
La inmortalidad es una condena. Baste en este sentido el caso del hombre que, tras caer en desgracia y protegido por su condición de imperecedero, pasó setenta años de padecimiento, oculto después de una desafortunada caída por un desfiladero, atormentado por la sed hasta que pudo ser rescatado. Véase el ejemplo de Asterión, el minotauro, que en el relato borgiano (LA CASA DE ASTERIÓN) se entrega a Teseo para que este le salve también, igual que él hacía cada nueve años, cuando "entran en casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal".
Esta es la lección principal que he recibido de la lectura de EL ALEPH. Los inmortales somos seres trágicos desde el momento en que somos conscientes de nuestra condición. Por eso Cartaphilus acaba persiguiendo un río que le devuelva la mortalidad, que le devuelva el sentido, que aparte de sí el desdén, la desidia que hace que los vivos por siempre "lo sean todo y no sean nada". En lo que mi respecta confieso no estar del todo convencido de mi inmortalidad, aunque tengo la llave. La llave tiene forma de librero muerto. Paradoja.
En el relato EL MUERTO el personaje Benjamín Otálora se nos presenta en forma de crónica (no tan sofisticada como la de García Márquez) de unos días en los que la ambición del protagonista lo llevan al fatal desenlace. Pero aquí la muerte sólo puedo verla como fatalidad y, en cualquier caso, aparece en muchas de las historias que componen este volumen clásico. En LOS TEÓLOGOS la muerte es necesaria, igual que en EMMA ZUNZ, donde la protagonista empieza vengando el agravio a su padre muerto y termina vengándose a sí misma: con la muerte, por supuesto... y, en fin, otros muchos relatos parten de o terminan con la muerte de sus protagonistas o de otros personajes centrales.
LABERINTO, de Natalia González.

Las relaciones entre los relatos son explícitas, tratan de decirnos cosas. Una vez leía en la contraportada de otro libro (japonés para más señas) que este tensaba metafísicamente el pensamiento (o algo así). Yo creo que Borges sitúa la acción de los personajes en un plano metafísico: toma conceptos básicos de la filosofía y de la ciencia y allí donde estos empiezan a tambalearse, en ese espacio donde la razón no alcanza el argentino suelta a los personajes que mantuviera cogidos de sus chaquetas entre los dedos índice y pulgar. Los abandona en un laberinto, un laberinto tan complejo que, a menudo, sólo hay una forma de salir de él.
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