domingo, 2 de mayo de 2010

y EL FIN DE LA EDAD DE PLATA, II.

NUESTROS YOS Y EL VACÍO, de Omar Arráez.

Es en la primera parte de este libro donde los poemas más se parecen a relatos. Estos guardan un sentido explícito, una coherencia interna que se mantiene hasta su final. Poemas, además, más largos que en el resto del libro. Sobre todo los primeros. En RAPSODIA VIGESIMOSEGUNDA, apertura de la obra, Odiseo ha llegado, por fin, a casa tras superar todas las pruebas a las que los dioses le han sometido y Valente se recrea en la descripción de la carnicería que lleva a cabo con los pretendientes de Penélope. Algunos poemas pueden parecer parábolas, como es el caso de LA MUJER Y EL DIOS (contra la trascendencia de Dios y también contra la irresponsabilidad humana que esa trascendencia supone, a favor de la culpa). En la mayoría la ironía y el sarcasmo colman un estilo afinado, pulido, que es respuesta al todo, ya agotado. La experiencia real invalidada, destruida, para ser sustituida por una experiencia mística. Es por eso que nos hace vivir experiencias cuya posibilidad reside en lenguaje, en la palabra. En este sentido me recuerda a Borges: las vivencias de sus yoes (yos, tus, ¿qués?) van más allá de la física, porque pueden hacerlo, porque las palabras lo permiten. En esa medida es el margen de acción.
Así, en los poemas que componen la primera parte se nos plantea el punto de partida: recuerdos, sueños, deseos, parodias y otras posibilidades en las que la metáfora aparece en forma de fantasía, muchas veces surrealista pero que, insisto, respetan un mismo sentido desde el principio y hasta el final. Estamos ante una serie de fragmentos, concepto clave en Valente desde este período en el que hay que situar El fin de la edad de Plata y ya hasta el final de su obra, cuya publicación prácticamente coincidirá con su propia muerte, en 2000, FRAGMENTOS DE UN LIBRO FUTURO. Empieza esta obra así:

SUPO,
después de mucho tiempo en la espera metódica
de quien aguarda un día
el seco golpe del azar,
que sólo en su omisión o en su vacío
el último fragmento llegaría a existir.


Es importante destacarlo porque forma, a su vez, parte de TREINTA Y SIETE FRAGMENTOS, obra que, como indiqué, precede a la que estoy comentando y sigue a EL INOCENTE, la primera que compone este ciclo. Otra vez el vacío como búsqueda filosófica y estética de difícil culminación que se logra, en parte, con la muerte del poeta: los Fragmentos De Un Libro Futuro deben leerse (y, si no, pueden por lo menos leerse así) como poesía vacía de autor.

En el poemario El Inocente (1970) varios de los poemas centrales suponen una revisión a su obra anterior, manera de llevar a cabo la destrucción anunciada. Ejemplo de ello es este UN JOVEN DE AYER CONSIDERA SUS VERSOS:

Cómo han envejecido nuestros poemas
(como cartas de amor destinadas a nadie),
cómo han ido cayendo de sus dientes abajo,
acribillados,
asaeteados,
náufragos.
En el gran muro blanco
la ejecución de nuestros actos no es sangrienta.
Los muñecos desarbolados,
descabezados,
por el certero tirador de casetón de feria
popular.
Qué verbena del tiempo.
Lo que no es nuestro, inútil es.
Busquemos otra cosa para entregar la vida
entre líneas menores,
otra decoración,
otro piso pequeño de más modesto lujo
y un nuevo amor
y otra fidelidad menos posible.

