lunes, 16 de febrero de 2015

He vendido PORNOGRAFÍA PARA INSECTOS la semana pasada.

17. Y ahora tengo bichos apelotonados a la muerte. Se me quedan pegados al cristal como si tuvieran fe en poder atravesar un umbral más frío que una fábrica de clips. José María Parreño (Madrid, 1958) publicó su primer libro en 1981 con el título INSTRUCCIONES PARA BLINDAR UN CORAZÓN y ese también lo quiero tener. Me lo han recomendado. Lo ha hecho el mismo insensato que el pasado viernes 14 de febrero compró este que hoy presento, que lleva por subtítulo "O más bien EL DESVIVIDOR", y que no he podido evitar comenzar a leer. Qué maravilloso en descubrir ejerciendo tu profesión y qué agradecido le estoy a mis clientes.

José María Parreño, 2014.
Pre-textos, 2014.

98 páginas.
15 €.


Prólogo.

Este no es el libro que yo quería escribir. Aquél estaba dedicado a los apuros del lenguaje en su trato con la paradójica realidad. Se titulaba Pornografía para insectos.
Le dediqué años, pero cada día y cada noche fracasaba en mi empeño. Mientras, como en su reverso, iba escribiendo otra cosa: este libro de ahora, tan obstinado en ver la luz que más que revelárseme, se me rebeló. Sus páginas están redactadas a escondidas de mí mismo. Es la autobiografía de un yo al que antes no había tenido acceso.

Ahora debo explicar que tan constante como mis ganas de fumar o de mirar a las chicas, ha sido siempre la certeza (sin una sola prueba) de que existe una realidad distinta a ésta. Lo Otro, lo Sagrado, el Todo, el Tao, Dios, la Vacuidad, la Vía y muchos otros nombres locales o de época aluden a lo mismo. Empeñarse en sólo uno de ellos es una especie de nacionalismo del espíritu. Creo también que los seres humanos somos, por así decir, facetas o reflejos de esa otra realidad. Nuestra condición material nos reduce a ello (si bien es esa condición material la que nos permite tal intuición, paradójicamente). En definitiva, como escribió con apetito Nicanor Parra, somos "un embutido de ángel y de bestia".
Diversas tradiciones, desde hace siglos, han advertido que para fundirse o dejarse enhebrar por esa deidad o ese Todo, por el flujo del universo vivo, es necesario aniquilar el yo. Un yo constituido de deseos y de la lucha por satisfacerlos, y que estamos convencidos inamoviblemente de que es lo que uno es. Por esta razón, acabar con él produce una pavorosa sensación de final, como si el fin del yo fuera la muerte. Y naturalmente, nos resistimos a ello con todas las fuerzas.

Es mi caso: aunque llevo muchos años intentando fundirme o enhebrarme, mi yo no consiente en morir de ninguna manera.

Y sin embargo, ay, sin embargo, lo que hace es desvivir, desvivir diariamente.


***


Hay orquídeas que se hacen pasar
por hembras de abeja
y consiguen así que los más lujuriosos
y rápidos machos
las monten
y se lleven su polen
más lejos.
Estas flores son
pornografía para insectos.

Por idéntica regla de tres
o loco silogismo
podríamos decir
que las enfermedades son aperitivos
de la muerte, 
que la impaciencia
de la eternidad
es el tiempo.
Lo escribió Ángel Ferrant, un escultor:
"Todo se parece a todo".
Sí, 
en el espacio hay eco, 
pero en las formas y en las ideas también.

Todo se puede decir
a través de otra cosa, 
que no es
y que en cambio revela
una oculta verdad.

Y yo, 
¿qué verdad
finge en mí
ser un hombre
cansado?

***

Pero, tengan, les dejo 
un regalito.

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