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sábado, 17 de noviembre de 2012


Nº47



Que se está a la última en esta librería es algo que sobra decir. Por eso casi siempre se habla de lo último de entre lo último. Y, así, una de las últimas incorporaciones al catálogo de La Tienda De Lope es este compendio de ensayos filosóficos cuya primera edición corresponde a 1936 en la ciudad de Buenos Aires. Adelanto el prólogo y algo del ensayo precisamente llamado Historia de la Eternidad.



Historia de la eternidad.
Borges, 1936.
Debolsillo, 2011.

178 pág. 9, 95 €.
 

PRÓLOGO.

Poco diré de la singular "historia de la eternidad" que da nombre a estas páginas. En el principio hablo de la filosofía platónica; en un trabajo que aspiraba al rigor cronológico, más razonable hubiera sido partir de los hexámetros de Parménides ("no ha sido nunca ni será, porque es"). No sé cómo pude comparar a "inmóviles piezas de museo" las formas de Platón y cómo no entendí, leyendo a Schopenhauer y al Erígena, que éstas son vivas, poderosas y orgánicas. El movimiento, ocupación de sitios distintos en instantes distintos, es inconcebible sin tiempo; asimismo lo es la inmovilidad, ocupación de un mismo lugar en distintos puntos del tiempo. ¿Cómo pude no sentir que la eternidad, anhelada con amor por tantos poetas, es un artificio espléndido que nos libra, siquiera de manera fugaz, de la intolerable opresión de lo sucesivo?

Dos artículos he agregado que complementan o rectifican el texto: La metáfora, de 1952, El tiempo circular, de 1943.
El improbable o acaso inexistente lector de Las Kenningar puede interrogar el manual Literauras germánicas medievales, que escribí con María Esther Vázquez. Quiero no omitir la mención de dos aplicadas monografías: Die Kenningar der Skalden, Lepzig, 1921, de Rudolf Meissner y Die Altenglischen Kenningar, Hale, 1938, de Herta Marquardt.
El acercamiento a Almotásim es de 1935; he leído hace poco The sacred Fount (1901), cuyo argumento general es tal vez análogo. El narrador, en la delicada novela de James, indaga si en B influyen A o C; en El acercamiento a Almotásim, presiente o adivina a través de B la remotísima existencia de Z, a quien B no conoce.
El mérito o la culpa de la resurrección de estas páginas no tocará por cierto a mi Karma, sino al de mi generoso y tenaz amigo José Edmundo Clemente.


HISTORIA DE LA ETERNIDAD.

En aquel pasaje de las Enéadas que quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, se afirma que es indispensable conocer previamente la eternidad, que -según todos saben- es el modelo y arquetipo de aquél. Esa advertencia liminar, tanto más grave si la creemos sincera, parece aniquilar toda esperanza de entendernos con el hombre que la escribió. El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica; la eternidad, un juego o una fatigada esperanza. Leemos en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad; y ello es apenas un acorde que a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es una imagen hecha con sustancia de tiempo. Esa imagen, esa burda palabra enriquecida por los desacuerdos humanos, es lo que me propongo historiar.

Invirtiendo el método de Plotino (única manera de aprovecharlo) empezaré por recordar las oscuridades inherentes al tiempo: misterio metafísico, natural, que debe preceder a la eternidad, que es hija de los hombres. Una de esas oscuridades, no la más ardua pero no la menos hermosa, es la que nos impide precisar la dirección del tiempo. Que fluye del pasado hacia el porvenir es la creencia común, pero no es más ilógica la contraria, la fijada en verso español por Miguel Unamuno:

Nocturno el río de las horas fluye
desde su manantial que es el mañana
eterno... 

viernes, 15 de abril de 2011

EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE.

Título, El hacedor (de Borges), Remake.
Autor, Agustín Fernández Mallo.
Editorial, Alfagura, 2011.

178 páginas.
Pvp, 18, 50 €.

