miércoles, 5 de febrero de 2014

Nº 68



Este es uno de esos libros que casi se le echan a uno encima sin contemplaciones. La atención prestada reside esta vez en la lectura de la contraportada,  tras la previa predilección por la editorial Caballo de Troya de mi instinto viciado. El caso es que leí la el mensaje promocional -que entiendo a cargo de Constantino Bértolo- y me pareció interesante por lo irreverente. A veces lo irreverente es sólo un punto de vista más que tener en cuenta, pero en este caso la irreverencia es de un calibre considerado: la escuela como mortífera arma de destrucción masiva, en Vonnegut, y se entiende que en nuestro autor de hoy, el boliviano nacido en La Paz en 1976 Christian Vera, poeta. Esto, sin embargo, es novela. Creo:


Christian Vera, 2012.
Caballo de Troya, 2014.

130 páginas.
13.90 €.

Mientras cae lentamente una hoja de un árbol un hombre común, muy común, atraviesa una puerta.

Es un profesor.

Agobiado, sí.

Un estereotipo, sí.

Apenas un pretexto narrativo para construir esta trama.

Apenas un profesor de literatura que quiere, entre otras cosas, devenir-imperceptible o en términos menos literarios: arrojarse a la nada, al vacío.

Se trata de un simple profesor de secundaria que para combatir el tedio escribe todo el tiempo cuentos de terror, de misterio y de suspenso. Muy absurdos, ridículos.

Hoy, el profesor, tendrá que tomar decisiones. Poner en escena, en acción uno de sus cuentos. Un cuento de explosión y muerte.

Cree que hoy es el gran día... El día urgente en el que debe apretar la tecla enter de su computadora y acabar con todo o con la nada, es lo mismo.

Al profesor de literatura se le ha extraviado el destino y es por eso que hoy quiere tomar decisiones.

El profesor de literatura camina como un perro extraviado con el rabo entre las piernas. Es un profesor, entiéndanlo.

Un profesor que ingresa a su fuente laboral. Transita casi arrastrando el cuerpo como si tratara de simular para su entorno que en realidad es un zombie que apenas deambula o apenas un ser humano con corazón zombie o un grotesco alienígena proveniente de algunas de las novelas de Stephen King o de las películas gringas de Steven Spielberg, John Carpenter, o de las películas de terror, clase B.

Al profesor de literatura cuando era niño le apasionaba todo el tiempo disfrazarse de zombie o de hombre rata o de hombre cosa. Sabía muy bien cómo caracterizarse: la sangre en los contornos de la boca, los ojos extraviados y muy rojos, los gemidos muy bien pronunciados, los movimientos inconexos...

No es casual entonces que ahora el profesor de literatura crea estúpidamente que es un zombie (siempre asumió que su vida se asemeja demasiado a la de un monstruo, a un Frankenstein posmoderno, apenas un constructo, una hechura fragmentaria compuesta por pedazos podridos de carne). Pero cabe decirlo, tiene el espíritu poético de un zombie: un hombre inerte/putrefacto que aún transita, sin ninguna brújula y con el ánimo de alimentarse de cerebros y cerebritos y que para conseguirlo se arrastra por el mundo. Para su espíritu paranoico todo su contexto tiene de fondo el apocalipsis zombie. El docente en su delirio histérico cree que todos los humanos están infectados y que para sobrevivir tienen que comerse unos a otros; humanos que tienen que escapar de la voracidad de otros humanos infectados y que todo lo resuelven a tiros, con la jerarquía que sólo dota un rifle o una metralleta.

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