miércoles, 8 de septiembre de 2010

Nº 23

Es verdad que la libertad lo puede agobiar a uno cuando se presenta como necesidad. La necesidad es una obligación. Se trata entonces de una bonita capacidad esta que habría que entrecomillar o tildar de maldita: maldita libertad es una expresión frívola. Cuando se trata de elegir prefiero que las cosas se simplifiquen: cuatro libros sobre la mesa de la oficina me dejó hace un par de días el librero. Me dijo que sólo puedo reseñar tres. Se queda fuera uno en cuya portada sale el Bardem, el que es actor. Ha estado chupado. Disponer de este tipo de libertades es gozoso.


Tres editoriales. Empiezo por los de Santillana. Joyce Carol Oates, neoyorkina de 1938 que se dio a conocer en España con su famosa y reputada LA HIJA DEL SEPULTURERO, candidata al Nobel en varias ocasiones según se cuenta, viene ahora con AVE DEL PARAÍSO, original de 2009. La trama: policíaca: una joven esposa y madre muerta, sospechosos, pasión sexual y otros ingredientes sentimentales demasiado humanos. Buena opinión la precede. Alfaguara. 520 páginas. Veinticuatro con cincuenta euros. La primera página:

¡Lo que mi corazón ansiaba! De esto hace ya mucho tiempo.

- No puedo entrar contigo, Krista. Pero te prometo que no me marcharé hasta que estés sana y salva dentro de casa.


Aquel atardecer de noviembre íbamos en coche siguiendo el curso del Black River, al sur de Herkimer County, en el Estado de Nueva York, al oeste y un poquito
al sur de la ciudad de Sparta, en una época ya muy lejana, envueltos en niebla y en un olor a humedad ligeramente metálico: el río, la lluvia. Hay entre nosotras, las hijas -hijas para siempre, a cualquier edad-, algunas que en lugar de encontrar desagradables olores -con toda probabilidad gemelos, enlazados- del humo de tabaco y de los llicores, los consideran atractivos en extremo, incluso seductores.

Seguíamos en coche, el curso del río para que papá me devolvirera a casa. Aquel varón era Edward Diehl -anteriormente "Eddy Diehl", un nombre que alcanzó cierta notoriedad en Sparta por aquellos años-, el "Eddy Diehl" que seguiría siendo mi padre hasta la noche en que su cuerpo quedó acribillado por dieciocho proyectiles que disparó, en un espacio de diez segundos, un improvisado pelotón de ejecución formado por policías locales. La voz ronca de papá, siempre un tanto burlona. Y ya se sabe que si eres hija te gusta que te tome el pelo, porque eso es una prueba de amor. - Di sólo que nos hemos retrasado, Gatita. No hace falta que des más explicaciones. Me reí. Dijera lo que dijese mi padre, lo más probable era que me echase a reír y respondiera Claro.


En Tusquets lo último de Almudena Grandes. También es lo primero por cuanto que es el episodio que da salida a una serie de ellos llamada EPISODIOS DE UNA GUERRA INTERMINABLE. Espero sinceramente que no quepa calificar del mismo modo a la obra, que parece bastante ambiciosa. Seis títulos que, sin embargo, he de decir que tienen buena pinta. Relatos pequeños y heroicos, según la propia autora dice, de españoles que tienen en común la resistencia anti-franquista. Historias reales a los que la autora ha llamado episodios por vincularlos a los de Pérez-Galdós. Este que ha llegado a la librería se llama INÉS Y LA ALEGRÍA, se desarrola en el exilio francés y es historia de amor. 730 páginas. 24 €. Un adelanto:

Toulouse, un día de agosto, quizás aún julio, tal vez en los comienzos de septiembre de 1939. Una mujer camina por la calle con los labios apretados, la actitud apresurada, ensimismada a la vez, de quien está en apuros o tiene una larga lista de tareas que cumplir. Se llama Carmen, y es muy joven. Lo más probable es que ese día, cuya fecha exacta desconoce, no haya cumplido aún veintitrés años. Sin embargo, ha vivido mucho.

- Bonjour, monsieur.

- Bonjour, madame!


El panadero, quizás el carnicero, o el frutero apoyado en el quicio de la puerta por la que Carmen acaba de pasar, saluda con acento satisfecho a una clienta a la que no ha visto en los últimos días, quizás porque ha estado veraneando. En 1939 los franceses aún veraneaban, aún vivían en un mundo donde existían los puestos de trabajo, las vacaciones, las playas con casetas y sombrillas clavadas en la arena, las olas mansas del Mediterráneo, las majestuosas mareas del Atlántico. Carmen pensaría en eso y, quizás, en un archipiélago de azoteas con sábanas tendidas o parras deformadas por el peso de los racimos verdes, el sol rebotando contra la cal de las paredes en el silencio perezoso de la siesta, una mosca mareada de sobrevolar durante horas y horas el redondo misterio del mismo botijo, y niños medio desnudos con sonrisas de higo, o de sandía, el agua azucarada de la fruta dibujando alegres ríos de placer sobre sus barbillas. Eso fue en otro tiempo, veranos recientes que ahora le parecen lejanísimos, un país que existe y no existe, que ha (...)



Termino con un título que es también curiosidad: EL ÚLTIMO PACIENTE DEL DOCTOR WILSON, en el que la jueza Lola MacHor se enfrenta a Rodrigo, o el caso de un experimento macabro venido a más. Nueva novela de Reyes Calderón. Me ha dicho el librero que tiene esta autora familia en Olmedo o algo así. Así que hay una caja llena. Yo no sé qué pensar. Sé, de momento, que Planeta, que cuatrocientas ochenta y cuatro páginas, y que 20, 50 €. Ah, y que empieza así:

Había algo extraño en aquel atardecer, algo fuera de lo común, completamente extraordinario. Lo notaba en el color de la brisa y en los gritos de la luna. Y en la brusca forma en que el sol penetraba el horizonte y se derramaba naranja sobre el mar. Pero la advertencia más aguda venía de sus propias carnes: tenía frío. Un frío intruso, insólito. La jornada, tórrida, típicamente agostiza, moría dejando por herencia un calor sofocante. Sin embargo, los treinta y ocho grados, lejos de cortarle el aliento, le hacían temblar y estremecerse.

No le hicieron falta más pistas. No había margen para la duda: volvía a estar en la encrucijada. Sin dudarlo, volcó su cuerpo sobre el mapamundi desplegado. Tensó los músculos y cerró los ojos.

La voz de Maria Callas brotaba de los cuatro costados de la habitación. Madame Butterfly, segundo acto. Las notas, dolientes, pasionales comenzaron a cercarle. Trató de concentrase en ellas. Resultaban fascinantes. Sus agudos parecían estertores de muerte; sus pausas, desgarros del alma. Madame Butterfly: el humus perfecto parar la tragedia. ¿Y qué mayor tragedia que la suya? Tenía que volver a matar. No deseaba hacerlo. Su espíritu se resistía. Sus manos se revelaban. Sentía náuseas. Pero sabía que había llegado el momento. Era su deber, su deber inexcusable. Debía arrebatarle al mundo una nueva vida, crear un nuevo mártir.

- De acuerdo, lo haré -susurró.

Un chorro de pena procedente del altavoz cortó el aire y (...)

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