domingo, 8 de febrero de 2015



Nº 84

Hace ya unos días que ha entrado en la tienda el primer pedido grande de libros teatrales que esperaba ya con ansia y al que se han de unir unos cuantos más que surtan nuestra librería de forma definitiva de uno de los catálogos más importantes de Valladolid en lo que al género dramático se refiere. En este sentido iré hablando durante los próximos días de las colecciones que vayan llegando. La primera es un clásico que tiene en su catálogo algunos de los títulos más leídos y consultados  por los actores de este país. Entre ellos TEORÍA DEL TEATRO;EL ACTOR Y LA DIANA; LOS GÉNEROS DRAMÁTICOS; ¿POR QUÉ? TRAMPOLÍN DEL ACTOR; EL MÉTODO DE ACTOR´S STUDIO etc..., y autores como Layton, Meyerhold, Jorge Saura o, por supuesto, Doménech. Una buena manera de empezar a hablar de estos libros me ha parecido destacar este que hoy presento: una compendio de todos los artículos que Larra escribió, alguno de ellos inédito, y de entre los cuales transcribimos el primero, muy interesante por cuanto que no sólo es el primero del libro sino también el primero que publicó, en el que da a conocer el seudónimo Fígaro y que supone toda una declaración de intenciones en la que, por cierto, ni los actores ni, en general, el teatro de la época salen bien parados.


La crítica teatral completa de Mariano José de Larra.

Al cuidado de Rafael Fuentes Mollá.
Fundamentos, 2010.

498 páginas.
20 €.

