sábado, 6 de noviembre de 2010

Nº 26

Qué locura, madre. Me dice el librero que produzca, que para qué si no me paga. Dice que me ponga a escribir, que debo reseñar, transcribir rápidamente algunas páginas trascendentales, que hemos de ser rápidos, que el comercio es una cosa seria, y que tenemos lo nuevo de Vargas Llosa. Que esta página tiene una finalidad. Debe de ser por ello que el blog ha desaparecido de alguna página de favoritos, por mercantilismo. Y que tenemos al Planeta y a su finalista. Que allá van:



EL SUEÑO DEL CELTA es el título de último nobel y es la historia de Roger Casament, héroe viajero que condena públicamente el colonialismo del Congo (belga) y al que toca, por ello, enfrentarse a un país, Inglaterra, al que admira. Alfaguara, 460 páginas. 22 €. Primera página:


El Congo.

I


Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó, asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.

- Visita- murmuró el sheriff, sin quitarle los ojos de encima.

Se puso de pié, frotándose los brazos. ¿Cuánto había dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres escuchaba las campanadas que marcaban las medias horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido el gabinete y tomado una decisión? A caso la mirada del sheriff, más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba, se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba (...)



Bien. Como tenemos premio Planeta tenemos finalista. Carmen Amoraga ya fue finalista del Nadal de 2007. Hasta el penúltimo escalón de este hoy ha subido EL TIEMPO MIENTRAS TANTO, la narración de varias vidas que tienen que ver, en busca de referencias, construyendo un mapa que les ayude. O algo así. 300 páginas. 21 euros. Y, en fin, como ya saben este premio que a cada año pierde algo de su reputación ha querido ser representado en 2010  por el reputado escritor Eduardo Mendoza: RIÑA DE GATOS. En la primavera de 1936 el inglés Anthony Whitelands llega a Madrid con la tarea de autenticar un cuadro desconocido, perteneciente a un amigo Primo de Rivera, y cuyo valor económico podría ser trascendental en la convulsa política del momento. Cuatro cientas treinta páginas. Cincuenta céntimos más que el finalista. Primera página:

1.

4 de marzo de 1936.

Querida Catherine:
Poco después de cruzar la frontera y de evacuar los enojosos trámites aduaneros, me he dormido arrullado por el traqueteo del tren, porque había pasado una noche de insomnio, acosado por el cúmulo de problemas, sobresaltos y agonías derivados de nuestra tormentosa relación. Por la ventanilla del tren sólo veía la oscuridad de la noche y mi propia imagen reflejada en el crital: la efigie de un hombre atormentado por el desasosiego. El amanecer no trajo el alivio que a menudo acompaña el anuncio de un nuevo día. El cielo seguía nublado y la palidez de un sol mortecino hacían aún más desolado el paisaje exterior y el paisaje de mi propio espíritu. En estas circunstancias, al borde de las lágrimas, me quedé dormido. Al abrir los ojos, todo había cambiado. Lucía un sol radiante en un cielo sin límites, de un azul intenso, apenas alterado por unas nubes pequeñas, de una blancura deslumbrante. El tren recorría la yerma tierra castellana. ¡España por fin!
¡Oh, Catherine, mi adorada Catherine, si pudieras ver este magnífico espectáculo comprenderías el estado de ánimo con que te escribo! Porque no es sólo un fenómeno geográfico o un simple cambio de paisaje, sino algo más, algo sublime. En Inglaterra, como en el norte de Francia, por donde acabo de pasar, la campiña es verde, los campos son fértiles, lo árboles son altos, pero el cielo es (...)

Ya ven, pues, que las novelas de hoy empiezan con despertares. Y con inglaterras en la lejanía.

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