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jueves, 1 de agosto de 2013

Cierre del festival. En escena: El Lazarillo.

No sé cuántos años hace que vi El Lazarillo de Rafael Álvarez "El Brujo". Debió de ser hace nueve o diez. En Iscar, pueblo vecino. Fui con Raquel y unos amigos y todos lo pasamos muy bien. Ahora hemos vuelto a ver el espectáculo y no es -como teníamos previsto- el mismo, porque si bien El Brujo acude a los mismos chistes para aderezar un texto base que es el que diferencia un espectáculo de los otros también ocurre que el mismo espectáculo cambia necesariamente con el paso del tiempo en esos pasajes en los que el actor parece abstraerse de la narración principal y saca el anecdotario propio del momento que, por otra parte, tanto suele gustar al público, yo mismo incluido.

El caso es que vi el Lazarillo por segunda vez y volví a disfrutarlo, lo hice con las tristes andanzas del pregonero toledano que es acusado  de cornudo consentido -quizás consentidor- por el tribunal inquisidor del XVI ante el que trata de explicarse, de justificar una vida cuya gracia está en su desgracia y de la cual el hambre es culpable mayor. Sus relatos sobre la primera crianza, su aprendizaje de mozo de ciego, su desdicha aún mayor con el sacristán o la decadencia absoluta en compañía del hidalgo resignado son contados con gracia de juglar, en una suerte también de monólogo, dado su tono relajado, que conecta directamente con buena parte del público: incluidos los incondicionales que aplauden hasta la respiración del autor.

Pero digo que bien: un cierre óptimo el del pasado domingo a una edición que lo merecía, con lleno absoluto como broche final. En general el festival demuestra con su octava edición que ha madurado al ritmo de sus espectadores. Aún publicaré las reseñas sobre cómo viví algunas de las representaciones que me parecieron más interesantes, o que me interesaron en algún momento. No puedo decir que no haya pasado vergüenza ajena con ninguna obra -pues lo hice con una de ellas- pero las tertulias del constipado este año han sido implacables y hay quien incluso ese montaje me explicó con argumentos que me convencieron aunque -esto sí- no fueron suficientes para cambiar mi posicionamiento base: si uno se aburre se aburre por mucho que se lo expliquen. Por lo demás felicito a la organización y sólo puedo lamentar que las expectativas hacia la siguiente edición vayan en aumento cada año, algo que por otra parte demuestra el extraordinario momento en el que se encuentra Olmedo Clásico. Que siga.

Dejo, a continuación y por orden, las tres obras con las que más he disfrutado este año:

1. EL REY LEAR, de William Shakespeare. Compañía CulturArts Generalitat.
2. SIGLO DE ORO, SIGLO DE AHORA, de Ron Lalá. Compañía Ron Lalá.
3. LA MUJER POR FUERZA, de Tirso de Molina. Compañía José Maya.


martes, 23 de julio de 2013

A secreto agravio, secreta venganza.

Olmedo Clásico, 2013.

Martes 23 de julio.
22:30 h.
Corrala del Palacio.

Compañía El Óbolo.

Hoy toca drama de honor, de mano de la compañía El Óbolo. No sé si polémica, la verdad. Hay obras que envejecen mejor y otras que lo hacen peor, por muy calderonianas que sean. Entre las cosas interesantes que el editor de Cátedra nos cuenta -Erik Coenen se llama- está el de la expresión hecha que se usó en este país a partir de la fama de los dramas de honor de Pedro Calderón de la Barca: honor calderoniano. Esta expresión daba a entender un sentido del honor un tanto extremo, capaz de justificar el ajusticiamiento de personas queridas o allegadas: la mujer mayormente, lo cual suponía un uso autoritario de las relaciones familiares por parte del cabeza de familia, único miembro que parece resultar mancillado en las obras de Calderón, seguramente porque es en la mentalidad de este y en la de los Evangelios el único miembro de la familia con derecho -y aún necesidad- de limpieza. La primera conclusión es que hoy en día estos dramas aportan tan sólo algunos datos de interés documental o costumbrista y, por supuesto, éticamente está desfasado: caducó o nunca debió ser.

Pero me encuentro con la posibilidad del resquicio. El año pasado también se representó un drama de honor: El Médico de su honra. En la versión que lo leí -la de Cruickshank para Castalia- la necesidad de conservar el honor era tratada como una especie de mal social que enredaba las relaciones entre los personajes hasta acabar con el injusto asesinato de la dama. Cuando Teatro Corsario lo puso sobre las tablas presentó ante el público un relato costumbrista que carecía de toda conexión con el presente. En la versión que ahora leo, la de Coenen para Cátedra, la historia es interpretada más a la manera en la que Teatro Corsario lo hizo: el honor calderoniano es extremo hasta el punto de justificar el asesinato de la esposa. Pero, claro, qué hacer en 2013 con este punto de partida.

Anoche me comentaba una amiga de las tertulias del constipado que, en realidad, la cuestión está vigente, que un texto así puede servir de denuncia a pesar de Calderón, de manera que ponerlo sobre las tablas sería necesario pero -insisto- a pesar del propio Calderón de la Barca, como si poner a la vista del público una trama como esta sirviera, en realidad, de denuncia de unas costumbres que no están del todo superadas. Y no es la única que piensa así. Es una posibilidad a tener en cuenta -fácil de adoptar- por cuanto que acepta también la posibilidad de que Calderón fuera consciente de que esta visión apareciera entre los más avispados, aunque él mismo tratara de esconderla bajo el manto del costumbrismo pues, como se sabe, mostrar las cosas es a veces suficiente para criticarlas.

La trama es conocida. Don Lope se va casar con doña Leonor quien en el pasado estuviera enamorada de don Luis, aunque no pudieron entonces llevar a cabo su deseos: tuvo que irse el caballero a servir al Rey, a Flandes y de él nunca más se supo hasta que ella lo creyó muerto. Es ahora, cuando Leonor -por supuesto no del todo convencida- va a desposarse con don Lope que aparece de nuevo don Luis. Hay que ver. Mira que nos suena a El Médico de su Honra. Este es el drama. La trama se ve complicada con la partida a África de don Lope, donde servirá al rey Sebastián de Portugal en la guerra que emprende, mientras que don Luis muestra sus intenciones explícitamente.

De nuevo ocurre -como en otros dramas de honor- que es la obsesión de Leonor por tapar a don Luis -quien ni siquiera es amante de hecho- lo que la convierte en sospechosa. Y vuelven mis dudas con el texto:  a menudo parece ser el miedo a la corrección de su marido lo que le hace caer en el error de deshonrarse por sí al -digamos- levantar una liebre que no existe. No queda claro, desde mi punto de vista, que Calderón defienda este tipo de honor y, ya puestos y aceptando la tesis del miedo de ella como desencadenante de la acción, podría pensarse que lo critica radicalmente. El miedo es así:

Leonor:
Que con lágrimas bañada
vuelvo a pedirle se vuelva
a Castilla y se resuelva
a no hacerme malcasada;
porque, fiera y ofendida, 
si no lo hace, ¡vive Dios!, 
que podrá ser que a los dos
nos venga a costar la vida.


En general la trama es más enrevesada de lo que pudiera parecer a primera vista. En su obsesión don Lope llega a pensar que también El Rey podría ser consciente de su agravio: una especie de deshonor fuera de categoría . El caso de don Juan -que aún después de matar a un tal Manuel por limpiar su honor es blanco de agravios como si su deshonor hubiera pasado del ámbito de lo estrictamente privado a ser comidilla de todo el mundo- hace reflexionar a don Lope: sucede que vengar es publicar, y ahí está el lío, la venganza debe ser secreta: fuego. Pero, amigos, es fácil perderse por estos vericuetos: qué puede tener de vengativo limpiar un deshonor secreto de manera secreta, y dónde queda el agravio, qué queda por limpiar: ¿no puede estar planteándonos Calderón que dar alas a este tipo de sentimientos nos conduce a acciones esperpénticas y de una bajeza mayor que cualquier deshonor? Podría ser, pero es mucho aventurar: don Juan y el Rey aprueban la acción de don Lope.  Lo que me parece claro es que la acción de don Lope es más que venganza prevención, prevención calderoniana, habría que decir... Me están entrando escalofríos. 

