jueves, 1 de julio de 2010

y PEDRO PÁRAMO II.

AFTER THE MASKED BALL; de Charles Chaplin.

Buscaba una muchacha, una joven retratada, una que pudiera pasar por Susanita, única persona capaz de despertar en Pedro Páramo algo de ternura, y me he encontrado con este óleo de Charles Chaplin. Y ya me ha dado igual si la mujer era jovencita o estaba despierta o viva. Me lo quedo. Y si pican la imagen irán a parar a un blog bastante chulo, por cierto.

Susanita no parece un personaje central de la obra de Juan Rulfo pero leí por ahí que fue ella inspiración, que por ella, por el recuerdo de una joven de la que estuvo enamorado el escritor, fue esta historia mejicana. Pero, vaya, de hecho Susanita no es un personaje central. Es importante porque viene a cerrar la novela, porque gracias a ella conocemos mejor a Pedro Páramo, al que sólo le queda morir tras la muerte de su amada (más bien habría que decir amable). Y téngase en cuenta que la muerte de Páramo es la muerte de Comala, es el principio de todo lo que en la novela acontece.

Ya dije en la primera de las entradas que lo que acontece es un cúmulo de imágenes que se suceden en las páginas pero que, en su efecto, se amontonan en el cerebro del lector. Recuerdos que los muertos de Comala explican al viento y bajo la tierra, detrás de una esquina o desde descaradas y engañosas (fantasmales) apariciones. Cuando Juan Preciado llega a Comala, ciudad abandonada, no le faltará una historia, no encontrará a su padre pero sabrá de él: que fue un terrateniente, dueño de la Media Luna (que es como decir toda la tierra alrededor de Comala), que fue un ser despreciable que se casó con su madre, a la que enseguida echó de su lado, sólo por negocios, que se comportó como un tirano con todo el mundo, que secó la tierra, produjo maldades y abrazó las que vinieron de afuera, en su provecho y contra todo lo que no era él. Ni su hijo Miguel (muerto temprano), ni su amada Susana, que no pudo soportar la falta del padre: figura ésta que el propio don Pedro, como le conocen, se encarga de hacer desaparecer, en el sentido más explícito.

Así que Juan Preciado va viviendo encuentros fantasmales con imágenes que cuentan historias de verdad, historias retorcidas, sucesos convencionales también, historias fantasmales que le explican lo que fueron Comala y Pedro Páramo. A través de la señora Eduviges, de sus sirvientes, Damiana, del padre Rentería, de su hijo Miguel, de otros personajes que poco a poco van haciendo difuminarse la voz narradora, que empieza siendo la del porpio Preciado, y acaba por poder ser cualquiera:

- ¿Eres tú la que ha dicho todo eso, Dorotea?
- ¿Quién, yo? Me quedé dormida un rato. ¿Te siguen asustando?
- Oí a alguien que hablaba. Una voz de mujer. Creí que eras tú.
- ¿Voz de mujer? ¿Creíste que era yo? Ha de ser la que habla sola. La de la sepultura grande. Doña Susanita. Está aquí enterrada a nuestro lado. Le ha de haber llegado la humedad y estará removiéndose entre el sueño.
- ¿Y quién es ella?
- La última esposa de Pedro Páramo. Unos dicen que estaba loca. Otros, que no. La verdad es que ya hablaba sola desde en vida.
- Debe haber muerto hace mucho.
- ¡Uh, sí!, hace mucho. ¿Qué le oíste decir?
- Algo acerca de su madre.
- Pero si ella ni madre tuvo...
(...)

Así es como esta novela va. La imagen que de Comala y sus gentes, ya desaparecidas, se crea Juan Preciado es la que se va creando el lector. Y aunque se mantiene la linea temporal constantemente se dan pequeños saltos que desconciertan porque las imágenes no mantienen un orden riguroso, a lo que hay que añadir que las historias vienen de todas partes.

Los recuerdos de Comala son siempre buenos pasajes literarios, valdrían como microrrelatos y, a veces, como poemas. Son divertidos, mágicos y oscuros. Poéticos. Puedo decir que de cada lectura que hago saco nuevas ganas de leerlo, y creo que su forma, su estructura inconcreta, da pie a ello. El estado de confusión que hace ya unos cuantos años en mi provocó su primera lectura fue tal que el libro me pareció un fiasco, porque me desconcentró desde el principio y de tal manera que no encontraba motivación suficiente para hincarle el diente con ganas. Lo recuerdo como si me viera abandonado, como si el autor pasara de mi: el propio Juan Preciado se va difuminando hasta abandonarnos también: habrá un momento en que sólo voces (explícitas o sólo internas, tanto da) acompañen nuestra lectura.

El final puede considerarse apocalíptico y pesimista. De Comala ya nada se puede sacar, un pueblo que prácticamente se deja morir, al que su más poderoso miembro, Pedro Páramo, abandona tras la muerte de su única querencia viva: Susanita. Las revoluciones de los cristeros, parodiadas hasta la risa, y un paisaje desencantado en el que la muerte es sólo resignación: solución a la violencia.


ALGO MÁS.

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