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jueves, 12 de noviembre de 2009

SALVADOR BARTOLOZZI. ILUSTRADORES DE CALLEJA III

Injusto sería decir que Bartolozzi fue un ilustrador más de los libros de la editorial Calleja. Madrileño desde 1881 fue conocido también como autor narrativo de cuentos y de teatro para niños, y como escenógrafo de obras bien reputadas en la época. De hecho, trabajó mano a mano con Lorca y Nieva.

Con catorce años trabajaba en la revista Nuevo Mundo, de la que, por cierto, algún ejemplar tiene por ahí el librero. A ver si le digo que me lo muestre. Prontó pasó a formar parte de la plantilla de ilustradores de Saturnino Calleja, y también de escritores. El primer Pinocho que llegó a España, del que podríamos decir que es el personaje de su vida, lo trajo él. Es en esta editorial donde aprende a conocer al público infantil, a respetarlo para asentar los principios básicos que le harán evolucionar como artista y de los cuales el más importante será el divertimento.

Fue fundador, junto con Gómez de la Serna, de la tertulia literaria del café Pombo. Tertulia de la que, por cierto y aprovechando accidentes recientes, diré que decía Francisco Ayala que sólo fue a una de ellas porque el sentido del humor de aquellos tertulianos era, más bien, horripilante. Pero, en fin, sobre papel Bartolozzi parece que ya apuntaba buenas maneras que junto con otras circunstancias le pusieron, ya en el primer decenio del siglo XX, a la cabeza de la dirección artística de la Editorial Calleja. Y hay que decir, para ser justos, que Gómez de la Serna fue uno de los artistas que más le influyeron.


Pero, a lo que iba: La circunstancia principal que llevó a Bartolozzi a dirigir la que, de por sí, había considerado siempre Saturnino Calleja como sección fundamental de sus ediciones, esto es, la ilustración o diseño gráfico, esa circunstancia que le llevó a coordinar y manejar distintas ilustraciones e ilustradores se dio con la muerte del propio Calleja. Porque Rafael, hermano del original, lo sustituyó y nombró a Bartolozzi director artístico de la editorial.

Así, a partir de 1917 y durante diez años los niños españoles podrán deleitar sus ojos con las serie "Pinocho" y "Pinocho contra Chapete", que se hicieron más famosos que el original de Carlo Collodi. Y más adelante, en 1925, surge, también de su mano, el semanario infantil Pinocho, revista de mayor calidad de la época y que estuvo en los quioscos hasta 1931, cuando el propio Bertolozzi ya había salido de la editorial, debido a cambios en la dirección de la empresa familiar.

Pero este español de padre italiano y madre madrileña fue tan prolífico que lo mismo se le pudo ver ilustrando publicaciones, como escribiendo cuentos o decorando escenarios teatrales. A propósito de esto último es preciso decir que fue escenógrafo de La Zapatera Prodigiosa, por ejemplo. Pero también que codirigió una película de dibujos animados llamada Pipo y Pipa.

Fue figura clave en la renovación de la literatura y del teatro para niños, gracias a un concepto moderno de entretenimiento infantil. Se trataba de un planteamiento innovador según el cual el niño necesita un tipo de literatura concreta y un lenguaje concreto que conectara al lector infantil con la historia que se contaba. Bartolozzi tomó el "Instruir deleitando" de, digamos, Calleja, y lo convirtió en "Mejorar divirtiendo". En este sentido puede decirse que Bartolozzi dio un paso radical respecto a una concepción conservadora y aleccionante, paternalista, de la literatura infantil y, según la cual, esta debía tener la utilidad de enseñar y de moralizar a los chicos. Continuó, de esta forma, una labor que iniciara el propio Calleja y aportó como nuevo un concepto tan llano como que la literatura infantil debía servir para que los niños se divirtieran. (David Vela; para más información pinche en la estampa parisina de arriba).

martes, 27 de octubre de 2009

SANTIAGO REGIDOR. Ilustradores de Calleja II.

De las personas humanas su capacidad para no dejar ni rastro es una de las que más me sorprenden. Por no decir la que más. Morir y pasar en poco tiempo a formar parte del todo y hasta ser menos de lo que yo soy. Aún más sorprendente es, sin embargo, que incluso de aquellos que dedicaron su vida a manifestarse artísticamente y por medio de obras, a priori, imperecederas, de aquellos que dejaron tras de sí huellas explícitas de lo que fueron, de aquellos tampoco quede nada. No voy a volverme ciego buscando a los ilustradores de don Saturnino. Prodigio suficiente es ser invisible.