Así pues, lo que va a pasar por la vista de quien lee la primera parte de El Fin de la Edad de Plata es una serie de fragmentos que preceden o justifican la acción que se deba iniciar. Es por eso que depués de una primera parte va una segunda: EL REGRESO: "Ahora, entre todos y quizá desconociéndonos en parte unos a otros, comenzaremos a reconstruir la gran historia sin saber cuál es el cabo que hay que asir ni si la narración empieza o termina o si ya estamos in medias res ignorando que el rompecabezas no tiene clave". Y las partes que se suceden a continuación conforman una especie de despedida que también es muerte y, sobre todo, una declaración de intenciones: sobre qué hacer a partir del momento: "Tendría que ir angostando las palabras hasta subsumir el lenguaje en su silencio. Sobre la mesa había un naipe. Tú lo alzaste: no tenía figura. La palabra nada es hermosa, dijiste." Y también, para cerrar esta segunda parte:
"Volviste al fin mañana incorruptible con tu chaqueta azul y un pañuelo de seda y pregutaste, casi sin mirarme, con un tartamudeo de otro tiempo:
- ¿Cómo te pareció mi último relato?
Yo estuve torpe, te confieso, temiendo que pudieras suponer que no me había parecido entre todos los tuyos el más lúcido, como tú desearas escribirlo, en el naipe vacío de figura donde ya nada puede estar escrito". Se trata de una suerte de diálogo consigo (últimamente me encuentro mucho de esto) en el que reniega de su pasado, por reciente que este sea.

Así que la tercera parte de EL FIN DE LA EDAD DE PLATA da comienzo con estas bases asentadas: nada vale y nada es posible. O, aún peor, ni siquiera nada es posible. El primer poema, DIES IRAE, es un descenso hacia la oscuridad casera, familiar, que se muestra extraña y al final de la cual no hay salidas (de emergencia). La escapatoria es la muerte en muchas ocasiones. En SEGUNDA VARIACIÓN SOBRE LO OBLICUO se nos presenta un cuadro, un lienzo en blanco de no ser por la figura de una de las esquinas que, sin embargo, debe orientar la visión del espectador hacia la figura central, esta es: el vacío. El último poema, LOS NICOLAÍTAS, da por finalizada la labor destructiva que valida al libro: "(...) Los signos del poder establecido les suelen producir un hipo breve o cortos derramamientos convulsivos. Sienten predilección por las banderas, por la competición y el éxito. Practican tres deportes y carecen de brazos naturales. Algunos de ellos son altos, fofos y fragantes. Estos ocupan puestos secundarios y se utilizan de relleno en actos y en salones. Llevan cartas de recomendación y apoyo en tubitos metálicos adaptados al recto. También los reconocerás en cuanto dice de ellos relación con los ídolos. Y puesto que han llegado a poseer la tierra, sabemos hoy, filioli, camaradas, hermanos, que el tiempo de su destrucción está cumplido."

Por supuesto que abundan las relaciones directas entre poemas. Sin ir más lejos ABRAHAM ABULAFIA ANTE PORTAM LATINAM se nos aparece como recreación de una parte de LA DIVINA COMEDIA, de Dante, que en el octavo círculo del infierno coloca al papa Nicolás III, nombre cuya raíz coincide con la de los nicolaítas, secta de los años del primer cristianismo que parecía caracterizarse por su libertinaje. La Religión es tema al que José Angel Valente recurre a menudo: le interesan cristianismo, judaísmo (sobre todo por la cábala) e islamismo por igual. En todas ellas, al principio fue el verbo, la palabra.

Igualmente relacionado con este poema, que cierra la tercera parte, está LA CEREMONIA, en la que la señora (que acaba poniendo un huevo) perfectamente podría estar acompañada por estos nicolaítas, alguno de los cuales, por pura ineptitud, de cartón piedra para rellenar la mesa. Y fíjese el lector en este poema, perteneciente también a El Inocente, titulado EL POEMA:
Si no creamos un objeto metálico
de dura luz,
de púas aceradas,
de crueles aristas,
donde el que va a vendernos, a entregarnos, de pronto
reconozca o presencie metódica su muerte,
cuándo podremos poseer la tierra.
Si no depositamos a mitad del vacío
un objeto incruento
capaz de percutir en la noche terrible
como un pecho sin término,
si en el centro no está invulnerable el odio,
tentacular, enorme, no visible,
cuándo podremos poseer la tierra.
Y si no está el amor petrificado
y el residuo del fuego no pudiera
hacerlo arder, correr desde sí mismo, como semen o lava,
para arrasar el mundo, para entrar como un río
de vengativa luz por las puertas vedadas,
cuándo podremos poseer la tierra.
Si no creamos un objeto duro,
resistente a la vista, odioso al tacto,
incómodo al oficio del injusto,
interpuesto entre el llanto y la palabra,
entre el brazo del ángel y el cuerpo de la víctima,
entre el hombre y su rostro,
entre el nombre del dios y su vacío,
entre el filo y la espada,
entre la muerte y su naciente sombra,
cuándo podremos poseer la tierra,
cuándo podremos poseer la tierra,
cuándo podremos poseer la tierra.
De los nicolaítas que cierran la tercera parte del libro dice Valente que "han llegado a poseer la tierra" y, por tanto, "el tiempo de su destrucción está cumplido".