Vaya por delante que reseño un libro que ni he leído ni intención que tengo de hacerlo: setenta páginas han sido castigo suficiente. No he podido con ello, yo no sufro leyendo, no estoy dispuesto: o disfruto o a freír espárragos. No sé, quizá lea la versión original por tercera vez, para quitarme el mal gusto. Cuánto daño hizo Warhol, y cuánto warholito de pacotilla desde entonces, y cuánto popito diciendo que vale todo y qué de acuerdo que estoy: todo vale, vale lo bueno y vale lo malo, cada uno ocupando su espacio en mi sesera. El Remake de Mallo es un mal libro, casi diría que peor que el título. NOCILLA EXPERIENCE y NOCILLA LAB me parecieron, sin embargo, buenos libros a pesar de sus títulos, pero está claro: todos valen, incluso este de hoy que a nadie recomiendo.

Borges ofrece al lector la posibilidad de una visita guiada por sus preocupaciones literarias y filosóficas y, por supuesto, despliega para ello su capacidad estética, propone profundizar en preocupaciones que el humano (el ser racional) tiene de hecho, con las que vive y que ha de sobrellevar. Lo hace con originalidad, con esa capacidad de iniciar, desarrollar y resolver pequeñas tramas que giran alrededor de un aforismo, de una paradoja o una historia de cuchillos, y uno se pasea por países, por reinos, por personajes...  y se maravilla... porque Borges habla sobre preocupaciones originarias, auténticas, y lo hace con una narrativa que , esta sí, apabulla. Que, de alguna manera, Fernández Mallo ha recuperado este título es justo decirlo.

Pero Agustín Fernández Mallo quiere que nos preocupemos por cosas que no son importantes. Digo yo que son ganas de tocar las narices. El problema de Mallo ha sido para mi que se empeñara en la divulgación de conocimientos que  no me interesan y, bueno, un par de ellos me han parecido curiosos, pero a la tercera que me he dicho que y qué pues ya he empezado a mirar de reojo las lecturas pendientes: es que ando enredado con la Pizarnik, con Parra y con Matute, y quiero empezar con Fogwill: y, mientras, mirando fotos que el Mallo ha hecho del Google Maps. Que no se me venga con la velocidad de los electrones por los cables de no sé qué colores:  eso, literiariamente, no hay quien se lo coma... a quién le importa,  no se puede contar un cuento de electrones porque uno sea físico: eso es injusto para todos, incluido el autor...Ya me está entrando otra vez el mal humor, y eso que fue ayer cuando abandoné la lectura, tan agustito que estaba al sol, como las lagartijas, y el libro entre las manos escociendo... y el estómago escociendo, y escociendo el Mallo, Alfaguara y todo el grupo Santillana escociéndome... Tomé la antología de Nicanor Parra y, finalmente, se me arregló la tarde y pude esquivar la úlcera.

Mallo vuelve en esta obra a tomar palabras prestadas a tutiplé, descuida bastante el estilo (leer algo que está bien escrito también divierte, hombre) y, en general, se pega el capricho de variar una obra de Borges que es, de por sí, especial y, además, da la impresión de que no entiende al argentino y, desde luego, estoy seguro de que no lo entiende como yo. Me comentaba hace unos días un amigo bloguero que Borges era efectista, haciendo referencia a su capacidad de sorprender. Y yo le decía que creía que tenía razón pero que, además, Borges es otras cosas. Pues bien, por remachar, diré que Mallo se ha quedado sólo en un intento de efectismo. Digo que fallido. Y del resto del argentino nada, salvo sus respetos. Vayan también los míos.

Un par de piezas más de EL HACEDOR, el original, y me piro. Por cierto, no sé si saben que no hay edición en el mercado de nuevos, por eso decía que la labor de Mallo es que quizá gracias a su libro algún editor vuelva a interesarse por el original:



AJEDREZ

I

EN SU GRAVE rincón, los jugadores
Rigen las lentas piezas. El tablero 
los demora hasta el alba en su severo
Ámbito en que se odian los colores.

Adentro irradian mágicos rigores
Las formas: torre homérica, ligero
Caballo, armada reina, rey postrero, 
Oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores e hayan ido, 
Cuando el tiempo los haya consumido, 
Ciertamente no habrá ceesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
Cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.


II

TENUE REY, SESGO alfil, encarnizada
Reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y blanco del camino
Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
Del jugador gobierna su destino, 
No saben que un rigor adamantino
Sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(La sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y este la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonías?


