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lunes, 22 de diciembre de 2014

PALAIS DE JUSTICE

José Angel Valente, mediados 1980.
Galaxia Gutenberg, 2014 

102 páginas.
16 €.

Hablo de jotas indiscriminadamente. Tengo dos clientes Jota. Uno de ellos me cuenta de todo, es uno de mis mejores y más interesantes clientes y el otro día agarró el libro de Valente y me preguntó si era un invento de Galaxia. Le contesté que quizá sí, que podía ser. Nos reímos con la cuestión esta de los libros inventados, manuscritos que salen de los cajones de cualquier autor y que algún avispado familiar o amigo o editor hace llegar a un editor que lo publica generalmente porque el mundo no se podía perder ese original que, a menudo, ni siquiera existe. A veces se juntan papeles y se les pone título. Hay de todo como en botica pero el introductor de esta obrita -Andrés Sánchez Robayna- dice que no, que si Valente no había publicado antes PALAIS DE JUSTICE era porque hasta el momento no se daban las condiciones necesarias. No sé cualés son. Parece que una de ellas es que el poeta estuviera muerto. El resto también familiares. En cualquier caso ya se conocían algunos fragmentos que se publicaron entre 1986 y 1993 y que Galaxia había dejado para el apéndice de sus obras completas.

En su DIARIO ANÓNIMO se encuentran las siguientes palabras: "Palais de Justice: sucesión de actos de la memoria. Lo vivido, incluso lo inmediatamente vivido, reaparece con el espesor de los sueños". A Valente uno se arroja, ya he vivido esa experiencia antes. Por eso volver a él ha sido emocionante. Tiene este autor algo de animal, algo de primario que asoma entre los resquicios que deja la forma preciosista de su narrativa. Es un poeta muy pulcro y a veces grotesco, vertiginoso porque entra en la herida y eso da miedo. Sus días parisinos tras el proceso judicial de su divorcio parecen ser el arranque de estos escritos que me han parecido más autobiográficos que otra cosa por cuanto que incluso los más descaradamente ficticios creo que retratan sus estados de ánimo, a menudo relacionados con el desencanto y con la inseguridad, la inseguridad en cuanto a los nuevos rumbos que tomar pero, sobre todo, en cuanto a la propia identidad. Así el narrador baila entre la primera, la segunda y -creo recordar- también la tercera persona. Es un clásico de su poesía, esa búsqueda de la nada que parece el único camino a seguir en la multiplicidad, una vez sabido que el yo entidad es imposible incluso como ilusión. Muchas capas, sí, en José Ángel Valente y una pregunta fundamental que me hago: quién sufre las desdichas.



