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jueves, 17 de enero de 2013

La puta de Babilonia

Nº 50

Fernando Vallejo (Medellín, 24 de octubre de 1942) es autor que conocemos aquí por algunas de sus novelas y, también, por buena parte de este ensayo que aparqué un día, hace ya algún tiempo y justo después de leer El don de la Vida, la obra con la que me acerqué a él. Andaba yo buscando un libro que presentar en el blog y me acordé de un cliente que el otro día se quedó mirando este ensayo que ahora ha reeditado Alfaguara, y cuyo comienzo siempre me ha parecido  tan cautivador como impactante. Para que se hagan un idea del resto diré que Vallejo desarrolla el párrafo. Ahí va:

Fernando Vallejo, 2007
Alfaguara, 2012.

346 páginas. 18, 50 €.

La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la Noche de San Bartolomé; la que saqueó a Constantinopla y bañó de sangre a Jerusalén; la que exterminó a los albigensesy a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas; la estafadora de viudas, la cazadora de herencias, la vendedora de indulgencias; la que inventó a Cristoloco el rabioso y a Pedropiedra el estulto; la que promete el reino soso de los cielos y amenaza con el fuego eterno del infierno; la que amordaza la palabra y aherroja la libertad del alma; la que reprime a las demás religiones donde manda y exige libertda de culto donde no manda; la que nunca ha querido a los animales ni les ha tenido compasión; la oscurantista, la impostora, la embaucadora, la difamadora, la calumniadora, la reprimida, la represora, la mirona, la fisgona, la contumaz, la relapsa, la corrupta, la hipócrita, la parásita, la zángana; la antisemita, la esclavista, la homofóbica, la misógina; la carnívora, la carnicera, la limosnera, la tartufa, la mentirosa, la insidiosa, la traidora, la despojadora, la ladrona, la manipuladora, la depredadora, la opresora; la pérfida, la falaz, la rapaz, la felona; la aberrante, la inconsecuente, la incoherente, la absurda; la cretina, la estulta, la imbécil, la estúpida; la travestida, la mamarracha, la maricona; la autócrata, la despótica, la tiránica; la católica, la apostólica, la romana; le jesuítica, la dominica, la del Opus Dei; la concubina de Constantino, de Justiniano, de Carlomagno; la solapadora de Mussolini y de Hitler; la ramera de las rameras, la meretriz de las meretrices, la puta de Babilonia, la impune bimilenaria tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar.

lunes, 24 de octubre de 2011

La Virgen de los sicarios

Autor; Fernando Vallejo, 1994.
Editorial; Punto de Lectura, 2006.


128 páginas.
Pvp, 7, 30 €.

Vuelvo a Vallejo una vez más con este libro que es uno de los que cuentan con mejor reputación de entre los que forman una bibliografía que a menudo se tacha de repetitiva en los temas a tratar, machacona. Por mi parte he de decir que me parece un narrador muy bueno, me sigo dejando desulmbrar por su estilo, de una crudeza muy bien limada y que consigue siempre mantener su tono salvaje, aún haciendo uso de recursos que a algún que otro escritor fino se le escaparían: 

(...) Claro que lo conocí. Estaba al final de esa carretera, en el fin del mundo. Más alla no había nada, ahí el mundo empezaba a bajar, a redondearse, a dar la vuelta.

El asesinato en Colombia, los sicarios. Colombia es un país tan particularmente dañino consigo que resulta difícil que un tipo sensible y visceral como Vallejo no lo trate una y otra vez. ¿Que dicen que habla mucho sobre lo mismo? Claro, lo hace. Lo hace y además el tema no está agotado. Así que seguirá hablando sobre el asunto, ahora incluso que renegó de su nacionalidad, ahora que no alberga esperanza alguna y que vive en México y se siente mexicano, aún Vallejo escribe sobre colombia. Con muy mala leche.

