martes, 9 de junio de 2009

CINCO HORAS CON MARIO IV

Conclusión.

Nunca he sido partidario de destacar méritos porque pienso que el valor de la obra es independiente de ellos. Lo mismo da, en ese sentido, que una novela haya costado mucho esfuerzo que haya costado poco, su valor está en el resultado final. Es buena si es buena y mala si no. Pero hay otro tipo de valor que sí me da por destacar muchas veces, creo que porque provoca en mi admiración, me hace sentir como si fuera alguien en vez de algo, seguramente por su posibilidad misma, por mi propio potencial, como si fuera de carne y hueso. Me refiero al valor de las personas valientes. Un ejemplo, claro.

Bien cierto es que cuando Delibes escribió CINCO HORAS CON MARIO ya atesoraba buena reputación. Aún así, sin embargo, quien decida abrir este libro con la intención honesta de leerlo se encontrará con una de las maneras de narrar vidas de personajes más original que tenga oportunidad, una especie de diálogo cojo o monólogo complejo, soliloquio de quien espera o desea que se le escuche. Entiendo que para hacerlo es preciso valor, conciencia de riesgo, de temerse no comprendido. En alguna ocasión he podido leer, al respecto, que el autor se decidió por este formato para evitar la censura franquista. Se trata de una paradoja que aparece constantemente y en todas las artes: la censura como promotora, siempre inconsciente, de nuevas libertades. Una novela narrada desde el rencor y el miedo de un personaje que no perdona y exige ser perdonado. Contraste de sentimientos que he explicado un poco en los otros tres artículos.

En cualquier caso la novela cuenta con unas nada desdeñables cuarenta páginas narradas en tercera persona, para abrir y para cerrar la lectura, en las que una cuestión ha aflorado para algún estudioso cuyo nombre no recuerdo. Se trata de la posible, y muy probable, actitud clasista del propio autor a la hora de describir a Menchu. Es otra vez la cuestión de los pechos, pero más me parece a mi que tiene que ver con la ineptitud de los que se dan tanto al análisis literario que se les olvida leer. Cuando Delibes hace hincapie en lo turgente de los pechos de Carmen está haciendo referencia al rubor que en ella, ella sí, clasista, provoca lo explícito de su físico, no está haciendo una descripción machista de la protagonista. No me parece tan difícil de entender, la verdad, y seguramente basta con no buscarle tres pies al gato. Es más, creo que no sólo en el monólogo o soliloquio principal queda suficientemente claro la comprensión de Menchu por parte del autor, pues en las segundas veinte páginas que se narran en tercera persona queda aún más claro: se trata de una mujer conservadora sí, pero de una mujer que ha sufrido y a la que se le deben explicaciones también.

Para concluir diré tan sólo que se trata este de uno de los libros que desde hace más tiempo tenía pensado releer y, desde luego, ha resultado ser un placer. Es curioso que esté seguro de haberlo leído y no recuerde, sin embargo, su lectura, que recuerde perfectamente la historia y no, sin embargo, el hecho de estar yo asimilándola. Y luego he pensado que, quizá, se deba a que aún no existía, o a que existía menos que ahora. Como soy sombra... En fin, pronto volveré a algún otro clásico del siglo XX pero, de momento, viajaremos, tras un breve repaso biográfico del vallisoletano que ahora nos ocupa, al decimosexto de nuestros siglos, con uno de los relatos, novela corta, más influyentes de la historia de la literatura: LA VIDA DE LAZARILLO DE TORMES, para que pase a formar parte de nuestra guía, que tan despacito crece.

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