En el original

Había que rodear la parte derecha de la casa para llegar a la cocina por una escalera lateral. Pasaba ya de media noche y en la cocina había luz. La luz caía por el gran ventanal sobre la rosaleda y daba a las rosas una belleza insomne e irreal. La gata vino sin un solo maullido y se quedó quieta, pegada al suelo, a mis pies. No corría un soplo de viento. Las rosas estaban inmóviles, como si hubiesen sido paralizadas por la luz. Interrogué con una larga caricia el lomo del animal que se pegaba a mí. No dio respuesta. Había luz a deshora y una inquietante impresión de inmovilidad. Empujé la contrapuerta de madera. Te vi a través de los cristales. Entré. Permaneciste como estabas en el taburete, inmóvil, justo debajo de la lámpara. No parecías respirar. Yo también me quedé inmóvil, paralizado por la violenta luz que bajaba como un frío cuchillo sobre tu cerviz. Tenías la cabeza desplomada sobre el pecho, las piernas completamente estiradas y rígidas, los brazos caídos a lo largo. Desplomado sobre tu propio cuerpo, tus manos rozaban casi el suelo. Me quedé inmóvil, pensé que si daba un paso toda tu figura se derrumbaría. Se sostenía extrañamente tu cuerpo. El ángulo que formaban con tu tronco las piernas estiradas te impedía caer. El pelo rubio aún, que luego el tiempo ha ido oscureciendo, cubría tu rostro y liberaba la parte posterior del cuello sobre la que caía el violento asalto de la luz. Tenías el cuello en la posición de la víctima. Un simple hilo habría podido seccionarlo. Tal vez tu cuello estaba seccionado ya. Quizá si yo diese un paso más te desmoronarías. Quizá si yo diese un paso más me desmoronaría. Quizá estabas muerto. Quizá yo estaba muerto. Y de ahí la inmovilidad y la luz. Y si ahora soplase un leve viento, tú y yo nos iríamos deshaciendo, nos iríamos volviendo blanco polvo soluble en las deslustradas cucharillas de la muerte. Te miré. No había en ti señal de respiración. Creí que estabas muerto. Te he visto muchas veces muerto en otras muertes para conjurar la tuya. Podríamos haber estado muertos esta noche, representando cada uno de los dos nuestro papel en esta escena fija. El animal que ambos amábamos maulló muy levemente. Tuve la impresión de que la luz pesaba con gravedad menor sobre tu cuello. ¿Cuánto tiempo llevabas allí? ¿Quién estaba en la casa? ¿No había nadie o no nada llegaba, ni un rumor, como señal de los durmientes? No, no había nadie. Éste era ya un lugar vacío o desertado, el arca que se llevaron las aguas y que en ninguna alianza se quiso fundar. Por eso están las rosas quietas, detenidas, inmóviles, ptrificadas en la luz. Si estás muerto, te enterraré bajolas rosas para que nadie te pueda encontrar. Me moví lentamente. Te rodeé con mi brazo derecho por debajo de los hombros y todo tu cuerpo, roto el casi imposible equilibrio, se venció sobre mí. Te mantuve así unos instantes. Luego eché tu cabeza hacia atrás. Tus cabellos estaban humedecidos de sudor frío. Abriste los ojos desorbitados y volviste a cerrarlos. Tenías los párpados hinchados y un poco de espuma y un poco de espuma blanca en la comisura de los labios. Ahora te atendí mecánicamente. Pasé mi brazo izquierdo por debajo de tus rodillas y te levanté en peso. Estabas inerte, pero sentía llegar lenta tu respiración. Subí despacio la escalera estrecha que llevaba hasta tu cuarto y te tendí en el lecho. La respiración se hacía ahora más acompasada y segura. Te fui dsnudando con cuidado y te arropé. La gata estaba ya tranquilamente enrollada en tus pies. No sé cuanto tiempo pudo haber pasado. Se oía un pájaro fuera. ¿Un pájaro de la noche o del amanecer? En aquel lugar los pájaros no eran los mismo de la ciudad. La gata irguió de pronto las orejas; luego, abandonó la escucha y se volvió a dormir. Yo sentía llegar en oleadas el cansancio y el sueño. Toqué tu frente; ya volvía a todo tu cuerpo el calor. Habías dejado deslizar el brazo izquierdo fuera de la gruesa manta. Un brazo desnudo, largo, extremadamente delgado, cuyas venas estaban endurecidas, ásperas, encalladas, como si ellas mismas se nagaran al fin a la sistemática administración de la muerte. Entreabrí ligeramente la ventana. Ya empezaba a clarear. Se oían otros pájaros. La montaña vecina dibujaba entre la niebla su vertical silueta oscura, poderosa, tenaz.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Apuntes. Valente antes que Bernhard.

Me he enredado tanto en distintas lecturas que no tengo nada sobre qué hablar y lo tengo todo. Bueno, lo cierto es que he terminado la última novela de mi amigo José Carlos Iglesias y también el primero de los relatos autobiográficos de Thomas Bernhard. Hablo de EL MAR DE LA TRANQUILIDAD y de EL ORIGEN, respectivamente. También llevo días con el último poemario de Luis Julio González Platón, una evocación romántica y melancólica de La Liébana cántabra llamado, precisamente, ANTIFONARIO DE LA LIÉBANA. Mi favorito, sin duda, está siendo PALAIS DE JUSTICE, de José Ángel Valente, un libro cortito sobre lo traumático que para él supuso el divorcio de su mujer cuando vivían en París y que me llevo conmigo de finde. Puede que lo termine de mi segunda sentada porque además de corto es intenso. Destacaría también lo que de decepcionante está resultando la lectura de Bernhard, farragoso demasiado a menudo, muchas veces inocuo y más bien pocas intenso. Se me va el fondo entre tanta sobrecarga formal y me resulta difícil sentir el impacto que entiendo que se pretende de tanto afrontar subordinaciones de subordinadas y reiteraciones de reitaraciones. Seguiré leyendo en cualquier caso al austriaco, pero de momento  me resulta mucho más luminosa e impactante la concreción poética en la narrativa del español que la complejidad narrativa del austriaco. A ver qué.

jueves, 16 de octubre de 2014


Nº 76

A José Ángel Valente le admiro un poco porque no le he leído mucho, pero siempre me ha apetecido admirarle más y tras las apetitosas lecturas de EL FIN DE LA EDAD DE PLATA, NUEVE ENUNCIACIONES, FRAGMENTOS DE UN LIBRO FUTURO, y  parte de su antología anterior creo que le hincaré el diente a esta obrita inesperada para mí, escrita en esa prosa suya que tanto me impactó en su momento. Empieza así esta narración autobiográfica, apasionante, violenta y descarnada, según nos indican en la contra:


José Angel Valente,  desde 1980.
Galaxia Gutenberg, 2014.

102 páginas.
16 €.