Lo cierto es que es un tema, este de la violencia en ciudades como Medellín, en el que poco a poco he entrado algo más de lo que yo mismo esperaba hacer. Hace algunos años leí el libro LOS EJÉRCITOS, de Evelio Rosero -Premio Tusquets de Novela 2006-, que contaba la historia de Ismael, un jubilado que vive en primera persona el contencioso que entre miembros militares y de la guerrilla se produce hasta prácticamente arrasar la población donde vive, despejarla de humanidad.

Aún he tenido ocasión de conocer algún dato más cercano. Esto se produjo cuando hace algunos meses leí y reseñé un libro de Héctor Abad Faciolince -TRAICIONES DE LA MEMORIA-  en la que este hacía un relato autobiográfico sobre la búsqueda de un autor para el poema que encontrara en el bolsillo de su padre muerto -asesinado- en Medellín. Bien sorprendido me quedé cuando un día recibí un mensaje de Harold Alvarado Tenorio dando su versión de una parte importante de los hechos que se narran en aquel libro. Según Hector Abad el poema que aparece en el bolsillo de su padre es un inédito de Borges, ni más ni menos. Alvarado Tenorio afirma que el poema es, en realidad, suyo, posibilidad que descartara Faciolince, tal y como confiesa en su libro.

Por rizar el rizo y teniendo en cuenta que la finalidad de estos párrafos es hacer un breve retrato sobre cierta realidad colombiana diré que el escritor Harold Alvarado Tenorio me ha enviado textos y archivos que tratan gran variedad de temas, uno de los cuales advertía de la puesta en venta de la mayor parte de su biblioteca personal pues se veía obligado, amenazado de muerte y, de hecho, temiendo por su vida, a cambiar de vivienda. En fin, entre los textos que a menudo recibimos de Alvarado Tenorio abundan las denuncias políticas y literarias. Un buen lugar donde encontrarle es en su revista Arquitrave, que La Tienda De Lope tiene enlazada en la parte alta de su columna de la derecha.

Fernando Vallejo decide tratar el tema con ironía y ya en las primeras páginas, mientras recuerda la ciudad de Sabaneta, el protagonista adquiere los servicios de un sicario: Alexis. Un sicario colombiano, claro. Y digo esto porque los sicarios colombianos están muy lejos de aquellos otros que uno ve en las películas de cine negro americano. Aquí se trata de chavales menores de edad en quienes nada parecido al escrúpulo parece haberse desarrollado en su personalidad inmadura, manipulable. El estilo lapidario de Vallejo, que uno siente que le habla desde arriba en lo alto, se presta francamente bien a escenas o pasajes impresionantes como este del tiroteo que transcribo:

El televisor de Alexis me acabó de echar a la calle. Alexis, por lo visto, no requería de mi presencia. Yo sí de la de él, en ausencia de Dios. Vagando por Medellín, por sus calles, en el limbo de mi vacío por este infierno, buscando entre almas en pena iglesias abiertas, me metí en un tiroteo. Iba por la estrecha calle de Junín rumbo a la catedral, llegando al parque, viendo, sin querer, entre la multitud ofuscada una señora de culo plano que iba adelante, cuando ¡pum!, que se enciende la balacera: dos bandas se agarraron a bala. Balas iban y venían, parabrisas explotaban y caían transeúntes como bolos en la barahúnda endemoniada. "¡Al suelo! ¡Al suelo!" gritaban. ¿Al suelo quién? ¿Yo? ¡Jamás! Mi dignidad me lo impide. Y seguí por entre las balas que zumbaban en los oídos como cuchillas de afeitar. Y yo pensando en el viejo verso ¿de quién? " Oh muerte ven callada en la saeta". Pasé ileso, sano y salvo, y seguí sin mirar atrás porque la curiosidad es vicio de granujas.

