sábado, 16 de enero de 2010

EL ALEPH III



Uno lee los cuentos de Borges y luego los relee como quien ha oído una canción que promete y necesita escucharla con detenimiento para ratificar su impresión primera y, también, para disfrutarla desde un convencimiento profundo. Cada vez me encuentro más tocado por el argentino: sobado últimamente, inexplicablemente manoseado.

Lo de jugar a la literatura es razón suficiente a la hora de ponerse a escribir. El juego de Borges es refinado porque nunca pierde la perspectiva desde la que comienza y que le da sentido: las historias, disfrazadas de reales unas veces y fantásticas confesas otras, son palabras, símbolos tipográficos sobre papel que quedan solitarias en último término y que como tales poseen su valor máximo. Borges practica un ejercicio retrógrado que consiste en devolvernos la magia del lenguaje (lenguaje es una palabra que empieza por un palo alargado y sigue por una especie de seta de tronco torcido y mal ubicado, así como sigue por otros signos de lo más curioso...).

El estilo de Jorge Luis Borges es, sobre todo, ejemplo del de los mejores cuentistas. Esto lo digo yo que no siento la responsabilidad de un crítico ni la de un lingüista y, últimamente, ni siquiera la de un bloguero. Rebuscando el otro día entre las ideas que se suponen en el interior de mi sesera (no me entra en la cabeza el no tenerla) di con una que me pareció ancha porque se me escurría entre la mano que tuve, la que me encontré primero hurgando en la viscosidad de mi pensamiento (que, por cierto, hacía un ruido de lo más asqueroso al ser removido) y luego mostrándome la idea en cuestión. La que miré y me pareció vacía, así que arrojé por la taza del váter, la me quité de encima como si de un peso prescindible se tratara. Y como ahora me encuentro más ligero de la cuenta me ha dado por pensar que quizá me he desprendido de algo valioso porque me hiciera falta. Para ser u otras cosas. Y algunas veces voy al servicio de la tienda y me quedo mirando la taza del váter con melancolía, y algo de miedo, la verdad. Pero yo pienso que para hablar de Borges ando sobrado.

Es corriente que Borges empiece sus cuentos destacando que lo que de seguido se va a leer es tan sólo un retazo, o una reconstrucción o un simple resúmen de lo que ocurriera. Y es en esas ocasiones, cuando el relato se nos presenta como real, en las que el cuentista expresa de forma explícita su máximo interés: el arte de contar bien las cosas. Y, a partir de ahí, querido lector, tanto da que las cosas ocurran como que no, que no puedan ser nunca o que la probabilidad de que sucedan sea alta: si está bien contado sirve. Si sirve puede gozarse.

También son corrientes en los relatos de Borges las vueltas de tuerca, historias que no terminan de ser explicadas hasta que el autor no las retuerce en los últimos tramos. Esto, sumado a la gran cantidad de datos que que pululan en sus párrafos, puede complicar algo la lectura o, incluso, dejarnos desencantados, como sufriendo un manotazo violento sobre las venas del anverso de nuestra mano, que creía tener asido el sentido de lo que se nos contaba. Pero hay que pensar que su comprensión, menos dificultosa de lo que pueda parecer a primera vista, nos recompensará estética y filosóficamente.

He podido observar que los relatos de EL ALEPH abundan en conceptos comunes que están relacionados de varias maneras. Los destacaré a partir de la próxima entrada porque en esta me he enrollado más de lo que tenía previsto. Empezaré hablando de la idea de muerte, que es una cosa muy graciosa que parece que le viene sucediendo a mucha gente en los últimos tiempos, sobre todo después de haber vivido. De momento me voy a mirar la taza del váter un rato.

2 comentarios:

  1. Saludos.

    Leyendo entradas como esta me doy cuenta de que antes era más divertido.

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Comentarios.