sábado, 9 de febrero de 2013

En el campo.


Nº 52 

No sé qué pasa últimamente en la tienda que me vienen novedades que o no son o no me interesan. Se ve que la resaca de navidades ha espesado el mercado editorial algo más que otros años, por no hablar de los canales de distribución de los que por aquí hacemos uso de forma habitual: los que van quedando, claro. A tal punto está llegando la cosa que en La Tienda De Lope se ha barajado la posibilidad de colgar por aquí las primeras páginas de la biografía de Zidane (La Elegancia, se titula), libro que -para más inri- tampoco es nuevo.

Pero el libro del que transcribo los primeros párrafos se me ha puesto en la mano, se titula En el Campo,  y su autor -Hugo Abbati- me proporcionó en 2012 una de las lecturas más gratas, con Correspondencias, novela que se me antojó como muy poco tenida en cuenta por los ahíes. Aprovecho, además, para dar las gracias al autor, pues sé que me la ha hecho llegar más como agradecimiento por mi interés mostrado en esa primera obra de la que hablé que por promocionar su nuevo trabajo. Pues nada, mientras que yo no la lea y hasta que haga la reseñita que aquí merece dejo este adelanto, a ver qué les parece: 


Hugo Abbati, 2012.
E.D.A, 2012.

206 páginas.
 15 €.

Hola, estoy en el campo. Hay vacas por aquí, y también mucho verde.

Llegué hace dos o tres días, en tren. Un tren antiguo con locomotora a vapor y coches de madera oscura con asientos desvencijados y un olor dulzón de esos que, siendo habituales en otros tiempos, parece que ya no se usan. Pensaba que ya no había trenes como esos, pero hete aquí que apareció como venido de otro mundo y todos los pasajeros nos subimos a él tan contentos, disimulando el asombro (creo). Fue un viaje aceptable, a pesar de las muchas incomodidades de esos trenes tan viejos. Subía a la ciudad de X, esa de la plaza con el edificio de color horrible (ni amarillo, no beige, ni tostado) en la que Luci se cayó de la bicicleta y se hizo ese pequeño corte en la rodilla que le permitió quejarse durante dos o tres horas (alguien le había advertido: Luci, si no sabes andar en bicicleta, no andes como si supieras, pero el éxito de su pedaleo inicial la tentó para velocidades y maniobras más allá de sus posibilidades; suele ocurrir).


Te cuento. Estaba en la plaza deambulando, aguantando el frío de la tarde mientras pensaba en lo bien que me vendría un café aunque sin decidirme a tomarlo, como si desear el café fuera más importante que tomarlo, asunto que estaba, por decirlo así, a la mano. Pero no podía dejar de deambular. Algo me obligaba a estar allí, sin objetivo alguno y en una plaza que, además, no me gustaba: uno de esos rectángulos desparejos que crecen en las pequeñas ciudades amparados por políticas municipales llenas de desidia y que, con sus diseños, intentan recordarnos que la naturaleza y los espacios abiertos son algo necesario para escapar, por las tardes, del cemento ciudadano (¡como si caminar sobre un césped reseco fuera algo más que el caminar mismo!). Para colmo, la mirada se me iba todo el tiempo hacia el edificio amarillo o lo que sea, intentando descubrir cual era su función. Llevaba en una mano mi maleta cartón grueso, que fue lo único de utilidad que dejó en este mundo mi abuelo materno, y en la otra mani mi querido bolso azul, desteñido y con las costuras en estado deplorable. Al comienzo no me pesaban nada, aunque a las dos o tres horas de dar vueltas sin sentido comencé a sentir la presión en mis dedos. Me senté un momento en uno de esos bancos de madera a los que siempre les falta un listón y les sobra un clavo. Estiré los dedos y las piernas también. A mi lado había un viejo, de esos que nunca faltan. Me miraba extrañado. Pensé que quizá había estado todo ese rato allí, mirando mi paseo circular con la maleta y el bolso y mir miradas furtivas hacia el edificio beige, y que le parecería una escena un poco extraña. Así que me decidí a preguntarle algo con el fin de mostrar mi cordura, fue algo sobre el edificio, que si era algo público o qué ¿una delegación de hacienda? ¿la casa de cultura? ¿una de esas llamadas universidades populares? ¿una universidad en toda regla, quizá? ¿de ciencias, de humanidades? Una escuela de artes y oficios. Sí, señor. El viejo pronunció la respuesta con tranquila dignidad, acentuando la palabra "Artes" y carraspeando luego para completar más humilde con "Oficios". Me alegro, dije, simulando entusiasmo. Me alegro de verdad, insistí. Y luego, como para mí, pronuncié la palabra "Artes", y luego agregué "Artes... Artes y Oficios". Y me puse de pie, sonriente, ágil, dispuesto a todo. "Si hay una escuela de artes y oficiios en esta ciudad de mierda -dije- me merezco un café bien caliente", a lo que el viejo asintió. Y así fue. Liberado de la condena de deambular por la plaza y pendiente siempre de tener que mirar el tostado del edificio/escuela, fui directamente al bar de la plaza, no al más grande (hay dos) sino al pequeño, uno donde sirven unos pasteles rancios y, a pesar de ello, crocantes. Masticaba mi segundo pastel un poco sin darme cuenta, pensando no en el masticar sino en otra cosa imprecisa, como una nube, cuando, al girar en mi silla para cambiar el peso de mi cuerpo de una pierna a la otra, toqué la maleta con la punta de uno de mis zapatos. Súbitamente comprendí que estaba a punto de emprender un viaje. ¿Para qué la maleta, si no? ¿y este bolso azul, gastado? No lo dudé o, mejor, aparté con resolución una duda pequeña que, arteramente, ya ocupaba alguno de mis pensamientos marginales que, agrupándose, reconvenían mi decisión alertándome sobre el riesgo de abandonar conocido por desconocido. Escupí el resto de pastel en el suelo, pagué con generosa propina y me marché. Me marché directamente a la estación de trenes. Sí, señor, directamente.

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