Filtración de los gris en lo gris. Estratos, cúmulos, estalactitas. Grandes capas de mierda sobre grandes capas de mierda, y así de generación en generación. París. Cuánto tiempo te hemos amado bajo los puentes donde ninguno habíamos estado. Cae la luz en el gris, variación de lo gris en lo gris. París no ha existido probablemente nunca. En todo caso no existe en la actualidad. ¿Qué actualidad? Sería inútil precisarlo. Tampoco la actualidad es cosa que tenga natural existencia. Aquí no existe nada ni nadie más que el sumergido rumor de la mierda de los siglos surcada por ejércitos de ratas. Hay lugares donde la mierda se arremolina a poco de la caída de la tarde. St. Michel, Montparnasse. La Sena, conspicua madre, perpetua y transitoria, se lleva infatigablemente la ciudad a lomos y a nosotros con ella. ¿Qué extraño amor ha convocado aquí de antiguo a los mortales? Bajo los puentes nos hemos encontrado, nos hemos reconocido, hemos partido otra vez. No, no es este el lugar. Fatiga. Ahora se siente la fatiga.

sábado, 22 de mayo de 2010

JOSÉ ANGEL VALENTE


José Angel Valente nació en Orense en 1929 y el próximo día 18 de julio hará diez años de su muerte. Entre Santiago y Madrid se licenció en Filología Románica y fue destacado profesor en las universidades de Oxford y Ginebra, ciudad esta última especialmente importante en su vida y que, también, acabó acogiéndolo en la muerte. Esa ciudad, Suiza francófona, es parte fundamental de un libro tan destacado como EL FIN DE LA EDAD DE PLATA, en el que continúa una tradición poética en prosa que, en España, cabe destacar de la mano de Juan Ramón Jiménez y de Luis Cernuda, herederos, a su vez y en esta faceta, de los mejores autores franceses: Baudelaire, Rimbaud... También en París residió entre 1982 y 1985, año a partir del cual se afinca en Almería.
No es Valente un escritor maldito ni aventurero ni charlatán, no fue un autor mediático ni una imagen pasional. Fue, esto sí, sometido a consejo de guerra en 1972 por el poema EL UNIFORME DEL GENERAL: nunca abandonó la poesía social por la que otros autores de su generación son conocidos, aunque abordó críticas y reivindicaciones desde perspectivas no habituales y también las aprovechó para profundizar en sus preocupaciones éticas y estéticas, a las que cabe dar mayor importancia. Fue un hombre que se aventuró en una búsqueda significativa, en negro sobre blanco, sin el sobresalto de lo palpable y arriesgando, sin embargo, en los vericuetos del pensamiento. Un escritor conceptista, esencialista, oscuro, místico y, sobre todo, inclasificable. José Angel Valente es aquel escritor que escribió su obra. Una obra única, importante.
Entre la documentación que hay por ahí me he topado con un reportaje de la televisión en el que conocemos directamente algunas cosas del poeta pues él mismo nos las cuenta. "Hay que romper con la noción de contemporaneidad", nos dice, "llegado un momento el escritor tiene que elegir por una opción de soledad absoluta, no tiene contemporáneos". Y así esta postura introvertida, hacia la soledad de uno y la toma de conciencia individual, es en su poesía un punto de partida y una actitud que desarrollará en la mayor parte de su obra.
El punto de partida es la muerte de su tía madrina Lucila Valente, con la que mantenía estrecha relación y que le hizo ahondar en el tema de la muerte, tomar conciencia de un hecho irremediable ("no hay pensamiento contra la muerte") y que el poeta recuerda con dolor y resignación: entendió el niño que la muerte esperaba a todo el mundo pero pedía a Dios que "se llevara a mi madrina la última". Entre las experiencias de niñez que forjaran al poeta también destaca el propio autor el arresto de su padre por los militares franquistas.
Se confiesa rodeado de libros desde pequeño, consultaba a menudo la biblioteca del cura liberal Basilio Álvarez, donde poder seguir atajando las curiosidades que ya de por sí suponían los temarios de la escuela, motivos de libertad frente a la super reglada vida social del día a día de la España de posguerra. Un niño estudioso que no se creía el papel que representaba de cara a la galería: "todo el mundo pensaba que era un niño ejemplar y cuando llegaba a casa yo pensaba que era un farsante", y mientras, aún rodeado de libros, entraba "en un frenesí masturbatorio".
El poema se gesta antes de llevarlo al papel. Esta es la actitud: escucha del interior: poesía integral, intuitiva, en la que la fuerza creativa se encamina hacia el silencio. Es decir esto que primero se debe realizar una búsqueda interior en cuya finalización se dan las condiciones ideales para la creatividad. La iconoclastia de Valente es búsqueda de vacío, esta es fuente de vida y esencia de todas las cosas. Y así la poesía se nos revela como incomunicación, nos dice Laura López Fernández, como cosa para andar por lo oculto. Se hace evidente, así, el misticismo que caracteriza su obra, la influencia de Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz o, sobre todo, Miguel de Molinos sobre el que escribió un ensayo.
Su labor como ensayista ha sido bien reconocida y junto a la obra de 1974 sobre Molinos otros dos ensayos literarios: LA PALABRA DE LA TRIBU (1971) y LA PALABRA Y EL CENTRO (1973), entre otros, claro. En ellos atiende a su forma de entender la poesía, hacia un esencialismo que es tendencia desde prácticamente sus primeros poemarios, ya marcados por la muerte, desgracia que volviera a presentarse con los años de forma especialmente dolorosa con la temprana desaparición de su hijo por una sobredosis de heroína. Agone es, nombre que emplea para referirse a él, objeto de muchos de sus versos.
La obra de Valente es, seguramente, desconocida. No es una obra fácil pero tiene las de ganar: no puede haber un tiempo que la supere. Es un clásico desde su misma gestación y el uso que hace de la lengua es atractivo e inquietante. Esa búsqueda primera del desconocimiento, una búsqueda al revés, que invalida prejuicios y nos devuelve al principio (filosofía presocrática y budista), que hace sucumbir a la ética bajo una estética rompedora que trata de devolvernos lo que de intuitivo hay antes de cualquier conocimiento o teorema, esta forma de hacer participar al propio lector, que debe dejarse llevar hacia el abismo, dispuesto a suspender el conocimiento racional y dejarse llevar por lo que sugieren las palabras, esta forma en la que Valente nos permite ser lectores es oportunidad única, experiencia inigualable y ancha.

