viernes, 24 de julio de 2009

La vida es sueño II

6. La vida es sueño, de Calderón de la Barca (Parte 2).

Pies sobre suelo firme, trasero acorde con el resto de mi no, me mezclo con la silla sobre la que se recuestan cuantos son y a penas logro pulsar las letras rígidas del teclado, conectar mis dedos frágiles con cada cosa real (qué cachondo). Yo también soy fiera. Y humano. Traslado a la pantalla palabras con el objetivo principal de decir y esto entiendo que lo vengo logrando. Tengo la esperanza, también, de comunicarme: ¿Hay alguien ahí o estoy soñando? O, quizás, tú. Puede que tú dormido, con los ojos abiertos y buscando qué: ¿Has pensado, lector, en la posibilidad de que todo esto sea mentira: de que yo no haya leído ninguna de las obras que comento, de que me esté inventando cuanto largo? ¿Has pensado que quizá hayas realizado, gracias a la malicia propia de mi, comentarios ridículos, puede que pretendidamente pedantes, con alguno de tus amigos, de tus crédulas amigas? Ve pensándolo, porque quizá esto no sea más que un juego. Lo mismo un sueño.

La primera vez que vemos a Segismundo en Palacio ha de ser la segunda que está en toda su vida. Los años transcurridos entre su nacimiento y el encuentro con todo cuanto, en realidad, le pertenece los ha pasado, haciéndose algo muy parecido a un hombre, en la torre que es su prisión y su casa. Clotaldo, consejero del monarca, habrá sido su cuidador, su preceptor, le habrá dado una educación básica, mínima. Por aquí pasan cosas raras, ya lo dije en el otro comentario, escrito, en realidad, un par de días antes que este que, por misterios de la informática (que ni es una ciencia ni un arte), no lleva colgado desde el lunes 20. Digo que cuando Clotaldo descubre a Rosaura (aún vestida de tipo) y Clarín se ve obligado a ajusticiarlos (Puntuo como quiero). Lo que equivale, exactamente, a ajusticiarlos, aún a pesar de saber ya desde el principio que el hombre Rosaura es su hijo, gracias a la espada que lleva consigo para, según explica, vengar un agravio que se le hizo.

En Palacio pasan cosas de Palacio. Hasta que llega Segismundo, claro, cuando empiezan a pasar cosas del monte. Rosaura y Clarín, el acompañante gracioso, habrán salvado la vida porque ya no importa que vieran el secreto del príncipe monstruo: su padre, el rey Basilio, le está dando la oportunidad de contradecir los presagios del cielo. Los cielos presagiaban sangre si Segismundo. Así que, cuando Segismundo, sangre. En el tiempo en que está despierto en Palacio, falta al respeto a su padre el Rey, al que acusa por su encierro, se muestra arrogante con Estrella y Astolfo y, entre otras cosas, arroja por la ventana a un criado que decía que no se podía hacer tal cosa: Díjome, le explica a su padre, que no podía hacerse y gané la apuesta. Hela aquí: sangre, como auguraban los cielos. Segismundo será, de nuevo, narcotizado y devuelto a la torre de forma que se figure que todo fuera un sueño. Pero es advertido por Clotaldo: aún en sueños nada se pierde por hacer el bien (Y sólo le falta añadir: capullo). Y llegados a este punto pensemos. Sin cansarnos, a ser posible:

