlos Mestre, poeta en un sentido amplio de la palabra, de sensibilidad que siempre me ha recordado a la del propio Lorca, extraordinaria en cualquier caso.

Últimamente aparecen en la librería amigos -aparecen así, como amigos- gallegos entre los que este libro-disco ha sido tema y uno de ellos me escribe por el face y me enlaza con un tema de LUAR NA LUBRE, que dice que es conocido pero que yo no conocía y, en fin, que me sobran los motivos para actualizar este blog y así lo hago: transcribo el poema que abre el libro-disco y enlazo en su título con el tema tradicional de los NA LUBRE. Me va a quedar la mar de hispánica esta entrada:

Federico García Lorca, 1932-1935.
Música de Amancio Prada, 2014.
Imágenes de Juan Carlos Mestre, 2014.

Disco-libro desplegable.
Pvp 22 €.


MADRIGAL Á CIBDÁ DE SANTIAGO
Federico García Lorca.



Chove en Santiago
meu doce amor.
Camelia branca do ar
brila entebrecida ó sol.

Chove en Santiago
na noite escura.
Herbas de prata e de sono
cobren a valeira lúa.

Olla a choiva pola rúa, 
laio de pedra e cristal.
Olla no vento esvaído
sombra e cinza do teur mar.

Sombra e cinza do teu mar
Santiago, lonxe do sol.
Agoa da mañán anterga
trema no meu corazón.


martes, 30 de abril de 2013

La bicicleta del panadero

Nº 58

Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) es un poeta que interesa por aquí. De él ya se han reseñado La Casa Roja y La tumba de Keats y hace no mucho leí en el blog Adisson de Witt que había quedado finalista de su premio Ausiás March 2013. Así que en La Tienda de Lope nos hemos animado a traerlo y puede que más adelante haga una reseña, esperamos que una recomendación. Y  un  par de poemas, de esos que me gustan como una ducha refrescante de palabras que me dejan perdido:


Juan Carlos Mestre, 2012.
Calambur, 2012.

482 páginas.
25 €.

Poema Uno. 

le dije las sillas se hacen insoportables cuando están vacías sobre todo me dijo después de los entierros sobre todo después de los casamientos cuando se van los invitados tienes razón le dije un martillo es un hermetismo en mangas de camisa que entra en la sala de lectura dando voces dispuesto a abrir lo que sea no es para tanto dijo él ningún libro abre lo suficiente la boca como para enredarse en una investigación policial no te creas le dije yo se han dado casos en francia y al sur de la polonia ocupada ya pero no aquí dijo él donde la cobardía y las gabardinas abarrotan los percheros en cuanto caen dos gotas

los poemas dijo él se han convertido en escaparates de los almacenes de moda yo hice una mueca él me miró como quien no quiere la cosa pero pretende decir te he atrapado mangante creías que bastaba con quitarte la camisa de fuerza e irte a robar gallinas entre los escombros del público no le dije ni se me hubiera ocurrido las lágrimas me han vuelto mediocre y el prestigio de los textos dramáticos han desencajado la burla de los autómatas obligados a trabajar en el elenco de los asuntos humanos

bueno me dijo él los sacos están ahí empieza a transportarlos cuando quieras no sé si podré le dije me respondió eso es asunto tuyo ya pero cómo voy a poder hacerlo yo solo a mí no me vengas con esas me respondió huraño qué iba a decirle no me tocaba más que callar el camino a la infancia era largo y cuando antes empezara mejor pensé para mis adentros ya la doctrina del academicismo había hecho en mí estragos mentales y las monjas embarazadas con la información divina me ofrecían un puesto en su fábrica

me dijo las conveniencias están reñidas con lo buenamente así que allá tú no entiendo lo que quieres decirme no te lo voy a repetir para un actor fracasar es terminar en el carromato de un circo junto a la jaula de cebras en el mejor de los casos ahora me entiendes no del todo le dije me siento un apóstata atravesando un paisaje de sillas vacías comienza cuando quieras dijo él bueno dije yo en el circo no importa tanto el maquillaje exagerado haz lo que quieras me respondió careces de sentido común y amor propio eso es verdad respondí



 

Remitido a Schrödinger.