También en esta obra volvemos a saber de su concepción del mundo, de la vida. Y esta vez me vino a la cabeza, no sé por qué, la escena en la que el joven protagonista de CRIMEN Y CASTIGO, Raskolnikov, asesina a la vieja señora usurera, Aliona. Recuerdo (esto habría de recordarlo el librero, pero tomo por él la palabra) a un amigo de facultad que se mostraba encantado con esa escena, pues decía que le proporcionaba alivio que el protagonista matara a la usurera de forma tan violenta, con un hacha. Estas cosas se pueden confesar: a mi también me pasó. Dostoievski castiga al asesino, por supuesto, pero dada la profundidad psicológica de la historia a uno no se le puede escapar que también buscó en el lector la comprensión de los hechos, y tranquilamente se puede decir que jugueteó con la posibilidad de justificarlos. Utilizo referencias que no son identificativas, ahora trato de llegar a este pasaje de Vallejo:

No, si esta vida no es cualquier canto de pajaritos, yo siempre he dicho y aquí repito, y que el crimen no es apagarla, es encenderla: hacer que resulte, donde no lo había, el dolor.

Y continúa recorriendo este camino de ironía que concreta en el asesinato de personas por el mero hecho de existir, de ser despreciados por el protagonista. Alexis se encarga de los ajusticiamientos, al principio no requeridos por el narrador pero enseguida aceptados. De esta manera aún se desarrolla su discurso misántropo (los obreros reporduciéndose, la parca idealizada y un final macabro de cadáveres y necropsias) que terminará con la muerte de cerca, la falta total de esperanza:

Pobres seres inocentes, sacados sin motivo de la nada y lanzados en el vértigo del tiempo. Por unos necios, enloquecidos instantes nada más... Bueno parcero, aquí nos separamos, hasta aquí me acompaña usted. Muchas gracias por su compañía y tome usted, por su lado, su camino que yo me sigo en cualquiera de estos buses para donde vaya, para donde sea.

Supongo que se dan cuenta del tono melancólico del texto. Pues bien, ya lo he dicho en alguna otra reseña sobre el autor: a mi me resulta emotivo. En fin, hasta aquí Vallejo de momento, narrador, cineasta y, por cierto, biólogo. Sé de una obra suya llamada LA TAUTOLOGÍA DARWINISTA que se trata, seguramente, de la próxima lectura que de él se haga por aquí. Me gustará si es que de verdad critica la tan asentada Teoría de la Evolución de las Especies que, como se sabrá (no me digan que no), hace más aguas que una barcaza con agujeros.


jueves, 8 de septiembre de 2011

El desbarrancadero.

Autor, Fernando Vallejo, 2001.
Editorial, Alfaguara, 2007
200 páginas.
Pvp, 13, 80 €.

Por lo pronto Dios no existe, este Papa es un cerdo y Colombia un matadero y aquí voy rodando a oscuras y montado en la tierra estúpida. Ay abuela, si vivieras, si tus ojos verdes desvaídos volvieran a alumbrarme el alma... Y trataba de dormirme contando muertos. ¿La abuela? Muerta. ¿El abuelo? Muerto. ¿Mi tía abuela Elenita? Muerta. ¿Mi tío Iván? Muerto. ¿Mi primo Mario? Muerto. ¿Mi hermano Silvio? Muerto. ¿Y yo? ¿Muerto? Muertos y más muertos y más muertos y en la calle Colombia suelta matando más. ¡Qué bueno! ¡Ánimo, país verraco, que aquí no hacen falta escuelas, universidades, hospitales, carreteras, puentes! Aquí lo que sobra es hijueputas. Hay que empezar a fumigar. ¿Cómo se pueden llamar, musicalmente hablando, las ráfagas de una metralleta? ¿Trino? ¿O trémolo? Hermanos cerdos, cochinitos, marranitos: perdón por mi comparación con la alimaña vaticana, pero es que me giró muy rápido el globo terráqueo y se me abrió la cabeza. No ha parido la puta Tierra en cinco mil millones de años que lleva girando a ciegas mayor engendro que ése. 

Fernando Vallejo, natural de Colombia pero mexicano, es un narrador fino, como se puede comprobar.También enérgico, diría que poderoso. Cuando uno lee a Vallejo tiene la sensación de ir de paquete en una moto que se lanza contra el mundo, desprotegido y sin miedo, más allá del bien y del mal.

