viernes, 15 de noviembre de 2013

Días lúgubres.

(Novela de don Pollón y Altramuz)

Juan Sayagués, 2013.
Alhulia, 2013.

170 páginas.
13 €.

Lo de hoy es otra cosa. No se si calificar la lectura que hice de esta primera novela de Juan Sayagués (Londres, 1969) de rara, aunque en los tiempos que corren decir que esta obra es una rareza me parece conveniente. Y positivo.  La rareza está también en algunas circunstancias que rodean la lectura, la principal de las cuales es que hacía poco tiempo que había leído NOCHES LÚGUBRES, de José de Cadalso. En aquella novelita se cuenta la romanticísima historia de un hombre tan apenado por la muerte de su amada -espero recordar bien- que decide dar el paso hacia lo escabroso y una noche va al cementerio con el propósito firme de exhumar el cadáver por tenerla durante algún tiempo más con él. La cosa sale mal y el protagonista acaba con sus huesos en la cárcel y tomado por loco. Si aquel romanticismo suponía cierto positivismo científico y filosófico que implicaba -a su vez- confianza ciega en el saber -EL SABER- con el que se trataba de corregir a la tradición cultural española de la época de sus prejuicios, vicios y costumbres -véase del mismo autor CARTAS MARRUECAS- el cinismo de Juan Sayagués en esta novela dialogada implica más bien resignación, la aceptación de un fracaso o propósito que ahora se demostraría claramente ingenuo. En contra de la crítica de los autores del XVIII a las costumbres y políticas españolas frente a las del resto de civilizaciones modernas de entonces se produce aquí una crítica generalizada a las políticas internacionales. Quizá Cadalso diría, según la visión de Sayagués, que el mundo se ha españolizado: "(...) no se trata aquí de racionalizar un holocausto nuclear sin más, ¿o se cree usted que nos hemos vuelto todos locos...? (Ponderoso) De lo que se trata... es que ese holocausto... que ya ha tenido lugar, aunque sólo en el futuro, se celebre bajo condiciones democráticas ideales." La novela es seria. Debe de ser por eso que uno se parte.

Original y divertida llegó a mis manos gracias al propio autor y la leí con el miedo propio en estos casos. Por contextualizar un poco más la lectura  de este DÍAS LÚGUBRES diré que fue más o menos después de las lecturas veraniegas de teatro clásico del XVII, y que después he seguido leyendo teatro con Buero Vallejo, Thomas Bernhard y Jardiel Poncela.  Se da la circunstancia de que este libro es una novela dialogada, algo que, por dar alguna referencia más, tiene su ejemplo máximo en LA CELESTINA, obra sobre la que aún se discute -o por lo menos se habría discutido hasta hace bien poco- si se trata o no de una obra dramática. Lo cierto es que como tal se ha representado en innumerables ocasiones.  Además Juan Sayagués es claro con su estructura de la obra y los apuntes estrictamente narrativos son didascalias que perfectamente podrían pensarse dirigidas al director y a los actores. Apunta en este sentido Juan Goytisolo en el comentario de contraportada que esta estructura dialogada cabe encuadrarse en una rica tradición abandonada en los últimos siglos.

Bien, Sayagués se recrea en el juego teatral para desarrollar su novela, y es esta forma de presentarla lo que da a la historia un aire de divertimento, de fiesta, que concreta el tono desenfadado de unos personajes cínicos hasta el esperpento. En el primer mamotreto -la novela está dividida en 45 más un apéndice- aparecen Altramuz, algo más que preocupado porque su señor se decida de una vez a reducírsela, y don Pollón, que se niega a llevar a cabo el propósito de su lacayo: ¡Ah, Altramuz, no se desprende un caballero de su polla tan fácilmente! Deme un solo ejemplo histórico de lo contrario, o dos..."

En realidad toda la trama gira alrededor del miembro viril de don Pollón. Lo digo porque no vaya a pensar algún lector despistado que Sayagués abusa de chistes de mal gusto. No es el caso. Sayagués ha creado una obra esperpéntica y -desde mi punto de vista aunque no sé si él estará de acuerdo conmigo- derrotista. El miembro viril de don Pollón es clave en el ansiado paso de la Falocracia a la tan ansiada Pornocracia, pero enfrente tendrá al tártaro Dalai Lama -partidario de la guerra nuclear-, don Pedro -padre de Nise, muerta-, el espía John Saladys, los andrólogos... que junto a la roca pisapapeles, el mancebo, los esclavos Verrugón y Malauva y Demócrito forman un cuadro dramático de lo más original, una pintura que retrata un mundo ridículo, completamente patético y -esto sí- divertido. Muy divertido.

Pero se trata de un divertimento de esos que escuecen. Uno se ríe con la maldad de quien sabe que el mundo se está perdiendo y que lo que Sayagués propone no va más allá de la caricaturización, en el sentido de que no está tan lejos de la realidad sino que se basa en ella. Los grandes estadistas no se confunden ya con otros poderes fácticos, no es que política y economía se confundan: aquí ambos ámbitos vienen a ser los mismos: "Lo que propongo tiene antecedentes históricos... Ellos quieren gastarse los reales en montar monasterios, pues que lo hagan. Después llegas tú y los confiscas. Los confiscas, sí Don Pollón, que no digan que no hay pelotazos en Pornocracia. Y si después te escuece la conciencia abres dos iglesias católicas por cada templo budista que cierras... que te llaman intolerante, pues ofreces a cada monje una monja, y a cada monja un monje. Te lo agradecerán, tendrán más monjes, y dirán de ti que eres un verdadero estadista."  