Era un día de primavera como en la página 127 de los Cantos de Maldoror, los pájaros derramaban sus melodías de trinos, y los humanos, entregados a sus diversas ocupaciones, se bañaban en la santidad de la fatiga. Era un día sin apenas testigos, cuatro hocicos de cerdo por aquí, algún ramillete de sabrosas muchachas que no dejan de preguntar qué es la vida a la orilla de la ciénaga donde brotan los narcisos salvajes. En la estación desierta de los partidarios de la Cuarta Internacional esperaban órdenes del hombre de la barba negra. Yo ya había clausurado mi corazón a los modismos y puesto una placa en la puerta en la que podía leerse: Soy zurdo, empuje las nubes con cuidado.

Llevo toda la noche preguntándome por qué son tan pequeños los átomos, en comparación, por ejemplo, con la frase más breve de Goethe. Una trivialidad si a continuación no viniera la frase: Das Sein ist ewig, algo así como que el ser es eterno.¡Como para no desvelarse! Necesariamente la luz ha de tener una velocidad menos a la de la inteligencia, de lo contrario el músico callejero ya se habría convertido en el ángel que mastica a la mujer del gramófono. Quiero decir que incluso el destino químico afecta a la poesía de manera violenta, un azar que aparece entre los volúmenes y las mascarillas mortuorias como una no necesariamente bella muchacha desnuda.

Ya está bien de pamplinas con la atracción universal de los cuerpos ideológicamente bellos, la poesía está hecha de pulsaciones eléctricas y precedentes en desorden, huellas contagiadas por el cero absoluto de la temperatura, es decir, el teorema de los relojes de péndulo, es decir, la niebla biológica, es decir, la mortandad de los prejuicios que afectan al orgullo de las costumbres. Tengo entendido que no hay mayor conjetura que un padre. Una preciosa estadística realizada con los rayos X demuestra la supremacía de lo que está fuera de la comprensión de la conciencia humana, una sombra diminuta con aspecto de vendedor de periódicos y forma de gajo de mandarina que aparece y desaparece cada vez que entre la cosecha de cebada la luz solar de la imaginación de su latido.

Escribo para obtener el premio Nobel de Física, después de todo el desorden exacto de los átomos no es muy diferente al de las palabras armonizadas en la oficina. ¿Cuántos son numéricamente hablando los que se miran a los ojos y abandonan su Yo? Dejémonos de extravagancias, ningún espejo es un mecanismo puro destinado a la imitación, sino reflejo de un anhelo variable de lo singular, es decir, he huido del capataz que me persigue con un pedazo de hueso, es decir, el árbol en el que se apoyaba Kant es el mismo en el que se apoyó Mozart, es decir, el réquiem por un sueño, es decir, la disolución del azúcar gracias al motor eléctrico de los místicos y los amantes.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La tumba de Keats.

Autor, Juan Carlos Mestre, 1997 -1998.
Edición, Poesía Hiperión, 2007.

118 páginas.
Pvp, 10 €.


La tumba de Keats es la de Gramsci o Pasolini y también la de tantos anónimos cuyas tumbas forman en Roma un paisaje que es medio e inspiración para este manifiesto político y estético cuya lectura es tan fácil como difícil su explicación. Este, el de la dificultad de explicarlo, es un factor a unir al principio (quien sabe si prejucio) que adopté hace tiempo y que dice que la poesía no se explica, que eso es una barbaridad, oiga. Así que me limitaré a incitar al lector a tomar este libro del Mestre y leerlo.