Más allá del bien y del mal. He aquí una de las cuestiones más importantes y difíciles en lo que llevo leído de Vallejo -este es el tercer libro-. No hay manera de ponerse en el lugar de Fernando Vallejo porque él niega la mayor: la del homo sapiens sapiens es una raza perversa que mejor hubiera sido que no existiera, compuesta por individuos despreciables. Su discurso misántropo es necesario pues, como lo es su misoginia. Su racismo es universal porque odia a todas las razas: negros, amarillos y blancos y (esto es de mi cosecha) como la gente se ofende por comparación lo natural es que nadie se sienta ofendido leyendo esta obra. Ni las otras suyas.

Fernando Vallejo narra en primera persona y esto le caracteriza. En esta obra que me resisto a llamar novela vuelve a Colombia para ver a su muy enfermo hermano Darío, que acabaría sucumbiendo al sida, como estaba previsto: "(...) se estaba muriendo desde hacía meses de diarrea, una diarrea imparable que ni Dios Padre con toda su omnipotencia y probada bondad con los humanos podía detener". Y esta, la muerte de su hermano, es la narración principal de este libro lleno de muertes y de rabia e improperios contra la humanidad, contra la religión católica y, sobre todo, su iglesia, sus papas, contra el humanismo inútil de los médicos y contra Dios: si existe como si no, por lo uno o por lo otro. Dios es siempre culpable máximo.

La prosa de Vallejo atrapa con fuerza, gracias a su agilidad pero también por su expresión descarnada, en su inteligencia y en su pataleta. A partir de la enfermedad y muerte de su hermano Darío hace un repaso, un ejercicio melancólico que de continuo choca con la forma -brutal- en que es llevado a cabo, "salvando a la desesperada una mísera trama de recuerdos". Fernando Vallejo fue el primogénito de una familia de veintitrés hermanos en la que las relaciones se deterioraron necesariamente, hasta mal coexistir primero e ignorarse unos a otros desde que La Loca -así llama a su madre- se desmadrara en la procreación de engendros Rendón: apellido bandera. Repasa lo más cercano de su árbol genealógico con un desprecio tal que apenas salva a su abuela, su padre y a alguno de sus hermanos.Y en todo momento, sin embargo, es capaz de hacer llegar al lector toda la emotividad de un hombre que está muy lejos de ser insensible. Todo lo contrario. El efecto es pronunciado, la ternura de la relación de los dos hermanos que centran el relato en medio de toda la miseria narrada, la foto de la portada de la edición de Alfaguara, de la que el propio autor habla, la sinceridad salvaje con la que describe... componen un libro emocionante.

Es curioso que uno de los pasajes que más me han gustado sea aquel en el que el autor decide narrar en tercera persona, narrarse, algo que es excepción a la forma habitual pero que me ha maravillado, que voy a transcribir en parte, y que empieza justo en el párrafo que sigue al que encabeza esta entrada:

Amaneció y por las polvosas persianas pasó al cuarto el sol estúpido. Me levanté, me puse los pantalones y la camisa y me dirigí al baño a orinar. Al entrar al baño me vi por inadvertencia en el espejo, que jamás miro porque los espejos son las puertas de entrada a los infiernos. era un pobre espejo deslucido, sin marco, como de hotel de putas, pegado en la pared sobre el lavamanos, y tenía rajado el ángulo superior derecho. Entonces lo vi, naufragando hasta el gorro en su miseria y su mentira en el fondo del espejo: vi un viejo de piel arrugada, de cejas tupidas y apagados ojos.

- ¡Quién sos, gran hijueputa! -le increpé-. ¿De dónde te conozco?
Por las cejas lo reconocí.

(...)