Nos queda en cualquier caso la bella versificación de Calderón de la Barca, cuestión esta sin la que quizá estos dramas no hubieran trascendido cuatro siglos y que espero disfrutar esta noche de manos de la compañía El Óbolo. Personalmente la lectura me ha resultado un tanto espesa, quizá por falta de concentración, puede que porque mi atención estuviera centrada en una historia tan cruel, indigna de cualquier tiempo.

lunes, 22 de julio de 2013

En escena: SIGLO DE ORO, SIGLO DE AHORA.

Un poquito más de lo que nos hubiera gustado ha tardado en empezar el festival, quiero decir que hasta el tercer día uno no ha experimentado la emoción propia de quien, satisfecho, goza de un espectáculo del que se siente parte. Me quedé un tanto alejado de LA DAMA DUENDE -de la que ya haré reseña en las próximas horas- y vi desde el polo JULIO CÉSAR, a cargo de la compañía Metaproducciones, con Mario Gas, con Tristán Ulloa, con Sergio Peris Mencheta, y con poca fuerza, en un ejercicio de contención que -ahora lo veo- resultó excesivo por cuanto que en los momentos en los que lo la obra lo pedía no liberaba tensión.

Personalmente me gustó la obra durante buena parte de la primera mitad, a pesar del asesinato demasiado impostado de Julio César, lamentablemente precedido por algunos errores de interpretación  previos que creo que tuvieron que ver con el fatal desenlace de la escena: y no me refiero a que Julio César muriera. A estas alturas de la obra andaba ya mosqueado, la verdad: empezaba a desesperanzarme. La entrada de Marco Antonio en escena -con Bruto, Casio, Casca y Decio aún con las manos manchadas- resulta ambigua al principio y el dolor se muestra muy gradualmente, de manera que tampoco hace mucho por concretar los sentimientos del espectador ni  hace justicia a la carga dramática que acumula la confabulación previa: la persuasión de Casio a Bruto, el empuje de Cascas, el convencimiento de Decio, la noche capital en la que Bruto se convence -es más bien engañado por el resto de conjurados- de lo justo del magnicidio al que hasta el momento no habrá accedido, y que es un momento de profundidad reflexiva y bella plasticidad. La confabulación culmina con la escena en la que Casca reinterpreta unos sueños de sangre que Calpurnia -esposa de Julio César- ha tenido. 

No pudo la buena interpretación de los actores salvar esta tragedia  que pierde la mayor parte de su sentido desde que se produce el magnicidio y a pesar de que las dos escenas inmediatamente posteriores fueron intensas: los momentos en que primero Bruto y luego Antonio se dirigen a los romanos para explicar -a su manera cada uno- la muerte del emperador, donde tanto Ulloa como Peris Mencheta fueron capaces de transmitir una buena mezcolanza de emociones primarias -pena, arrepentimiento, orgullo, venganza, miedo...- dirigidas desde la oratoria propia de políticos y otros estrategas. Igualmente la interpretación que se hace de los otros personajes secundarios -Casio, Decio y, sobre todo, la que Agus Ruiz hace de Casca- está a punto de salvar un montaje aburrido la mayor parte del tiempo. En general resuelve mal casi todos los picos de tensión -mejor no hablemos de los suicidios finales- y los elementos escénicos y de luz  -audiovisual paradigmático- parecen dirigidos a dejar definitivamente fuera de juego al espectador.

FOLÍA: SIGLO DE ORO, SIGLO DE AHORA.
Pero decíamos que el festival remontó el vuelo hace unas horas. El montaje con el que titulamos la entrada emocionó a los espectadores de la corrala. En él la compañía Ron Lalá puso sobre las tablas varias folías (genero musical de la época barroca) en las que hacen una comparativa social, política y económica entre el barroco español y la época contemporánea. Cinco cómicos haciendo de cómicos y dando su particular visión de la actualidad, tan crítica que apenas perdona su propio oficio, con mucho sentido del humor, fino y elegante en la versión original de Álvaro Tato, también uno de los actores de Siglo de Oro, siglo de ahora.

Evidentemente la música protagonizó la obra junto al buen humor, las folías se presentaron en forma de serie continua incluso con los numerosos cortes que el público -entusiasmado- produjo de manera espontánea y el tema, concreto y abstracto a la vez, no se perdió de vista en ningún momento, aunque no tardando mucho me hice una pregunta que tengo por responder: ya que en la España barroca la crisis política, social y económica produjo uno de los momentos resplandecientes del arte español en general y de la literatura en particular -y de esto sí se habla-, me hubiera gustado saber si es trasladable a la época actual pues, por lo que se deja entrever en el espectáculo, parece que el arte español no necesitaba de más españoles que los propios artistas -o hubiera sido imposible- y puede que eso aún  esté pasando hoy:  ya saben,  escritores sin lectores, comediantes sin público.

España como nación descabezada, país de egoístas, ignorancia como valor seguro para no complicarse la vida, orgullo como valor absoluto, Ron Lalá nos entretiene hasta el desternillamiento con una sátira del amor, del arte, de la política españolas, niega la mayor y se nos aparece desesperanzada. ¿Tan sólo queda reírse? Bueno, es cierto, que hay quien ni eso sabe. Si Rajoy viera un montaje como este saldría indignado de la sala, sin ni siquiera esperar a que los personajes se metieran con Zapatero. Por cierto que una conclusión negativa que saco de este montaje es que criticando a todos, no salvando a nadie, la obra no se pronuncia y pierde su sentido crítico. Digamos que, al final y aún pareciendo que se interesa por el estado actual, en realidad no se moja nada. O muy poco. La tesis es que España nunca ha estado a la altura de una gran nación y que previsiblemente no lo estará en los próximos siglos. Tesis humorística, se entiende que hiperbólica pero... la sensación es que en este país hacemos poco más aparte de ensanchar cementerios.

Cuidado: la puesta en escena es impresionante, cautivadora. Hay pasajes de una fineza escalofriante, hacen participar al público -algo que casi nunca me gusta y ayer sí- y  alternan con la guasa escenas de gran belleza y poder dramático. En la despedida un Fuente Ovejuna musical que sirvió para que, definitivamente, el público se emocionara hasta el posterior estruendo de aplausos y  vítores, puesto en pie, satisfecho con una representación que atravesó la corrala como un suspiro: brisa refrescante. ¿He dicho vítores? La hostia...

viernes, 19 de julio de 2013

Se abre el telón.

Esta noche a las 23 horas da por fin comienzo la octava edición del festival de teatro clásico de Olmedo. Lo hace con la obra de Shakespeare JULIO CÉSAR, a cargo de la compañía Metaproducciones. No la he leído y está claro que ya no me va a dar tiempo pero, sin embargo, ya estoy al tanto de que la puesta en escena promete y o mucho me equivoco o el festival va a empezar con fuerza.

Además mañana toca LA DAMA DUENDE, de Calderón y a cargo de la compañia del recientemente fallecido Miguel Narros. Se trata de una comedia que leí ya en anteriores ediciones y de la que dejé colgada reseña. Hace ya unos años: eran los tiempos del primer Peri Lope. Cuando tenía algo de gracia, digo.

Bueno, lo he estado releyendo y, para ser justo, mucho mucho no es que hable de la obra en cuestión. Va, a lo que vamos: que empieza el teatro.

jueves, 13 de junio de 2013

Del 19 al 28 de julio, Olmedo Clásico 2013.

Bueno, pues un año más el ayuntamiento de Olmedo ha cerrado la programación de Olmedo Clásico y lo hace, a priori, de manera brillante, con espectáculos muy atractivos de cuyo sabor final ya iré dando cuenta por aquí. Me ha llamado la atención de manera especial  la participación de una obra de Diego Velázquez del Puerco. ¿Que por qué? Pues porque no tengo ni idea de quién es. Su obra EL REY PERICO Y LA DAMA TUERTA, es una comedia paródica que viene a representar lo más ligero -hasta donde puedo saber- de la semana más importante de la villa. La comedia es -como cada año- protagonista de la programación y la capa y espada se lleva la palma como género, si es que así puede llamarse: LA DAMA DUENDE (Calderón), LA DAMA BOBA (Lope) y LA MUJER POR FUERZA (Tirso) son sus representantes. La tragicomedia vendrá de la mano de una obra que a algunos nos va a hacer quedar mal, exponente máximo de Lope y por nombre EL CABALLERO DE OLMEDO: y aquí se acabó mi vida que es lo mismo que partirme. Siempre me ha parecido que tiene mucho más de tragedia que de comedia o que, al menos, lo mejor de la obra es la parte lírica que es lo mismo que decir trágica (amor y muerte). Promete igualmente el drama histórico de Calderón A SECRETO AGRAVIO SECRETA VENGANZA, polémico en su interpretación moderna según he podido leer en la contraportada de la edición de Cátedra. Y llegados a este punto, alguien como yo, humilde librero de vocación hispanista, se ve obligado a reconocer que de entre los autores que se van a representar ninguno es suficiente cuando se lo compara con el más grande, el que no defrauda, el que simpre pone los pelos de punta y nos hace reflexionar sobre la condición humana (si uno puede dar respuestas sobre esto no necesita pensar más). Shakespeare nos viene con JULIO CÉSAR y con EL REY LEAR. Lo demás es silencio. Se puede exagerar, ¿no?


