jueves, 4 de diciembre de 2008

EL DÍA DE HOY.

Alejandro Gándara. Alfaguara. Octubre de 2008.
Doscientas ochenta y siete páginas. 19 euros.

Hacemos una pausa en nuestras ocupaciones celestinescas y nos centramos en una novedad que hemos leído hace unos pocos días. Así no nos quedamos atascados en un trabajo que ya debe ir empezando a terminar -este de La Celestina- y que entendemos importantísimo a la hora de echar a andar nuestro blog, pues incluso esta que recomendamos es obra que difícilmente puede imaginarse sin antecedentes como el de Fernando De Rojas.

EL DÍA DE HOY es un libro valiente, una novela que narra el vivir de Ángel Santiesteban en un día concreto que es el cinco de junio de dos mil siete. Un día importante. Desde que despierta temprano a las siete y veinte. Este día Angel Santiesteban, narrador y protagonista, tendrá que levantar de la cama un peso a mayores del de su propio cuerpo. Y eso que las mañanas ya son puñeteras por sí.

Con él vive su hijo, el adolescente Goro, del que es responsable al cien por cien porque su madre, ex del narrador, abandonó a ambos hace ya muchos años. Antes de irse, eso sí, dejó un regalo para el hijo, quizá para que no la olvidara: Jefe, que es el perro. Un detalle, sin duda, estúpido. Inicio de un círculo que se quiere ver cerrado, precisamente, en este día raro que amanece en Madrid. Un día terrible para su protagonista y que el lector, sin embargo, va a saborear atrapado. Y que nadie se engañe, no queremos confundir: no es una novela de terror, no hay miedos ni sobresaltos superficiales. Es sólo una novela realista en la que un padre se ve intimidado por una obligación que tiene miedo de afrontar.

Lo que de ello se deriva es que la mayor parte del texto está tejido con reflexiones que parten de los sentimientos de su protagonista. Eso conlleva un estilo concreto. Para nuestro gusto contundente, que explica bien, porque algo es que el protagonista reflexione y algo diferente que sienta, y aún distinto resulta que no deje de hacer ambas cosas en la mayor parte del libro, de forma explícita, para que llegue claro hasta el lector. Es decir, no estamos ante los hechos que ocurren a un padre y que incluso un periodista del corazón pudiera describir con cierta tendencia a la objetividad, estamos ante la tesitura intelectual y sentimental del hombre. No hay mucho que decir de alguien que camina por la ciudad, aparentemente desorientado durante algunos momentos. El mondongo está en saber lo que pasa por la cabeza de Ángel Santiesteban en las horas que transcurren desde que empieza hasta que acaba el día cinco de junio de dos mil siete, mientras camina aparentemente desorientado por la ciudad, preocupado porque ha de hacer algo que no quiere hacer.

Podríamos llevar a cabo la experiencia de renarrar la historia en tercera persona, desde cierta altitud que nos permitiera una perspectiva lejana, distante pero clara y, entonces, contaríamos una historia distinta porque en la novela de Gándara estamos dentro de su protagonista durante todo el relato.

Ya hemos dicho que la historia da comienzo a las siete y veinte de la mañana, cuando Ángel Santiesteban se despierta. Cada capítulo irá encabezado por la hora del día que transcurre inexorable hacia lo que toca. La ciudad está repleta de rutina. Las cosas ocurren con normalidad y es un día cualquiera para la mayoría de los madrileños. Pero no para Ángel. Para él la rutina de cada día es en ese cinco de junio un obstáculo a sus pensamientos porque él lo que necesita es aclarar sus ideas. Pone el desayuno a Goro, sale a la calle a hacer las compras tras desayunar él mismo, a sacar a Jefe, visita al tutor de Goro, busca empleo, se toma un vino y lleva a cabo algún que otro etcétera más, pero nada de aquello tiene el sentido suficiente como para hacerlo centrado, con el convencimiento pleno de su importancia. Cuando a la hora de la comida se reune de nuevo con Goro aún le quedarán varias cosas por hacer, pero su cabeza ya estará, decididamente, en otro sitio. Por eso lo mejor de este día importante que puede cambiar su vida para siempre será que pase cuanto antes, que llegue a ese punto hacia el que, poco a poco, capítulo tras capítulo, avanzamos: siete y veinte, ocho y cinco, ocho y dieciocho, nueve menos veinte, diez menos cuarto pasadas... once y pico, mediodía, hora de comer... hasta llegar a la hora en la que todo debe acabar, en la que la mente descansa, difusa como a primera hora de la mañana, con el ruido de tráfico de fondo, las imágenes antojadizas que se suceden mezclándose... para que después todo haya pasado.

Ya de por sí nos parece la historia suficientemente interesante: nos gusta su forma y nos gusta el fondo. Hemos dicho que el estilo tiene gancho: Gándara es de los que se recrea diciendo las cosas. Chejov hubiera puesto el grito en el cielo, y a nosotros nos gusta mucho Chejov, pero no es para tanto. Gándara le saca jugo a lo que tiene que decir pero es que, además, refuerza en la expresión lo que acontece entre circuitos neuronales de nuestro protagonista. Es un logro decirlo como lo dice él porque es necesario.

Por otra parte el vocabulario que se utiliza es amplio, no como el de este comentario. Si usted, como lector, estuviera buscando enriquecer su castellano este autor que presentamos es, desde luego, una buena opción. Son palabras de nuestro idioma. Palabras que, muchas veces, concretan una frase compleja, ahorran explicaciones innecesarias, algo que, miren por dónde, haría las delicias del Chejov. Cosas que pasan. Palabras bonitas, tantas veces sorprendentes, siempre utilizadas en un contexto adecuado. Alejandro Gándara no es un pedante. Es sólo que conoce bien el idioma español, que sabe manejarlo, valorar su potencial. Y en ese sentido también nos parece una gozada la jerga y los tecnicismos que aparecen refiriéndose a la jardinería: árboles, arbustos, flores, jardines, piedras... es un detalle más de los que caracterizan a Ángel Santiesteban, protagonista entrañable, que fue tantas cosas y que, finalmente, prefirió quedarse con la profesión de jardinero: para contemplar los frutos de sus obras: cantueso, arces, fresnos, magnolios, rocalla, piedra granito, piedra k´ouaï, pinos, encinas, acantos, adelfas, boj, sardinel, tallos y retallos... y, al final de cada día, la noche.

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