Bibliografía:
1955.- "A modo de esperanza"
1960.- "Poemas a Lázaro"
1966.- "La memoria y los signos"
1967.- "Siete representaciones"
1968.- "Breve son"
1970.- "Presentación y memorial para un monumento"
1970.- "El inocente"
1971.- "Las palabras de la tribu"
1971.- "Número trece"
1972.- "Punto cero (Poesía: 1953-1971)"
1973.- "El fin de la edad de plata"
1974.- "Ensayo sobre Miguel de Molinos"
1976.- "Interior con figuras"
1979.- "Material memoria"
1980.- "Punto cero (Poesía 1953-1979)"
1980.- "Tres lecciones de tinieblas"
1981.- "Sete cántigas de alén"
1982.- "Mandorla"
1982.- "La piedra y el centro"
1982.- "Nueve enunciaciones"
1983.- "El fulgor"
1987.- "Cántigas de alén"
1989.- "Al dios del lugar"
1989.- "Treinta y siete fragmentos"
1989.- "Lectura en Tenerife"
1989.- "Anotaciones preliminares"
1991.- "Variaciones sobre el pájaro y la red"
1991.- "Noticia incierta"
1992.- "No amanece el cantor"
1992.- "Material Memoria (1979-1989)"
1995.- "Hermenéutica y mística: San Juan de la Cruz"
1995.- "Material Memoria (1979-1992)"
1996.- "Nadie"
1999.- "Obra poética. 1. Punto cero (1953-1976)"
1999.- "Obra poética. 2. Material memoria (1977-1992)"
1997.- "Notas de un simulador"
2000.- "Fragmentos de un libro futuro"
2002.- "Elogio del calígrafo"
2004.- "La experiencia abisal"

Un par de pistas por si quiere completar esta entrada:

Instituto Cervantes.
Laura López Fernández.

domingo, 2 de mayo de 2010

y EL FIN DE LA EDAD DE PLATA, II.

NUESTROS YOS Y EL VACÍO, de Omar Arráez.

Es en la primera parte de este libro donde los poemas más se parecen a relatos. Estos guardan un sentido explícito, una coherencia interna que se mantiene hasta su final. Poemas, además, más largos que en el resto del libro. Sobre todo los primeros. En RAPSODIA VIGESIMOSEGUNDA, apertura de la obra, Odiseo ha llegado, por fin, a casa tras superar todas las pruebas a las que los dioses le han sometido y Valente se recrea en la descripción de la carnicería que lleva a cabo con los pretendientes de Penélope. Algunos poemas pueden parecer parábolas, como es el caso de LA MUJER Y EL DIOS (contra la trascendencia de Dios y también contra la irresponsabilidad humana que esa trascendencia supone, a favor de la culpa). En la mayoría la ironía y el sarcasmo colman un estilo afinado, pulido, que es respuesta al todo, ya agotado. La experiencia real invalidada, destruida, para ser sustituida por una experiencia mística. Es por eso que nos hace vivir experiencias cuya posibilidad reside en lenguaje, en la palabra. En este sentido me recuerda a Borges: las vivencias de sus yoes (yos, tus, ¿qués?) van más allá de la física, porque pueden hacerlo, porque las palabras lo permiten. En esa medida es el margen de acción.
Así, en los poemas que componen la primera parte se nos plantea el punto de partida: recuerdos, sueños, deseos, parodias y otras posibilidades en las que la metáfora aparece en forma de fantasía, muchas veces surrealista pero que, insisto, respetan un mismo sentido desde el principio y hasta el final. Estamos ante una serie de fragmentos, concepto clave en Valente desde este período en el que hay que situar El fin de la edad de Plata y ya hasta el final de su obra, cuya publicación prácticamente coincidirá con su propia muerte, en 2000, FRAGMENTOS DE UN LIBRO FUTURO. Empieza esta obra así:

