viernes, 8 de noviembre de 2013

Nº 63


Yo creo que en algún momento he tenido el gusto de conocer a Manuel Cebrián (Albacete, 1958), pues recuerdo hace ya algunos años, a dos hombres que entraron en la librería buscando datos sobre Jerónimo de Alderete, aunque no se los pude facilitar por carecer de ellos. Carecía también el librero de conocimiento sobre el personaje histórico, cuyo reconocimiento se ha ido haciendo explícito estos últimos años por aquí y que culminó con el busto que le recuerda en san Julián, a la puerta del Palacio Del Caballero. Este Alderete y Mercado abandonó Olmedo a los dieciocho años y se convirtió en uno de los hombres importantes de la Conquista. De eso va la novela.


Manuel Cebrián Abellán es también autor de las novelas EL LLANTO DE AZAR (Akrón, 2009) y AGRIPA (Aladena 2010).

Manuel Cebrián Abellán, 2012.
Editorial Abecedario, 2012.

574 páginas.
22 €.
La marcha de Olmedo altera también mi ánimo. Isabel no es la única con este problema. La ilusión por la nueva tierra, no borra la inminente pérdida de lo que ha sido mi refugio de juventud. Imágenes pasadas, relacionadas todas con lugares de la villa, se agolpan ahora en mi cabeza como queriendo recapitular las mejores vivencias. Recuerdo los interminables juegos con los hermanos, especialmente con Francisco y Manuel, los días en el campo con los padres, los múltiples viajes a Tordesillas y las buenas amistades allí ganadas, las reuniones familiares con ocasión del fin de año, las animadas charlas frente al fuego en las duras noches de invierno, los días de caza con Gaspar siguiendo el rastro de las presas en la nieve, las bandadas de aves en sus vuelos migratorios, las almendras con miel preparadas por Dª María, el asalto a los huertos de los vecinos con los amigos, los hermosos vestidos de las mujeres en los días de oficio religioso, el intermitente repicar de campanas en las iglesias, las sugerentes proposiciones a las jóvenes de la villa,, el lento transcurrir de los días, y tantas y tantas cosas que resulta difícil hacer recuento de ellas. Son recuerdos cargados de melancolía; imágenes que se perderán para siempre. La distancia, por mucho que cueste reconocerlo, se encarga de diluirlos, de borrar las más hermosas situaciones.

Levanté la mirada en varias ocasiones, dejándola fija en la lámpara de aceite, como queriendo encontrar en su luz la paz que la situación quiere negarme. Los pequeños destellos hacen imposible sostenerla, por lo que tuve que apartarla para no irritar más los ojos. Esta vez los orienté hacia ningún lugar, al infinito. Busqué el alivio en tan desconocidos y recónditos lugares, aunque las difusas imágenes y los desconocidos escenarios que surgen tampoco consiguen aplacar la sostenida intranquilidad. Ante tanto desvarío, para superar el difícil momento, he pedido ayuda, en mis labios para garantizar su apoyo. Nada de ello, sin embargo, sirve. La sangre sigue paseándose por mi cuerpo con más celeridad de la deseada. Todo bulle dentro de él; nada está tranquilo. Una araña moviéndose con soltura por la pared, con sus largas zancas, como si algún inmediato mal le sobreviniera, me ha devuelto al lugar. La mirada la dirigí tras sus pasos hasta verla perderse más allá de lo que la tenue luz es capaz de alcanzar.

Para calmar tanta inquietud y desasosiego, he tenido que levantarme varias veces del escritorio. La pluma me tiembla en la mano, y no es bueno escribir en estas condiciones. Los pasos se dirigen siempre  hacia la ventana, esperando encontrar al otro lado a Elena, pero ningún trasluz he conseguido ver. La apasionada joven prefirió ocultarse para siempre, aunque supongo que su zozobra no le dejará tampoco conciliar el sueño. Hoy su pesar es también el mío. Somos dos almas rotas por un amor imposible. Mi destino está en las Indias; el suyo en Olmedo. El retorno a la mesa no ha sido tampoco muy feliz. El pulso lo siento perdido y no deja de entorpecer la escritura. Hasta la mano la tengo sudorosa. Nada me anima a seguir escribiendo. Solo espero que mañana, cuando Francisco nos acompañe  a Valladolid, termine este sinvivir. Prefiero ahora cerrar el diario y guardarlo en el cajón con las últimas pertenencias que me han de acompañar. ¡Hasta siempre Olmedo!

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