jueves, 26 de diciembre de 2013

Nº 66

Hace tiempo que un buen cliente de la librería me encargó este libro del que paso a hablar ahora. Nada sabía de su autora y, de hecho, aquel pedido resultó fallido por mi culpa. El caso es que el libro no dejó de interesarme y hace unos días volví a pedirlo. He leído el primero de los  dieciciocho relatos que componen el presente libro y me ha gustado: un misterio inconfesable narrado con prosa minuciosa. Mar Sancho (Valladolid, 1972) ha publicado libros de poesía, relatos y novelas. De ella empezamos a saber ahora por aquí.
Mar Sancho.
Tropo Editores, 2012.
178 páginas.
Pvp, 17 €.
"Con tal atención  y ahínco procuraban mis ojos desquitarse de la privación en que durante diez años habían estado, que tenía suspensos todos los demás sentidos, y por todas partes hallaban impedimentos a su distracción, que así la sonrisa de aquel rostro angelical con su antiguo atractivo me embelesaba". Había abierto el libro por una página cualquiera y leído la primera frase hallada, pareciéndome incomprensible y a la vez repleta de significaciones. Era un tomo voluminoso, amarillento, con un  cansancio manándole del lomo. Recuadrado por guirnaldas vegetales el título en oro, Divina Comedia, precedía a un retrato oval de Dante y después, en letras esbeltas y de menor tamaño, decía Edición ilustrada por el notable artista inglés Juan Flaxman. La cerradura de la maleta había cedido con facilidad. A la primera incisión con el abrecartas, sin que fuera preciso recurrir como otras veces a herramientas más vigorosas, la cajita de la combinación saltó. Las ruletas de números rodaron por la tarima, primero raudas, después apaciguadas hasta caer inertes. La apertura de la tapa descubrió un interior de raso fruncido, como si de un joyero con música tintineante se tratase, y un contendio parco que se limitaba a una prenda de abrigo y un libro al que el ajetreo había descolocado del orden que hubo de ocupar en un momento inicial. Posé el libro sobre la mesa, embebido aún en su frase recién leída, y desdoblé el abrigo. Era rojo, de tinte intenso, y de un tamaño tan comedido que sólo podía pertenecer a una mujer. Al girarlo, su interior se mostró esplendoroso, más bermejo aún, y dejó escapar la remembranza de un perfume dulzón capaz de extirparme del pensamiento a Dante para sugerirme el porte de su propietaria. Hundí las manos en los bolsillos a la busca de algún hallazgo que me revelase nuevos indicios y, al fondo de cada uno de ellos, encontré un par de guantes suaves, con los manguitos más largos de lo habitual, que imaginé sugerentes, alcanzando casi el codo de una desconocida que, aún en el aeropuerto, rellenaría formularios de reclamación ante el mostrador de la compañía aérea. Cerré las fauces de la maleta y acaricié su lomo nacarado hasta apaciguarla, me senté después sobre ella, deposité el abrigo en mis piernas y, sin pretenderlo, abrí de nuevo el corpulento libro. "No sé si fue larga su respuesta, porque estaba ya delante de mis ojos la que embargaba toda mi atención. Hallábase sola y sentada sobre la desnuda tierra, cual si hubiese quedado allí para guardar el carro que había atado el biforme mosntruo".

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