miércoles, 24 de abril de 2013

En el campo

Hugo Abbati, 2012.
E.D.A, 2012.

206 páginas.
15 €.

Ando -leo en pie a veces, doy paseos- un tanto tocado aún por este autor argentino a quien apenas conozco de media hora o poco más de parla en la librería y de quien ya reseñé su Correspondencias el verano pasado. Este libro que he leído ahora me ha parecido peor casi todo el tiempo, pero además he de añadir que también me ha parecido mejor. Entre las otras cosas raras que me vienen pasando últimamente está el abandono de La Saga / Fuga de JB cuando ya había leído setecientas páginas y -no sólo eso- si no que, además, había disfrutado con la mayoría de ellas y aún dado con pasajes impresionantes, irrepetibles, que no espero ya encontrar en ninguna otra obra. En El Campo ocupa más o menos la extensión que me faltaba de leer en la novela de Torrente Ballester. Y estoy contento con el cambio.

El protagonista de esta historia se va al campo, al pueblo llamado Y. Coge la maleta y se monta en el tren, decidido a dejar atrás una vida. Lo que se encuentra un hombre urbanitas ya desde que comienza su viaje hacia la hierba salvaje, los animales y el aire puro viene a ser parecido a lo que se encontró Alicia cuando cayó por la madriguera del conejo, incluido el vértigo, sólo que aquí nuestro protagonista está bien despierto, y el Gordo de M, la señora Lina, Pata (jefe de la oficina de correos y cuyo nombre es diminutivo de Patandjalí), Ramón / Simón (cuyo verdadero nombre nadie en Y tiene claro) y el pequeño vecino de la Studebaker son personas reales, tan reales como la vida misma.

El caso es que al narrador nos lo encontramos escribiendo desde Y una larga carta a un destinatario desconocido y recibiendo a su vez las de "el gordo" con quien había coincidido en el tren en el que realiza su viaje, y las de su mujer Luci, a quien ha abandonado junto a su hijo. Allí, en el campo,  en la casa en la que se hospeda escribe y reflexiona sobre sus paseos matinales y vespertinos, sobre su imposible relación con la dueña de la casa, la señora, Lina por nombre y de carácter sencillo y reservado. Sus pasiones aparecen representadas en objetos simbólicos -.como el río, un pozo o un cuadro- y por conversaciones extrañas con los distintos personajes -tan atractivos como extravagantes- que dan al relato cierto carácter onírico y que marcan psicológicamente al personaje de una manera tácita, logrando una tensión subrepticia de acuerdo a sucesos casi inaprehensibles. Hay una manera sutil de realismo que tiene que ver con la honestidad de los personajes que retrata Abbati, pues el lector cuenta con la certeza de que no mienten en su relato y, sin embargo, sus palabras nos resultan sospechosas.


Si la obra no me ha gustado todo el tiempo es porque el mecanismo del relato no funciona desde el principio sino que necesita de un buen porcentaje de páginas para empezar a hacerlo: es cuando ya se han superpuesto suficientes capas que el artefacto se vuelve eficaz. Por eso me ha parecido mejor que Correspondencias y peor. Aunque la estructura de aquella era también original -permitía dos maneras de avanzar en la lectura- en términos generales me pareció más generosa con el material. En la novela que nos ocupa hoy no siempre el material es tan interesante, pero este va cobrando importancia por gracia de una estructura que me ha parecido más flexible -y más sencilla que aquella- y que consigue un cuerpo que me ha parecido, al final, más rico y cautivador.

Me alegro de haberme acercado con éxito a una nueva obra de Hugo Abbati. Y espero poder tenerlo algún día en la tienda, hablando de literaturas, ya que -como me adelantó- no tenía mucha intención de hablar de su libro. Me interesa destacar a los escritores que dedican más tiempo a escribir que a promocionar sus obras. Los buenos lectores agradecen esas cosas.



En el original.


1. Necesito verlo de este modo: ella me observa en algunas circunstancias y yo simulo no adverirlo. Imagino su situación: un hombre llega y pide alojamiento, motivos diversos aconsejan aceptar, acepta, anochece. En su cama, sola, ya muy entrada la noche  y sin poder dormir, piensa. Ese hombre casi no habla, pasea, se sienta en silencio a comer, a veces lee, vualve a pasear. Ella observa sus movimientos con la esperanza de entender algo que le permita tranquilizarse. Lo logra a medias y después de mucho esfuerzo. Luego, un detalle, un gesto no previsto, tira por tierra sus especulaciones. ¿Habrá hecho bien en alquilar una habitación a un extraño que no molesta, casi no habla, pasea? Lina gira en su cama y chasquea la lengua entre las irregularidades de sus dientes saludables, blancos. Los ojos insomnes miran el rectángulo de la ventana, la débil luz de ese rectángulo a esa hora de la madrugada; oye los ruidos de siempre (decide, por esta vez, oírlos) y descubre que la inquietan. Imagino que dice un instante antes de dormirse, "en el campo, en el campo", palabras que a esa hora, en esa mujer, suenan como un plegaria (que imagino inútil). Se llama Lina, algo que ya te he dicho, ¿verdad?

2. ¡Hola, amigo mío! ¿Qué tal esos dulces? ¿Los ha recibido? ¿Los ha compartido? ¿Qué mejor cosa para compartir que aquello que se mastica, se incorpora? Espero novedades en este sentido, ver a quién se los ha obsequiado, no es mi interés particular, sino el de mi sobrina, Marta. Fuimos juntos al correo a enviárselos, ¡estaba excitadísima, excitadísima! Me hizo decenas de preguntas sobre usted, y yo le dije algo sobre lo de la maleta y el bar y de cómo la vida lo tenía un poco confundido o sorprendido, inventé un poco, porque la verdad es que no sé prácticamente nada sobre usted y la chiquilla no dejaba de preguntar. Lo describí físicamente y, a partir de allí, hablé de su personalidad, de sus gustos generales y hasta me atreví con algunos particulares (billar a tres bandas, filósofos presocráticos, pintura francesa del xix -no ya los románticos, siempre alejados de los problemas reales, sino los otros, los Coubert, los Manet, esos animosos muchachos que pintaban escenas todos los días, tonterías, es verdad, pero lo suficientemente bonitas como para que lo popular no nos parezca lo que en verdad es, esa vulgaridad-, los libros de aventuras espaciales, las corbatas extravagantes, las frutas frescas), ¿acerté en algo? Esta variedad de gustos supuestos en usted fascinó a mi sobrina. Ahora, cada mañana me pide más detalles sobre su persona y yo, discúlpeme el atrevimiento, imagino cosas y se las cuento, ¡terminará siendo un hombre interesantísimo!

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