lunes, 2 de abril de 2012

Nº 42



Título, La tejedora de Sombras.
Autor, Jorge Volpi.
Editorial, Planeta, 2012.
Pvp, 20 €.
280 páginas.

El mexicano autor ya de una obra extensa y reputada entre la que destaca su Trilogía del siglo XX, formada por EN BUSCA DE KLINGSOR (1999), EL FIN DE LA LOCURA (2006) y NO SERÁ LA TIERRA (2006), nos viene ahora con una historia de amor extremo y obsesiones.

Con Jung  y sus sesiones de  psicoanálisis -por medio del trance- a la paciente Christiana y las visiones de ella aquí relatas como generadores de una experiencia singular del amor esta historia ganó el último premio Iberoamericano de narrativa Planeta-Casamérica. Y empieza así:


Una mujer inspiradora.


Saint John, Islas Vírgenes, 1967
De Florencia a Le Havre, 1925.

Poco después del mediodía, cuando la playa queda desierta y no se escucha el ulular de las aves ni el clamor de las cigarras -una voz provocaría un escándalo-, el océano parece una plancha color turquesa, sólida e impenetrable. Los rayos de sol atraviesan las olas sin rasgarlas y los petreles se mecen apáticos, como sostenidos por un hilo, en la bruma del trópico.
    El viento, capaz de azotar los manglares como briznas y doblar por la mitad un hato de palmeras -una mano violentando su cabello-, exuda un vapor denso que se adhiere a la piel con su tufo a algas fermentadas.
    Al alzar la vista, un azul blancuzco e iridiscente hiere sus pupilas. En vez de permanecer a la intemperie, en la quietud de la playa, de su playa, Christiana se siente atrapada en un cuarto hermético, un horno de paredes calcáreas, sin salida.
    La arena le quema los muslos y los talones, pero ella no quiere erguirse, no se atreve a intentarlo: su cuerpo ha adquirido un peso inmanejable o el aire se ha vuelto tan espeso que mover la mano se le antoja una proeza y prefiere quedarse allí, varada ballena moribunda, frente al apacible mar en llamas.
    La mujer extiende los brazos y apoya la palmas en el suelo. Sus articulaciones se tensan y la llaga que ayer se hizo en la muñeca -una errática brazada la impulsó contra las rocas- le arranca un gemido y unas lágrimas.
    La brisa empapa su rostro y devuelve a su paladar el sabor a calamares que almorzó más por inercia que apetito; el regusto acerbo desciende por su garganta, araña su esófago y casi le provoca una arcada. Ella gira el cuello a izquierda y derecha, tratando de desprenderse del aturdimiento y del asco.
    Eres repugnante, escucha en medio de las olas.
   Absurdo, se dice, no hay nadie aquí si no tú misma: el mar, el sol que es otro verdugo, la arena que se obstina en calcinarte, ¿quién más habitaría este abominable paraíso?
    Su lengua enreda las palabras, retuerce las sílabas o las desgaja. En su tono no hay patetismo ni desengaño, apenas cierta nota de amargura.
    El roce del agua con las puntas de los pies -la marea apenas puede llamarse marea- le provoca un ataque de pánico, como si desconociese esa materia transparente, casi viva, que ahora la toquetea.
    El océano se burla en cambio de su queja: aquí arriba es pura claridad, una delgada capa de luz marina, el reino de las apariencias, la conformidad con el qué dirán y los modales -un oleaje melifluo y delicado-, aunque basta con sumergir el tronco y la cabeza para sufrir el primer escalofrío, los secretos que muerden semejantes a pirañas, las calumnias y los rumores abisales, un torbellino de celos y de engaños, el qué dirán de las orcas y la asechaza de las anguilas en una oscuridad que todo lo iguala y todo lo destruye.



Título, Aire de Dylan.
Autor, Enrique Vila-Matas.
Editorial, Seix Barral, 2012.
Pvp, 19, 50 €.
330 PÁGINAS.

Es la nueva novela de Vila-Matas una obra que debe entenderse complementando a la que hasta ahora tiene publicada y en la que se produce, según dice él mismo, un diálogo entre el autor que fue y el que es ahora, con retorno a HISTORIA ABREVIADA DE LA LITERATURA PORTÁTIL. En la presente el autor catalán reivindica el derecho a la contradicción y homenajea a Hamlet -si no se sirve de él- y al teatro en general. Hay un vídeo muy interesante al respecto: http://www.enriquevilamatas.com/obra/l_airededylan.html. Reproduzco el comienzo, como siempre:

Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad. La representación empezó la mañana en la que mi mujer me entregó una carta que acababa de llegar de Suiza, una invitación a participar en un congreso literario sobre el fracaso.
    Me encontraba en la terraza del apartamento al noroeste de Barcelona, la vieja casa en la que llevábamos ya muchos años y que hemos cerrado hará tan sólo unos meses. Mi mujer entró en la terraza con pompa nada habitual y ensayó una reverencia teatral antes de anunciarme que, a tenor de lo que decía la carta, alguien me consideraba un completo fracasado. Me sorprendió su teatro porque no solía sobreactuar jamás. ¿Quería con su histrionismo rebajar la gravedad de lo que decía? Fuera por lo que fuese, no se me olvidará el momento, porque inauguró una historia dentro de mi vida, una historia que paulatinamente iría reclamando cada vez más mi atención en las siguientes semanas.
    Leí la carta y vi que la gentil propuesta me llegaba desde la Universidad suiza de San Gallen. No era desde luego la clase de invitación que los escritores reciben con frecuencia y, sin embargo, pocas cosas parecen tan íntimamente vinculadas como fracaso y literatura. Tal vez por eso, porque en realidad lo raro era que la invitación no me hubiera llegado antes, leí la carta suiza con la más absoluta flema, como si hubiera sabido siempre que un día la recibiría. No moví ni un sólo músculo de la cara. Encajé la invitación con elegancia y sentido de la fatalidad, como si estuviera en un rincón de un gran escenario. Y me quedé sólo con una duda para las horas siguientes: ponerme la máscara de fracasado o continuar llevando mi vida normal de fracasado.
    La invitación me la enviaba un profesor de matemáticas apellidado Echèk. Escrito de aquella forma, con k y con aquel acento, Echèk significaba "fracaso" en criollo haitiano. Salvo el matiz isleño de su apellido, las referencias que encontré en Internet del matemático suizo fueron todas insulsas, académicas, y en las imágenes de Google no hubo modo alguno de averiguar qué rostro tenía aquel hombre. Pregunté a mi amiga  Petra Overbeck, profesora en San Gallen, si conocía a Echèk y me dijo que era un buen hombre, aunque estaba obsesionado con el tema general del fracaso. Petra me recomendaba aceptar la invitación, pues me ofrecía la oportunidad de conocer "la insuperable región de Appenzell".
    Unos meses después, me desplacé a San Gallen para asistir al congreso. Como Echèk no se dejaba ver, empezó a crearse entre los conferenciantes la leyenda de que era un personaje imaginario. Petra Overbeck insistía en confirmarme lo que decían los demás profesores: que Echèk simplemente había caído enfermo. A pesar de lo que nos decían, algunos empezamos a desconfiar incluso de la existencia del señor Fracaso, y sólo aceptamos que no era un ser ficticio cuando le vimos en al orla que reunía las fotografías de los estudiantes de la promoción en San Gallen del curso superior del 92-93. Allí estaba Echèk, recién licenciado, con una sonrisa triste. Era de raza negra y tenía un aire cercano al del presidente Obama y parecía el de más edad de todos los estudiantes de su promoción.
    Se pasó Echèk enfermo todo el congreso, así que sólo le vimos en aquella orla que me molesté en fotografiar y posteriormente incluí en mi web, logrando así que mi anfitrión tuviera por fin presencia física en Internet, lo que, según me dijo el otro día Petra, él no ha podido perdonarme, pues ama el anonimato.
    Nadie discute que la ciudad medieval de San Gallen, entre el lago Constanza y la región de Appenzell, tiene buenos miradores sobre el casco antiguo y un lugar de visita ineludible, su Biblioteca de la Diócesis, "la farmacia del alma" le llaman algunos, un sitio magnífico. Pero nada también tan cierto como que no ofrece excesivas posibilidades de diversión. Quizás por eso y porque lo más entretenido allí pareció ser desde el primer momento el propio tema central del congreso, apenas me moví de los bucólicos alrededores de la universidad y acabé asistiendo a casi todas las conferencias sobre el fracaso.
    Algunas me interesaron especialmente, como la de Sergio Cheijfec, que dijo concebir el fracaso, no como eventualidad literaria, sino como sinónimo de la literatura en general: "El fracaso es la prefiguración natural del destino del escritor." O como la del cineasta Werner Herzog, que, si no entendí mal, centró todo su discurso en su fracaso rotundo como loco: un trágico y apasionante lamento, en definitiva, por no haber sabido perder la razón con suficiente fuerza.
    Pero el congreso, a pesar de su interesante idea de reunir artistas de muchas partes del mundo para hablar sobre el fracaso, habría podido ser una vulgar reunión literaria, una reunión como tantas otras, de no haber sido por la intervención del joven Vilnius Lancastre, que leyó una narración sobre algunos hechos de su vida en los días posteriores a la muerte de su padre: un relato que había escrito en cuatro noches, basado en hechos reales muy recientes de su propia existencia. No estaba acostumbrado a escribir porque él se dedicaba al cine y a demás era muy perezoso y aspiraba algún día a ser como Oblomov, personaje radicalmente gandul de una novela rusa, paradigma del no hacer nada. No tenía la costumbre de escribir, pero por su inexperiencia en la vida literaria creyó que en San Gallen no cobraría sus honorarios si no llevaba escrita su intervención y se presentó en el congreso con ese relato que a priori llamaba la atención por su título enigmático, Teatro de realidad.

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