sábado, 23 de noviembre de 2013

Nº 64.

Hará ya un par de meses que recibí este libro que me interesó enseguida pero que, sin embargo, por ahí quedó apartado a la espera de algo más de atención por mi parte. La prolífica escritora que fue la condesa de Pardo Bazán (La Coruña, 1851- Madrid, 1921) se atreve en esta obra de madurez a tratar un aspecto que sin duda sería para ella de máxima importancia: el sexismo de la época que vivió en los ambientes literarios y que como catedrática de literatura y habitual de los círculos de escritores necesariamente masculinos sufriría de un modo eminentemente crítico. Así y según se nos cuenta en la contraportada la Bazán habría conseguido una excelente caracterización de los personajes femeninos que componen el universo de su cronista, el narrador de la historia: Mauro Pareja, caballero de clase media en la pequeña ciudad de Marineda que se presenta así:


Emilia Pardo Bazán, 1896
Eneida, 2013

250 páginas.
Pvp. 12.95 €

A mí me han puesto de mote El Abad. En esta Marineda tienen buena sombra para motes, pero en el mío no cabe duda de que estuvieron desacertados. ¿Qué intentan significar con eso de Abad? ¿Que soy regalón, amigo de mis comodidades, un poquito epicúreo? Pues no creo que estas aficiones las hayan demostrado los abades solamente. Además, sospecho que el apodo envuelve una censura, queriendo expresar que vivo esclavo de los goces menos espirituales y atendiendo únicamente a mi cuerpo. Para vindicarme ante la posteridad, referiré, sin quitar punto ni coma, lo que soy y cómo vivo, y daré a la vez la clave de mi filosofía peculiar y de mis ideas.

Yo friso en los treinta y cinco años, edad en que, si no se han perdido enteramente las ilusiones, al menos los huesos empiezan a ponerse durillos, y vemos con desconsoladora claridad la verdadera fisonomía de las cosas. En los físico soy alto, membrudo, apersonado, de tez clara y color mate, con barba castaña siempre recortada en punta, buenos ojos, y anuncios apremiantes de calvicie que me hacen la frente ancha y majestuosa. En resumen, mi tipo es más francés que español, lo cual justifican algunas gotas de sangre gala que vienen por el lado materno. He formado costumbre de vestir con esmero y según los decretos de la moda; mas no por eso se crea que soy de los que andan cazando la última forma de solapa, o se hacen frac colorado si ven en un periódico que lo usan los gomosos de Londres. Así y todo, mi indumentaria suele llamar la atención en Marineda, y se charló bastante de unos botines blancos míos. Lo atribuyo a que en las personas de amplias proporciones y que se ven de lejos, es más aparente que cualquier novedad. Mis botines blancos tenían las dimensiones de una servilleta.

No crean, señores, que me acicalo por afeminación. Es que practico (sin fe, pero con fervor) el culto de mi propia persona, y creo que esta persona, para mí archiestimable, merece no andar envuelta en talegos o en prendas, ¿Voy a vestirme como un cesante? Mil veces no. Me atrae todo lo que es confort, bienestar, pulcritud, decoro. Como que de estas condiciones externas pende y se deriva, en muchos casos, la paz del espíritu y la armonía del carácter.

Soy solterón, y lo soy con deliberado propósito y casi diría que por convicción religiosa. Ya explanaré detenidamente mis teorías sobre tan delicado punto.

Libre de familia, vivo, no en una fonda, donde me tratarían a puntapiés, me entragarían la ropa sin botones y no me barrerían el cuarto, sino en una casa de huéspedes muy especial que he descubierto, y donde me agazapé mientras no arreglo la garçonnière con que sueño, a ya la cual me llevaré probablemente, en calidad de ama de llaves, a mi patrona actual, la mismísima Consolación Fontán y Guripe, a quien por ahorrar saliva llamo doña Consola. En España, la peor  casa de huéspedes es siempre preferible a un hotel; pero la mía merece el dictado de la perla del género.

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