Ahí queda eso.


lunes, 11 de abril de 2011

Apuntes. La cara de Borges.

Hace algunos días que me interesé por el último título de Agustín Fernández Mallo: EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE. El título es, para no variar el Mallo, bastante chorra (qué vocabulario, madre) pero, aún así, me dije que lo leería, que estaba dispuesto a aventurarme. Y como no conocía el original pues por ello empecé. Lo terminé ayer. Se trata de una especie de cuaderno de todo (no recuerdo qué autora española escribió un libro con este título, puede que Martín Gaite) que no me ha gustado todo el tiempo pero en el que, como siempre, me he encontrado con piezas de esas que le dejan a uno boquiabierto, normalmente cuando Jorge Luis Borges auna reflexión y belleza originales y pulcras en un texto que resulta irresistible, por sencillo y directo. Porque el argentino no es siempre complejo, aunque sí profundo. Pondré algún ejemplo en días venideros. Lo he leído como hay que leerlo: tranquilamente, releyendo cuando me apetecía, pasando por alto cuando no me agarraba, de corrido algunos tramos como si se tratase de una novela... en fin, a mi aire... y pensando mientras en qué se le habría ocurrido hacer al del Remake. Ahora pienso que, antes de nada, voy a volver a leer la versión original, porque cuando terminaba me he pegado en la frente con esto:

EPÍLOGO

QUIERA DIOS QUE la monotonía esencial de esta miscelánea (que el tiempo ha compilado, no yo, y que admite piezas pretéritas que no me he atrevido a enmendar, porque las escribí con otro concepto de la literatura) sea menos evidente que la diversidad geográfica o histórica de los temas. De cuantos libros he entregado a la imprenta, ninguno, creo, es tan personal como esta colecticia y desordenada silva de varia lección, precisamente porque abunda en reflejos y en interpolaciones. Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra.

Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

J.L.B
Buenos Aires, 31 de octubre de 1960.

domingo, 14 de febrero de 2010

_____RINCONES XII_____


__

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.

No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino

como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña

de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.


__________________________

Laberinto.
Jorge Luis Borges.

ELOGIO DE LA SOMBRA

jueves, 11 de febrero de 2010

JORGE LUIS BORGES.


Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires, un veinticuatro de agosto de mil ochocientos noventa y nueve. De abuela materna inglesa en casa le llamaban Georgie y fue bilingüe desde pequeño. Además, su acercamiento a la literatura anglosajona fue decidido y la influencia en él de escritores como Lewis Carroll reconocida y, en lo que a mi respecta, ilusionante. Daría los dos brazos por escribir ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS y sé que no me arrepentiría de tal barbaridad: ¿he comentado alguna vez que carezco de miembros?

No creo que Borges hubiera dado su vistaa por nada del mundo, pero la ceguera acudió a él de forma necesaria, por culpa de una enfermedad hereditaria que su padre sufrió en primer término y por la cual viajaron en el segundo decenio del siglo a Europa, a Ginebra, en busca de la curación del cabeza de familia. El prometedor escritor (a los diez años había traducido EL PRÍNCIPE FELIZ, de Oscar Wilde) hubo de pasar en el viejo contienente una larga temporada porque La Gran Guerra dejó atrapada a la familia. Como consecuencia el argentino vivió una época en España, donde conoció a Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Gómez de la Serna y Gerardo Diego, entre otros, digo yo.

Borges fue un escritor erudito, siempre defendió sus lecturas por encima de una obra original como pocas y, según entiendo, menos difícil de lo que a menudo se piensa. En 1921 está de vuelta en Argentina, comienza a colaborar con otros escritores, a hacer funcionar varias publicaciones literarias, entre ellas PRISMA. Empieza también a publicar su obra: ensayos y primeros poemarios (FERVOR DE BUENOS AIRES, 1923), apoyados por sus vastas lecturas, universales. Y en la década de 1930 empieza a perder la visión. Conoce a Bioy Casares, con el que publica en 1935 la ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA FANTÁSTICA, a la que habrá que hincar el diente, por supuesto. La pareja se entiende y juntos llevan a cabo varias publicaciones más.

