sábado, 23 de enero de 2010

EL ALEPH IV

Bien. La muerte está presente. En muchos de los relatos de EL ALEPH. Sobre todo en la mayoría de los primeros. Es capital en el que abre el libro, una de los mejores: EL INMORTAL, en el que su protagonista, Cartaphilus, deja al lector un manuscrito en el que cuenta sus aventuras en busca de la misteriosa Ciudad de los Inmortales, y en el que cuenta su propia experiencia como inmortal. Borges nos presenta la muerte como salvación, y así podremos verla en otras ocasiones.

La inmortalidad es una condena. Baste en este sentido el caso del hombre que, tras caer en desgracia y protegido por su condición de imperecedero, pasó setenta años de padecimiento, oculto después de una desafortunada caída por un desfiladero, atormentado por la sed hasta que pudo ser rescatado. Véase el ejemplo de Asterión, el minotauro, que en el relato borgiano (LA CASA DE ASTERIÓN) se entrega a Teseo para que este le salve también, igual que él hacía cada nueve años, cuando "entran en casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal".
Esta es la lección principal que he recibido de la lectura de EL ALEPH. Los inmortales somos seres trágicos desde el momento en que somos conscientes de nuestra condición. Por eso Cartaphilus acaba persiguiendo un río que le devuelva la mortalidad, que le devuelva el sentido, que aparte de sí el desdén, la desidia que hace que los vivos por siempre "lo sean todo y no sean nada". En lo que mi respecta confieso no estar del todo convencido de mi inmortalidad, aunque tengo la llave. La llave tiene forma de librero muerto. Paradoja.

En el relato EL MUERTO el personaje Benjamín Otálora se nos presenta en forma de crónica (no tan sofisticada como la de García Márquez) de unos días en los que la ambición del protagonista lo llevan al fatal desenlace. Pero aquí la muerte sólo puedo verla como fatalidad y, en cualquier caso, aparece en muchas de las historias que componen este volumen clásico. En LOS TEÓLOGOS la muerte es necesaria, igual que en EMMA ZUNZ, donde la protagonista empieza vengando el agravio a su padre muerto y termina vengándose a sí misma: con la muerte, por supuesto... y, en fin, otros muchos relatos parten de o terminan con la muerte de sus protagonistas o de otros personajes centrales.


LABERINTO, de Natalia González.
Quiero destacar hoy otra imagen que se nos presenta con fuerza en muchos de estos cuentos: el laberinto. De nuevo es primordial en el primero de todos: LA CIUDAD DE LOS INMORTALES. En este aparecen varios. De hecho, el relato casi se nos presenta como una prueba que consista en superarlos. Cuando el protagonista llega a la ansiada ciudad extraña resulta que esta es un laberinto más. Y por supuesto que el minotauro de Borges vive en un laberinto. Un laberinto es la escritura mágica de LA ESCRITURA DE DIOS, así como la casa de ABENJACÁN EL BOJARÍ, MUERTO EN SU LABERINTO (atiéndase también al hecho de que muere en él); no diré nada respecto al cuento titulado LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS. Por último, el propio aleph de EL ALEPH puede perfectamente considerarse un laberinto más.

Las relaciones entre los relatos son explícitas, tratan de decirnos cosas. Una vez leía en la contraportada de otro libro (japonés para más señas) que este tensaba metafísicamente el pensamiento (o algo así). Yo creo que Borges sitúa la acción de los personajes en un plano metafísico: toma conceptos básicos de la filosofía y de la ciencia y allí donde estos empiezan a tambalearse, en ese espacio donde la razón no alcanza el argentino suelta a los personajes que mantuviera cogidos de sus chaquetas entre los dedos índice y pulgar. Los abandona en un laberinto, un laberinto tan complejo que, a menudo, sólo hay una forma de salir de él.

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