Mucho tiempo hace que tenía yo vehementísimos deseos de escribir acerca de nuestro teatro; no precisamente porque más que otros lo entienda, sino porque más que otros quisiera que llegaran todos a entenderlo. Helo dejado siempre porque dudaba las unas veces de que tuviésemos teatro, y las otras de que tuviese yo habilidad: cosas ambas a dos que creía necesarias para hablar de la una con la otra.
Otras dudillas tenía: la primera, si me querrían oír; la segunda, si me querrían entender; la tercera, si habría quien me agradeciese mi cristiana intención y el evidente riesgo en que claramente me pusiera de no gustar bastante a los unos y de disgustar a los otros más de lo preciso.
En esta no interrumpida lucha de afectos y de ideas me hallaba, cuando uno de mis amigos (que algún nombre le he de dar), me quiso convencer no sólo de que tenemos teatro, sino también de que tengo habilidad; más fácilmente hubiera creído lo primero que lo segundo, pero él me concluyó diciendo: que en lo de si tenemos teatro, yo era quien debía decírselo al público; y en lo de si tengo habilidad para ello, que el público era quien me lo había de decir a mí. Acerca del miedo de que no me quisiesen oír, asegurome muy seriamente que sería yo el primero que hablase sin ser oído; y que como en esto más se trataba de hablar que de escuchar, más preciso era yo que mi auditorio. Ridículo es hablar, me añadió, no habiendo quien oiga; pero todavía sería peor oír sin haber quien hable. Acerca de si me querrían entender, me tranquilizó afirmándome, que en los más no estaría el daño en que no quisiesen, sino en que no pudiesen. Y en lo del riesgo de gustar poco a unos y disgustar mucho a otros, "¡Pardiez! me dijo, que os embarazáis en cosas de poca monta. Si hubiesen cuantos escriben que se parasen en esas bicocas, no veríamos tantos autores que viven de fastidiar a sus lectores; a mas de quedaros siempre el simple recurso de disgustar a los unos y a los otros, dejándolos a todos iguales; y si os motejan de torpe, no os han de motejar de injusto."
Desvanecidas de esta manera mis dudas, quedábame aún que elegir un nombre muy desconocido que no fuese el mío, por el cual supiese todo el mundo que era yo el que estos artículos escribía; porque esto de decir: Yo soy Fulano, tiene el inncoveniente de ser claro, entenderlo todo el mundo y tener visos de pedante; y aunque no lo sea, bueno es, y muy bueno, no parecerlo. Díjome el amigo, que debía de llamarme Fígaro, nombre a la par sonoro y significativo de mis mañas; porque aunque no soy barbero ni de Sevilla, soy, como si lo fuera, charlatán, enredador y curioso además, si los hay: sea esto dicho con permiso y sin perjuicio de la curiosidad del señor Parlante, que es otra curiosidad. Me llamo, pues, Fígaro, suelo hallarme en todas partes, tirando siempre de la manta y sacando a la luz del día defectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en la gracia de ser ingenuo y decir a todo trance mi sentir, me llaman por todas partes mordaz y satírico, todo porque no quiero imitar al vulgo de las gentes, que no dicen lo que piensan, o piensan demasiado lo que dicen.
Paréceme que en el artículo de hoy habré hecho lo bastante si me doy a conocer al público yo, y mis intenciones. El teatro será mi objeto principal, sin que por eso reconozca límites ni mojones determinados mi inocente malicia. Y para que se vea que no soy tan satírico como dan en suponerlo mis amigos, pequeñeces habrá que deje a un lado continuamente, y que muy de tarde en tarde haré entrar en la jurisdicción de mi crítica. No diré, por ejemplo, que para representar en una lengua es preciso empezar por saberla, porque esto sería ser verdaderamente mordaz y exigir demasiado de un actor. Callaré, pues, como si no lo supiera de muy buena tinta, que hay actores de dicen acta por apta, adhecsión por adhesión, acecta por acepta, adbitrio por arbitrio, habláisteis por hablásteis, quedrá por querrá, etc., y otros, o los más, que están reñidos siempre con los imperativos y dicen: hacer, cerrar, hablar, cuando habían de decir; haced, cerrad, hablad. Me hago cargo de que si lo dicen así no es por malicia, sino por ignorancia pura; además de que el decir esas cosas cara a cara con el público y no por detrás, prueba que tendrán sus motivos para decirlas; y si no los tuviesen, manifiesta siempre cierta nobleza en el mismo yerro. Menor diré que el actor necesita saber historia; lo uno, porque esto es muy largo y supone un gasto exorbitante de libros y saber leer anteriormente, y no todos tendrán la cabeza ni el tiempo para meterse en laberintos de esa especie; y lo otro, porque del conocimiento de la historia emanaría naturalmente el conocimiento de los trajes y de las costumbres de todas las épocas; en cuyo caso no tendríamos el gusto de ver una Semíramis  con peineta de concha, ni un Cid a la francesa, ni otras lindezas de esta laya; tanto más, cuanto que el hábito no hace al monje, y siendo el objeto de la ropa guarecernos a la intemperie y cubrir nuestra desnudez, lo mismo se consigue vistiendo a César con capa que con levita.
¿Quién sabe si tampoco diré que han de ser las decoraciones correspondientes al tiempo y lugar a que se refieren? Porque si lo digo no volveremos a ver una estatua ecuestre en la Tebas del tiempo de Layo, ni un palacio griego de Edipo, con su cuarto bajo y principal, con sus balconcitos y cortinillas como una modesta casa de un honrado propietario de Madrid.
¿Quién sabe, pues, cuántas cosas no diré? A todas estas razones para callar se agregan otras muchas, y es una de ellas, que bien se puede decir que un poeta lo es malo después de representada su comedia, y que Rossini hizo unas óperas mejores que otras; pero decir, pensar, solamente que un actor no es siempre sobresaliente, es un atrevimiento insufrible, una procacidad intolerable, y un abuso que si se llega a permitir, vendrá a perturbar y derribar por el pie el orden social en que vivimos, atrayendo sobre nosotros la cólera del cielo y la de los hombres.
Así que, me iré muy a la mano en estas materias, y antes de pronunciar que hay una sola cosa reprensible en los teatros, veré cómo y cuándo y a quién lo digo, y de qué suerte he de conjurar la tormenta que ha de formarse, asegurando desde ahora que no sé qué ángel malo me inspira esta maldita tentación de reformar, y que no entro en esta obligación con la misma disposición de ánimo que tiene el soldado que va a tomar una batería.


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