Se trata de un texto largo. Esta es una de las cosas a tener en cuenta. Yo leo poesía muy despacio, me gusta  repetir los poemas o, al menos, los versos que más me han gustado, también los que permanecen velados por aquello de descubrirlos por fin pero, ojo, es la de Mestre una poesía extremadamente simbólica, irracional muchas veces, una poesía que se agarra al misterio y que lo mantiene hasta el final, como forma estética. Algo de esto tenemos, por ejemplo (y quizá sobre todo) en Federico García Lorca, del que andan reseñadas sus conferencias literarias por ahí, y en las que también habla del misterio, en él unido al duende.

Esto sucede ante la hora izquierda en que mi vida,
violenta juventud contra el poder de un príncipe,
llama jauría a la verdad y belleza a los puentes derrumbados.

Nos encontramos en un cementerio romano y pagano en el que se encontrara Juan Carlos Mestre cuando, se ha de suponer, lo abordaron preguntas sobre la vida y la muerte, sobre Occidente, su iglesia... Hay, pues, un planteamiento político o filosófico -unido al estético- que es expresado como sentimiento y, por ello, abordado desde la poesía que es, además de origen, destino o único consuelo: refugio. Porque este libro es pesimista, al menos en su planteamiento inicial.

Mi alma crece silenciosa hacia un lugar incierto,
allí las fieras luctuosas, allí el sicario gótico y el infortunio ciego.

o

Nada puede el hombre
contra su farsa inútil.

o

El progenitor del artista
es un mensajero que trae
recados de la oscuridad.

Es aquí en el plano ideológico donde vi hace unos días cierto paralelismo entre este autor y el colombiano Vallejo que, como ya dije, siempre he pensado que deja entrever en sus obras de ficción un planteamiento filosófico serio. A saber: que la humanidad y, por extensión, el mundo no son más que una especie de reacción biológica que no tiene sentido, y en medio de la cual nuestra conciencia de individuo (o comunidad) nos hace pensar -ilusoriamente- que somos razón (o parte de ella) de la vida y que tenemos la capacidad de decidir sobre el propio mundo cuando este no es más que un para nada constante.

Bien -de verdad que siento ponerme sesudo-, en el planteamiento de Mestre la humanidad, en concreto Occidente, se ha corrompido hasta no ser más allá de sus propias ruinas, devorándose. En Vallejo esta -malévola- transición es necesaria, es condición del mundo o regla de juego. En ambos autores la Iglesia Católica es mostrada como justificación, vehículo y punta de lanza de la infamia. En Vallejo a uno le queda dejarse morir y, mientras y si le apetece, quizá hacer daño a los inocentes para que despabilen de su estúpida inocencia. En Mestre al menos queda la poesía. Al menos mientras se está, pero después... qué. Quizá una imagen, la misma poesía...  a lo mejor el espíritu o la religión pura: nada de lo material, nada de lo físico, nada, en definitiva, de lo explicado. Todo eso tiene los días contados. Juan Carlos Mestre es asaltado así por la imagen de la tumba de Keats, el poeta. Nada queda por hacer salvo literaturas.  Y pide complicidades. La suya, lector. Pero no la del lector que hojea o lee desde la distancia: Mestre descubre al hombre escondido en el lector (o la conciencia del propio poeta, da igual). Lo hace mientras le habla, lo crea cuando se dirige a él y, entonces sí, a él le canta y a él le manifiesta su amor.