Con el tiempo la ceguera se agudiza hasta el punto de que la parte más importante de su obra, la más trascendente, está escrita desde la oscuridad. No he leído nada por ahí al respecto, pero he realizado el esfuerzo de pensar ello: creo que debe ser una influencia tremenda, el de un deficit que, sin embargo, bien podría haber aprovechado el argentino a la hora de inventar aquellos fantásticos mundos, muchas veces incomprensibles.

Trabajó en la Biblioteca Nacional, de la que fue despedido con el peronismo, a la que volvió con la Junta Militar de 1976 que, para él, debio ser, sobre todo, gratificante ausencia de peronismo, y nunca recibió el Nobel de Literatura por no condenar de forma explícita la dictadura. Fue director de la Biblioteca Nacional y, sobre todo y a partir de mediados de los años treinta, había sido ya uno de los mejores escritores del siglo XX: HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA (1935), FICCIONES (1944), EL ALEPH (1949), EL HACEDOR (1960), EL LIBRO DE ARENA (1975), EL INFORME DE BRODIE (1979)... son algunas de sus magníficas obras. En 1979 recibió el CERVANTES, junto a Gerardo Diego.

Leí un artículo de Tabucchi en el que destacaba (con humor e inteligencia) aquel rumor que saliera publicado en prensa y según el cual Borges no había existido nunca, sino que era creación del círculo de amigos de Casares (pueden pinchar en la foto para buscar dicho artículo). De esta manera el señor al que todos conocemos como Borges sería tan sólo un actor que se había involucrado tanto en su papel que parecía absolutamente real. Y si no parecía absolutamente real parecía, por lo menos, real. Tratándose de Borges igualmente cautivador me resulta que fuera un escritor real que pareciera de mentira, la verdad. Murió en 1986, en Ginebra, tres años después de la fecha en la que, según vaticinó, moriría suicidado. Parece ser que nadie lo quiso suicidar.

domingo, 7 de febrero de 2010

Y EL ALEPH VI

JAGUAR, de Manolo Salmerón.


Hasta aquí lo que se daba. Cuando esté seguro de haber terminado, cuando esta obra forme parte de la selección (pobre, pero qué pobre) de libros del blog me tomaré la molestia de leer introducciones y puede que, incluso, análisis de esta colección inmensa, diría que infinita, de relatos. Se trata, por lo que a mi respecta, de incentivar su lectura, así que no siento mucha responsabilidad a la hora de teclear: digo lo que me da la gana.

En los cuentos de EL ALEPH está, por ir concluyendo, la razón principal de la literatura. Se trata de un porque sí constante. En ellos se nos aparece la vastedad de las letras, su capacidad de hacernos ser lectores u oyentes boquiabiertos, quizá alrededor de una hoguera en la noche: historias de reyes y de viajes, de traiciones y laberintos. Llama la atención la presencia del mundo musulmán, que nos transporta una y otra vez a LAS MIL Y UNA NOCHES. Pero la lista de autores y obras es larga. EL ALEPH no son sólo historias contadas alrededor de una hoguera, es, además, homenaje a todas ellas, a los cuentos que han formado nuestro imaginario, a las mitologías clásicas: a nuestra conciencia occidental.

Según la opinión general es el último de los relatos, el que da nombre a la obra completa, el más destacable, ha sido siempre el más destacado, la gran obra maestra. No es el que más me ha gustado y, sin embargo, me ha gustado tanto que, como algunos otros, lo he releído una y otra vez. Quiero dar idea con esto que digo de lo que este libro me ha hecho disfrutar. Si tuviera que ponerle un pero añadiría, tan sólo, que no me ha ayudado en nada en mis pretensiones existencialistas: sigo sin saber qué coño soy ni qué he venido a hacer a este mundo, y aunque de esto no puede tener la culpa el argentino confieso que le guardo cierto rencor.