Toca Santiago Regidor. Nacido en 1866 he pescado buena parte de la información que poseo en la hemeroteca del ABC: gracias a que un día de 1942 (diez de septiembre) murió y el diario publicó su necrológica. Que se me diga que, entonces, sí hubo huella. De acuerdo: pero fue leve.

Como Méndez Bringa, el Regidor fue colaborador habitual de ABC y de BLANCO Y NEGRO, aunque no fuera nunca el favorito de esta revista como aquél, porque de eso sólo podía haber uno: aún pasa. Lo que más interesa en este blog es que también fue ilustrador de las ediciones de Calleja, pero de eso sí que me ha sido imposible encontrar algo.

Sé que durante cuarenta años regentó la cátedra de Dibujo del Colegio Municipal de San Ildefonso hasta su jubilación. Pintor e ilustrador se especializó en los paisajes. El ABC de entonces destaca su carácter eminentemente español, que debe de referirse a los motivos principales de sus obras: el campo y el medio rural, las aldeanías, las gentes camperas que habrá que pensar eminentemte españolas.

Por el buscador del Museo del Prado he sabido de dos de sus principales obras, ambas óleos: PAISAJE CON LAGO y NIÑOS, FUENTE Y CABALLOS. No he sido, sin embargo, capaz de encontrarlas por sitio alguno. Tengo al librero tan cabreado que he pasado buena parte de la mañana esquivando sus zapatillazos. De eso tampoco quedará huella alguna, pues apenas soy aire, pero lo cierto es que me ha abanicado tanto que aún siento partes de mi no afuera, separadas, independientes y puede que extraviadas: espantadas. Ocuparé algunos días buscándome y, quien sabe, podría ser que entre tanto apareciera también algún interesado en Santiago Regidor, alguien mejor documentado que yo.

jueves, 24 de septiembre de 2009

MÉNDEZ BRINGA. Ilustradores de Calleja I.

Sale a colación por aquí el Bringa, Narciso Méndez Bringa, porque tenía pendiente algo más de detalle en lo que a Calleja, el editor, se refiere. Como quien tuviera cosas que decir digo que fue este, nacido a finales del XIX, uno de sus más reputados ilustradores, cuya labor resultó fundamental en la divulgación de las distintas colecciones. Entre los trabajos más famosos se debe destacar LOS CUENTOS DE ANDERSEN, adaptación que, también gracias a él, alcanzó gran popuilaridad y fue leída por varias generaciones.
Narciso Méndez Bringa fue reconocido ilustrador y dibujante en general. De marcado carácter costumbrista su empeño en el detalle, en el retrato fiel de su tiempo, fue razón suficiente para encabezar portadas y secciones del semanario BLANCO Y NEGRO y de la revista, fundada por el propio Calleja, LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA Y AMERICANA.






Pensando en la posibilidad de ilustrar este blog suficientemente bien se me ocurrió recurrir a los clásicos, pero ya me he dado cuenta de que va ser más que difícil encontrar información suficiente sobre los que más me interesan de ellos, aquellos que trabajaron para Saturnino Calleja. Le he pedido al librero que me busque información al respecto. Hay huellas por todos los lados, me dice: Méndez Bringa estuvo aquí y allá, dibujó y pintó hasta ser uno de los más reputados de principio del siglo XX, hasta resultar imprescindible en algunas de las publicaciones más importantes. Pero del señor que nació y acabó muriendo un día dice el librero que no sabe casi nada. Que tipo más grande el Bringa éste. Una recargadísima necrológica del ABC me ha proporcionado algo de información, pero resulta difícil de leer, como si el articulista se empeñara en inventar un idioma en cada párrafo. Eran otros tiempos, claro.




La ilustración (todo por la ilustración) fue una de las máximas de Saturnino Calleja, los sentidos de este concepto explican al propio Méndez Bringa, que dibujaba con realismo imágenes que acompañaban a textos racionalistas. La Ilustración Española y Americana pretendía cumplir con la función divulgativa de la que educación y cultura en general carecían a finales del XIX y principios del XX. Publicación intelectual que se recreaba en el gusto por el conocimiento con el que trataba de entretener a los buenos lectores de entonces, los que tenían la responsabilidad de tirar del carro de la ilusión. Una época en la que el tópico pasar más hambre que un maestro de escuela era mucho más que una gracia inofensiva porque con ella se ratificaba la postura general de las familias, según la cual mientras se gastaba el tiempo en llenar los estómagos más bien lo justo, no podían enredarse los pequeños en el aprendizaje de las letras: mucho menos los adultos. Es en este contexto, el de unos hombres más bien raros que trataban de hacer de la cultura un bien general, necesario, donde hay que situar a Narciso Méndez Bringa.