He ido a una iglesia ocupada por temibles hijos,
he abandonado a mi madre, he apostado mi vida y las tres
veces la he perdido,
he dado la mano a cada palabra y cada palabra me ha dado la suya,
la criatura hermosa, la electricidad y el granizo, la verdad del
teatro de sombras,
ha llegado el momento de decirnos adiós,
se ha hecho de noche para el amigo y la amiga, ya se ha
hecho de día para los elegidos en el desprecio, pelea
entre pastores por la propiedad de la tierra,
sé que la vigilia será larga y yo no tengo a dónde ir,
si al menos tú estuvieras viva en la desobediencia de quien no
ha hecho ningún pacto
y yo pudiera acostarme a tu lado y no soñar que estoy contigo
como un clavo hundido en la madera dormida,
si al menos cada huella fuese un signo, una claridad de algo
allí donde pisaste, un hueco de mar al que arrojarme,
oh si al menos mi corazón rodase como una moneda hasta llegar
a tu mano, hasta llegar junto a ti como el agua que lava tu
ropa, el aire que respiras como luz que no tengo,
si al menos yo fuese el desconocido que volviera a encontrarte
y no el que se despide y a traviesa sin mirar las calles y
en ningún lugar fuera de ti encuentra ya refugio,
si al menos me escucharan los vendedores  de flores y los
guardias de tráfico, cerraran las pérgolas, se detuvieran
losautomóviles, nadie fuera ya a ninguna parte y todo
se negara a existir hasta que tú volvieras, 
hasta que tú amor del mundo derribaras los muros, entraras
como un vendaval en los palacios, arrasaras con ternura
las piedras, 
y yo te mirara hasta confundirme contigo como aire en el aire, 
como agua indefensa, 
y no avanzara el tiempo ante nosotros y nos entregáramos a ser
antepasados, pueblos recién fundados, cúpulas sonre
un lugar sagrado antes de la ruina, 
(...)

En diálogos como este las voces representan la disyuntiva entre lo material y lo espiritual, entre la corrupción y la esperanza. Por cierto que esta vez he hecho algo que no suelo: he echado un vistazo a lo que se ha escrito por ahí de esta obra. Lo he leído, he prestado especial atención a un artículo que escribe María Nieves Alonso, y que está disponible en los comentarios a la entrada de este blog: Cuadernos de Resistencia. Parece que la utopía como respuesta a la vergüenza es desde su punto de vista motivo principal de esta obra. Pero qué utopía. ¿El refugio en el arte puede ser utopía? Más bien suena a huida de la realidad... ¿o no será quizá la misma realidad lo que se cuestiona? Volvemos al viejo tema de este blog. Dice Mestre:

Cada visión del hombre es una idea nueva que visita el mundo, 
el silbato con que un cartero festeja la imitación de Dios.
La imaginación es una vivienda donde los herejes hacen ruido
con el Apocalipsis, 
la imaginación es insalubre para las lápidas y el asiento de los agónicos, 
la imaginación hizo resucitar a Jesús el tercer día, 
la imaginación es un túnel de tierra de colores ante los ojos del 
topo, 
yo he visto el mundo real de la imaginación sobre la memoria
de los errores, 
yo he visto al turbulento y a su ferviente amiga salvados por la
imaginación, 
porque el cínico no ha ido al infierno gracias a la imaginación
y el infame no ha entrado en el deshonor de su propia verdad
gracias a la imaginación.

Es decir -y por seguir que la comparación que planteaba-, mientras en Vallejo todo se va a la mierda necesariamente en Mestre hay esperanza. La esperanza es la imaginación (el verso que hace referencia a Cristo no es una burla a su religión o es, al menos, más que una burla: da idea del poder de la imaginación), la imaginación se puede cultivar a través de la poesía:

Es necesario morir para abandonar la oscura ciudadanía
en que todo lenguaje se convierte en expresión de algún vago
poder, 
es necesario morir ante la importancia de algo por lo que nadie
daría su vida, 
y para que el placer de la libertad se enfrente a su pacto
dramático
y salga el hombre sin su máscara a decir esto he sido, 
esto han calculado en mí las leyes del azar bajo la forma del
átomo, 
el presagio de las aves de Roma desde su tiempo pretérito.


La muerte. Yo pienso que Mestre piensa que la muerte nos salva de la culpa. En Vallejo la muerte no nos salva de nada, más bien salva al mundo de todos nosotros. Vallejo es un misántropo. Mestre no. Siento insistir en este paralelismo  que me ha surgido al leer a la vez dos obras que tienen elementos en común (radicales). Enseguida me imaginé lo que supondría una conversación entre ambos. Si alguna vez se produjera me gustaría estar presente.