Para el resto de la programación -Congresos, cursos y exposiciones- pueden picar en la imagen.





domingo, 5 de agosto de 2012

Olmedo Clásico 2012. Conclusión.


Hace una semana que terminó la última edición del festival de teatro Olmedo Clásico, esta hermosa aventura en la que el ayuntamiento olmedano lleva inmerso ya siete años. Este último la aventura ha sido mayor pues todos nos vemos inmersos en una crisis económica tan brutal que es también crisis de principios y tiempo de preguntas y decisiones radicales, de las que hacen temblar cimientos y, con ellos, vidas ordinarias. Y precisamente este año ha sido el que ha dado como fruto la mejor edición, una edición de mucha calidad, sin apenas obras fallidas desde mi punto de vista y con propuestas originales y honestas en el peor de los casos. Es decir, teniendo en cuenta que la organización no puede aspirar al pleno con ningún espectador -y menos con el administrador de este blog- me parece que el festival   ha sido sobresaliente. En varios sentidos.

Ya dije que hacía tiempo que me apetecía hablar bien de la compañía Nao D´Amores y que no me atrevía a hacerlo del todo pero, mira por dónde, esta vez sí, el festival abrió con las farsas y églogas que de Lucas Fernández  puso Ana Zamora en escena y por aquí nos parecieron una chulada. El festival cerró con ABRE EL OJO a cargo de 2RC Teatro, una adaptación interesante y divertida que entretuvo al público y le dejó con buen sabor de boca. Por el medio ha habido obras mejores y peores.

Tempestades.
Decía que la crisis amenazaba con protagonizar el festival. En realidad lo ha hecho la climatología. Tuvo que suspenderse LA TEMPESTAD, a punto estuvo de hacerse lo propio con LA GRAN ZENOBIA y lo mismo debe decirse de EL QUIJOTE de José Luis Sacristán. Tan sólo las ganas de actores, directores, técnicos y organizadores pudieron sacar adelante estas dos últimas funciones, lo que dio como resultado que de entre las nueve propuestas de este año tan sólo hubiera que suspender media. Téngase en cuenta que estamos hablando de un festival al aire libre y miércoles, jueves y viernes estuvo lloviendo -¡y hasta granizando!- tarde y noche.


Shakespeares.
El primer Shakespeare fue la segunda función: NOCHE DE REYES, a cargo de la compañía Noviembre Teatro, dirigida por Eduardo Vasco. Maravillosa, apenas pude cerrar la boca durante su representación. Comedia elegante y desternillante a partes iguales, con estética cinematográfica de la primera mitad del siglo XX y una propuesta escénica ágil y desenfadada, con música que los propios actores cantaban acompañados por un piano que hacía las veces de elemento escenográfico, incorporado a la escena según los requerimientos del pasaje. El elenco actoral fue, así mismo, de lo mejor del festival, sus componentes demostraron capacidad sobresaliente y la desarrollaron con la solvencia de quien camina sobre seguro, así que, entre unas y otras cosas, vi aquel sábado de hace quince días una de las mejores funciones que recuerdo en Olmedo Clásico.

El segundo Shakespeare fue la cuarta función: VIDA DE TIMÓN, a cargo de la compañía Teatro Dran. Me dio mucha rabia que esta no me convenciera, que no me agradara lo suficiente y que, además, me disgustara alguna parte de su planteamiento, en concreto la proyección sobre fondo de mensajes político - económicos que en realidad suscribo personalmente, pero que no me parece que se fundieran con la trama. La trama, por otra parte, no es tan interesante como el texto, la historia que se cuenta es sencilla y conocida, pero entiendo que difícil de adaptar, sobre todo por el hecho de que los personajes secundarios son estereotipos, personalidades planas de las que difícilmente se puede sacar algo atractivo sobre un escenario. El peso recae, necesariamente, sobre el propio Timón -Carlos Pineda- al que aunque no estuvo mal advertí desangeladamente solitario, incluso cuando estaba acompañado.

El tercer Shakespeare fue LA TEMPESTAD y fue la tempestad, a cargo de la compañía Barco Pirata, y a cargo de las inclemencias del tiempo, pues a mitad de función cayó un aguacero que dio al traste con la ilusión de cuantos ocupábamos aquella noche la corrala: público, compañía, control y organización: todos con un palmo de narices. Estaba siendo impresionante, desde el comienzo. Estos jóvenes actores -de la mano de Sergio Peris-Mencheta- se plantaron en escena y con ganas de jugar y desde una propuesta metateatral adaptaron esta grandísima obra con tan sólo siete estupendos actores que saltaban de unos a otros personajes con la facilidad pasmosa de quien no sólo trata de ocultarlo algo sino que -más bien- se recrea en ello para hacerlo natural. Esto de buscar la belleza en las transiciones en vez de tratar de ocultarlas es algo a los que las compañías más jóvenes nos están empezando a acostumbrar, y me parece del todo acertado. El caso es que estábamos viendo una propuesta divertida, original, cuando entre la tempestad ficticia comenzaron a asomar signos de una tempestad real más allá del escenario: rayos, truenos, primeras gotas y, en fin, lluvia hasta que hubo de suspenderse la que podría haber sido la mejor función de 2012, la que aún a medias ha sido para algunos la mejor función de 2012. Como anécdota hay que añadir que, aunque el público se ocultó como pudo debajo del graderío techado, prácticamente su totalidad permaneció en la corrala hasta que se anunció -cuarto de hora después de la primera suspensión- que la representación no podría continuar en ningún caso. Eso también fue espectacular: por lo menos más que los rayos y los truenos de verdad.


Conclusión.
He dado un poco de cancha a los shakespeares porque sus obras no han sido comentadas pormenorizadamente, como en el caso de los originales en español: Lucas Fernández, Calderón, De Rojas y Rojas-Zorrilla. Tampoco comenté la de Sacristán, que estuvo bastante entretenida. La compañía Metrópolis Teatro nos trajo YO SOY DON QUIJOTE DE LA MANCHA, un repaso por algunos de los pasajes de la obra de Cervantes con Sancho y su hija Sanchica como únicos compañeros de viaje. En general la obra indagó más en su interpretación  de la personalidad de Alonso Quijano que en lo que de literatura hay en el original, y desde la dirección se tomaron bastantes libertades, algo que me cuesta entender bastante cuando uno tiene tres mil páginas de obra maestra entre las que elegir. En cualquier caso tanto Sacristán como Luis Bermejo estuvieron notables en sus actuaciones, y también me gustó Natalia Menéndez en su papel inventado. La obra fue divertida y supo mantener ese aire de melancolía que siempre se le echa a uno encima cuando le hablan de las bondades humanas.

De entre las que no he entrado a valorar aquí otra de las destacables ha sido LA CELESTINA, de Atalaya T.N.T, que ofreció un espectáculo sobresaliente y que ha sido la favorita de los amigos tertulianos, lo hubiera sido también mía de no ser por el final un tanto descafeinado que me ha hecho dudar algo de ella, sobre todo en comparación con obras menos impactantes como la de Nao D´amores que, sin embargo, quedaron más redonditas. Lo más importante es que, en definitiva, 5.000 espectadores han pasado estos días por Olmedo para disfrutar del teatro clásico de la mano de algunas de las mejores compañías españolas del momento, y también de algunos proyectos valientes, arriesgados. Un menú de calidad y equilibrado en la que es, sin duda, la mejor edición hasta el momento y -lo más importante- una edición sobresaliente que ha dejado más hambre si cabe en cuantos tomamos estos días como los más grandes del año. A ver si me sale: Felicidades a la organización...

