jueves, 26 de noviembre de 2009

AUTOBIOGRAFÍA DIFUMINA I


No había de qué sorprenderse en un principio. Cuando aún era casi todo. La guerra era la guerra y la paz era el descanso de la guerra. La muerte era la muerte también. No había de qué sorprenderse ni razón alguna para pensar que algo pudo cambiar entonces. Cuando no cambió nada, como pudo comprobarse al final de Melibea, que era estúpida.

Un día fue, por fin, todo: abrí los ojos y vi el dolor de unos padres y el cuerpo despachurrado en el suelo de una doncella y juro por lo más sagrado que nunca me he reído más en mi vida. Por lo demás, nada cambió después de mi primer día. Las batallas siguieron dirimiéndose entre héroes y villanos y pensé que esperar la muerte debía de ser delicado, y pelearse con el héroe desalentador. Y encontrar la muerte cuando no se espera por fuerza debía resultar sorprendente.

Cuando muere quien se lo merece es que te partes el culo. Por lo menos a mi me pasa. Seguramente porque que soy un tipo complejo: mi complejidad reside en la extrema simpleza de mis miembros, que no son, de mi cara y de mi cuerpo inasibles. Nací un día de hace siglos, por empezar por algún sitio, y el mundo es igual desde entonces, en el sentido de que no es distinto, claro. De qué te vas a sorprender, ¿eh?

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