jueves, 18 de marzo de 2010

MARÍA MOLINER II

María Moliner nació en el zaragozano pueblo de Paniza, en 1900. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y se puede decir que tuvo una infancia dura porque así es como dice su hijo Fernando que pasó. Confiesa en una entrevista que su abuelo abandonó a su familia cuando María tenía tan sólo doce años. Por eso ella, tan pequeña aún, tuvo que hacerse cargo de la madre y de los hermanos. Llevó dinero a casa dando clases particulares. De latín, de matemáticas y de historia.

Con veintidós años ingresa en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Comienza a trabajar en el archivo de Simancas, de fondo documental único y vastísimo. ¿Ven cuántas cosas para una mujer de la que se dice que hacía las fichas de su diccionario junto con las recetas de cocina? Buscamos lo exótico en casa, y en casa nos encontramos la única manera posible de que alguien sea capaz de escribir el diccionario más completo del uso del español.

Pero, en fin, todo hay que decirlo. María Moliner se fue de Simancas porque la ciudad le parecía aburrida (en general, los vallisoletanos más que sosos parecemos secos, y si no quieres nada no sé por qué me miras con esa cara de bobo, y, la verdad, gracia lo que se dice gracia no puedo decir que me haya hecho el chiste, qué quieres que te diga...) Y fue hasta Murcia, aunque para trabajar en el archivo de la delegación de Hacienda que, como se entenderá, poco o nada tenía que ver con las bibliotecas. A cambio conoce allí -en esa ciudad- a su marido, Fernando de Ramón, catedrático de Física, y, también allí, cría a sus murcianos.

Entre 1931 y 1936 tienen lugar algunos hechos importantes en la vida de la Moliner que, por otra parte, son dignos de mención. La familia vive ahora en Valencia, marido y mujer han pedido sendos traslados: ella trabaja ahora en el archivo de la delegación de Hacienda de la nueva ciudad. Y es entonces cuando comienza su relación con el Instituto Escuela y con el Instituto de Libre Enseñanza, a través de la Escuela Cossío, que fundan entre algunos matrimonios de la ciudad y en la que la labor de la Moliner es esencial: enseña literatura y gramática y, además, es vocal de la Junta Directiva, cumpliendo con parte necesaria en la administración del asunto, custodiando los principios fundamentales del laicismo que significara buena parte de la fundación. Además, participa en las Misiones Pedagógicas con la crecaión de bibliotecas rurales. A estas misiones volveré en otra entrada, a propósito de Alejandro Casona: lo que son las cosas, hay que ver.

Resulta desesperanzador reseñar vidas de las personas del siglo XX: casi siempre toca pasar por el año treinta y seis. La vida de María Moliner aún se reactivó. Potenció, desarrolló con mayor fuerza las bibliotecas populares o rurales que llevaban libros donde no se conocían. Comenzó a dirigir la biblioteca de la Universidad de Valencia y, sobre todo, se volcó en la Junta de Adquisición de Libros e Intercambio Internacional, donde se editaban libros en español que se daban a conocer al extranjero mediante el intercambio de autores. Aquella junta editó a Antonio Machado, por ejemplo, y se atrevió con el primerizo Miguel Hernández.

Cuando el fascismo entró en Valencia María Moliner quemó documentación de lo lindo. ¡Pero cómo no! Aquella mujer había trabajado en pro de la educación y, por tanto, de la República que la defendía (o, por lo menos, debía defenderla), un valor este de la educación que cualquier humanista pone a la cabeza de todos. A pesar de la desaparición de documentos comprometedores -reparen en la paradoja de una documentalista quemando archivos- algunos familiares sufrieron represalias. Y su marido la expulsión de la cátedra. Ella perdió dieciocho puestos en el escalafón profesional. Ya se sabe, estas cosas...

Desde 1946 viven en Madrid. María Moliner trabaja, de nuevo, en el archivo de Hacienda. Es en esos años cuando ya está barajando la posibilidad de redactar un diccionario del uso de la lengua española. Estudia inglés . En 1952 su hijo Fernando le regala el LEARNER´S DICTIONARY, que desde el principio tomará la Moliner como inspiración a su propósito.

En 1953 decide aislarse para hacer el diccionario. Es contratada en la biblioteca de la Escuela de Ingenieros de Madrid: trabaja en el diccionario cada mañana antes de ir a trabajar: "cada día teníamos que quitar sus cosas de la mesa para poder desayunar", afirma su hijo Fernando.


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