Para acabar me he hecho un podium, este está confeccionado según mi grado de disfrute sobre la silla.  No hay más que pensar en lo que se ha quedado afuera para darse cuenta del nivel que había este año. Toma ya:

1. NOCHE DE REYES, de William Shakespeare...............Noviembre Teatro.
2. LA TEMPESTAD, de William Shakespeare..................Barco Pirata.
3. FARSAS Y ÉGLOGAS, de Lucas Fernández..................Nao D´amores.


sábado, 28 de julio de 2012

Abre el ojo.

Francisco de Rojas Zorrilla, 1645.
Ediciones Castalia, 2005.
499 páginas -con Donde Hay Agravios No Hay Celos-.
Pvp; 13, 50 €.

(Olmedo Clásico, 2012.
2RC Teatro.
Corrala del Palacio
Domingo 29 de julio a las 23 horas)

He ido dejando pasar los días con las dos obras que conocía de este festival, las dos que mejor: LA CELESTINA y ABRE EL OJO. Se da la circunstancia, además, de que La Celestina es el libro con el que se abrió el blog en 2008, cuando yo era más yo y menos el librero, cuando tenía más personalidad y el de la tienda menos pereza, así que no voy a hacer más entradas sobre esta grandísima obra que -además- entiendo que es suficientemente conocida. Quizá la visión que por aquí se da de ella sea un tanto peculiar -que no original- y a alguien interese. Si así fuere pueden buscar FERNANDO DE ROJAS en la nube de Nombres Propios. Está el primero, por supuesto.

Abre El Ojo es comedia de Francisco de Rojas Zorrilla. La conozco bien porque el grupo aficionado de Olmedo -FRANCACHELAS- estuvo trabajando en ella y la ha sacado a escena en varias ocasiones. Se trata de una composición muy divertida que centra su atención en las disputas amoriles entre hombres y mujeres, en las que las engañifas y burlas de ellos y de ellas cobran una importancia especial pues se sitúan en el centro del enredo. Aunque hay dos protagonistas principales -doña Clara y don Clemente- en realidad todos los personajes se muestran interesados, incluso, los que parecen declarar un amor verdadero. Los malentendidos y las peleas están listos para servirse y la expresión Abre El Ojo hace referencia a la desconfianza que entre géneros -que universalizan- y que lleva a un desenlace que queda lejos de los acostumbrados en las comedias de capa y espada. Disparate absoluto, es una de esas obras que, como tantas veces digo, mal aguanta una lectura casera y, sin embargo, resulta a la hora de ponerse sobre las tablas. Es lo que dice la experiencia.

domingo, 15 de julio de 2012

La Gran Zenobia

Pedro Calderón de la Barca, 1625

(Olmedoclásico 2012
Galo Real Teatro.
27 de julio a las 22:30.
Corrala del Palacio)



Me lo he encontrado con ceta y con ce. Puestos a elegir prefiero la ceta, que le da cierta exclusividad. En ese sentido he echado bastante de menos una edición impresa, pues no he tenido más remedio que leer esta obra en el BOOKS de Google, ya ven qué despropósito. Y he de dar gracias, claro: gracias, Google. Con la de editores serios que hay en este país, ¿cómo será posible que nadie se interese por obras como ésta?

Bueno, va:  Zenobia es un nombre chulo, pertenece a la reina de la antigua Palmira, que gobernó desde esta ciudad que fue capital suya el reino nabateo entre los años 266 y 272 d.C. No sé hasta qué punto Calderón de la Barca conocía los detalles históricos a partir de los cuales escribe su obra pero uno supone que seguramente supiera lo suficiente. Esta reina Zenobia llegó al reinado de Palmira -hoy la ciudad, siria, se llama Tadmor o Tadmir- tras la muerte de su marido e hijo -asesinados- y su gobernanza fue caracterizada por la resistencia al Imperio Romano -que comenzaba ya su decadencia- y su extensión a otros reinos de Asia Menor, pasando a controlar Siria, Palestina y Egipto. Muchas veces se compara a la reina Zenobia con Cleopatra que, según nos cuentan en este blog del que he sacado la mayor parte de la información que hasta ahora ofrezco, fue paradigma suyo, o inspiración.

Está claro que a Calderón de la Barca el personaje debió parecerle muy atractivo. En primer lugar por su condición de mujer y, además, por su legendaria belleza. Esto le abría algunas posibilidades estéticas interesantes a las que, por supuesto, sacó partido. Se recrea el ascenso de Aureliano al trono romano, y se hace de una manera característica de  Calderón que consiste en la plástica de la escenificación, en el espectáculo visual, o así me lo imagino yo. La razón es la manera en la que Aureliano es, digamos, coronado, cuando aún vestido con pieles -véase Segismundo, véanse los desnudos actores del Gran Teatro- encuentra entre peñascos el cetro y el laurel que perdiera el anterior emperdor de Roma, Quintilio, asesinado de mano de sus propios soldados. Se trata de un personaje que apenas puede pensar su encuentro con aquellos símbolos del  mando como algo más allá del sueño o de la alucinación, pero cuando aparecen capitanes y otros miembros del ejército romano Aureliano es aclamado como César.

La belleza de los versos quizá responda más al tema que se trata que a la propia poesía con que se viste, pero lo cierto es que me he encontrado enganchado a dichos versos como siendo yo parte de ellos mientras los leía. Es cierto que esto pasa, que uno a veces -cuando ha cogido ya cierta práctica- se encuentra leyendo los versos de manera que parece que los completa, como si ganasen enteros cuando son leídos con la cadencia correcta, algo que es seguro que no siempre hago pero que siento que hago -precisamente- cuando disfruto más.

Pero decía que el tema que se trata es aún más interesante. Calderón siempre fue un autor profundo, tanto en sus obras filosóficas, como los autos sacramentales y, también, en los dramas históricos. Con este van dos seguidos. Si EL MÉDICO DE SU HONRA se situaba en la castilla  que precedió a la de Calderón en tres siglos esta otra historia lo hace en catorce, y en un escenario geográfico y cultural muy diferentes. Las representaciones del dramaturgo oficial de Felipe IV se hacían en palacio y, por tanto, debían ser en más de un punto cuestión delicada pues, como se puede suponer, habrían de ser -sobre todo- complacientes. No obstante parece que Calderón nunca se apartó del todo del espíritu crítico ni didáctico que -como hoy y ya desde mucho antes sabe- caracteriza su obra. Es evidente que un gran autor como Calderón u otro cualquiera necesita de libertad para serlo y -digamos- seguramente en este tipo de obras encontraba la manera de expresar sus opiniones y de dejar su impronta a los gobernantes, de influir en definitiva. Es claro que el Rey captaba el mensaje y, a la vez, no tenía por qué sentirse ofendido con los excesos de un emperador como Aureliano.

Porque en LA GRAN ZENOBIA se habla sobre la fugacidad del estatus alcanzado, del poder aunque también del sufrimiento, de manera que gloria y fracaso son -y, si no, pueden fácilmente serlo- estados provisionales que a menudo derivan uno en el otro sin apenas transición. En este sentido es advertido Aureliano al comienzo de la obra por el general Decio, que ya vino derrotado una vez de Palmira, y que insiste al emperador en que actúe con prudencia, en que no basta con disfrutar la gloria sino que hay que mercerla para conservarla. Aureliano, sin embargo, como otros personajes que traicionan a Zenobia en su reino, o como quienes ambicionan el poder en Roma, no hace intento alguno por controlar sus pasiones mundanas y se arroja a una guerra contra la reina Zenobia -no sólo mujer bella sino mandataria ejemplar y excelente general de sus ejércitos- que traerá consecuencias imprevisibles...

Así que, nada, de momento mejor suerte que otros años con las lecturas: dos de dos que he disfrutado como si fueran grandes narraciones, algo que no siempre ocurre en esto del teatro. Y aunque no sé si voy a leer FARSAS Y ÉGLOGAS (pues me he liado solito y no las pedí por pensar que no estaban editadas) aún me queda una relectura de LA CELESTINA -que espero poder hacer- y dos Shakespeares... en fin... dichoso soy.

viernes, 13 de julio de 2012

Apuntes. Exposición Sembrando los clásicos.