En definitiva, una novela muy interesante, narrada con inteligencia -algo que siempre ayuda- no apta para prejuiciosos ni acomodaticios lectores y que espero sea tan sólo la primera de un autor que demuestra con esta estilo personal, hondura, visión crítica y, sobre todo, sentido del humor. A mayores dejo dicho que repasando las notas y algunos fragmentos para hacer la reseña me han entrado ganas de hacer relectura. Es cosa que pasa con las buenas obras.


EN EL ORIGINAL:

MODERADOR.- Gracias. Estoy seguro de que tendremos tiempo más tarde de  hablar de la reforma del senado. Sí, usted, con el garfio.
GARFIO: Me gustaría preguntar al señor Brega sobre la destrucción de Manchester, porque me parece a mí, y que conste que perdí la mano por bueno, y no en un accidente laboral como se piensa todo el mundo, que no debemos someternos al chantaje de las víctimas del terrorismo...
MODERADOR.- Gracias. Usted con el manojo de espárragos en una mano, y una caja de cerillas en la otra.
ESPÁRRAGOS FRITOS.- Ésta es una pregunta para los Lawson. ¿Por qué son tan sectarios?
MODERADOR.- ¿Se refiere a las posiciones de sus escuelas?
ESPÁRRAGOS FRITOS: Sí, que por qué están peleando todo el día cuando están de acuerdo en lo principal.
DR. KRATZ.- (Agitando el bastón con autoridad) Ya lo dice el refrán: Mujer casada... ¡nunca asegurada!
JANE LAWSON.- ¡Gracias, tesoro!
MODERADOR.- Sí, usted con la peluca.
CALVA.- Ésta es una pregunta para todos. ¿Cuál es el mejor argumento para justificar la guerra nuclear?
MODERADOR.- Ahí lo tienen, y con esta excelente pregunta damos por finalizado el turno de la audiencia. (Se dirige, todavía de pie, a los panelistas) Es hora de oír las respuestas. Empecemos con John. John, ¿cuál es tu respuesta a la acusación de que las víctimas de Manchester han comenzado a desplegar señales de victimismo?
JOHN BREGA.- (Incómodo, pero siempre seco) La asociación que represento toma este tipo de alegaciones en serio.
MODERADOR.- (Más didáctico que fiscalizador). ¿Y qué van a hacer?
JOHN BREGA.- (Tímido) Vamos a crear una comisión independiente que investigue el presunto victimismo de algunos de nuestros miembros, con vistas a expulsarlos...
MODERADOR.- Dinos, John, para que les quede claro a todos los telespectadores, ¿cómo justifica el gobierno británico la destrucción termonuclear de Manchester?
JOHN BREGA.- En que dio diez años de aviso para evacuar Manchester, a diferencia del terrorista que no te hubiera dado ni diez minutos.
DR. KRATZ.- ¡Bien, bien!

Es interrumpido por un hombre joven con un loro sobre el hombro.

LORO.- Mira, tío, yo no me creo que todo el mundo fuera evacuado por su propio bien. Yo sé de gente que se resistió.
JOHN BREGA.- (Defensivo) Muy poca... Además, la gente no es tonta... Una vez que se puso fecha oficial a la explosión el valor de los inmuebles cayó en picado.
MODERADOR.- (Tomando partido) O sea la decisión de abandonar Manchester fue en la mayoría de los casos puramente económica.
JOHN BREGA.- (Sudando) Sí, fue una decisión económica.
LORO.- Hubo gente que murió en Manchester.
JOHN BREGA.- Usted dice que hubo gente que murió y yo digo que no estoy seguro. ¿Quién sabe?

Algunos aplausos.

MODERADOR.- Y pasando a la defensa propiamente dicha de la guerra nuclear... (Se dirige a DR. KRATZ.) Empecemos con usted. ¿Cuál es su argumento favorito a la hora de defender la guerra nuclear?
DR. KRATZ.- Me parece un poco infantil eso de tener un argumento favorito.
MODERADOR.- Sea infantil por una vez, Dr. Kratz...
DR. KRATZ.- Va, seamos niños. Vamos a ver, ¿cuál es mi argumento favorito? Tengo muchos. Por ejemplo, el argumento moral.
DON POLLÓN.- (...libelo contra la raza humana...)
MODERADOR.- (Burlón) Don Pollón, no interrumpa a los mayores con sus demagogias...
DR. KRATZ.- No se preocupe, tengo mucho gusto en responderle. Mire don Pollón, no se trata aquí de racionalizar un holocausto nuclear sin más, ¿o se cree usted que nos hemos vuelto todos locos...? (Ponderoso) De lo que se trata... es que ese holocausto... que ya ha tenido lugar, aunque sólo en el futuro, se celebre bajo condiciones democráticas ideales.
MODERADOR.- Si le he entendido bien, en su opinión el holocausto nuclear ya ha tenido lugar, sólo que en el futuro.
DR. KRATZ.- Mire, Alan, hay veces que la verdad es más importante que los hechos. Estoy convencido (apuntando al cielo con el bastón), de que oponerse a la celebración del holocausto nuclear el día de mañana... es moralmente equivalente a negar la existencia del holocausto judío el día de ayer.

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