SUPO,
después de mucho tiempo en la espera metódica
de quien aguarda un día
el seco golpe del azar,
que sólo en su omisión o en su vacío
el último fragmento llegaría a existir.


Es importante destacarlo porque forma, a su vez, parte de TREINTA Y SIETE FRAGMENTOS, obra que, como indiqué, precede a la que estoy comentando y sigue a EL INOCENTE, la primera que compone este ciclo. Otra vez el vacío como búsqueda filosófica y estética de difícil culminación que se logra, en parte, con la muerte del poeta: los Fragmentos De Un Libro Futuro deben leerse (y, si no, pueden por lo menos leerse así) como poesía vacía de autor.

En el poemario El Inocente (1970) varios de los poemas centrales suponen una revisión a su obra anterior, manera de llevar a cabo la destrucción anunciada. Ejemplo de ello es este UN JOVEN DE AYER CONSIDERA SUS VERSOS:

Cómo han envejecido nuestros poemas
(como cartas de amor destinadas a nadie),
cómo han ido cayendo de sus dientes abajo,
acribillados,
asaeteados,
náufragos.
En el gran muro blanco
la ejecución de nuestros actos no es sangrienta.
Los muñecos desarbolados,
descabezados,
por el certero tirador de casetón de feria
popular.
Qué verbena del tiempo.
Lo que no es nuestro, inútil es.
Busquemos otra cosa para entregar la vida
entre líneas menores,
otra decoración,
otro piso pequeño de más modesto lujo
y un nuevo amor
y otra fidelidad menos posible.

Así pues, lo que va a pasar por la vista de quien lee la primera parte de El Fin de la Edad de Plata es una serie de fragmentos que preceden o justifican la acción que se deba iniciar. Es por eso que depués de una primera parte va una segunda: EL REGRESO: "Ahora, entre todos y quizá desconociéndonos en parte unos a otros, comenzaremos a reconstruir la gran historia sin saber cuál es el cabo que hay que asir ni si la narración empieza o termina o si ya estamos in medias res ignorando que el rompecabezas no tiene clave". Y las partes que se suceden a continuación conforman una especie de despedida que también es muerte y, sobre todo, una declaración de intenciones: sobre qué hacer a partir del momento: "Tendría que ir angostando las palabras hasta subsumir el lenguaje en su silencio. Sobre la mesa había un naipe. Tú lo alzaste: no tenía figura. La palabra nada es hermosa, dijiste." Y también, para cerrar esta segunda parte:
"Volviste al fin mañana incorruptible con tu chaqueta azul y un pañuelo de seda y pregutaste, casi sin mirarme, con un tartamudeo de otro tiempo:
- ¿Cómo te pareció mi último relato?
Yo estuve torpe, te confieso, temiendo que pudieras suponer que no me había parecido entre todos los tuyos el más lúcido, como tú desearas escribirlo, en el naipe vacío de figura donde ya nada puede estar escrito". Se trata de una suerte de diálogo consigo (últimamente me encuentro mucho de esto) en el que reniega de su pasado, por reciente que este sea.

Así que la tercera parte de EL FIN DE LA EDAD DE PLATA da comienzo con estas bases asentadas: nada vale y nada es posible. O, aún peor, ni siquiera nada es posible. El primer poema, DIES IRAE, es un descenso hacia la oscuridad casera, familiar, que se muestra extraña y al final de la cual no hay salidas (de emergencia). La escapatoria es la muerte en muchas ocasiones. En SEGUNDA VARIACIÓN SOBRE LO OBLICUO se nos presenta un cuadro, un lienzo en blanco de no ser por la figura de una de las esquinas que, sin embargo, debe orientar la visión del espectador hacia la figura central, esta es: el vacío. El último poema, LOS NICOLAÍTAS, da por finalizada la labor destructiva que valida al libro: "(...) Los signos del poder establecido les suelen producir un hipo breve o cortos derramamientos convulsivos. Sienten predilección por las banderas, por la competición y el éxito. Practican tres deportes y carecen de brazos naturales. Algunos de ellos son altos, fofos y fragantes. Estos ocupan puestos secundarios y se utilizan de relleno en actos y en salones. Llevan cartas de recomendación y apoyo en tubitos metálicos adaptados al recto. También los reconocerás en cuanto dice de ellos relación con los ídolos. Y puesto que han llegado a poseer la tierra, sabemos hoy, filioli, camaradas, hermanos, que el tiempo de su destrucción está cumplido."