OLMEDO CLÁSICO, 2012.
Acceso a Corrala del Palacio.
Del 20 al 29 de julio.

PÍO BARUQUE FOTÓGRAFOS es la firma oficial encargada de retratar el festival de teatro clásico de la villa. Por eso a los hermanos que la componen se les ve por la corrala cada noche y es por ello también que ostentan a estas alturas un archivo de imágenes más que interesante. Ya en ediciones pasadas los espectadores podían disfrutar con algunas  imágenes impactantes que los hermanos hacían públicas en la entrada a los pases teatrales pero, en esta ocasión, lo que el espectador podrá observar será una colección planificada y ordenada en forma de exposición -de la que en buena parte el librero ya ha podido disfrutar y cuyo nombre encabeza esta entrada-, y que hace un repaso interesante y completo de estos seis años de clásicos teatrales transcurridos. Para que los lectores de este blog sepan de qué hablo -y con la esperanza también de que les ayude a entender la ilusión que este festival despierta siempre en un servidor- enlazo a continuación con su página, donde los hermanos Baruque tienen retratados algunos panoramas y algunas escenas de las que -seguro- podrán disfrutar también los lectores del blog. El enlace está al comienzo, piquen en el nombre.


miércoles, 11 de julio de 2012

El médico de su honra.


Pedro Calderón de la Barca, alrededor de 1635.
Ediciones Castalia, 2010.
226 páginas. Pvp, 10, 80 €.

(OLMEDOCLÁSICO, 2012.
Teatro Corsario.
24 de julio a las 22:30.
Corrala del Palacio.) 

Pues nada, al lío. El próximo viernes se sube el telón de la última edición de Olmedo Clásico. Estoy terminando ahora la lectura de La Gran Zenobia, de Calderón, una obra muy interesante ambientada muy lejos de la españa del XVII, y caracterizada por elementos épicos y cuestiones de honor en los que la gobernanza es sacada a la palestra desde la seguridad que a los autores de palacio daba la alegoría.

Sin embargo hoy voy a hablar de otra obra: un drama. EL MÉDICO DE SU HONRA es una obra histórica ambientada en el siglo XIV y que tiene, por tanto, bastantes cosas en común con LA GRAN ZENOBIA: además de estar ambientada en cierto contexto histórico hay que apuntar que este también se encuentra alejado de la sociedad contemporánea del dramaturgo. Estamos en tiempos del reinado de Pedro I (el cruel). Son también los tiempos de su hermanastro Enrique,  quien fuera Segundo o Trastámara en su posterior reinado, tras la que es considerada por muchos como Primera Guerra Civil Castellana y que terminó con el asesinato de Pedro I a manos del propio Enrique. Ambos son personajes del drama y aunque los hechos narrados son previos a la Guerra los espectadores de entonces veían la obra ya con la perspectiva histórica que debe considerarse como parte del juego que planteaba en escena Calderón.

En la edición  que he leído Don W. Cruickshank insiste en llamar a la obra tragedia, al modo de las viejos clásicos griegos. A mi, la verdad, me falta mito, me falta destino y aún me falta sangre, que hay poca: un asesinato -de una inocente- en toda la obra no es mucho, aunque el personaje asesinado sea fundamental, que no protagonista. Digamos que el protagonista es el asesino y su final más patético que trágico, un destino no muy cruel: don Gutierre se verá obligado a casarse con Leonor pues así lo dispone el Rey don Pedro. Si el introductor se decanta por llamar a la obra tragedia es gracias a que, después de todo, el término es amplio e, incluso, ambiguo. Pero vayamos situando al futuro lector.

EL MÉDICO DE SU HONRA es una obra didáctica. Como bien se nos explica en la introducción es, sobre todo, moralista y trata la necesidad que tienen las personas de guardar sus apariencias. En el caso que nos ocupa esta preocupación -excesiva- es motor de todas las acciones principales. Mencía, casada con don Gutierre, tuvo un pasado con el principe Enrique que, finalmente, no evolucionó en compromiso, pero que el propio Enrique se encarga de reavivar cuando años después se produce el encuentro entre ambos, al comienzo de la obra: Enrique cae violentamente del caballo cuando -junto al Rey y su séquito- viaja a la ciudad de Sevilla. Entonces el príncipe será atendido en casa de don Gutierre y se producirá el reencuentro con doña Mencía. Enrique buscará intimar con ella y ella no sólo no aceptará su propuesta sino que, además y en su empeño por mantener las apariencias,  tomará decisiones que tendrán el efecto contrario, pues harán sospechar a don Gutierre, lo cual será por su parte motivo suficiente para matarla: una vez se ha producido la sospecha en él puede surgir para cualquiera la apariencia de su deshonra, lo cual es -desde su punto de vista- algo de más importancia que si el engaño se produjera de hecho. Por eso es el médico de su honra: don Gutierre no trata de dilucidar si su mujer es o no culpable (si lo fuera y nadie se percatara no emplearía tanto esfuerzo en hallar una solución), don Gutierre trata de curar su honra, de mantener su honor intacto. En general todos los personajes -salvando quizá al bufón Coquín- están  demasiado preocupados por su honra, lo que crea un red de apariencias que hace a todos desconfiar de todos y -dando una vuelta de tuerca- mentir por seguir aparentando para protegerse del juicio de los demás, un jucio que no es conveniente casi nunca y que según el momento habrá quien prefiera verdadero o falso, de manera que se llega a esperpentos -véase doña Mencía- como tratar de aparentar la realidad.

A nadie puede sorprender a estas alturas la preocupación de Pedro Calderón de la Barca por lo que es estrictamente real y lo que es apariencia, sueño o imaginación. Por aquí conocemos bien dos de sus obras máximas: LA VIDA ES SUEÑO y EL GRAN TEATRO DEL MUNDO. Ambas, como es lógico, tienen que ver mucho con esta de la que hablamos hoy. Hay elemtos en común, la caída de don Enrique con la que se inicia la obra aquí recuerda a la de Rosaura -¡hipógrifo violento!- en La Vida Es Sueño, por ejemplo. Y, por ejemplo, el papel del gracioso aquí -Coquín- recuerda a los personajes de El Gran Teatro Del Mundo, que saben -cuando no pierden el rumbo- que están representando un papel, algo que es alegoría de la vida terrenal de la época y aún de la más cristiana de ahora: representación previa ante Dios, quien habrá de juzgar su acciones de cara a la eternidad o vida real. En fin, sin la necesidad de entrar en cuestiones de religión puede verse fácilmente el potencial estético y lírico de estas argumentaciones que en El Médico De Su Honra son traidas a un plano histórico y práctico, con lo que se parte de los mismos medios para explorar otros fines: la condición hipócrita del ser humano por cuanto que toma sus decisiones más por la opinión que de él se tenga desde afuera que por lo que trata de ser -se entiende que en conciencia-. Dada la importancia de la lírica en las obras del XVII Calderón lo viste todo de seda fina, fina y se sirve de la metáfora de la salud como elemento fundamental que va ya en el título.

Por resumir: primera toma de contacto con el teatro barroco este verano y, la verdad, satisfecho. Una obra que me ha divertido y que me ha parecido que toca un tema muy interesante, este de las apariencias con el que me viene un dicho tradicional a propósito de la mujer del César que en el caso presente bien podría tildarse de maldición... y, en fin, en La Gran Zenobia, obra ambientada en la época del Imperio Romano que estoy terminando tendremos oportunidad de desarrollar un poco más algunos de los temas que han aparecido hoy. Hasta entonces.







jueves, 14 de julio de 2011

El gran mercado del mundo.

Olmedo Clásico 2011.
Domingo 17 y martes 19 de julio. C.A.E. San Pedro.
17:30 horas.
Pie Izquierdo Teatro.


Autor, Calderón de la Barca, 1635.
Editorial, Cátedra, 1995.
158 páginas (junto a El Gran Teatro del Mundo)
Pvp, 7 €.

Auto sacramental tenemos, compañeros. Tenemos Calderón. Así que por un lado uno de los géneros literarios menos reconocidos y por otro uno de los autores más reputados del siglo diecisiete. El Gran Mercado del Mundo ha de ser uno de los últimos autos que trascendieron y, vaya, uno de los primeros pues podríamos decir que los autos son, sobre todo, en Calderón y gracias a Calderón. Tienen, por supuesto, una historia anterior y posterior: nacieron como celebración de la fiesta del Corpus Christi, como recreación en la Eucaristía, y fueron representados en la puerta de los Templos aquel significado día del año durante muchos. Voy un poco a tientas pero quizá un par de siglos antes ya existieran este tipo de representaciones en España. Y siguieron representándose después de Calderón, no tanto creándose nuevos autos, hasta que se prohibieron un siglo después. Que por qué: porque esto, decían las autoridades, no es serio, oiga.