Una de las colaboraciones más habituales y por las que más y mejor reconocido fue Méndez Bringa, es la que llevaba a cabo en el semanario BLANCO Y NEGRO, en el que ilustraba novelas y relatos.


Echando la vista tan sólo un poco atrás, a penas un siglo, es fácil darse cuenta de que por el camino se quedaron buena parte de la pulcritud y la gracia de la lengua que empezaran a conquistarse en su momento, antes de guerras y dictaduras. Frente a lo recargado de aquellos textos, sosegados y bien masticados, las prisas de hoy llevan implícitas un ahorro excesivo, una falta de respeto constante al idioma que nos explica, camino de una especie de sajonización excesiva que llegó al extremo hace unos años con la aparición de los mensajes de texto en los móviles. La Internet no ha mejorado las cosas en ese sentido y resulta vergonzoso dar una vuelta por los foros en los que personas que han recibido una educación completa no saben expresarse. Como en los tiempos de Calleja, pero sin justificación posible.

sábado, 5 de septiembre de 2009

CUENTOS DE CALLEJA

Durante buena parte del pasado siglo XX español la letra entró en las mentes infantiles haciendo herida y muy lejos de ser considerada un divertimento. A finales del XIX la letra ni entraba ni falta que hacía. Hasta 1909 no hubo en España un decreto de obligatoriedad de escolarización, esto es: seis años antes de la muerte del protagonista de este artículo. El analfabetismo era el más grave de toda Europa y las escuelas espacios más bien deprimentes que no lograban convencer a unos padres que necesitaban, por encima de todo, ingresos que ayudaran a la desastrosa economía familiar de aquellos tiempos. De Saturnino Calleja se pueden decir muchas cosas pero la principal es que fue un precursor.


Los libros de texto de finales del XIX y, en general, todos los que tuvieran que ver con la divulgación (científica, sociológica o literaria) no sólo eran escasos y de poca calidad sino caros. Y Calleja y su empresa editorial, fundada en 1876, hincó el diente a todas esas cuestiones: sacó a la luz libros más baratos que les permitieran llegar a un mayor número de usuarios y, a la vez, ilustró sus páginas para hacerlos más atractivos. Aplicó a rajatabla el lema de la editorial: todo por la ilustración, procedente de la revista fundada en 1884 La ilustración en España.

Calleja fue maestro y agente de modernización educativa y cultural de la época, parte esencial en la fundación (1876) y el posterior desarrollo de la Institución de Libre Enseñanza, también fundador de la asociación nacional del Magisterio Español, y de la Asamblea Nacional de maestros que planteó al gobierno las reformas necesarias en el sistema educativo. Entendía que el país sólo podría renacer, rehacerse, por medio de la cultura y de la educación. Se dice (se dicen las cosas que se dicen) que en 1888 sacrificó el 80% de las ganancias a cambio del fomento de la obra, lo cual sugeriría, más allá de lo romántico o interesado del tema según perspectivas, la confianza que tenía en su proyecto, efectivamente, empresarial y educativo al mismo tiempo. Así, enviaba libros a las paupérrimas escuelas de la época, muchas veces, a costa de su propio bolsillo: unos manuales que sorprendían a los pobres maestros por lo atractivo de sus contenidos, y por lo bajo de su precio. El propio Calleja escribió decenas de libros de texto: sobre cocina, danza, historia sagrada, cartillas, etc...




Tener Más cuento que Calleja es una de las expresiones hechas más famosas de este país. Habitualmente se decía en tono despectivo y venía a significar que el señalado era un mentiroso. Con el paso de los años la expresión se ha ido suavizando y, aunque mantiene el significado, denota también cierto aire cariñoso. Efectivamente, los cuentos de Calleja han trascendido más que el resto de su producción editorial. Los niños de los primeros decenios (hay que pensar que la labor de Saturnino fue continuada por su hijo con mejor resultado aún) del pasado siglo crecieron con los cuentos de Calleja, característicos por su pequeño tamaño, bajísimo precio (cinco y diez céntimos las colecciones más baratas) y sus cuidadas ilustraciones, a cargo de reputados dibujantes, como Narciso Méndez Bringa, Santiago Regidor, el también escritor Salvador Bertolozzi y José Pepito Zamora. Además de estas colecciones baratas había otra llamada PERLA que se caracterizaba por su mayor calidad. En total la editorial Calleja logró publicar un total de veintiocho colecciones, de las cuales JOYAS PARA NIÑOS y JUGUETES INSTRUCTIVOS fueron las más conocidas. En 1911, cuatro años antes de la muerte de don Saturnino, la editorial tenía editados más de mil cuentos, gracias a los cuales los niños de la época conoceron a Perrault, Andersen o a los hermanos Grimm, además de deleitarse con historias propias de autores casi siempre anónimos pero entre los que se sabe que estuvo, por ejemplo, un joven llamado Juan Ramón Jiménez. En general, se puede decir que los cuentos de Calleja han sido uno de los fenómenos editoriales más importantes de España y, por extensión, de la América hispano hablante. Tropezar hoy con muchos blogs del mundo que traten la literatura hispánica es encontrarse con estos libritos que forman parte de la historia general de estos países, y de la sentimental de muchos de sus paisanos.