Acabada la misa el viejo hijueputa volvió a subir la escalera, entró al cuarto, pasó al baño, y de la repisa del baño tomó el Eutanal. ¿Y saben qué hizo? Con algodón que empapó en alcohol desinfectó el tapón de caucho del frasco. ¡Como si el Eutanal fuera un remedio! ¡Y como si los muertos se pudieran infectar!
-¡Pendejo! -se dijo-. ¿Qué estás haciendo?
El viejo pendejo ya ni sabía qué estaba haciendo. Entonces, por inadvertencia otra vez, volvió a verse en el espejo, y vi sus ojos cansados mirándome con un cansancio infinito.

Como habitualmente me niego a recoger información sobre los autores antes de leerlos a veces me toca especular sobre ellos. Me surgieron preguntas interesantes a partir de la lectura de las dos páginas y pico que el paréntesis con puntos suspensivos suma al texto que puede leerse justo arriba. He pensado sobre la identidad real del narrador y no he encontrado respuesta. Creo que coincide con el autor en un grado muy alto, pero no estoy seguro de cuánto. Me resulta muy llamativo que en un momento dado al Vallejo le de por mirarse al espejo, por verse desde afuera, justo en los pasajes en que se dispone a ayudar a su padre a morir. Además, ni que decir tiene que literariamente el libro se enriquece con giros como este, y alguno que otro más que hacen de la narración y su lectura algo recreativo. Quiero decir con esto que aunque tengo dudas sobre si debe o no llamarse novela a este libro literariamente es tan rico como original. Mucho me equivoco si este Vallejo no va a ser uno de mis autores preferidos porque cada vez que agarro uno de sus libros ya no me puedo soltar:  

(...) Sicario es el que mata por cuenta ajena, por encargo. ¿Es que no me puede matar algún cristiano motu proprio, de su libre y soberana voluntad? ¡Pero claro! Lo que pasa es que en la inmensa confusión de las cosas que se había apoderado de ese país adorable habíamos acabado por llamar sicario a cualquier asesino. Cuestión de semántica. Ya no distinguíamos al que fue contratado del que no. ¡Como todos se nos iban impunes! El caos produce más caos. Y me ponen, señores físicos, esta ley como ley suprema, por encoma de las de la cración del mundo y la termodinámica, porque todas, humildemente, provienen de ella. El orden es un espejismo del caos. Y no hay forma de no nacer, de impedir la vida, que puesto que se dio es tan irremediable como la muerte. Punto y basta. Dixit.


Así que hay un propuesta filosófica, una imagen del mundo que es tan sencilla como clara y contundente: "Esta tarde en el balcón, mirando en el vacío, vi ponerse el sol estúpido por entre las montañas, y salir de entre las montañas la estúpida luna. En la oscuridad, de súbito, al unísono, se encendieron tras la luna los infinitos focos de los infinitos barrios de la ciudad, y sumando a su luz la luz de ella, en la vasta bóveda negra me iluminaron la Muerte (...)

Ah sí, decía que no podía aceptar que papi se muriera antes que yo porque no tenía cómo cargar con su recuerdo. ¿Dónde quería que lo metiera en el desván atestado de los trastos viejos? Para meterlo a él tendría que sacar primero, por lo bajito, cuatro muertos. Además padre que muere antes que el hijo muere impune. Ha de morir después de él para que sufra y lo entierre, para que pague, aunque sea en mínima parte, el delito sin nombre que cometió.

jueves, 3 de junio de 2010

EL DON DE LA VIDA

Fernando Vallejo, 2010.
Alfaguara.
165 páginas. 17 €.


Es Fernando Vallejo un autor al que no puedo decir que conozca. Me topé con él de pura casualidad: le presté atención gracias a la contraportada, que he publicado justo en la entrada anterior, en los Rincones. Hace ya algunas semanas que lo leí, pero me he ido enredando en otras lecturas y no encontraba el hueco para hacer la reseña. Además es autor éste que me tiene algo despistado y me empeñé en leer algo más de él antes de sentarme a escribir. Pedí al librero LA PUTA DE BABILONIA y LA VIRGEN DE LOS SICARIOS, por empezar por algún sitio. Comencé enseguida con la lectura del primero y tuve que esperar mucho tiempo al segundo. Aún espero, impaciente y sin decir ni pío. El señor está que no hay quien lo tosa.