No sólo no puede negarse el motivo religioso de este tipo de representaciones que se desarrollaban en un solo acto sino que hay que reconocer dicho motivo como fundamental. Sin él, sin esa razón, el género no hubiera existido. Pero si queremos saber qué es un auto sacramental hay que tener en cuenta también dos condiciones necesarias, y encantadoras desde mi punto de vista: el sentido alegórico de los textos, y el aparato escénico de las representaciones. Los espectadores de la época iban a ver, a la vez que lo hacían instituciones eclesiásticas y gubernativas, un espectáculo atractivo y sobrecogedor en la medida de lo posible. Se trataba de aleccionar a favor del catolicismo como respuesta a la Reforma luterana. Así que los personajes de estas representaciones eran simbólicos, conceptos que vestían ropas humanas y se veían obligados a comportarse de manera ciertamente humana. Los –digamos- guiones debían ser permisivos, flexibles, y la alegoría tenía una doble cara: por una lado el texto debía ser estricto por cuanto que la lección debía quedar clara y, por otro, muy libre para dar forma dramática a una escena poblada de personajes simbólicos: la riqueza, la pobreza, la lascivia, la inocencia, la soberbia, la templanza…

Es en Calderón donde el auto sacramental consigue su forma más reconocida. Con él el aparato escénico impresionaba gracias a efectos mecánicos y de luz y, por supuesto, el texto era algo más que sofisticado. Una obra como El Gran Teatro del Mundo puede hoy, casi cuatro siglos después, representarse con sentido y, aún, versionarse de mil maneras que mantuvieran parte del sentido de la época. Los hombres son llamados por El Mundo para que representen una obra para Dios, que tiene ganas de fiesta. Los papeles son conceptos  que trata la Iglesia en sus sermones (el rico, el pobre, el Rey, la belleza…) y después de haber representado serán premiados o castigados por Dios. Pero piénsese en lo fácil que es trasladar el argumento a preocupaciones más profanas o filosóficas (o plásticas incluso), sobre todo teniendo en cuenta la que para mi es frase fundamental de la obra, pronunciada por Dios: toda la vida humana representación es. Y, ya saben, la vida es sueño… en fin, a uno le da por pensar en el Calderón filosófico y enseguida se da cuenta de que está ante uno de los literatos mas interesantes e importantes de las letras hispanas.

En El Gran Mercado Del Mundo El Buen Genio y El Mal Genio, hijos del Padre de Familia, y representantes de caracteres contrapuestos de los hombres, competirán por conseguir a La Gracia. En este jueves (feriado) ambos acudirán al mercado, acompañados por La Inocencia (gracioso) y La Malicia, según cada cual, y una vez en él comprarán o no a La Fe, a la Herejía, La Soberbia, La humildad, El Desengaño, La Hermosura dependiendo de qué se les ofrezca y de cómo. Según los regalos que lleven después al Padre de Familia para ofrecer a La Gracia la compañía de esta será o no concedida, por supuesto de acuerdo a las premisas de humildad y austeridad católicas. La música y los coros se presentan como parte importante del montaje. Las caracterizaciones humanas, la bella lírica calderoniana, la plástica del disfraz… todos estos elementos se combinan en espectáculo d apenas una hora de duración (1600 versos) que en Olmedo vamos a ver en una versión familiar (para todos los públicos) de mano de la compañía Pie Izquierdo Teatro. Comentaré aquí mismo dentro de unos días.

Mañana comienza el festival. Tan sólo siento la necesidad de reseñar ya La Almenas de Toro (quizá durante el fin de semana), de Lope de Vega, pero primero he de leer la obra. Puede que también me anime a decir algo sobre Macbeth, lo que pasa es que tampoco la he leído. Ya vamos viendo porque pienso que algo habré de decir de la que es, junto a Macbeth, la obra más importante que va a ponerse este año sobre las tablas olmedanas: El Caballero de Olmedo, aunque puede que me limite a recuperar algo que debí de dejar por ahí en otra ocasión. Salud y buenos alimentos.

viernes, 8 de julio de 2011

Donde hay agravios no hay celos.


OLMEDO CLÁSICO 2011.
Viernes 22 de julio. Corrala del Palacio del Caballero.
23 horas.
Mefisto Teatro.

Autor, Francisco de Rojas Zorrilla, 1635.
Editorial Castalia, 2005
490 páginas (junto a Abrir El Ojo)
Pvp, 13, 50 €.


Como tantas veces dos viajeros, don Juan y su lacayo Sancho, llegan a Madrid, a tomar el primero la mano de doña Inés, que le espera, esto sí, sin gana pues ha recibido, como adelanto y por error, el retrato de Sancho (con su talle de ganapán) y no el del caballero don Juan. Pronto comienzan los disfraces en este enredo: desde el principio. Lo primero que me ha venido a la cabeza cuando imaginaba a los dos viajeros apareciendo en escena y contándose las cosas que sirven para situar al espectador es las corralas de antaño y también las representaciones al aire de ahora, almagros y olmedos, e incluso los cines de verano, la noche templada…Falta una semana.

Una vez más se trata de un guión dramático, cómico. Ya saben lo que digo porque lo digo muchas veces. Si los más grandes dramaturgos eran grandes literatos (poetas) en el sentido de que algunas de sus obras podían y aún debían leerse para ser disfrutadas este no es el caso, hasta donde sé, de Francisco de Rojas Zorrilla, que necesita ser representado. Su lírica me ha parecido pobre, filosóficamente no aporta nada y sí cabe destacar su ya conocida ironía respecto a alguno de los usos de la época, que ridiculiza. En concreto la costumbre del reto a duelo y su riña, a menudo patética. Este tema lo conocemos bien los francachelos (esto no se puede decir) olmedanos gracias a la última obra que el grupo ha representado: ABRIR EL OJO, también de Rojas Zorrilla.

En este blog se han reseñado ya algunas comedias urbanas en las que el disfraz es elemento fundamental: LA VIUDA VALENCIANA, LA DAMA DUENDE, LA CELOSA DE SÍ MISMA… En la de hoy señor y lacayo intercambian sus papeles desde el principio, aprovechando la confusión que sufre doña Inés al recibir el retrato de Sancho como si fuera el de su prometido. Por supuesto, al final del primer acto quedará planteada la trama: don Juan ha sido agraviado en un doble sentido: mataron a su hermano y desapareció su hermana y, claro, el culpable, don Lope, forma parte de la trama presente y, además, pretende a doña Inés. Muchos apartes de los personajes principales (de esto también saben algo los de Francachelas) y muchos secretos serán desvelados antes de que de comienzo el segundo acto. Por cierto, miren cómo se puede hacer para no corresponder al amor solicitado. Página 155. A partir del verso 1615:

Dice Sancho, que representa a don Juan:

¿No diréis si me queréis?
Acabad.


Y acaba de responder doña Inés tras una estrofa que me ha parecido dubitativa, hueca y retórica como discurso de sofista:

Amando, suspiro y lloro
Con lágrimas del deseo,
cuando, viéndoos a vos, veo
el dulce dueño que adoro;
y a no ser por mi decoro,
arrojada, vive Dios,
por que se viera en los dos,
mostrara mortal mi herida,
pues por vos gozo mi vida,
siendo mi muerte por vos.

Tan cruel, tan mi enemigo
es mi amor, por ser tan raro,
que cuando más lo declaro,
es cuando menos lo digo;
si le hablo no le mitigo,
y si procuro fingirle,
es castigarme en sufrirle,
y así tengo al conservarle
mucho fuego en ocultarle
y poco alivio en decirle.

Es decir, ella continúa con sus vaguedades retóricas que le libren de decir a don Juan (en realidad Sancho) que le quiere.  No lo hace. Por eso es un discurso tan hueco, porque es falso como el de los políticos (los de la tele digo).