En fin, Borges es un escritor y también un personaje. Esto es algo que se puede ver con más claridad, por ejemplo, en EL LIBRO DE ARENA, en el cual (según recuerdo) todos los relatos están protagonizados por él mismo, pero él no es siempre el mismo. De manera que se produce una confusión que enriquece aún más la perspectiva desde la que se nos cuenta: unas veces es el Borges escritor que ¿conocemos?, otras un Borges totalmente desconocido, a veces se trata de un editor que hace las anotaciones al texto... Añadiré en unos pocos días unas breves notas biográficas para cerrar el tema y ganas me están dando de inventarme al tipo. Y si no le gusta pues que no hubiera empezado. No te jode...







Edición recomendada:


EL ALEPH, 1949.
Jorge Luis Borges.

Alianza editorial, 2003.
Colección de bolsillo.
208 páginas. Pvp. 8 €.


sábado, 30 de enero de 2010

EL ALEPH V

Juegos de la memoria, de Silvina Socolovsky.

Es que me resulta cautivador el juego que Borges se trae con sus personajes. Un viajero que da con la inmortalidad, que tropieza con ella y ha de asumirla, se encuentra con una agotado Homero, un hombre que ni siquiera recuerda que escribiera la ILIADA o LA ODISEA. No es extraño que cosas así puedan pasar, y uno puede llegar a confundirse con las vidas de otros y creer que es el propio Homero, o puede pensar que creerse el propio Homero es una consecuencia lógica de su larga vida y que, al fin y al cabo, no se tiene mal recuerdo de uno si se piensa como otro. Son cosas que, de verdad, pueden ser. La memoria actúa como personalidad, pero la memoria es literatura: a veces pura invención.

Los protagonistas que mueren pueden aparecer en otros relatos o en el mismo siendo el propio asesino, o ajustando cuentas pendientes, o siendo homenajeados por un nuevo personaje, alguien que decide hacerle justicia en contextos diferentes. Las polémicas que se mantienen con los contrarios pueden ser contrarias a uno mismo, y las victorias fracasos. Vidas paralelas que se cruzan o traiciones que son, en realidad, decisiones de iluminado: así quien se decide en la batalla a cambiar de bando está tan sólo aceptando un conocimiento que no poseía, actuando en consecuencia. Por supuesto, el narrador puede ser el propio Borges, aunque siendo Borges no sepa muy bien quién es.

La posibilidad de los hechos está en las palabras. Las palabras quedan como un poso o una huella única a la que recurrir, a partir de la cual reconstruir. Con ellas, con la literatura, con los cuentos, con las narraciones se construyen las imágenes, los artificios necesarios que son vida real, que forman parte de nuestra historia y que, a veces, absolutas, hay que desvelar porque se escondan en forma de escritura mágica o divina, o en la imagen que es una moneda, o en el rayado de la piel de un felino. La verdad puede estar a la vista de cualquiera, y el espacio y el tiempo pueden ser un tesoro por descubrir. Descubrirlo es, quizá, saber demasiado.

sábado, 23 de enero de 2010

EL ALEPH IV

Bien. La muerte está presente. En muchos de los relatos de EL ALEPH. Sobre todo en la mayoría de los primeros. Es capital en el que abre el libro, una de los mejores: EL INMORTAL, en el que su protagonista, Cartaphilus, deja al lector un manuscrito en el que cuenta sus aventuras en busca de la misteriosa Ciudad de los Inmortales, y en el que cuenta su propia experiencia como inmortal. Borges nos presenta la muerte como salvación, y así podremos verla en otras ocasiones.

La inmortalidad es una condena. Baste en este sentido el caso del hombre que, tras caer en desgracia y protegido por su condición de imperecedero, pasó setenta años de padecimiento, oculto después de una desafortunada caída por un desfiladero, atormentado por la sed hasta que pudo ser rescatado. Véase el ejemplo de Asterión, el minotauro, que en el relato borgiano (LA CASA DE ASTERIÓN) se entrega a Teseo para que este le salve también, igual que él hacía cada nueve años, cuando "entran en casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal".
Esta es la lección principal que he recibido de la lectura de EL ALEPH. Los inmortales somos seres trágicos desde el momento en que somos conscientes de nuestra condición. Por eso Cartaphilus acaba persiguiendo un río que le devuelva la mortalidad, que le devuelva el sentido, que aparte de sí el desdén, la desidia que hace que los vivos por siempre "lo sean todo y no sean nada". En lo que mi respecta confieso no estar del todo convencido de mi inmortalidad, aunque tengo la llave. La llave tiene forma de librero muerto. Paradoja.

