sábado, 3 de enero de 2009

LA CELESTINA VIII

MORIR
ELICIA.- ¿Cómo vienes tan tarde? No lo debes hacer, que eres vieja; tropezarás donde caigas y mueras. CELESTINA.- No temo eso, que de día me aviso por donde venga de noche. Que jamás me subo por poyo ni calzada, sino por medio de la calle. Porque como dicen: no da paso seguro quien corre por el muro y que aquel va más sano que anda por llano. Más quiero ensuciar mis zapatos con el lodo que ensangrentar las tocas y los cantos.


Cuando Celestina vuelve a casa después de parlar tendido con Melibea, quien la reclamó por medio de Lucrecia para que diere la vieja remedio a su mal que era estar enamorada de Calisto, cuando vuelve, decimos, Elicia le reprende por andar a oscuras por la calle. Pero Celestina responde que ella pone cuidado suficiente como para que no le pase nada, sin importarle su apariencia le importa, sobre todo, no descuidar su propio medio, que sabe adverso. Y es que no podría ser que le fuera favorable un contexto que la alcahueta trata de exprimir, sin embargo, en su favor. Lo que la vieja parece ignorar es que, como apunta EUGENIA LACARRA, ella misma es su más peligroso enemigo. En realidad a nosotros nos parece que este otro peligro y aquel, estrictamente externo, son, en realidad, el mismo. Esto porque, como venimos diciendo, ella se desenvuelve en un medio que crea por sí misma como máximo exponente de la ruindad humana. Celestina vive en un mundo que es submundo porque ella y otros como ella lo deforman y, así, mucho de lo que hay fuera está también en ella misma, es reflejo de ella. El caso es que, después de todo, en el decimo segundo acto, o auto, la vieja alcahueta muere asesinada. Exactamente como merece. Por puta.

Precisamente el día en que amanece después de mantener la pequeña conversación con Elicia que hemos utilizado para abrir esta columna, ese día que empieza Celestina sacará en su provecho, ya en casa de Calisto, una cadena como pago a las noticias que lleva de casa de Melibea: tan malita está la pobre que ha perdido la vergüenza. Tal y como suena. Porque la vergüenza era considerada virtud destacada entre las mozas nobles y cortesanas de la época, y esta Melibea nuestra está, sin embargo, tan acalorada que no puede ocultar su pasión, baja por mucho que se intente disfrazar de cosa alta. Se dice en estos casos que la necesidad aprieta. De hecho, está tan mal la pobre que ya Celestina ha logrado concertar un primer encuentro entre los enamorados, en el jardín de Melilbea y esa misma noche.

Allí acudirán Calisto y sus criados Sempronio y Pármeno. Será justo después de ese primer encuentro entre los enamorados cuando los sirvientes de Celestina, como ya han de saber los lectores, socios de la vieja, acudan a casa de esta a reclamar su parte del colgante con que Calisto pagara sus servicios. La codicia de ella, la avaricia de ellos y, por fin, la ruindad de todos acabarán con la vida de Celestina, la que de día se avisaba de cuanto de noche pudiera venir. A la mañana siguiente los criados asesinos, presos, serán ajusticiados públicamente. Tragedia total de unos personajes que, sin embargo, no nos producen lástima. Más bien todo lo contrario.

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