Quizá alguna vez hable de métrica. Será cuando tenga algo que decir al respecto pues, de momento, prefiero escuchar a los que saben y, al fin y al cabo, lo mío es decirle al lector que tal libro mola y, por tanto, debería comprarlo. Ya se sabe que los libreros, los de verdad, son poco habladores. Será por eso que casi no venden (¡Compre un libro y llévese trescientas cuarenta y ocho páginas, oiga!¡La Odisea en formato de bolsillo, me la están quitando de las manos!) y si le preguntan por el método Duckham va a decir que eso le va a destrozar el estómago, el hígado y los riñones, y que podrá enterrarlos junto a su perspectiva de la vida, que ha de estar igualmente destrozada. Pero los libreros no tienen nada que decir sobre métrica, ¿estamos?

En la página 199 y a partir del verso 2326, creo, doña Inés nos habla de amor y de celos pero lo hace desde mi punto de vista de una manera más bien pedante, prefiero no transcribirlo. Sólo diré que si en algo es útil debe agradecérselo al hecho fundamental del malentendido que junto con el disfraz es componente decisivo de la comedia aunque, a la par, típico.

En Rojas abundan las expresiones que hacen saber al espectador lo injusto de circunstancias que sufre quien de ellas habla, del tipo Que deba ser yo…, Que me vea yo ahora…, lo cual en conjunción con la gran cantidad de apartes (a veces soliloquios) que utiliza para sus personajes hacen de su obra reconocible. A esto hay que añadir, además, el ya mencionado gusto por la ironía: ridiculiza las cuestiones de honor y es, en ese sentido, un autor más moderno que otros de su época. Ahora a ver qué hacen los cubanos de Mefisto, que el año pasado nos ofrecieron un gran FUENTEOVEJUNA.

miércoles, 29 de junio de 2011

Los locos de Valencia.


OLMEDO CLÁSICO 2011.
Viernes 15 de julio. Corrala Palacio del Caballero.
23 horas.
Centre Teatral de la Generalitat.


Autor, Félix Lope de Vega, 1590-95.
Editorial Castalia, 2003.

356 páginas.
Pvp, 14 €.

A lo que vamos, la tema es la tema. Cada loco tiene la suya. También por extensión se dice el suyo: cada loco con su tema. Hilan, ¿no? Pues eso. Lo digo porque no se pierdan en feminizaciones que no esperan, ya que Lope de Vega recurre al tema de la tema a menudo. Por ejemplo, el caso de Erifila: protagonista femenino al que efectivamente le han robado como, desesperada, cuenta a quien le escucha: me han robado tres mil ducados. Este es el tema (o la tema), asegura Valerio o Gerardo, no recuerdo. Es decir, tenemos a una mujer noble y cuerda en un manicomio valenciano (quizá el mismo al que hacen referencia los libros de historia como el primero de Europa) porque se la toma por loca.

La tema de Floriano no la recuerdo, pero tampoco está loco y ha de fingir. Se cree asesino del príncipe heredero y su salida es la entrada al manicomio. Este fingimiento es castigo por los hechos acaecidos. No busca librarse de la prisión sino de la muerte. El contexto es el caldo de cultivo de los juegos literarios y poéticos del dramaturgo madrileño, porque Floriano y Erifila se conocerán y quedarán, entonces sí, verdaderamente locos y, por supuesto, de amor. Lope fino como siempre.

Tengo anotado en un trozo de papel: parlamento perfecto de Valerio a propósito del amor (v. 591, pág. 152). No sé si no será un tanto exagerado. A ver. Bueno, descubro que, en realidad es a partir del verso 551 y en la página150:

¡Muy buen lance echó mi suerte
en el suceso de hoy,
pues desta ocasión estoy
casi al punto de la muerte!
Llevé con temor no poco
al hospital a Floriano,
donde dejo un cuerdo sano
y traigo un enfermo loco.
Después que vi la mujer
que agora llevan de aquí,
o todo el seso perdí
o no tengo qué perder.
¡Jesús! ¡Qué gran perfección!
Bien dicen que es accidente
lo que pasa fácilmente
por la vista al corazón.
¿Era muger lo que vi
o era algún ángel del cielo?
¿Estoy en mí? ¿Qué recelo?
Todo estoy fuera de mí.
¿Por qué la dejé llevar,
pudiéndolo resistir
o hasta saber y inquirir
su patria, estado y lugar?
Ya veo mi seso poco,
pues que mi alma no toca
en que es loca; mas si es loca,
¿qué mucho que yo sea loco?
Si el amante se transforma
en lo amado, loco soy,
pues a una loca le doy
el alma en que está su forma.
¿Habrá caso más estraño
si aquí me vengo a perder?
Quiérola volver a ver,
que por ventura es engaño.
volver quiero al hospital,
porque en viéndome afligir,
o no me dejen salir,
o allá me curen el mal.

Es genial, claro. El amor como locura, y Valerio como personaje principal pues es responsable de que los dos protagonistas (cuerdos) de la comedia estén encerrados. Idea suya fue el ingreso de su amigo Floriano en el hospital para salvarlo de la muerte y, también, permitió el de Erifila, a la que encuentra desnuda (después de sufrir un robo verdadero y traidor) en la calle, y de la que, además, queda enamorado.

LOS LOCOS DE VALENCIA es una de las primeras obra de Lope de Vega. En ella podemos reconocer perfectamente el planteamiento, el nudo y el desenlace a la manera que sembrara cátedra, los enredos con los que gustaba de dar gusto al público de las corralas, los temas propios como el amor y los celos y, por supuesto, la lírica que hiciera de él uno de los grandes escritores de la época. No obstante, una vez más, esta obra tiene que ganar el noventa por ciento en los escenarios. Más de tres mil versos y un desenlace al uso (no recuerdo como acaba ni le he puesto mucho interés) son demasiadas trabas para su lectura natural. Y esto a pesar de que estamos ante una obra en la que todos sus personajes están locos, la mayoría desde el principio y en un sentido estricto, y otros evolucionando desde la cordura y, quizá, más en un sentido metafórico y, muchas veces, fingido. Pero compréndase que la posibilidad de disparate queda a tiro de piedra y la obra tiene muchos pasajes muy divertidos.

jueves, 17 de febrero de 2011

y EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA IV


Maldita sea la estampa de cuantos gobiernan en el mundo: presidentes, delegados, profesores, carteros, libreros de mierda, secretarios, padres, madres, tíos y mascotas... qué puñetas hacéis que  la vida es tan complicada.  ¿No estábamos en plan de transcurrir tranquilamente? Pues el pavimento está levantado, maltrecho, y es tropezando como he llegado hasta aquí. Juraría que estoy malherido o herido mal, de mala manera, casi diría que desacertadamente o puede que sin intención. Triste me estoy poniendo. De verdad que sólo salvaría a unos cuantos políticos y a un par de banqueros. Los demás deberían ser tragados por la sima profunda del igualitarismo,  derechos al fuego en proyectada masa común, insignificante. Porque últimamente sangro, se me va la vida. Dice el librero que tengo los días contados. Ha llegado a asegurarme que hizo una vez una o con un canuto. Será que llevo dos semanas sin escribir por aquí.

No sé si tiene pensado un sustituto (substituto) para mi, pero es que sin ser muy listo se darme cuenta, por ejemplo, de que Sancho Panza y don Quijote son un par de maleantes y, a veces, más parecen salteadores  de caminos como, por ejemplo, cuando roban la bacía al barbero, el famosísimo yelmo de mambrino: es que se lo quitan con violencia. Don Quijote de la Mancha (piénsese en lo ridículo del nombre, por favor) y Sancho Panza son dos tipos peligrosos, van armados y si no les falta un verano es que les sobra. Las aventuras del caballero de la Triste Figura, como su escudero lo bautiza, son un verdadero desmadre: atacan enemigos imaginados en gentes pacíficas que ocupan los caminos, viajeros que unas veces acompañan a una doncella, clérigos que forman una procesión de velatorio, pastores, venteros y, en el colmo de lo maravilloso y de lo extravagante, liberan a un grupo de presos galeotes encabezados por Ginés de Pasamonte, uno de mis capítulos, paradigmático ello, favoritos y que merecería por sí una entrada, aunque no va a ser posible, al menos de momento. Es cierto que don Quijote se lleva muchos palos, pero es que los merece casi todos.