Espero que no me haya explicado demasiado. De hecho creo que no lo he hecho casi nada. En realidad tengo cierta facilidad para no explicarme: es un don. No sé tampoco si he llevado a cabo mi empeño, esto es:  que el lector de esta entrada se sienta suficientemente motivado gracias a ella como para acercarse a las páginas del Mestre o, al menos, preocuparse por las mismas.

No ama uno la bondad del dios a quien nuestra necesidad le ha hecho un encargo, 
sino que ama el creyente lo que su oración representa ante el 
espacio vacío, 
levanta su insegura barraca el pensamiento, iza su altiva
inclinación el arquitecto, 
tala el instintivo árbol, alza empalizadas, construye violines, 
entra en lo desconocido, averigua sustancias, manifiesta el
agua, 
lava su disfraz, se averigua en el lugar oculto, anda disperso, 
descubre el hambre, selecciona semillas, necesita el martillo, 
inventa la palabra lluvia, abre su paraguas, solloza indefenso
en los desvanes, 
utiliza el abanico, caza animales, oye hablar del plomo, 
no ama uno la bondad del dios a quien nuestra necesidad le ha 
hecho un encargo, 
sufre otra culpa el hombre, moldea la estatuilla del azar, entierra
huesos, se apiada,
aprende torpemente algunas cosas, cree que sabe y sufre, 
acarrea arena, sacos de carbón, harina, suda lágrimas,
el recién nacido se viste de reloj, lleva su marcapasos encendido
a la tumba del muerto, 
duerme a orillas de un río, la noche se desborda, 
desaparece en el agua rebosante, es barro, 
llega el habitante a su definitiva casa, posa sus cosas en la mesa, 
se acuesta con tortugas, llega el jardinero inglés, abona
las violetas, separa la oruga de la escarcha, recuerda a su 
hija,
por un largo pasillo va el enfermo, mira el amanecer, junto a 
los pies mojados croan en el jardín las ranas, 
hay un tumulto de insectos agonizantes, niñas con las manos
comidas por las langostas, hormigas afilando las plumi-
llas de tinta, ojos fósiles que flotan en el ámbar, hay pozos
deshabitados, perros con hocico de diamante hozando los
ataúdes, 
(...)

Los que vienen siguiendo el blog últimamente saben que esta entrada surge desde el abandono inicial que de esta obra hiciera. No hay que retroceder mucho en la serie de entradas para comprobarlo. Así que aprovecho para agradecer al anónimo caballero de Olmedo su propuesta: léelo de un tirón, etc, etc... Gracias a él me he acercado con buen ánimo a esta obra tan interesante que he estado a punto de perderme.Ya de paso me gustaría dar las gracias a la revista Qué Leer, que ha tenido a bien reservar un huequito a este humilde espacio. En su número de septiembre ha sido el acontecimiento. Gracias a David Pérez Vega también, que me dio la noticia. Cuántas gracias.

Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.

lunes, 29 de agosto de 2011

Apuntes. Libro cerrado.

Me ocurre de vez en cuando, es una sensación rara: no conectar, no lograr la comunicación deseada con el autor. Ser incapaz de sacar una conclusión positiva o negativa. Es más: sentir la necesidad de sacar una conclusión cuando todo el mundo sabe que las conclusiones son absurdas en cualquier obra de arte. El otro día me dije que no quería leer más LA TUMBA DE KEATS, de Juan Carlos Mestre, que no me apetecía seguir buscando sin encontrar, que era en vano pensar que iba a disfrutar sus palabras ni sus expresiones a partir de algún momento. Que estando así las cosas mejor tomaba LA CASA ROJA y releía algunos de los poemas que tuviera marcados:

Clavadle la lengua en el estuche de mariposas
sacadle los colores a tiras la mantequilla de la cabeza
donde lo veáis anda buscando hociquito de blancanieves
se tira a las mamás se merienda a los nietecitos merodea el chalet
a lo tonto a lo tonto saca las avellanas del chocolate
lo recibe el rey de copas tuvo corbata ya no usa corbata
tiene tres orjas una entera para los diez dedos
levanta el velo a la novia no respeta las violetas níveas
da asco si supiérais cómo besa a los guardabosques
se levanta con la cabeza llena de erratas
llama por teléfono se pone él mismo hablan de lezama
quedan en capri como si fueran alguien qué cosa
de una patada estoy pensando habrá alguna manera
sin decir nada de molerlos a palos antes de que cumplan
los diecinueve lo digo con el corazón en la mano.

