martes, 26 de enero de 2010

AUTOBIOGRAFÍA DIFUMINA VII

SOMBRA AZUL, de Toni Tugues.

Paré en seco mi marcha trémula y fue entonces cuando la vieja sonrió. Se me antojó un gesto obsceno porque me sentí desnudo. Rodeado de tanta gente para quien yo ni siquiera existía aquella mujer me hizo presente, logró colocarme en un punto, en un momento en el mundo, un mundo que, por fin, era consciente de mi.

El ajetreo de aquella mañana se sucedía inconstante y el polvo que ascendía desde el suelo veló por unos instantes la que era, sin duda, visión real. Visión que hube de creer después en comprometido acto de fé porque a la que me sacudí lo que pensaba como manto de voces (palpables y hasta masticables) no vi nada que no fueran las columnas que sujetaban el techo del soportal, oscuro y transparente, donde la vieja se encontrara, mirándome con aquella seguridad de saberse viéndome. Y ya no estaba.

No sé por qué decidí avanzar -ligero- hasta el lugar. Eché un breve vistazo hacia atrás: gritos y algún empujón, cestos rebosantes, colores, el herrero, aún tembloroso, que debía de estar contando a su colega lo sucedido unos momentos antes con su puesto, cuando sufrió un fuerte empellón que no pudo provenir de persona ni cosa alguna... Continué hasta llegar al soportal y, a medida que profundizaba en él, pude vislumbrar una puerta. Abierta. Entré.

Una escalera empinada me llevó hasta otra puerta. Abierta. Entré. Un corredor breve me llevó hasta otra puerta. Cerrada. Se abrió. La vieja. Puta. Me dijo, con su ojo clavado en mi mirada: ¡Alahé, en malhora a ti he yo menester para compañero! Y no supe qué decir. No supe ni temblar: ¿usted me está viendo, señora? ¡Aun si quisieses avisar a Celestina en su oficio! Me dio un empujón y me apartó de su lado camino de la salida. Y no la volví a ver porque, al día siguiente, la vieja alcahueta que todos conocían en la ciudad como Celestina murió.

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