viernes, 25 de enero de 2013

Taimir


Nº 51


Por aquí transcribo el comienzo de la última novela de Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937), el escritor argentino afincado en España desde hace ya treinta y siete años, autor de obras como el libro de relatos Agujeros Negros (1997) y la novela Conversación con el monstruo (1994) entre sus primeros trabajos así como, últimamente, de la novela Las salvajes muchachas del partido, publicado por la editorial Candaya en 2009.

Supongo que hay muchas maneras diferentes de cautivar a un lector con los primeros párrafos de una novela pero, sinceramente, no había pensado en la posibilidad de crear desde el inicio cierta tensión presentando a un personaje perfecto. Debe de ser porque la perfección es sospechosa. Y, si no, lean.  A ver qué les parece.


Lázaro Covadlo, 2013.
RBA, 2013. 

274 páginas.
20 €.

I
Postales de la infancia.

Si quiere saber alguna cosa sobre mis primeros años de vida, sepan que me escapé de casa a los trece años. Sepan también que para todo el que conociera a mi familia yo era un niño dichoso criado en un hogar pleno de felicidad. Para empezar, recuerdo que mi vida embrionaria fue extremadamente plácida: mamá ponía música barroca con el fin de que mi estadía en su panza fuese del todo apacible; ya saben, Las cuatro estaciones y todo eso. Ahora viene lo del parto, que no fue en absoluto traumático y en el que no recuerdo haber sufrido ninguna sensación de pérdida del Paraíso. Mami siempre me contó que aquello fue una delicia. A los pocos minutos estaba contra su pecho tan calentito, ¡qué gusto! Mi madre me amamantó hasta los diez meses; mi papi -que era un hombre muy avanzado para su tiempo- me cambiaba los pañales y jugaba conmigo cuando regresaba de sus labores como médico psiquiatra. Papi y mami tenían una relación extremadamente armoniosa y sin altibajos. De pequeño me vi rodeado por cantidad de parientes que me mimaban y hacían carantoñas: mis abuelos maternos, los paternos, tíos, primos. Todo el mundo me adoraba, Los fines de semana íbamos a la finca de campo o a la playa. Tuve un cachorro muy cariñoso y juguetón, y tuve muchos juguetes con piezas para armar, de los que dicen que desarrollan la habilidad manual y la inteligencia. Tuve bicicletas, tuve un piano, una guitarra y un clavicordio; me contaban cuentos a la hora de dormir. Aprendí a nadar antes de caminar, aprendí a leer antes de los tres años, edad en la que también aprendí a pescar: mi padre me llevaba con él. Gran compañero y amigo mi padre, claro que sí. Pensaban que debía tener una formación integral, de modo que tomé clases de piano y la profesora opinó que estaba ante un nuevo Mozart. La vida deportiva también fue tenida en cuenta, y como no me atraían los juegos de pelota opté por la equitación y la esgrima. Mi virtuosismo con el florete suscitó el asombro del instructor, quien me comparó con D´Artagnan. Mi vida escolar también fue feliz y, aunque me contaba entre los mejores alumnos, supe tomar la precaución de no ser el primero de la clase, gracias a lo cual me vi rodeado de un montón de amigos.

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