lunes, 22 de julio de 2013

En escena: SIGLO DE ORO, SIGLO DE AHORA.

Un poquito más de lo que nos hubiera gustado ha tardado en empezar el festival, quiero decir que hasta el tercer día uno no ha experimentado la emoción propia de quien, satisfecho, goza de un espectáculo del que se siente parte. Me quedé un tanto alejado de LA DAMA DUENDE -de la que ya haré reseña en las próximas horas- y vi desde el polo JULIO CÉSAR, a cargo de la compañía Metaproducciones, con Mario Gas, con Tristán Ulloa, con Sergio Peris Mencheta, y con poca fuerza, en un ejercicio de contención que -ahora lo veo- resultó excesivo por cuanto que en los momentos en los que lo la obra lo pedía no liberaba tensión.

Personalmente me gustó la obra durante buena parte de la primera mitad, a pesar del asesinato demasiado impostado de Julio César, lamentablemente precedido por algunos errores de interpretación  previos que creo que tuvieron que ver con el fatal desenlace de la escena: y no me refiero a que Julio César muriera. A estas alturas de la obra andaba ya mosqueado, la verdad: empezaba a desesperanzarme. La entrada de Marco Antonio en escena -con Bruto, Casio, Casca y Decio aún con las manos manchadas- resulta ambigua al principio y el dolor se muestra muy gradualmente, de manera que tampoco hace mucho por concretar los sentimientos del espectador ni  hace justicia a la carga dramática que acumula la confabulación previa: la persuasión de Casio a Bruto, el empuje de Cascas, el convencimiento de Decio, la noche capital en la que Bruto se convence -es más bien engañado por el resto de conjurados- de lo justo del magnicidio al que hasta el momento no habrá accedido, y que es un momento de profundidad reflexiva y bella plasticidad. La confabulación culmina con la escena en la que Casca reinterpreta unos sueños de sangre que Calpurnia -esposa de Julio César- ha tenido. 

No pudo la buena interpretación de los actores salvar esta tragedia  que pierde la mayor parte de su sentido desde que se produce el magnicidio y a pesar de que las dos escenas inmediatamente posteriores fueron intensas: los momentos en que primero Bruto y luego Antonio se dirigen a los romanos para explicar -a su manera cada uno- la muerte del emperador, donde tanto Ulloa como Peris Mencheta fueron capaces de transmitir una buena mezcolanza de emociones primarias -pena, arrepentimiento, orgullo, venganza, miedo...- dirigidas desde la oratoria propia de políticos y otros estrategas. Igualmente la interpretación que se hace de los otros personajes secundarios -Casio, Decio y, sobre todo, la que Agus Ruiz hace de Casca- está a punto de salvar un montaje aburrido la mayor parte del tiempo. En general resuelve mal casi todos los picos de tensión -mejor no hablemos de los suicidios finales- y los elementos escénicos y de luz  -audiovisual paradigmático- parecen dirigidos a dejar definitivamente fuera de juego al espectador.

FOLÍA: SIGLO DE ORO, SIGLO DE AHORA.
Pero decíamos que el festival remontó el vuelo hace unas horas. El montaje con el que titulamos la entrada emocionó a los espectadores de la corrala. En él la compañía Ron Lalá puso sobre las tablas varias folías (genero musical de la época barroca) en las que hacen una comparativa social, política y económica entre el barroco español y la época contemporánea. Cinco cómicos haciendo de cómicos y dando su particular visión de la actualidad, tan crítica que apenas perdona su propio oficio, con mucho sentido del humor, fino y elegante en la versión original de Álvaro Tato, también uno de los actores de Siglo de Oro, siglo de ahora.

Evidentemente la música protagonizó la obra junto al buen humor, las folías se presentaron en forma de serie continua incluso con los numerosos cortes que el público -entusiasmado- produjo de manera espontánea y el tema, concreto y abstracto a la vez, no se perdió de vista en ningún momento, aunque no tardando mucho me hice una pregunta que tengo por responder: ya que en la España barroca la crisis política, social y económica produjo uno de los momentos resplandecientes del arte español en general y de la literatura en particular -y de esto sí se habla-, me hubiera gustado saber si es trasladable a la época actual pues, por lo que se deja entrever en el espectáculo, parece que el arte español no necesitaba de más españoles que los propios artistas -o hubiera sido imposible- y puede que eso aún  esté pasando hoy:  ya saben,  escritores sin lectores, comediantes sin público.

España como nación descabezada, país de egoístas, ignorancia como valor seguro para no complicarse la vida, orgullo como valor absoluto, Ron Lalá nos entretiene hasta el desternillamiento con una sátira del amor, del arte, de la política españolas, niega la mayor y se nos aparece desesperanzada. ¿Tan sólo queda reírse? Bueno, es cierto, que hay quien ni eso sabe. Si Rajoy viera un montaje como este saldría indignado de la sala, sin ni siquiera esperar a que los personajes se metieran con Zapatero. Por cierto que una conclusión negativa que saco de este montaje es que criticando a todos, no salvando a nadie, la obra no se pronuncia y pierde su sentido crítico. Digamos que, al final y aún pareciendo que se interesa por el estado actual, en realidad no se moja nada. O muy poco. La tesis es que España nunca ha estado a la altura de una gran nación y que previsiblemente no lo estará en los próximos siglos. Tesis humorística, se entiende que hiperbólica pero... la sensación es que en este país hacemos poco más aparte de ensanchar cementerios.

Cuidado: la puesta en escena es impresionante, cautivadora. Hay pasajes de una fineza escalofriante, hacen participar al público -algo que casi nunca me gusta y ayer sí- y  alternan con la guasa escenas de gran belleza y poder dramático. En la despedida un Fuente Ovejuna musical que sirvió para que, definitivamente, el público se emocionara hasta el posterior estruendo de aplausos y  vítores, puesto en pie, satisfecho con una representación que atravesó la corrala como un suspiro: brisa refrescante. ¿He dicho vítores? La hostia...

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