La última parte del libro son las NUEVE ENUNCIACIONES. Empiezan y acaban con un maestro. El del primer poema es capaz de servir de animal de carga a su alumno. El del poema que cierra el libro, LA ÚLTIMA LECCIÓN, devora al pupilo. Los datos que da de su vida (BIOGRAFÍA, HAGIOGRAFÍA, EL UNIFORME DEL GENERAL...) se esconden confundidos entre dosis de ficción tan importantes que la recrea, que la vida es reinventada, variada o presentada de nuevo para el propio poeta: "(...) Lo que allí viva o pueda haber vivido es hijo de las aguas. Aguas soterradas que, como señal o don de los dioses del fondo, vienen a la superficie burbujeantes, calientes. Bebió él esas aguas, que era necesario batir a causa de su grosor y que era necesario beber para defenderse de las miasmas de la muerte. Aguas. Burgo de las aguas. Burgas. Aguas placentarias"

He tomado este libro con ilusión y me ha sorprendido, he sentido un pellizco seco. No lo he leído al principio como la destrucción que se anuncia y, sin embargo, la transgresión está presente desde las primera líneas, incluso cuando está variando La Odisea: "¡Os voy a joder vivos!", dice Odiseo a los pretendientes de su esposa antes de matarlos, cuando se presenta como el héroe al que ya tan sólo Penélope esperaba, y quizá su hijo Telémaco, y también su perro Argos. Es impactante y estremecedora la descripción que Valente hace del muerto en el velatorio que mantiene un gesto como de asco en el rostro mientras una mosca se pasea por la comisura de sus labios en EL VAMPIRO. A medida que se avanza en la lectura pequeños desconciertos van abriéndose hueco, hasta que en la segunda parte se nos presenta el plan: hay que escapar a los poderes que nos someten y, para ello, también hay que transgredir el lenguaje y escapar de uno mismo. A ello: he aquí la tercera parte, que es completada con las nueve enunciaciones. Cierro este comentario con el poema cierra el libro, el del pupilo devorado por su maestro: LA ÚLTIMA LECCIÓN:

Miré al maestro venerable. Había venido aquella tarde a consultarlo como tantas otras. Un maestro es un guía nítido, transparente. Encarnación singular del tonos, según los estoicos. Un maestro es un estilo de vida (y de muerte, me dije) donde nuestras veleidades al reflejarse en lo perfecto caen de por sí como las hojas en otoño. Miré al maestro. Speculum. Sperma. Me estremecí de pronto. Advertí cierta flácida pesadez en su mirada. Había venido aquella tarde a consultarlo sobre posibles incidencias de la vida (irreal) en la doctrina, sobre la identidad de la luz y el pensamiento, sobre el peso carnal con que aún la pasión me desasosegaba a veces hasta el alba. La mirada del maestro me redujo a dimensiones mínimas. Me vi pequeño en la palma enorme de su mano. (El maestro, al fin y al cabo, tien, pensé, la dimensión del cosmos.) Humilléme. Vi cerca las encías y la lengua. Los jugos salivares fluían como ríos. Miré hacia atrás. A mis espaldas, los dientes se cerraron. Entré en la sombra.
- No, no es un maestro -dije-. Es ávido. Y no será de los ávidos el reino -pude añadir aún antes de ser para siempre englutido.



Edición recomendada:

Título.......... El fin de la edad de Plata,
seguido de nueve enunciaciones.
Autor.......... José Angel Valente, 1973.

Edición........ Tusquets, 1995.

................. 168 páginas; 10, 50 euros.

3 comentarios:

  1. Yo quiero que comentes mis entradas, señora dormilona.
    Seguiré tu blog, a pesar de la ¿música? ambiente.

    ResponderEliminar
  2. Vale, yo comento tus entradas y tú las mías y estamsoen paz. La música ambiente, ¿qué le pasa?. Todas esas canciones me llenan mucho, pero schhhhhh, no se lo digas a la SGAE

    ResponderEliminar

Comentarios.