Por supuesto que abundan las relaciones directas entre poemas. Sin ir más lejos ABRAHAM ABULAFIA ANTE PORTAM LATINAM se nos aparece como recreación de una parte de LA DIVINA COMEDIA, de Dante, que en el octavo círculo del infierno coloca al papa Nicolás III, nombre cuya raíz coincide con la de los nicolaítas, secta de los años del primer cristianismo que parecía caracterizarse por su libertinaje. La Religión es tema al que José Angel Valente recurre a menudo: le interesan cristianismo, judaísmo (sobre todo por la cábala) e islamismo por igual. En todas ellas, al principio fue el verbo, la palabra.

Igualmente relacionado con este poema, que cierra la tercera parte, está LA CEREMONIA, en la que la señora (que acaba poniendo un huevo) perfectamente podría estar acompañada por estos nicolaítas, alguno de los cuales, por pura ineptitud, de cartón piedra para rellenar la mesa. Y fíjese el lector en este poema, perteneciente también a El Inocente, titulado EL POEMA:
Si no creamos un objeto metálico
de dura luz,
de púas aceradas,
de crueles aristas,
donde el que va a vendernos, a entregarnos, de pronto
reconozca o presencie metódica su muerte,
cuándo podremos poseer la tierra.
Si no depositamos a mitad del vacío
un objeto incruento
capaz de percutir en la noche terrible
como un pecho sin término,
si en el centro no está invulnerable el odio,
tentacular, enorme, no visible,
cuándo podremos poseer la tierra.
Y si no está el amor petrificado
y el residuo del fuego no pudiera
hacerlo arder, correr desde sí mismo, como semen o lava,
para arrasar el mundo, para entrar como un río
de vengativa luz por las puertas vedadas,
cuándo podremos poseer la tierra.
Si no creamos un objeto duro,
resistente a la vista, odioso al tacto,
incómodo al oficio del injusto,
interpuesto entre el llanto y la palabra,
entre el brazo del ángel y el cuerpo de la víctima,
entre el hombre y su rostro,
entre el nombre del dios y su vacío,
entre el filo y la espada,
entre la muerte y su naciente sombra,
cuándo podremos poseer la tierra,
cuándo podremos poseer la tierra,
cuándo podremos poseer la tierra.
De los nicolaítas que cierran la tercera parte del libro dice Valente que "han llegado a poseer la tierra" y, por tanto, "el tiempo de su destrucción está cumplido".

La última parte del libro son las NUEVE ENUNCIACIONES. Empiezan y acaban con un maestro. El del primer poema es capaz de servir de animal de carga a su alumno. El del poema que cierra el libro, LA ÚLTIMA LECCIÓN, devora al pupilo. Los datos que da de su vida (BIOGRAFÍA, HAGIOGRAFÍA, EL UNIFORME DEL GENERAL...) se esconden confundidos entre dosis de ficción tan importantes que la recrea, que la vida es reinventada, variada o presentada de nuevo para el propio poeta: "(...) Lo que allí viva o pueda haber vivido es hijo de las aguas. Aguas soterradas que, como señal o don de los dioses del fondo, vienen a la superficie burbujeantes, calientes. Bebió él esas aguas, que era necesario batir a causa de su grosor y que era necesario beber para defenderse de las miasmas de la muerte. Aguas. Burgo de las aguas. Burgas. Aguas placentarias"

He tomado este libro con ilusión y me ha sorprendido, he sentido un pellizco seco. No lo he leído al principio como la destrucción que se anuncia y, sin embargo, la transgresión está presente desde las primera líneas, incluso cuando está variando La Odisea: "¡Os voy a joder vivos!", dice Odiseo a los pretendientes de su esposa antes de matarlos, cuando se presenta como el héroe al que ya tan sólo Penélope esperaba, y quizá su hijo Telémaco, y también su perro Argos. Es impactante y estremecedora la descripción que Valente hace del muerto en el velatorio que mantiene un gesto como de asco en el rostro mientras una mosca se pasea por la comisura de sus labios en EL VAMPIRO. A medida que se avanza en la lectura pequeños desconciertos van abriéndose hueco, hasta que en la segunda parte se nos presenta el plan: hay que escapar a los poderes que nos someten y, para ello, también hay que transgredir el lenguaje y escapar de uno mismo. A ello: he aquí la tercera parte, que es completada con las nueve enunciaciones. Cierro este comentario con el poema cierra el libro, el del pupilo devorado por su maestro: LA ÚLTIMA LECCIÓN:

