jueves, 5 de agosto de 2010

AUTOBIOGRAFÍA DIFUMINA XVI

LOS CIEGOS, de José Luis Carranza

No entendía que mi imagen era una simple zanahoria o un cebo para peces, que nadaba directo a una trampa: pudo ser una promesa y por fuerza tendría que pensar en un tramposo. Demasiado para aquel que fui. Tan cansado que quizá tan sólo huía. En fin, fue un despertar raro el mío... No me gustan las promesas desde entonces. Tuve que darme de bruces con la experiencia de un viejo que nada me enseñó. Fui descubriendo este mundo a base de contrariedades. Me dicen que esta característica no me diferencia gran cosa de otros. Del resto del mundo, me dicen. De las personas.

Terminé mi travesía por el desierto días antes de encontrarme con el viejo que apenas pudo aparecer ante mi como persona, de tan desastrado y sucio como se mostraba, incorporándose tras rebozarse en el agua y en el barro de aquel arroyo. Recuperando una verticalidad confusa, una posición natural dificultosa, siendo ante mis ojos un viejo torcido que se apoyaba en un cayado. Lo que había de ser ante los de cualquiera. Estaba excitado, pensé que le gritaba al cielo, como si este no quisiera escucharle. Como si pensara aquel anciano que debiera hacerlo: ¡Granuja! ¡Maldito granuja! ¡Hideputa! Y pensé que no gritaba al cielo.

Me di cuenta de que se palpaba la cabeza y descubrí un sombrero de ala muy ancha en el agua. Otro motivo para acercarme hasta el espejo posible, aquella superficie que quizá fuera base de mi conocimiento. Fue lo primero que pensé cuando vi a aquel hombre rebozado en el agua: pensé también que la mayoría de seres de este mundo no tiene una imagen de sí. Llevaba días perdido desde aquel extraño encuentro con la vieja llamada Celestina y los dos jóvenes desesados (desesados digo), muchos días, y, por fin, vida corriente: maldito granuja, hideputa, vuelve aquí, decía mientras pateaba el suelo, salpicaba al aire con aquel agua sucia, lleno de furia, mientras revolvía aquel cristal. Por fin vida corriente, pensaba mientras el viejo exclamaba y pateaba y yo me acercaba, trataba de asomarme a mi reflejo...

No logré, y enseguida lo reconocí como ilusión vana, verme en el agua sucia de aquel arroyo , así que no perdí la esperanza ni oportunidad de hablarle, olvidando aquello que pensé como leve decepción: señor, aquí tiene su sombrero, le dije mientras me acercaba. Y el viejo me contestó de mala manera: trae aquí si no quieres que te arranque la lengua.

Es porque aquel viejo podía oírme que la ansiedad comenzó a amenazarme con hacerme perder los nervios. No veía el momento en que me mirara a la cara. Me acerqué para darle el sombrero y un mundo tan extraño que me aplastó y me atravesó a la vez, haciendome polvo, cayó sobre mi: el viejo tenía los ojos velados. Me quedé quieto y resignado. Y me da rabia que aún no pensara en cebos ni tramposos. Pensaba en preguntas que no lograba hacer. No había respuestas para mi. Quieto observaba una nueva contrariedad que me ocurría. Fui a toparme con un ciego.

Comenzó a soltar garrotazos tras recuperar su sombrero y mientras gritaba que era yo un maldito holgazán, un mozo del infierno y no sé cuantas cosas más que no entendí ni tiempo que me dio a escuchar, ocupado en esquivar los palazos del ciego que sentía peligrosos, que oía cercanos. Le insulté de forma ridícula y me fui, dejándolo allí, visiblemente indefenso: Lázaro, Lázaro, vuelve aquí, asqueroso, ¡¡Lazarillo!!...


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