Instrucciones para matar a un ruiseñor es uno de esos poemas. No sé si saben qué les digo: que espero cosas del Mestre, que seguiré leyéndolo.

viernes, 11 de diciembre de 2009

LA CASA ROJA

Juan Carlos Mestre. Calambur Poesía, 2008. 164 páginas. 15 euros.

Que si lo que me gusta es la palabra, que si, de verdad, leo con el propósito firme de disfrutar la lengua, como dice que digo, que si lo que busco es sensibilidad en el texto he de leer poesía. Dice. Dijo siempre. Pero es que yo no entendía la poesía, no la entendía ya entonces, cuando desistía de leerla: no la leía porque no la entendía. Fui descubriendo con el tiempo que no la entendía porque no la leía. Qué desconsiderado, desde luego. Leyendo prosa, subido a la maquinaria eficaz de la narrativa.

Como no dejara de arrimarme el menos de vez en cuando a los poetas, al calorcillo de las cosas porque sí, de los lienzos caligrafiados y las almas capturadas en papel nunca dejé de gozar la poesía, aunque fuera breve y aisladamente. Y fue ella entrando y mostrándose como pequeño refrigerio entre novelas y ensayos varios, como cambio de aire necesario. Saber si esto era entenderla me preocupaba hasta que dejé de necesitar entenderla. Cuando lo que entendí, entonces, fue que debía cerrar los ojos en la lectura, mientras pasaba las páginas acabadas.

No renuncié del todo a la verdad dicha ni escrita aún sin querer abordarla y, sin embargo, ha habido un día en el que me he cruzado con Juan Carlos Mestre. Y ahora estoy armado hasta los dientes. Y si mueves un sólo músculo te atravieso. A ti y a toda tu tripulación.




LA CASA ROJA es el último Premio Nacional de Poesía. Así que una de las cosas que últimamente he leído cuenta con el respaldo de la buena reputación. Eso está bien porque descubrir poemas al lector aún me parece atrevido: reseño poesía con la precaución del tembloroso. Pero este libro, además, con la convicción del que ha disfrutado mucho.

Uno puede andar suficientemente despistado como para encontrarse con la puerta cerrada. No pasa nada: hay que darse cuenta de que no es por ahí. Siga la cuesta abajo, déjese llevar, lea lo que pone: "Bienaventurada la golondrina de madera que le late al niño antes de conocer el sexo". Quizá el secreto no esté en la velocidad, pero los poemas de LA CASA ROJA forman un paisaje y hay que recorrerlo sin entretenerse más de la cuenta. "En la casa roja hay una mesa blanca, en la mesa blanca hay una caja de plata con la nada del sábado". Vaya ligero y deje sentir en la cara el aire fresco de lo maravilloso inédito: "a lo tonto a lo tonto saca las avellanas del chocolate". Y no se olvide de ir mirando a izquierda y derecha, por lo que pueda encontrar: "Cayó la noche como una pelota de goma en el patio de al lado". No es necesario llegar al final: "Te amo por algo venidero que no tiene que ver con la felicidad". Cuando haya llegado tendrá ganas de volver a empezar, y lo mejor de todo es que no tendrá que remontar la cuesta, tan sólo releer los poemas que más le hayan gustado. Yo tengo muchos marcados, algunos con dos cruces.

He encontrado la forma sin materia, las ideas platónicas que hacen temblar a Aristóteles y no sólo son perfectamente comprensibles sino que, además, significan lo que dicen. De verdad que es alucinante. Dijo el librero que. Y, al final, resulta que tenía razón. Quizá la prosa pase a ser refrigerio de la poesía para mí.