No sé si es pertinente mi preocupación pero es preocupación que tengo. Una de las razones de ponerme con la lectura de La Puta de Babilonia es que es esta obra ensayo o de divulgación, lo cual entiendo que obliga al autor del texto a presentarse como tal, sin alter ego ni personaje ficticio posibles. Creo que me voy aclarando mientras escribo, lo que no tengo nada claro es si alguien va a sacar algo en limpio de esta reseña: que el escritor-personaje-autor de EL DON DE LA VIDA es muy interesante, entre otras cosas, porque se empeña muchas veces en parecer un miserable. Y quiero saber qué hay de Fernando Vallejo en ello.

Tengo un montón de notas ocupando el blanco de pliegos inservibles. Y menos mal, porque si tuviera que hacer la reseña de memoria acabaría inventando más de la cuenta. Un poquito se perdona, digo.

Lo primero que se me ocurre inventar (en el sentido de proponer) es a Borges hablando consigo, sentado en un banco. Se me ocurre en cuanto que viene a hacer lo mismo Vallejo aquí, en esta novela, de un parque de Medellín, creo. Como ocurriera en un lugar que no recuerdo en el relato de Borges, el primero de su LIBRO DE ARENA: El anciano escritor, universalmente conocido, da con una joven e insegura versión de si, con la que habla y a la que trata de aconsejar, según recuerdo. El personaje que es alter ego del Vallejo habla, del mismo modo, consigo, aunque habla con otros. De hecho la fila de personajes famosos que van pasando a formar parte de alguno de los filosóficos diálogos de este autor colombiano es larga.

Conozco unos cuantos diálogos platónicos. No conozco un libro que tengo por ahí titulado DIÁLOGOS CON MUERTOS, VIVOS y no sé qué más, del Magnus Ezensberger (o algo así), pero a este también me suena. Vallejo suena a muchos pero es, desde luego, único.

Para empezar, una aparente contradicción. La del título. ¿Que por qué? Porque el don de la vida es una gran desgracia en Vallejo. Qué es el don de la vida. Yo no tengo ni idea, pero me parece que según Vallejo la vida es una putada que a Dios se le ocurrió. Y, sin embargo, la muerte es estado natural, la forma de ser de las cosas. La vida una ilusión, una chispa, un pequeño accidente que ya casi ni es. (No sé yo si estoy hablando por Vallejo o por mi). En cualquier caso me da que el título más que una contradicción es una ironía: ¿El don de la vida? Qué don ni qué puñetas, oiga, váyase usted por ahí.

La imagen que acude a la mente del lector es la de dos ancianos que conversan y que son el mismo o personas diametralmente opuestas. La imagen que acude en segunda instancia es la del maestro, el narrador, hablando consigo, quien se figura él que sea necesario según el tema a tratar. Reflexionando en alto. Los loros y el reloj de la catedral como referencias de un contenido familiar, el de los colombianos que por allí viven, que pasean mientras son observados. De un mundo presente, eternamente presente, lleno de violencia y de un sexo aún apetecible para quien ya nada más interesante espera de la vida, que es una mierda.

Es curioso el concepto de tiempo en Vallejo, estático, como presente eterno y que tan sólo se mueve internamente, como una rueda que gira pero no avanza. No es que resulte difícil de entender es sólo que resulta algo claustrofóbico. Me da miedo. Pasa, además, que el hecho de que el tiempo sea sólo presente implica la inexistencia del porvenir y, por supuesto, la falsedad de la historia. Como se da la circunstancia de que Fernando Vallejo es un ilustrado en el tema (y de ello da sabradas muestras) me parece que aquí sí cae en irremediable contradicción... a no ser que... ¿son Fernando Vallejo y el maestro sentado en el banco la misma persona? No sabría decir.