No hay por qué negar, en todo caso, que se trata de cuentos ejemplificadores, en los que el aspecto religioso es importante y en los se fomentan virtudes que hoy en día consideraríamos dudosas. Las obritas de los autores europeos antes mencionados eran muchas veces retorcidos a conveniencia de la moraleja o lección que se quisiera enseñar, pero no se puede hacer este tipo de crítica sin antes situarse adecuadamente en el contexto en el que se desarrolló el fenómeno. Efectivamente, la gente mala era fea y, aún peor, la fea mala; los buenos honrados trabajadores, etc, etc... pero piensese, en este sentido, en los cuentos clásicos de príncipes y princesas que hoy día continúan publicando algunas editoriales, o en las las películas de dibujos animados que nuestros hijos devoran más de un siglo después...

En fin, Saturnino Calleja publicó, además, varias ediciones de EL QUIJOTE y la primera de PLATERO Y YO, libros que hoy en día deben ser joyitas de las más buscadas por los coleccionistas. Y, bueno, fueron felices y comieron perdices, y a mi no me dieron porque no quisieron. (Saturnino Calleja)

miércoles, 26 de agosto de 2009

UNA EDICIÓN DE LAS FÁBULAS DE SAMANIEGO.

Al cambio de aire casi me constipo, coño. Lo que no son las cosas. Me encontré esta pasada noche y sobre el mostrador de la tienda una pila humilde y, a primera vista, noble de pequeños libritos antiguos que no eran tales. De entre ellos me llamó especialmente la atención el de las famosas fábulas de Samaniego que tomé de la mano dispuesto a llevarme a la boca, a sacarle el jugo que, finalmente, no tenían. De la última noche para acá el no vivir mío ha sido una contrariedad tal que a poco me da por existir. Madrecita, qué disgustos.

Efectivamente, no hay mucho en las fábulas de Samaniego que saborerar, ningún efecto literario que sorprenda o provoque o pueda provocar o, al menos, pueda llegar a hacer pensar que pudiera en algún momento provocar... algo. Fábulas imperceptibles sería un buen título por lo que a mi respecta, pues me han pasado totalmente desapercibidas. ¿Samaniego? Un tipo con pasta y buena educación, un pijo al que le gustaba pasar el rato escribiendo, un ejemplo más de la nula fertilidad del siglo dieciocho español literario. ¿Sus piques literarios con el tal De Iriarte?: Infantil y un tanto largo de patética. ¿Sus poemas? Un rollo falto de técnica y sobrado de intención ejemplificadora.

Una cosa, sin embargo, no quita la otra. La otra cosa es que se trata de una reproducción facsímil de una edición de 1902, a cargo aquella del mismísimo Saturnino Calleja, un personaje histórico de la literatura española, profesor, librero, editor y tipo inteligente y romántico. En la portada podemos leer:

"OBRA DECLARADA DE TEXTO
POR EL REAL CONSEJO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA Y APROBADA
POR LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA"

EDICIÓN CALLEJA
CORREGIDA POR SIETE CENSORES PRESIDIDOS POR UN MINISTRO
DEL TRIBUNAL DE LA ROTA"

Ahí es nada. Como para bromitas. En fin, hablo de una colección que la editorial Maxtor comenzó a hacer circular más o menos a la par que el nuevo siglo y que ya cuenta con varias decenas de títulos. Hay muchas ediciones del siglo XIX, claro, títulos que llaman mucho la atención: La Constitución de Cádiz; Los veintiséis puntos del Estado Español (Nación Unidad Imperio); El Libro del Arte; una ersie de La Pequeña Enciclolpedia de Agricultura, con varios títulos... etc. Sin, embargo, la edición Calleja se encuentra, sin duda, entre las más románticas y prestigiosas de la historia editorial de este país y si me he fijado en el Samaniego ha sido precisamente por ello. Lo que digo, entonces, es que voy a contar unas cuantas cosas de don Saturnino, que apetece.