Miré al maestro venerable. Había venido aquella tarde a consultarlo como tantas otras. Un maestro es un guía nítido, transparente. Encarnación singular del tonos, según los estoicos. Un maestro es un estilo de vida (y de muerte, me dije) donde nuestras veleidades al reflejarse en lo perfecto caen de por sí como las hojas en otoño. Miré al maestro. Speculum. Sperma. Me estremecí de pronto. Advertí cierta flácida pesadez en su mirada. Había venido aquella tarde a consultarlo sobre posibles incidencias de la vida (irreal) en la doctrina, sobre la identidad de la luz y el pensamiento, sobre el peso carnal con que aún la pasión me desasosegaba a veces hasta el alba. La mirada del maestro me redujo a dimensiones mínimas. Me vi pequeño en la palma enorme de su mano. (El maestro, al fin y al cabo, tien, pensé, la dimensión del cosmos.) Humilléme. Vi cerca las encías y la lengua. Los jugos salivares fluían como ríos. Miré hacia atrás. A mis espaldas, los dientes se cerraron. Entré en la sombra.
- No, no es un maestro -dije-. Es ávido. Y no será de los ávidos el reino -pude añadir aún antes de ser para siempre englutido.



Edición recomendada:

Título.......... El fin de la edad de Plata,
seguido de nueve enunciaciones.
Autor.......... José Angel Valente, 1973.

Edición........ Tusquets, 1995.

................. 168 páginas; 10, 50 euros.

jueves, 29 de abril de 2010

EL FIN DE LA EDAD DE PLATA I

Lucas Cranach, La Edad de Plata

La primera vez que tomé este libro ni siquiera existía yo, el Peri. Hace muchos años. Mis cuatro cientos han discurrido comprimidos (como en emepé) en menos de uno, uno menos de los que tiene este blog. El caso es que el librero que fue estudiante compró una vez EL FIN DE LA EDAD DE PLATA en un librería vallisoletana y en uno de esos ratos que dedicaba a no estudiar (maravillosos ratos). Lo hojeó porque su afilosofada mente no fue capaz de comprenderlo al principio (Antínoo, hijo de Eupites, había caído del alto gorgorito de su estupidez muerte abajo) y nunca, sin embargo, renunció a la esperanza de hacerlo después. Con veinte años El Fin De La Edad De Plata promete. Con treinta se confirma. Con treinta y cinco se goza. No digo qué más pueda venir. Ninguno de los que leéis este espacio pasaréis de los cien y mucho menos llegaréis a los cuatrocientos. En realidad estáis todos muertos. Algunos leéis para ser de mentira, pero esto es algo al alcance de pocos.

Es tal el poderío plástico de esta obrita tan grandota (unas ciento sesenta páginas) que uno no termina de leerlo nunca. Son incontables ya las veces que he paseado por la mayoría de sus textos, repasando enunciados dramáticos, pasajes surrealistas o explicaciones sin sentido y de pretensiones oscuras. La oscuridad es importante. El vacío. Un punto final que amenaza.

El prologuista (francés) Jacques Ancet habla de una obra de resistencia. Original de 1973 está escrito desde la influencia (no hay por qué buscar dudas al respecto) de sus años de vida en Francia, entre 1958 y 1963, y pertenece a la tradición francófona del poema en prosa. Ya saben que hay por ahí todo un tal Baudelaire o y uno que se llama Rimbaud, entre otros a los que no he leído (no mola ni ná el Rimbaud). Es EL FIN DE LA EDAD DE PLATA, por tanto, un libro de poemas en prosa y un libro de una prosa que para sí quisieran la mayoría de prosistas que he leído.

Es una obra de resistencia y algunos de sus poemas son de tintes claramente autobiográficos, en otros casi toca adivinar referencias personales y, en general, puede decirse lo mismo que de cualquier poemario: se trata de expresar las cosas de uno. Las cosas de José Angel Valente (Orense, 1929 - Ginebra, 2000) son, en esta obra, la libertad y sus posibilidades, tratadas de manera indirecta pues se habla en estos poemas del poder inmovilizador, que es ridiculizado, despreciado o engañado, raramente asumido y en acto de rebeldía cuando se da el caso. El franquismo aparece, nunca de forma explícita, una y otra vez (La Iglesia, El Ejército, La Burocracia, La Aristocracia...) en estos pasajes que conforman un todo lógico. Una realidad tan palpable, viscosa, que se hace necesario deshacerla, descomponerla a partir de sueños y pesadillas premonitorios, camino de la destrucción necesaria... de la mística.

