miércoles, 12 de febrero de 2014

Nº 69




Gonzalo Hidalgo Bayal  nació en Albalat, provincia de Cáceres en 1950. Es autor de las novelas PARADOJA DEL INVENTOR y CAMPO DE AMAPOLAS, así como del libro de relatos ESPÍRITU ÁSPERO. Aquí dejamos el comienzo de su última novela, que se nos promociona como contundente historia negra sobre el destino y la culpabilidad: la de un hombre, por nombre Travel, que en un viaje a Murania en busca de un hispanista es detenido en relación a la desaparición de una joven. Buena pinta tiene:


La sed de la sal.
Gonzalo Hidalgo Bayal, 2013.
Tusquets, 2013.

328 páginas.
18 €.

Llamadme Travel. No es el nombre que figura en mis acreditaciones personales ni en los registros de la administración, pero es mi verdadero nombre en esta historia, el que se impuso a muchacho, a caminante, a forastero, pues en verdad os digo que hubo un momento, hace muchos años, en que fui solamente Travel, en que los pocos que me conocieron y trataron me llamaban Travel, en que hasta tal punto fui para ellos Tarvel que estoy seguro de que, si recuerdan aquellos largos e intensos días sedentarios y lo cuentan en tertulias de sobremesa o en la evocación de los reencuentros gratuitos, se referirán sin duda a Travel, el pobre muchacho caminante y forastero con mochila al que le sorprendió la desventura en un verano cálido, como los veranos antiguos, y joven, como sólo eran por desgracia los veranos de entonces. No creo que nadie de aquel tiempo recuerde mi verdadero nombre (en realidad algunos de los que me conocieron no debieron saberlo nunca, ni siquiera yo recuerdo que lo emplearan alguna vez en toda la aventura) y conservarán apenas, como mucho, una imagen difusa de mi rostro, de mis ademanes, de mi perplejidad, de mi tristeza, de mi miedo o de mi angustia, pero cuando cuenten la historia todos coincidirán en el discreto sobrenombre de Travel. De modo que, aunque no soy en verdad Travel y aunque no haya en mis andanzas monstruos ni mares ni blancura, sino negruras y cavernas, me atreveré a un suplicante imperativo (ya sabéis: llamadme Tarvel, etcétera), pues hablaré como Travel, pensaré en mí mismo como Travel y, mientras hable de este caso, seré de nuevo Tarvel, si es que alguna vez he dejado de serlo desde entonces, que los sobrenombres que se ganan permanecen a fuego en el carácter. Cuando contamos viejas historias no contamos cualquier historia (no es tan amplio nuestro repertorio ni tan entretenido), sino aquellas en las que hemos intervenido de modo principal, y nos las contamos porque sí, sin más motivo, sino porque las revivimos al contarlas, porque mientras se prolonga el relato volvemos a ser lo que fuimos y, aunque sea fugazmente y por las extrañas virtudes de la narración, nos convertimos en el personaje que ya habíamos dejado de ser, incluso en el personaje que nunca fuimos y que nos hubiera gustado ser, pues no en vano el relato endereza los hechos, los enmienda y los sostiene.

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