martes, 15 de marzo de 2011

Nº 33


Enrique Vila-Matas, Alberto Fuguet y Agustín Fernández Mallo asoman ahora por la tienda de libros que, si alguno recuerda, abrirá sus puertas a los internautas en este 2011, aunque no será de momento. De momento como siempre, que no es poco.

Bueno, voy a empezar por un título que salió como novedad en 2010 pero que ahora se publica en su edición de bolsillo, precisamente en la editorial Debolsillo. Se trata de DUBLINESCA, de Vila-Matas, que ahora se puede tener en casa al módico precio de 9, 95 €. 284 páginas. Como por entonces no trasladó al blog su primera página lo hago ahora:

Mayo.

Pertenece a la cada vez ya más rara estirpe de los editores cultos, literarios. Y asiste todos los días conmovido al espectáculo de ver cómo la rama noble de su oficio -editores que todavíaleen y alos que les ha atraído siempre la literatura- se va extinguiendo sigilosamente a comienzos de este siglo. Tuvo problemas hace dos años, pero supo cerrar a tiempo la editorial, que a fin de cuentas, aun habiendo alcanzado un noble prestigio, marchaba con asombrosa obstinación hacia la quiebra. En más de treinta años de trayectoria independiente hubo de todo, éxitos pero también fracasos. La deriva de la etapa final la atribuye a su resistencia a publicar libros con las historias góticas de moda y demás zarandajas, y así olvida parte de la verdad: que nunca se distinguió por sus buenas gestiones económicas y que, además, tal vez pudo perjudicarle su fanatismo desmesurado por la literatura.

Samuel Riba -Riba para todo el mundo- ha publicado a muchos de los grandes escritores de su época. De algunos tan sólo un libro, pero lo suficiente para que éstos consten en su catálogo. A veces, aunque no ignora que en el sector honrado de su oficio quedan en activo algunos otros valerosos quijotes, le gusta verse como el último editor. Tiene una imagen algo romántica de sí mismo, y vive en una permanente sensación de fin de época y fin de mundo, sin duda influenciado por el parón de sus actividades. Tiene una notable tendencia a leer su vida como un texto literario, a interpretarla con (...)


Alberto Fuguet presenta su último trabajo, MISSING (UNA INVESTIGACIÓN), que  sobre la desaparición de su tío Carlos Fuguet, camino de Norteamérica y en Norteamérica, hace 30 años. Este libro es la investigación de aquel suceso pero en él, según se nos cuenta, la realidad cede buena parte de su espacio a la ficción. Me ha parecido que tiene muy buena pinta. 388 páginas. 18, 50 €. Empieza así:

I. Escondido a pleno sol.
   Escribir la historia.

El cine es escape, al escribir se escapa, leyendo quizás también.

Esos han sido mis escapes, las formas como me he perdido: primero viendo, leyendo; luego escribiendo, filmando, creando. Trtando de controlar vía la invención el caos externo. Creando tengo poder, creando me siento seguro, creando soy mejor persona porque siento que puedo salirme por un rato de mi mente, un lugar, por lo demás, donde me siento en extremo cómodo. No he tenido que perderme porque he podido construirme mi propio planeta y poblarlo con mi gente, decorarlo con mi estética. Es altamente probable que este planeta  tenga mucho que ver con mis rasgos autistas y con mi incapacidad para relacionarme con la gente, pero no reclamo; al revés, lo celebro. Me siento afortunado. El ser escritor, ser considerado por los demás como uno o incluso como un artista (por pocos, es cierto) ha sido mi bendición. Ha sido mi pasaporte -mi pase- para estar solo, para que no me molesten; la excusa perfecta para que no me llamen, no me interrumpan,para que crean que no vivo acá, para perderme y no tener que intentar ser igual al resto. Un escritor puede ser raro, puede vivir en su cabeza, no tiene que -no debe- vivir igual que los demás.

Mi tío Carlos Fuguet no era un artista, no era escritor y no me cabe la menos duda que tenía que zafar.

Huir.

Escapar.

No quería ojos conocidos mirándolo u opinando.

Mi tío se perdió, pero se perdió de verdad.

(Por cierto: Alberto Fuguet tiene un blog bastante chulo. Pueden picar en la portada del libro, como otras veces)


Por último voy a plantar por aquí el último libro de Agustín Fernández Mallo, del que supongo que se estará hablando bastante por ahí y al que estarán poniendo más bien a caer de un burro porque ya se sabe cómo va esto: se empieza diciendo que Pascual y entonces, corderitos  todos, a buscar la rima. Sobre su Proyecto Nocilla se ha dicho mucho y mucho malo, y lo que se ha dicho de bueno ha venido casi siempre desde el mismo sitio (más bien lado) y de manera un tanto exagerada. No pienso ni que sea tan bueno ni tan malo. Pienso que es atractivo, original, que se lee bien y, esto sí, que se vende caro. 18, 50 EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE. Para la lectura que tiene es un precio alto. Si se editaran en un sólo volumen los tres títulos que componen Proyecto Nocilla (el nombre es, desde luego, lo peor) 18, 50 € sería un precio más bien correcto, en el sentido de adecuado a la norma, pero es que el total del proyecto sale por mucho más de lo que dicho proyecto vale. Esto lo digo con todas las letras. Para que se me entienda. Pasa algo parecido con El Hacedor. Seguro que es una obrita interesante pero, sinceramente, el precio es excesivo para 178 páginas que tienen tanto de espacio en blanco y de fotografía como de palabra impresa.
Por lo demás pienso que se ha de tratar de un trabajo honesto que homenajea al argentino más universal y que ha de guardar pasajes interesantes. En esta ocasión voy a contrastar el inicio de la obra de Mallo y el de la de Jorge Luis Borges (me temo que me voy a rayar un poquito, y aún puede que me acabe rallando):

EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE.

Prólogo.

A Jorge Luis Borges.

Los rumores de la plaza quedan atrás y entro enla Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en el hipalage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos de Benet que también definen por el contorno: Es cierto, el viajero que saliendo de la Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real -porque el moderno dejó de serlo- se ve obligado a atravesar un pequeño y elevadodesierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:

No quedaba nadie sobre la faz de la tierra
y de repente, 
llamaron a la puerta.

Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionale spalabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.

En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. La vasta Biblioteca que me rodea está en mi apartamento, no en la calle México, y usted, Borges, se murióa mediados de los años 80 del siglo 20, el mismo día en que yo tiraba a una hoguera [negra y blanca] mi primer disco de Joy Divison [blanco y negro], y pocos días después de que Juan Pablo II publicara su encíclica Dominum et Vivificantem. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será, me digo, pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos, y la cronología se perderá en un orbe de símbolos premodernos y de algún modo será justo afrimar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado.

AFM
Isla de Mallorca, 20 de diciembre de 2004.




EL HACEDOR
A LEOPOLDO LUGONES.

Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado má- gicamente. A izquierda y a la derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores, a la luz de las lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquel otro epíteto que también define por el contorno, el árido camello del Lunario, y después aquel hexámetro de la Eneida, que maneja y supera el mismo artificio:
                               
       Ibant obscuri sola sub norte per umbras.                  
          
Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro;cambiamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.
          En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no era la calle Rodriguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado.

                                                                                                                                                   J. L. B.
                                                                                                                    Buenos Aires, 9 de agosto de 1960.


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