martes, 22 de diciembre de 2009

AUTOBIOGRAFÍA DIFUMINA III

Marisa Marconi.
Afuera casi todo lo que no podía imaginar. Después de descansar después de caminar desnudo durante el espacio infinito que comprende a penas unos pocos segundos, tras arrastrar un frío propio de quien muestra un cuerpo destapado y no es, sin embargo, más que forma, después de todo aquel estar sin saber por qué amanecí según la luz, reconfortado tras un cansancio inconmensurable.

Afuera casi todo lo que no podía imaginar me esperaba, esperaba verme según pude comprobar con el tiempo que fui midiendo, paciente en cuanto empujé la reja, a partir de aquel momento y por siempre. Desde la oscuridad que me pareció sólo tenue protección la noche anterior, la oscura noche que me acogiera con su suelo de tierra. La luz en la cara, la mano en la puerta y afuera, a la mañana.

Afuera casi todo lo que no podía imaginar me parecía comprensible en la experiencia. Un carro lleno de paja hasta rebosar levantaba polvo a unos pocos metros. De él tiraba un mulo del que tiraba una persona, un tipo desastrado con un sombrero viejo, un tipo de paja también. Como la que se iba perdiendo, la que quedaba tirada. Vi algunos árboles y creo que una iglesia, y creo que los pájaros cantaban en ese momento, algunos pájaros al menos. Vi un cielo muy azul que fue contraste definitivo y que me habló. Y fue porque también me miré que me vi, que me asusté.

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