En el relato EL MUERTO el personaje Benjamín Otálora se nos presenta en forma de crónica (no tan sofisticada como la de García Márquez) de unos días en los que la ambición del protagonista lo llevan al fatal desenlace. Pero aquí la muerte sólo puedo verla como fatalidad y, en cualquier caso, aparece en muchas de las historias que componen este volumen clásico. En LOS TEÓLOGOS la muerte es necesaria, igual que en EMMA ZUNZ, donde la protagonista empieza vengando el agravio a su padre muerto y termina vengándose a sí misma: con la muerte, por supuesto... y, en fin, otros muchos relatos parten de o terminan con la muerte de sus protagonistas o de otros personajes centrales.


LABERINTO, de Natalia González.
Quiero destacar hoy otra imagen que se nos presenta con fuerza en muchos de estos cuentos: el laberinto. De nuevo es primordial en el primero de todos: LA CIUDAD DE LOS INMORTALES. En este aparecen varios. De hecho, el relato casi se nos presenta como una prueba que consista en superarlos. Cuando el protagonista llega a la ansiada ciudad extraña resulta que esta es un laberinto más. Y por supuesto que el minotauro de Borges vive en un laberinto. Un laberinto es la escritura mágica de LA ESCRITURA DE DIOS, así como la casa de ABENJACÁN EL BOJARÍ, MUERTO EN SU LABERINTO (atiéndase también al hecho de que muere en él); no diré nada respecto al cuento titulado LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS. Por último, el propio aleph de EL ALEPH puede perfectamente considerarse un laberinto más.

Las relaciones entre los relatos son explícitas, tratan de decirnos cosas. Una vez leía en la contraportada de otro libro (japonés para más señas) que este tensaba metafísicamente el pensamiento (o algo así). Yo creo que Borges sitúa la acción de los personajes en un plano metafísico: toma conceptos básicos de la filosofía y de la ciencia y allí donde estos empiezan a tambalearse, en ese espacio donde la razón no alcanza el argentino suelta a los personajes que mantuviera cogidos de sus chaquetas entre los dedos índice y pulgar. Los abandona en un laberinto, un laberinto tan complejo que, a menudo, sólo hay una forma de salir de él.

sábado, 16 de enero de 2010

EL ALEPH III



Uno lee los cuentos de Borges y luego los relee como quien ha oído una canción que promete y necesita escucharla con detenimiento para ratificar su impresión primera y, también, para disfrutarla desde un convencimiento profundo. Cada vez me encuentro más tocado por el argentino: sobado últimamente, inexplicablemente manoseado.

Lo de jugar a la literatura es razón suficiente a la hora de ponerse a escribir. El juego de Borges es refinado porque nunca pierde la perspectiva desde la que comienza y que le da sentido: las historias, disfrazadas de reales unas veces y fantásticas confesas otras, son palabras, símbolos tipográficos sobre papel que quedan solitarias en último término y que como tales poseen su valor máximo. Borges practica un ejercicio retrógrado que consiste en devolvernos la magia del lenguaje (lenguaje es una palabra que empieza por un palo alargado y sigue por una especie de seta de tronco torcido y mal ubicado, así como sigue por otros signos de lo más curioso...).

El estilo de Jorge Luis Borges es, sobre todo, ejemplo del de los mejores cuentistas. Esto lo digo yo que no siento la responsabilidad de un crítico ni la de un lingüista y, últimamente, ni siquiera la de un bloguero. Rebuscando el otro día entre las ideas que se suponen en el interior de mi sesera (no me entra en la cabeza el no tenerla) di con una que me pareció ancha porque se me escurría entre la mano que tuve, la que me encontré primero hurgando en la viscosidad de mi pensamiento (que, por cierto, hacía un ruido de lo más asqueroso al ser removido) y luego mostrándome la idea en cuestión. La que miré y me pareció vacía, así que arrojé por la taza del váter, la me quité de encima como si de un peso prescindible se tratara. Y como ahora me encuentro más ligero de la cuenta me ha dado por pensar que quizá me he desprendido de algo valioso porque me hiciera falta. Para ser u otras cosas. Y algunas veces voy al servicio de la tienda y me quedo mirando la taza del váter con melancolía, y algo de miedo, la verdad. Pero yo pienso que para hablar de Borges ando sobrado.

