miércoles, 15 de enero de 2014

Nº 67



Por aquí dejo el comienzo de la novela corta QUE ME MATEN SI..., primera de las cuatro relatos policiacos que el guatamalteco Rodrigo Rey Rosa (1958) escribió entre 1995 y 2006, y que conforman este interesante volumen que ahora saca Alfaguara.


Rodrigo Rey Rosa.
Alfaguara, 2013.

370 páginas.
Pvp, 18.50 €.



Era el 30 de mayo de 1996, en el pueblecito de Fernchurch, Inglaterra. Lucien Leigh, que había vivido más ochenta y cinco años -casi la mitad de los cuales pasó entre extraños y en lugares apartados-, levantó una mano a su grande oreja izquierda para extraer un minúsculo audífono, sin el que le era prácticamente imposible oír. Se sentó, mirando el pequeño bjeto, querido para él como alguna joya.

Era temprano por la tarde y el sol brillaba precariamente entre largas nubes aburridas. El pequeño invernáculo, adyacente a la casa, olía a flores. Respiró, y el aroma de las flores, que él había escogido para plantar allí, le trajo gratos recuerdos de largos viajes. Luego -tal como él sabía que de un momento a otro iba a ocurrir- su mente, aunque aguda aún para sus años, comenzó a nublarse. Sintió vértigo. Recuerdos borrosos de una vida que le parecía vagamente propia, vagamente ajena. Imágenes lúgubres: cabezas de muerto, fémures, cauces de ojos vacíos. "Este mareo -pensó- está durando demasiado". Había cerrado los ojos, y se guardó cuidadosamente el audífono en un bolsillo. Puso las manos en los brazos del sillón de mimbre, irguió la cabeza. Tenía que expulsar las visiones, hacer que se alejaran, que se fueran haciendo cada vez más pequeñas, hasta desaparecer en una distancia imaginaria, en una nada rojiza y no más espesa que sus párpados. Sabía cómo hacerlas desaparecer, pero era necesario hacer un esfuerzo, como cuando uno quería vencer algún miedo: apretar el cardias, esperar el brote de saliva amarga, que no se debía tragar hasta más tarde, producir un chasquido con la lengua en la parte posterior del paladar, dejar salir el aire por la nariz, y entonces, tragar despacio. Y las imágenes se disociaban, se dispersaban, desaparecían.

Ahora podía abrir los ojos. Allí estaba, del otro lado del cristal, la gramilla verde y familiar, el comedero de los pájaros. Su esposa, la tercera, entró en el invernáculo, y una corriente de aire hizo variar levemente el olor de las flores.

-Can you hear me?

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