Este personaje que dice muchas verdades (cada vez que estoy de acuerdo con él), que filosofa, que falta constantemente a todo el mundo (entiéndase la generalización), al que le atraen sexualmente los jovencitos menores, resulta desconcertante sobre todo cuando, en pasajes sueltos, el lector se puede identificar con él porque, en muchos otros, a uno le gustaría mantenerse alejado. Se define así: "a mi me engendró la ociosidad, me parió la demencia y me amamantó el delirio". Así que uno puede llegar a sentirse preocupado cuando se nota satisfecho leyéndolo, suscribiendo lo que dice.

Fernando Vallejo es, además, divertidísimo. Habla el maestro mucho con el Papa (lo hace con otros personajes famosos: presidentes y estas cosas) y de verdad que es hilarante. En general no deja títere con cabeza, y mezcla en sus discursos razonamientos luminosos con un lenguaje soez e inteligente, fino en su gordura. Es impactante y adictivo. Abunda la crítica social que deriva en insultos directos y piruetas socarronas que hacen destellar un español, desgraciadamente exótico para mi, brillante y con muy mala leche.

El otro, el compadre que no lo acompaña, rebate a menudo su discurso y lo tranquiliza, porque este maestro se altera con la palabra. A veces le da la razón o le hace propuestas que ratifiquen la toma de posición del maestro. Pero en la mayor parte del libro supone un contrapunto que logra hacer entender al lector y con claridad el contraste brutal entre el discurso que se le está haciendo llegar y el habitual: el políticamente correcto. Y conste que por políticamente correcto se puede entender, en el caso de Vallejo, buena parte de lo considerado incorrecto o alternativo. Critica como si estuviera de vuelta de todo: Colombia, México, religión, ciencia, filosofía... En el caso de Colombia parece que ya le hubiera dado todas las oportunidades posibles. Puede parecer pretencioso pero el lector ha de recordar que quien habla es un señor mayor, un maestro, ya más bien cansado que, digámoslo de una vez, espera a la muerte.

Tiene el maestro una lista de lo más funesto (o cenizo) que se le pueda ocurrir a uno: ha ido apuntando a todos los muertos que conociera en vida. Como se entenderá la lista es larguísima y comprende algunos de los personajes (políticos, religiosos, científicos) con los que parla en el parque. Además, no deja de crecer. El compadre que ¿lo acompaña? le está ayudando en la tarea, por la cual todos los temas que surgen llevan un trasfondo mortífero que ayuda mucho en la ironía (bien afinada) que caracteriza una prosa rica e interesante, mucho más seria de lo que pudiera parecer según lectura superficial. Hay escenas e imágenes que encandilan y califican a Vallejo como gran narrador. No las desvelaré porque ya vengo diciendo mucho. Hay reflexiones que despabilan y que también impresionan estéticamente (no me resisto a, por lo menos, hacerles ver a las inocentes monjitas devorando carne tras los rezos pertinentes...)

Según avanza la historia, el día, hasta que cae la tarde las tornas se han ido cambiando y el maestro, que llevaba la voz cantante, habrá de sucumbir ante la fuerza presencial del compadre, quien da los consejos y, también, las instrucciones. Cuando cae el día las preguntas que se deben responder son otras, las dudas que lo asaltan a uno parecen más importantes, trascendentales, la oscuridad, la sensanción de un final, de un todo para nada se escapa entre las páginas del libro, tras echar el cerrojo, cerrar la tapa.

sábado, 29 de mayo de 2010

primer paseo por los rincones de Olmedo




c u a t r o








- Pero dígame una cosa, maestro: ¿cuando usted dice "yo" en sus novelas es usted?
- No, es un invento mío. Como yo. Yo también me inventé.

Y aquí me tienen en estas bancas de viejos desocupados de este parque de mendigos y prostitutos hablando con el viento o con quien sea y al borde del negro abismo.



***


autor
Fernando Vallejo

(fragmento)

novela
El don de la vida, 2010