Es corriente que Borges empiece sus cuentos destacando que lo que de seguido se va a leer es tan sólo un retazo, o una reconstrucción o un simple resúmen de lo que ocurriera. Y es en esas ocasiones, cuando el relato se nos presenta como real, en las que el cuentista expresa de forma explícita su máximo interés: el arte de contar bien las cosas. Y, a partir de ahí, querido lector, tanto da que las cosas ocurran como que no, que no puedan ser nunca o que la probabilidad de que sucedan sea alta: si está bien contado sirve. Si sirve puede gozarse.

También son corrientes en los relatos de Borges las vueltas de tuerca, historias que no terminan de ser explicadas hasta que el autor no las retuerce en los últimos tramos. Esto, sumado a la gran cantidad de datos que que pululan en sus párrafos, puede complicar algo la lectura o, incluso, dejarnos desencantados, como sufriendo un manotazo violento sobre las venas del anverso de nuestra mano, que creía tener asido el sentido de lo que se nos contaba. Pero hay que pensar que su comprensión, menos dificultosa de lo que pueda parecer a primera vista, nos recompensará estética y filosóficamente.

He podido observar que los relatos de EL ALEPH abundan en conceptos comunes que están relacionados de varias maneras. Los destacaré a partir de la próxima entrada porque en esta me he enrollado más de lo que tenía previsto. Empezaré hablando de la idea de muerte, que es una cosa muy graciosa que parece que le viene sucediendo a mucha gente en los últimos tiempos, sobre todo después de haber vivido. De momento me voy a mirar la taza del váter un rato.

jueves, 7 de enero de 2010

EL ALEPH II

Qué triste la lectura de EL ALEPH. Y qué triste descubrir que el hombre llamado Jorge Luis Borges no sólo no me ha ayudado si no que, además, me ha dispuesto para dudas nuevas que, sinceramente, no considero capaz de resolver. Para tantos es esta obra de 1949 una obra maestra que el tendero se había fijado en ella. Creo que la había leído. Creo que se ha puesto más pesado de la cuenta y, finalmente, creo que me ha engañado.


Borges como creador de sombras, de un mundo ficticio y en el que las cosas son como son y son también como pueden ser, o no son de ninguna de las maneras: un mundo que no es más que palabras, que las cosas que las palabras permiten. Un mundo que es más que el mundo. Allí fue donde busqué yo una respuesta, me involucré (he de confesarlo) en la lectura de EL ALEPH porque pensaba que podría quizás ahora difrenciar con claridad ficción y realidad. Este argentino tan gracioso se ha reído de mí, y sólo la imposibilidad de que estuviera pensando en un tal Peri Lope mientras escribiera puede salvarlo de mi insulto.

He contado los relatos que forman la obra y el resultado es de diecisiete. La mayoría estuvo publicada en prensa con anterioridad a la edición libresca, y algunos se añadieron después de esta primera edición entre tapas, como el propio Borges explica en el epílogo de la obra. Como ya saben los lectores el relato que cierra la obra es el que le da título y en ella el tiempo, la literatura y el personaje Borges aparecen como pilares que lo sustentan y que vienen caracterizando el resto de cuentos.

Y así es como pienso proceder en las siguientes entradas, con riesgo de ponerme pesado y esperanza de resultar ameno. Tomaré algunos conceptos fundamentales que entiendo que pueden relacionar las diecisiete entradas del libro y las desarrollaré, mínimamente, en poco más de dos o tres de las mías. Laberintos y religiones, muerte, sueño o traición pueden añadirse a otras palabras clave que ayudarán a tirar del fino hilo literario del que está fabricado el mundo borgiano en este EL ALEPH que, lo digo en serio, es sombra de mi sombra.

lunes, 28 de diciembre de 2009

EL ALEPH I




Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatuta; le dije que por qué no las escribía.