jueves, 13 de octubre de 2011

Nº 37

Retomo la vieja costumbre (llevaba sin hacerlo desde mayo) de plantar aquí un escaparate con algunos de los títulos que me parecen más interesantes de entre los que van llegando a la librería. Lo veo como  cartelera de cine, algo que me viene así a la cabeza porque  estos días están celebrando en Televisión Española los veinte años de su programa Días De Cine y tengo que decir al respecto que fueron sus crónicas la primera inspiración de esta revista que nunca ha sido más que folleto. Aunque ahora se quedó sólo en escaparate este Alicia fue, en realidad, el motor o primer impulso de este blog que va tirando. Ya saben, publico la primera página. Hasta que me caiga la primera bronca, claro.

Pájaro sin vuelo. Luis Mateo Díez. Alfaguara,  2011. 280 páginas. 18, 50 €.

De este señor funcionario que escribe grandes historias a uno siempre le viene a la cabeza EL REINO DE CELAMA, paisaje inventado de resignados personajes trágicos que yo recuerdo en un único tocho formado por tres novelas. El mundo de Mateo Díez es rico, muy imaginativo. Su prosa también, capaz de abarcar en poco espacio registros patéticos u oscuros y humorísticos. En su último libro parece que es este último el temperamento que predomina: la historia de un hombre, Ismael Cieza, que toma conciencia. Mala conciencia. Quizá sólo justa.





1.

La mañana en que Ismael Cieza comprobó que no era capaz de hacerse la corbata, fue cuando tomó conciencia de que su vida llegaba al límite que alcanzan los fugitivos que deciden entregarse, porque ya no les quedan fuerzas para seguir huyendo.

Esa mañana inauguraba un día crucial en la vida de Ismael Cieza, una de esas jornadas que dejan en la playa los restos de lo que el mar arroja para que, al menos, por unas horas queden depositados en la arena antes de que las olas se los vuelvan a llevar. 

Las manos irresolutas de Ismael Cieza intentaban hacer el nudo de la corbata, y en la imposibilidad de lograrlo mostraban el temblor con que el nerviosismo pone en evidencia la incapacidad.

Habían pasado muchos años sin que necesitara hacerse la corbata, ya que esa encomienda estaba delegada, como tantas otras de la rutina doméstica, en Novelda, que siempre había sido una esposa  atrapada mucho más allá de lo razonable en las tareas domiciliarias, como si las delegaciones no proviniesen de una obligación convenida en el reparto de la convivencia sino en el rastro de las impericias y las dejaciones, que Ismael iba acumulando igual que el bicho que se aleja con la huella de la baba en el suelo. 

Las prendas que uno se quita, los objetos que se acaban de tener en las manos, los utensilios recién usados, (...)


La voz dormida. Dulce Chacón, 2002. Punto de Lectura, 2011. 424 páginas. 9, 99 €.

Llegan de cuando en cuando libros de película. Benito Zambrano decidió adaptar esta historia de mujeres encarceladas que representan a aquellas que trascendieron el papel asignado cuando España se jugaba a sangre un futuro incierto y que ha día de hoy resulta de una certeza desalentadora. Para qué tanto, como diría el colombiano Vallejo, del que termino ahora LA VIRGEN DE LOS SICARIOS. Personalmente estoy un poco harto de héroes republicanos, aunque espero no tener que leer nunca ni uno sólo de los que alguien pudiera considerar en aquel bando nacional de entonces.




1. 

La mujer que iba a morir se llamaba Hortensia. Tenía los ojos oscuros y no hablaba nunca en voz alta. Sólo cuando la risa le llenaba la boca, se le escapaba un Ay madre mía de mi vida que aún no había aprendido a controlar, y lo repetía casoi a gritos sujetándose el vientre. Se pasaba gran parte del día escribiendo en un cuaderno azul. Llevaba el cabello largo, anudado en una trenza que le recorría la espalda, y estaba embarazada de ocho meses.

Ya se había acostumbrado a hablar en voz baja, con esfuerzo, pero se había acostumbrado. Y había aprendido a no hacerse preguntas, a aceptar que la derrota se cuela en lo hondo, en lo más hondo, sin pedir permiso y sin dar explicaciones. Y tenía hambre, y frío, y le dolían las rodillas, pero no podía parar de reír.

Reía.

Reía porque Elvira, la más pequeña de sus compañeras, había rellenado un guante con garbanzos para hacer la cabeza de un títere, y el peso le impedía manipularlo. Pero no se rendía. Sus dedos diminutos luchaban con el guante de lana, y su voz, aflautada para la ocasión, acompañaba la pantomima para ahuyentar el miedo.


Siete cuentos imposibles. Javier Argüello, 2001. Lumen, 2008. 175 páginas. 14, 50 €.

Del argentino Argüello leí hace tres  años una novela llamada EL MAR DE TODOS LOS MUERTOS que, de hecho, anda por ahí reseñada, aunque en plan copia-pega. Fue tomada del ALICIA impreso y traída aquí por los pelos. En realidad se trata de una obra posterior a esta de la que ahora hablo brevemente. La pedí hace unos días porque me di cuenta de que tenía su lectura pendiente desde hace años. Encontraré el hueco para reseñarla y, entonces, habré leído la obra completa de este escritos: dos libros.






VOLVER A VERLA.

Joaquín... ese sería el nombre del protagonista. Se llamaría Joaquín y sería uno de esos pedantes hombres de letras, mucho más interesados en los experimentos literarios que en las buenas historias.

Era una especie de autoexorcismo que Ramiro se había impuesto. En un mes se cumplirían dos años de la publicación de su novela y desde entonces no había vuelto a escribir una sola página que valiera la pena. Luego de angustiosas cavilaciones, habñia llegado a la conclusión  de que el problema radicaba en la imperdonable manera en que había comenzado a complicar sus argumentos con el fin de lograr una obra interesante, como uno de esos odiosos estudiantes, aspirantes a escritores y proyecto de críticos literarios, que desperdician todos sus esfuerzos en la búsqueda de una estructura inédita, en lugar de concentrarse en la trama y en los personajes. Tal vez todo era producto del éxito que obtuvo su primer trabajo y de la inevitable parálisis a la que eso lo había conducido. De la pérdida de perspectiva a la hora de dar el siguiente paso, mucho más preocupado por superar el anterior que por encontrar una historia que lo apasionara. O tal vez (pero era algo en lo que prefería no pensar), el problema era mucho más simple. Hacía también dos años casi, que ninguna (...)

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