Es una obra de superación, un paso adelante. EL FIN DE LA EDAD DE PLATA cierra un ciclo que empezara con EL INOCENTE y siguiera con TREINTA Y SIETE FRAGMENTOS, entre el 67 y el 70. En ellos la oscuridad se nos presenta como resultado de un certeza: que las formas, los esquemas están obsoletos cuando no son perniciosos. Como cosas así no pueden decirse a la ligera se hace inevitable que la voz surja desde la tristeza y, más concretamente, desde el pesimismo. La obra poética de este autor es a partir de esta que comento hoy una búsqueda constante del vacío:

"He cogido un paño limpio, un paño sencillo y blanco, y me he puesto a limpiar el aire como un gran ventanal de vidrio. Y cuanto más limpiaba la lámina dura y delgada más veía a través de ella tu misma imagen, muy próxima y lejana como siempre.
- Entonces -digo- nada ha sucedido"
[fragmento de EL REGRESO]

El libro está compuesto por un total de cuatro partes. Tres primeros que se nombran con sus respectivos cardinales y un cuarto que no ha formado parte de la obra en todas las ediciones: NUEVE ENUNCIACIONES. Estas no aparecieron en el libro que Seix Barral editara en 1973. Fueron añadidas posteriormente, pues algunos de sus poemas fueron censurados cuando no le costaron condena a Valente, como el caso de EL UNIFORME. Además, la segunda de las partes está compuesta por un único poema: EL REGRESO.

Los temas la libertad, el poder opresor y la huida al vacío tienen un potencial plástico, estilístico, que Valente lleva lejos de las formas habituales. También en este sentido se trata de un acto de rebeldía. Lo que se lee es poesía. Que sea en prosa produce un efecto de desconcierto y, sobre todo, de engaño, porque puede dar la impresión de que se lee un relato. Es entonces lcuando a metáfora asoma, con fuerza descontrolada, en un medio que cabría calificar de salvaje frente a la civilizada lírica.

"No guardaba del lugar donde nació recuerdo grato alguno. Le habría gustado, me explicaba, nacer en ningún sitio para que en él pusieran sobre piedra solemne escrito en humo: AQUI NO NACIÓ NADIE.
No tenía recuerdo duradero que no fuera el de la infancia cercada. Torpe lugar de nieblas insalubres. Descargadero innoble de desechos del tiempo en estado de sitio. Pozo. Desde el brocal escrutas aún el fondo donde el agua sellada no recompone imágenes. Niñez y adolescencia sitiadas. Calle abajo venía un muerto prematuro con una indescifrable sonrisa en la voz ciega. Os dijisteis adiós."
[fragmento de DE LA CONSOLACIÓN DE LA MEMORIA]

jueves, 22 de abril de 2010

primer paseo por los rincones de Olmedo


d o s





Ya estaba todo dispuesto cuando los invitados llegaron. El huésped los distribuyó en un orden cuidadosamente aprendido. Había algunos falsos comensales de cartón piedra para cubrir vacíos. Eran figuras articuladas, con un ligero movimiento pendular en la cabeza, y producían a discretos intervalos una leve imitación de tos aseverativa. Cuando los invitados se sentaron, la dueña de la casa seguía aún riéndose de algo dicho antes del comienzo de esta narración. La risa duraba ya unos minutos. El huésped miró el reloj con inquietud. La risa comenzó a prolongarse como salida a chorros de sí misma. Luego se hizo entrecortada. Entre contracción y contracción, la señora barbotó una disculpa. Todos los invitados sonrieron para vestir de naturalidad el suceso. Los comensales de cartón piedra emitieron puntuales un sonido levemente parecido a la tos. Mientras la señora salía del comedor tapándose la boca con la servilleta, los invitados sonrieron aún vueltos hacia el huésped, que había puesto en marcha un cronometrador y seguía con la cabeza levantada el vuelo invisible de un moscardón. Las risas fueron apagándose. Pasaron cinco minutos y dos décimas de concentrada expectación. La puerta del comedor se abrió de pronto y entró una sirvienta con una enorme bandeja en cuyo centro había un objeto de color grisáceo y del tamaño de un puño. La sirvienta se detuvo y dijo con una mezcla grata de solemnidad y dulzura:
- La señora ha puesto un huevo otra vez.



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autor
José Angel Valente

poema
La ceremonia

poemario
El fin de la edad de Plata, 1973


miércoles, 2 de diciembre de 2009

___________RINCONES VI____________

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En la ventana
las gotas prematuras de la lluvia fingen llanto
del prematuro rostro frío de este otoño.

Hay días
en la estación que baja
con las nieblas primeras
hacia la fronda aún verde
del jardín tan íntimo,
velados días como tenues telas,
días tejidos en el hueco oscuro,
suspendidos del borde
de los días iguales,
como ayer, como siempre.

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José Angel Valente

Otoño, 1994.
FRAGMENTOS DE UN LIBRO FUTURO.