Estamos al final de la segunda jornada, el pobre Segismundo está de nuevo encerrado después de que se vio en Palacio y siendo príncipe, teniendo mando, poderoso. Piensa, como previó su padre en caso de que su hijo no quitara razón a los presagios astrológicos, que todo ha sido un sueño y que su vida, en verdad, no consiste en nada más allá de vivir preso, envuelto en pieles, prácticamente salvaje. ¿Se da cuenta del panorama, lector? Lo que está ocurriendo en este drama pertenece al género fantástico, lo que ocurre a Segismundo no puede ser más que sueño concreto: pesadilla. La ambigüedad que se crea es artificio espectacular que llama poderosamente la atención. Si la vida que su padre le pretende real fuera rutinaria al lector o espectador de la obra no le sorprendería tanto y, además, le resultaría poco creíble. Pero se da la circunstancia de que, como dice Francisco Rico (siempre Rico, siempre Rico...), lo que Calderón crea es una fábula: ficción sobre la ficción que de por sí suponía el tablado del siglo XVII. Así que los versos famosos (Qué es la vida...) del final de la segunda jornada están cargados de sentido, y también de sentidos, cruce de direcciones en los que vida y sueño lo mismo son como que no, como la misma cosa, como distinta. Es un juego. Y uno se aburre si se queda mirándolo como un pasmarote: hay que jugar, cada uno en su butaca, imaginar, dejarse seducir por la cosas que no son: el otro día me miré en el espejo y casi me veo. O lo mismo lo imaginé.

Rosaura, que es mujer, encuentra al hombre que la deshonró, al que buscaba: Astolfo. Este la reconoce cuando ella sirve a Estrella, después de ser perdonada de saber cosas que no deben saberse. Ella y Clarín, que no habrá tenido mucha suerte en el discurrir de los últimos acontecimientos, pues ahora se ve encerrado con Segismundo. Los hechos se precipitan a partir del momento en el que unos soldados liberan al príncipe, al que reclaman como sucesor y, ya metidos en harina, como rey desde el momento en que ganen una batalla que es guerra declarada y que da comienzo enseguida. Efectivamente Basilio pierde en la contienda el trono y su poder, pero a la nueva entrada de Segismundo a Palacio éste será ya bien otro: obrará bien aún en sueños, como Clotaldo le indicara. No sólo perdona la vida a su padre si no que ofrece la suya como es de justicia (por traición al rey), obliga a Astolfo a casarse con Rosaura, a quien deshonró, y esta es descubierta como hija de Clotaldo. Y, aún, manda ajusticiar al soldado que se levantó en armas contra el rey, el soldado que protagonizara el levantamiento y su liberación de la torre.

Leyendo estos finales casi siempre me huele un poco a chamusquina, en el sentido de que es fácil empezar a sacar conclusiones éticas, políticas y religiosas que Calderón quisiera apuntar. Me ha gustado, sin embargo, más la introducción de Francisco Rico que la que hacen, por ejemplo, Ciriaco Morón y Guillermo Serés, en la misma onda. No es que se contradigan con Rico pero este centra su interpretación en lo maravilloso del artefacto que Calderón pone a la vista del espectador, y deja la posibilidad de interpretaciones más sesudas en un segundo plano. Entiendo, así, que este tipo de estudios, a mayores, restan fuerza a la estética primordial de LA VIDA ES SUEÑO, que pone sobre las tablas una serie de acontecimientos que suceden a prisa y, a menudo, con violencia ya desde el mismo principio, desde la esencia de los personajes principales: el príncipe monstruo deheredado, la mujar deshonrada y de padre desconocido que se ve obligada a disfrazarse de hombre, el rey científico que descuida su gobierno, el padre de Rosaura que se ve obligado a a tomar parte entre su Rey y su hija... Una atmósfera extraña rodea a unos personajes aún más extraños....

En fin, que, como siempre me pasa, me he alargado y me he quedado sin contar muchas cosas (Por cierto, 1635 o por ahí). Espero, de todas formas, que sea suficiente para sentarse a la butaca aún con más ganas de las que ya se tendrían. Busco una edición que recomendar en la que necesito que salga el Rico y que, de momento, no sólo no he encontrado si no que, además, casi no he buscado. Busco también la manera de evitar accidentes como el sufrido esta semana: este artículo lleva escrito cinco días y hubiera puesta la mano en el fuego por porfiar que andaba publicado. Como no me quemo...

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