Una de las características que más llaman la atención es la capacidad de Cervantes de mezclar historias, crear paralelismos, contar dentro de los cuentos y, aún, divertirse al viejo juego de la metaliteratura, algo esto último que será el semillero de la segunda novela de don Quijote, diez años posterior. En 2010 descubrí a Roberto Bolaño y no creo que vuelva a él hasta la segunta mitad del presente. Los que ya se han iniciado en su obra o la conocen podrían perfectamente destacar la complicidad que a través de sus personajes más emblemáticos existe entre sus novelas. Pues bien, una vez más, Cervantes ya lo había hecho. Cervantes inicia historias que terminan mucho después cuando se desvela algún tipo de relación oculta entre lo que se contó y lo que se viene contando, como es el caso de la historia de Cardenio y Luscinda, y relaciona historias de personajes dispares que, sin embargo, tratan temas comunes, como esta que he nombrado y la de Dorotea que pronto será para don Quijote y Sancho la princesa Micomicona, una nueva vuelta de tuerca que para el escritor no parece suficiente. Abundan los cuentos e, incluso, los ensayos, los discursos humanistas... todo casi siempre muy bien hilado.Es lógico que tantos libros hayan partido de este, que tantas otras novelas, poemas y ensayos haya inspirado.

Este libro burlón y fino como pocos, flexible como ninguno porque se puede leer como y desde donde se quiera, contiene desde mi punto de vista un excedente. Al menos dos de sus historias nada tienen que ver con las aventuras del hidalgo loco, de manera que por una parte no aportan y por la otra despistan. Por supuesto que me refiero a EL CURIOSO IMPENITENTE y a LA VIDA (o historia o como más guste) DEL CAUTIVO. No es que que sean malas historias, y ni siquiera se desvía demasiado de los temas que interesan o se tratan durante el resto de la novela, aunque esto último más bien se debe a la universalidad de dichos temas: el amor, el honor, la aventura, el deber... son valores humanistas que Miguel de Cervantes trata como nadie pero, a lo que se va, lo que venimos leyendo es la novela de un hidalgo monomaníaco que confunde realidad con ficción o, en el mejor de los casos, que vive una ficción muy distinta de la del resto de personajes de la obra, o de la del resto de personas del mundo, una ficción que quizá por economía epistemológica es generalmente considerada como realidad.

Estas dos novelas, de extensión similar a las ejemplares (entre las dos vienen a sumar unas cien páginas) y también a la historia original de don Quijote (los primeros capítulos que comentamos -todos nosotros- tan por encima como esto de ahora) son en la conclusión que saqué hace tiempo y en la que aún hoy me reafirmo perfectamente prescindibles y de ellas debe prescindir el lector avisado, al menos en su primera lectura. Porque suponen una interrupción del camino trazado, del argumento. Sancho, el barbero y el cura, junto con Dorotea (la princesa Micomicona) y Fernando, Luscinda y Cardenio están ya con don Quijote después de que este pasara su penitencia entre peñascos y se dirigen al reino de Micomicón cuando se intercalan, seguidas una de otra, esta dos novelas. Y no me gusta, no me gusta ni un pelo. Más aún cuando ya se conoce lo que falta por venir: más ficción, más inventos y artimañas: don Quijote ha de volver a casa según el cura y el barbero, y para que esto se haga hay necesidad de nuevos cuentos que encandilen al loco.

Porque locos en esta historia hay uno, pero locuras muchas. Me acuerdo de las lopianas comedias de capa y espada cuando unos u otros personajes se disfrazan con la intención de engañar a don Quijote. Pero, claro, en Cervantes la lectura es más rica: los personajes, digamos de verdad, pasan a formar parte del mundo imaginado por don Quijote y así es fácil ver al cura o al barbero disfrazado de dama, por ejemplo, o a la ya nombrada Dorotea de princesa. Cuando, a menudo, Sancho cae en lo engaños que están sufriendo él y su amo es don Quijote quien vuelve a dar crédito a todo asegurando lque los encantamientos a los que está siendo sometido logran que sus aventuras maravillosas se presenten como hechos ordinarios, y las cosas extraordinarias, por ejemplo los gigantes, como objetos vulgares, sean molinos de viento o cueros de vino... así que el lector anda envuelto en estos ires y venires entre lo fantástico y lo real que hacen de la lectura maravilla.

De hecho, don Quijote vuelve a su aldea encerrado en una jaula que es carreta de bueyes y después de recibir el encantamiento de uno de los fantasmas que entre todos habla en la venta, de noche, con el caballero adormilado, alucinando con los disfraces de los que venían siendo sus compañeros de camino. Sancho se da cuenta de la engañifa pero le resulta imposible convencer a su amo.

Según el final se aproxima el discurso cervantino se va haciendo, en boca de varios personajes aunque principalmente en la del cura, más explícito y llega a su punto más álgido en los momentos en los que se trata, precisamente, la cuestión de los libros de caballerías, que don Quijote (mal) equipara a las crónicas de caballeros, estas sí, historias reales. Por extensión Cervantes acaba haciendo un alegato reaccionario al panorama literario (se supone que sobre todo sobre las tablas) y censor, y en el que viene a decir que no todas las obras merecen ser públicas y que, además, algunas son dañinas para la sociedad, refiriéndose, por supuesto, a las de menos calidad y, en realidad, no repartiendo mucho las bofetadas porque casi todas van a parar al dramaturgo por excelencia, el que daba al público lo que el público quería ver (casi siempre), Lope de Vega. Así que aboga quien fue censurado (en concreto la Inquisición portuguesa se ceba con esta obra) por censurar, controlar desde las instituciones la conveniencia de las obras. Y aunque no se puede negar que paja en el siglo de oro hay mucha tampoco que seguramente con medidas de ese tipo (esto lo dice Francisco Rico) nos hubiérmaos quedado sin una de las mejores épocas de la literatura española.

La obra termina de forma parecida a como empieza, con poemas inventados por personajes inventados, apurando la parodia hasta el final pues era uso que los libros de caballeros andantes se publicaran con las palabras de apoyo, a menudo en forma de poema, de colegas de profesión.

Don Quijote de la Mancha es una espléndida novela que es más que una novela. Es verdad que, como se decía en uno de los comentarios de la entrada anterior, se trata de un libro que conviene leer por capítulos sueltos, como si de cuentos independientes se tratara. Lo que yo recomiendo es que se lean los nueve primeros de un tirón y que luego se lea el resto, dejando afuera al impenitente y al cautivo que podrán leerse, esto sí, de la misma manera en que luego se podrán leer, si apetece, capítulos sueltos, después de la lectura previa o primera de esta historia realista y fantástica a partes iguales.

Les dejo con un pasaje de diálogo entre los dos protagonistas, ya de vuelta a casa, con don Quijote encerrado en la jaula, supuestamente encantado, y Sancho tratando de convencerle de que no hay encantamiento alguno sobre él. Es un pasaje que tiene cierto aire triste, melancólico, muy apropiado para un final, cuando Cervantes seguramente aún no tenía pensado continuar la historia. A veces creemos que hemos cerrado una puerta y luego nos damos cuenta de que la dejamos entornada, de que nuestro subconsciente pensaba distinto. Pienso que soy el subconsciente del librero, y no sé cómo piensa que puede deshacerse de mi. Bueno, a lo que voy:



- ¡Ah! -dijo Sancho-. Cogido le tengo:esto es lo yo deseaba saber, como al alma y como a la vida. Venga acá, señor: ¿Podría negar lo que comúnmente suele decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad: "No sé que tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propósito a lo que preguntan, que no parece sino que está encantado?" De donde se viene a sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras naturales que yo digo, estos tales están encantados; pero no aquellos que tienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.

- Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-; pero ya te he dicho que hay muchas maneras de encantamientos, y podría ser que con el tiempo se hubiesen mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera, que contra el uso de los tiempos no hya que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengo para mi que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar en esta jaula perezoso y cobarde, defraudando el socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.

- Pues con todo eso -Replicó Sancho-, digo que, para mayor abundancia y satisfacción, sería bien que vuestra merced probase a salir desta cárcel, que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacalle della, y probase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que va encantado, según va de melancólico y triste; y, hecho esto, probásemos otra vez la suerte de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo nos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y leal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con lo que digo.


Edición recomendada:

DON QUIJOTE DE LA MANCHA I.
Miguel de Cervantes, 1605.

Editorial Cátedra, a cargo de John Jay Allen.
Edición de 2005.
600 páginas.
9 €.